La Kingpedia #4: ‘Rabia’

Comienzan las rarezas en la Kingpedia, nuestra revisión de todo Stephen King en orden estrictamente cronológico. Después de tres bombazos conocidos por todos gracias tanto a sus versiones literarias como a las películas y series que inspiraron (Carrie, Salem's Lot y El resplandor), llega una auténtica joya oculta de la bibliografía de Stephen King, y lo es un poco por razones extraliterarias.

Por un lado Rabia (1977) es la primera novela que King publicó bajo el seudónimo, hoy conocidísimo y más que desvelado, de Richard Bachman, con el que empezó a dar salida a su poderoso torrente creativo. Por otro lado, es un libro que se anticipó a terribles asesinatos en centros educativos norteamericanos que hoy están en el recuerdo de todos (empezando, cómo no, por Columbine). Cuando el libro comenzó a citarse como posible influencia de los responsables de algunos de estos tiroteos, King decidió negarse a que siguiera reeditándose, y hoy es, quizás, su obra más complicada de encontrar, hasta el punto de que si un libro del autor de Maine puede recibir la esquiva consideración de obra de culto, es éste. Decididos a indagar acerca de si la peligrosidad de Rabia es para tanto, JOHN TONES y MARIANO HORTAL se han sumergido en su lectura y han discutido sobre él. Estas son sus conclusiones (que, por supuesto, contienen spoilers en abundancia).

JOHN TONES (JT): Hay un motivo para que solo dos personas en vez de las tres habituales nos encarguemos de comentar Rabia, y es que no ha sido fácil acceder a él. Yo no lo había leído, lo he hecho para la Kingpedia (el primero que no es una relectura, en mi caso), pero conseguirlo no ha sido tarea sencilla. Recordaba la edición de Martínez Roca, con aquella portada terrorífica que claramente no tiene absolutamente nada que ver con la trama, pero he acabado llegando al libro a través del mercado de segunda mano y en una edición espantosa (la horterísima Biblioteca Stephen King de Orbis-Fabri). Lo que yo no sabía es que hay un motivo para que sea tan difícil de localizar: el propio Stephen King, tras unos tiroteos en 1997 en los que un joven de 14 años, Michael Carneal, mató a tres personas e hirió a cinco en su escuela con armas de fuego, pidió que el libro no fuera reeditado. La gota que colmó el vaso fue que se encontró una copia de Rabia en la taquilla del asesino, pero King llevaba un tiempo planteándoselo: Jeffrey Lyne Cox retuvo a una clase a punta de pistola inspirado en el libro en 1988; Dustin L. Pierce hizo lo mismo en 1989; en 1996, Barry Loukaitis mató a su profesor de álgebra y retuvo a su clase, y afirmó en el juicio que se había inspirado en el libro de King. Carneal era esquizofrénico. Todos sufrían bullying. Cada uno tendrá su opinión sobre la peligrosidad de la ficción, pero lo que es seguro es que leer Rabia es una experiencia escalofriante si se tienen en cuenta todos estos casos reales, quizás más de lo que pretendía el propio King.

MARIANO HORTAL (MH): Me sorprende bastante la ansiedad del propio King en esa época: ver que tres libros suyos se habían convertido en tres bombazos a nivel comercial le desencadenó una necesidad que, normalmente, sólo suele aparecer en autores consagrados, la de sacar un libro bajo seudónimo para ver si se tiene el mismo éxito independientemente del nombre. En su caso la ansiedad no solo giraba en torno a este aspecto, sino que tenía la angustia de que la fama le hiciera perder la libertad para escribir sobre cualquier tema por controvertido que fuera. Tal fue la zozobra que escribió cuatro libros como Richard Bachman, más un experimento que otra cosa porque, todo hay que decirlo, los libros son muy particulares, irreconocibles en cuanto a los temas tratados y el estilo utilizado.

Como bien dices, Rabia es escalofriante, una experiencia terrorífica y desasosegante; toda una rara avis si se tiene en cuenta el momento en el que se encontraba el escritor (acababa de publicar El resplandor). Aquí se opta por un brutal «what the fuck», centrándose en una historia sin ningún elemento paranormal, basada en el desarrollo psicológico de los personajes, y transformaba su estilo narrativo en algo muy distinto a lo que había mostrado en aquel momento.

Esta Kingpedia no se va a hacer sola.

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JT: Desde luego, la primera sartenada de libros de Richard Bachman son menos kingianos que los “oficiales” de Stephen King, pero sobre todo por una cuestión temática. Es complicado ver al King de los primeros tiempos tan zambullido en la ciencia-ficción más o menos pura como la de Perseguido (1982) o La larga marcha (1979), pero es que Rabia es aún más raro por su estilo de escritura: no solo es que como señalas no haya ningún tipo de elemento paranormal, es que el estilo es directo, cortante, casi oral de pura urgencia. Y hay más: hay un solo narrador y es el protagonista, es decir un chico desequilibrado, o sea, alguien muy poco fiable. Es como si el único narrador de Carrie o El resplandor hubieran sido Carrie White o Jack Torrance.

