La Legión de los Hombres Branquia: algunos precedentes anfibios de ‘La forma del agua’

El romance entre una humana y una criatura anfibia antropomórfica que cuenta Guillermo del Toro en La forma del agua, su nueva y estupenda película, pertenece a una tradición del género fantástico enraizada en viejos mitos y más poblada de lo que parece. La estirpe de los Hombres Branquia es tan numerosa como variopinta y su recorrido va de lo soviético a lo filipino, de lo lovecraftiano a lo playero, pero sobre todo está llena de monstruos de serie B con el instinto de procrear a flor de piel por mucha escama que tengan.

La forma del agua (2017)

Guillermo del Toro es uno de los nuestros y por eso nos alegra todo premio, nominación o aplauso que reciba; pero además su última película lo merece de largo por resolver con tanta la soltura un ejercicio de equilibrismo más difícil de lo que, quizá, pueda parecer. Por un lado, el cineasta mexicano consigue ganarse el corazón de los aficionados al género fantástico por lo honesto de su tributo a un monstruo tan clásico como la Criatura de la Laguna Negra, el homínido submarino creado por Jack Arnold en la maravillosa La mujer y el monstruo. Al mismo tiempo, sabe suministrar con enorme finura un segundo tributo cinéfilo a los musicales de Hollywood —o incluso a películas bíblicas como La historia de Ruth (1960)— que explica bastante la anomalía de ver una película de monstruos ganando el León de Oro del Festival de Venecia o como firme candidata a los premios Oscar con trece nominaciones, principales categorías incluidas. Son más las bazas que juega en ese terreno -segregación racial, represión homosexual, prota minusválida, empoderamiento femenino- pero sin impostura ni empalago en un marco de Guerra Fría vintage donde hay lugar para el suspense, el humor (en ocasiones bastante negro), la fantasía romántica o la pirueta arriesgada. Lo mejor es que Guillermo del Toro hace todo eso siendo fiel a sí mismo, al monstruo anfibio y a un estilo que aquí subvierte el sueño americano que dibujaba Norman Rockwell y lo ilumina con los colores de Mario Bava y Dario Argento.

Antropología de los Hombres-peces

Pocas cosas imponen al ser humano miedos tan atávicos como los provocados por el mar y por eso las historias sobre monstruos marinos nos acompañan desde el principio de los tiempos. El bestiario acuático de seres fantásticos -o no tan fantásticos- es amplio y generoso e incluye todo tipo de gigantescos depredadores, aunque aquí nos interesan aquellos de aspecto antropomórfico, que no son pocos. Casi todas las mitologías de la antigüedad incluyen su propia deidad marina de apariencia híbrida, como el griego Tritón, humano de cintura para arriba y pulpo para abajo. Esa representación nos lleva a la sirena, la más popular de las criatura acuáticas con forma humana, hoy protagonista de historias románticas pero, antaño, monstruo hambriento que atraía a los marineros con un reclamo sexual.




Aunque la ninfa con cola de pez supone un extenso capítulo paralelo que excede el concreto asunto del Hombre Branquia, la relación entre ambas criaturas es estrecha y evidente. Además, introduce una cuestión clave: el sexo, ya sea como señuelo para devorar carne humana o, a partir de Hans Christian Andersen, como cuento rosa de princesas. Ese implícito deseo carnal entre especies también forma parte de nuestro anfibio antropomorfo en su versión más canónica. Uno de sus más directos ancestros remata el espinoso e inquietante tema de la cópula libidinosa y antinatura con bichos escamados; se trata del llamado Pez Nicolás, protagonista de numerosas leyendas medievales e hijo del calenturiento encuentro entre una hembra humana y un ser marino.

La sombra sobre Innsmouth (1931)

Al tocar el tema de las criaturas submarinas es inevitable darse de bruces, más pronto que tarde, con H. P. Lovecraft. El escritor de Providence y su círculo literario nos legó un sinfín de entes abisales que aguardan su momento en lo más profundo del océano, pues el horror cósmico también es acuático. Si de todos sus relatos hay uno que entronca directamente con los anfibios antropomorfos, ese  no es otro que La sombra sobre Innsmouth. Escrito en 1931 pero no publicado hasta 1936 por iniciativa de August Derleth, que lo envió a varias editoriales sin el el permiso de su autor, aunque hoy se considera uno de los clásicos más indiscutibles de Lovecraft. La historia del siniestro pueblo pesquero cuyos habitantes comparten rasgos degenerativos —ojos saltones, piel áspera, barbilla escasa, orejas atrofiadas, labios abultados, calvicie, manos enormes con dedos cortos y encogidos— descubrirá la existencia de los Profundos, una raza de hombres pez que cada Noche de Walpurgis entra en celo y visita la localidad para procrear, dando lugar a esa estirpe híbrida, apestosa y asardinada.

La mujer y el monstruo (1954)

La madre del cordero en cuestión de antropoides acuáticos. Con el mucho más sugerente título original de Creature from the Black Lagoon, forma parte del maravilloso pack de clásicos cincuenteros que su director, Jack Arnold, realizó entre 1953 y 1957 (It Came from Outer Space, Tarantula, This Island Earth, El increíble hombre menguante). Parte del mérito también corresponde al maquillador Bud Westmore y, sobre todo, a la actriz y diseñadora Milicent Patrick, responsable de crear el maravilloso traje que, además de poderoso en su icónica y estilizada figura, debía protagonizar numerosas escenas submarinas. Aunque el argumento no es más que una variación del ancestral relato de la bella y la bestia, aquí la bella es científica -lo que es un avance- e incluso es pionera en incluir mensaje ecologista. Último de los monstruos en incorporarse al panteón de clásicos de la Universal, como carecía de nombre acabó recibiendo, no se sabe muy bien cómo, el de Gill-Man, es decir, el Hombre Branquia.

Revenge of the Creature (1955)

La criatura de la Laguna Negra supuso un enorme e inesperado éxito de taquilla para la Universal, que respondió con rapidez estrenando una secuela al año siguiente. El equipo técnico era el mismo -Jack Arnold incluido, toda una garantía- y se realizó como la primera para ser proyectada en 3D de la vieja escuela -lo que explica el empeño de los personajes por restregar objetos ante nuestra cara-. El argumento acude directo a King Kong: expedición captura al bicho, el bicho se exhibe como espectáculo público, el bicho se escapa, muchedumbres despavoridas, el bicho secuestra a la bella. Si bien más rutinaria, y con delfines haciendo cabriolas para rellenar metraje, ofrece una versión más fiera de Gill-Man, que aquí oficializa su nombre. Las escenas submarinas son estupendas, en especial aquellas en las que el hombre anfibio ejerce de voyeur –Steven Spielberg las tuvo en cuenta en Tiburón– y se mantiene el detalle de dar mayor entidad a la protagonista femenina, una científica aún más valerosa. También incluye el breve y escuálido debut cinematográfico de Clint Eastwood.

The Creature Walks Among Us (1956)

La trilogía del Gill-Man de la Universal se cerraría al año siguiente con una película dirigida por John Sherwood, el ayudante de Jack Arnold, y hay que reconocer su condición de secuela inusual por la atrevida demolición que aplica al personaje. Como siempre, todo empieza con una expedición al Amazonas para capturar a la criatura, pero esta sufre un accidente en el que pierde las branquias. Tranquilos, tiene pulmones. También pierde el estilizado disfraz original y, a media película se pone fondón y hasta lleva traje. Eso sí, protagoniza dos escenas que quizá son las más violentas de la serie: el ataque a la barca y el clímax final. El personaje femenino ya no es científica sino esposa de científico, aunque pronto se explicita su adicción al riesgo. Otra cosa que desaparece es la atracción de la criatura hacia las humanas, lo cual no deja de ser curioso porque esta es de largo la entrega que exhibe mayor contenido sexual. En realidad, la gran sorpresa es descubrir que lo del monstruo es bastante accesorio porque el verdadero asunto de la película es una sórdida historia de matrimonios destrozados, celos pasionales, soterrados triángulos de canto afilado e infidelidades epidérmicas.   

Gill-Man, estrella invitada

Formar parte del panteón de monstruos clásicos de la Universal ha hecho que la presencia de Gill-Man sea inevitable cuando se trata de reunir a la pandilla -también en cuestiones de merchandising y muñecos-, aunque casi siempre relegado a la segunda fila. El mayor peso literario o tradicional de sus compañeros otorga mérito al diseño de la criatura de la laguna negra, pero rebaja su caché; también su tardía incorporación en 1954, lejos incluso de los entrañables monster smash de la Universal –Frankenstein encuentra al Hombre Lobo fue el primero y data de 1943-. El encanto pop de estas reuniones tuvo como único destino la audiencia infantil ya fuera en el obligado gag de Abbott y Costello o su delicioso cameo como tío Gilbert en La Familia Munster; sin olvidar, claro, películas de animación como Mad Monster Party (1965) u Hotel Transilvania (2012). Puestos a escoger entre todas estas apariciones, nuestra favorita tiene lugar en la estupenda Una pandilla alucinante (1987), donde luce más fiero de lo habitual gracias a un acertado rediseño.