Puede resultar fascinante que después de El resplandor, en la que todos coincidimos que estaba afectada para mal por una verborrea que a veces hacía que se descentrara, King publicara algo tan seco e inmediato como esto. Pero hay una explicación (y una que añade una capa escalofriante a la ficción, además): King la escribió en el instituto, la empezó en 1966 y la acabó cuatro años después, tras descubrir el borrador en una caja. No es difícil imaginar al joven King, impresionado tras la típica lectura adolescente de El guardián entre el centeno (a la que menciona de forma más o menos directa), decidiendo llevar la mítica historia de Holden Caulfield un paso más allá. Lo escalofriante, claro, es que King tenía la edad de los personajes cuando la escribió. Posiblemente, un motivo más para decidir darle carpetazo tras los crímenes que mencionábamos más arriba.

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MH: ¡Fantástico! ¡Con esta información que indicas (de la que no tenía noticia) tenemos toda la foto! De alguna manera estaba creando su propio coming of age: un relato de formación hacia la violencia; seguramente, motivado por sus propios miedos. Aquí hay que recordar la fuerte carga autobiográfica que siempre utiliza el escritor como generador de sus historias, que ya se ha comentado en otras entregas de la Kingpedia. Las estrategias utilizadas, algunas de ellas ya las has comentado, van encaminadas a este propósito: el narrador intradiegético (sospechoso de todo lo que comenta) es el propio adolescente y de ahí que escogiera una forma de hablar tan explícitamente cruda con continuas prolepsis de su vida pasada y que podrían explicar, de alguna manera, cómo ha llegado a esta situación.

La forma en que utiliza dos estrategias para este propósito me parece tremendamente interesante. En primer lugar, cómo emplea los flashbacks no sólo como elementos para configurar al personaje o intentar (o no) explicarlo, sino yendo más allá: estos elementos le sirven para generar una empatía con el resto de los rehenes, un síndrome de Estocolmo gracias al que se animan a contar hechos pasados, igualmente generando una complicidad con la persona que les retiene. Sólo uno de ellos (Ted Jones, el típico triunfador) no entrará en el juego y será a la postre la última víctima. La segunda estrategia es demoledora, una elipsis final que me obsesiona: el momento en que se desencadena el último acto contra Jones se deja a la imaginación del lector; lo que sabemos seguro es que es tan poderoso el maltrato que sufre que se quedará catatónico, lo que no sabemos es todo lo que le han hecho el resto de los alumnos para que acabe así. El silencio se convierte, en manos de King, en algo ominoso al mismo tiempo que indescriptible.

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JT: A mí lo que realmente me parece interesante de una novela que compensa su obvia inmadurez estilística con una prosa que parece estar escupiendo a la cara del lector en cada línea, como una buena canción punk, es que King se permite una ambigüedad que no abandona al lector cuando cierra el libro. En Carrie había una víctima de las circunstancias, en Salem’s Lot una clara lucha del bien contra el mal, en El resplandor un villano cuyo comportamiento la novela explicaba profusamente. Aquí hay una personalidad ambigua, explicada pero no justificada (y aún así, explicada a duras penas), y con quien el lector no puede empatizar. Ni siquiera aunque haya una catarsis colectiva que recuerda al final de Freaks (1932), aunque menos granguiñolesco, y que como bien señalas queda un poco a la imaginación del lector: éste no puede identificarse con alguien que asesina a un par de adultos por capricho y a sangre fría. Es, en cierto sentido, una decisión muy arriesgada de King, y una de la que no estoy seguro de que el autor salga del todo airoso (el Síndrome de Estocolmo que genera me parece tremendamente ingenuo), pero que como lector amante del riesgo no tengo más remedio que aplaudir. Rabia no es perfecta, pero rebosa impetuosidad adolescente. Cómo no caer rendidos ante eso.

MH: ¡Cuánta razón hay en lo que señalas! Qué montón de imperfecciones a nivel de estilo y trama compensadas con un desarrollo vibrante, juvenil, efervescente en grado sumo. Esta relectura me ha resultado aún más satisfactoria para valorarla en su justa medida, sin triunfalismos baratos. Lo bueno de la Kingpedia es que nos sirve a nosotros, y a los que la leen, para dar un marco a todo el proceso creador del genio de Maine y hay que reconocer que estamos extrayendo el jugo de cada obra suya sin perder las perspectivas. Estoy seguro de que el propio King estaría orgulloso del análisis que hemos hecho de su obra maldita, aunque casi mejor no se lo decimos… ¡no queremos que tenga más malos recuerdos!

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