El misterio de los hombres peces (1955)

Curiosa y muy temprana aportación española a la Legión de los Hombres Branquia desde la novela popular pero sin ser propiamente un bolsilibro: lo editó Edhasa en la mítica colección Nebulae y su autor no se escondía tras seudónimos anglosajones. Antonio Ribera es, de hecho, un personaje singular al aunar intereses tan dispares como la ufología -fue el pionero del tema en nuestro país- y el submarinismo -tanto en la práctica profesional como en la divulgación, incluso mantuvo una larga amistad con Jacques Costeau-. No es extraño, pues, que su extensa y variopinta producción bibliográfica incluya una novelita pulp sencilla y directa al grano que inaugura, en el campo de los seres anfibios antropomorfos, una derivación que será muy frecuentada: la que los une a la Atlántida y demás imperios sumergidos. En esta ocasión los atlantes se dedican a secuestrar terrestres para convertirlos en un ejército de hombres peces con el que invadirnos. Un plan cojonudo que nunca sale bien.

The She-Creature (1956)

Primera de la ristra de series B que se apuntaron al éxito del humanoide acuático proponiendo variaciones más o menos inspiradas y siempre mucho más baratas en lo que al aspecto del bicho se refiere. En este caso el argumento presenta un descomunal batiburrillo de temas, lo que tiene su gracia pese al sin sentido del asunto. Un hipnotizador ocultista somete a su ayudante a una regresión que la convierte en una primitiva criatura antecesora de la raza humana, aunque el proceso no es de intercambio físico sino que se desdobla: la chica estirada y la cosa emergiendo en una playa cercana. A partir de aquí el malo envía a la criatura a matar gente sin que nunca esté claro qué coño pretende con tanto asesinato. Mezcla loca de psiquiatría pop, hipnotismo de feria, regresiones junguianas y monster movie de autocine, sustenta una imposible dignidad gracias a la dirección de Edward L. Cahn, firma ubicua de los terrores de saldo cincuentero. El diseño del monstruo es del tipo armatoste acorazado con brazos de bogavante, aunque más tosco que ridículo, todo hay que decirlo, si se compara con tremebundos despropósitos posteriores. La pena es que en ningún momento se saca provecho a la sugerente idea de que, por una vez, la criatura sea hembra.

The Monster of Piedras Blancas (1959)

Una de esas humildes perlas ocultas entre las muchas monster movies de la concurrida serie B de la época. De entrada, sorprende la ambientación en una pequeña aldea pesquera de la Alta California, una costa agreste que contrasta con la playa surfera típica de estos productos -la hemos visto mil veces porque casi siempre se trata de Carrillo Beach-. Si a eso añadimos un infrecuente toque costumbrista, la sensación es que no se trata de “lo mismo de siempre” pese a que el argumento no deja de ser el habitual aunque, eso sí, enriquecido con matices y un tratamiento más que digno. En una localidad con viejas leyendas sobre monstruos marinos da inicio una cadena de asesinatos y cadáveres destrozados. Sobria y ágil, incluye planos explícitos de cabezas decapitadas y sabe graduar muy bien las apariciones de una criatura que luce fiera y nunca es ridícula pese a tratarse de una película independiente de bajo presupuesto, la única que escribió y produjo Jack Kaven, profesional de los efectos de maquillajes y uno de los ayudantes de Bud Westmore en La mujer y el monstruo.

El monstruo del mar encantado (1961)

Si el título anterior destacaba por su digna sobriedad, este lo hace por todo lo contrario. Dirigido y producido por el gran Roger Corman, se trata de uno de esos subproductos que el rey de la serie B realizaba con el mismo equipo y actores de otro rodaje, en este caso The last woman on the Earth (1960), aprovechando tiempos muertos y ahorrando así una pasta. Las artimañas continuaban bautizando la cosa con un nombre sugerente -aquí Creature From the Haunted Sea, que suena la mar de bien- y un cartel espectacular. Luego resulta que nada más comenzar los títulos de crédito -con dibujos animados la mar de simpáticos, todo hay que decirlo- se deja bien claro que se trata de una comedia. El punto de partida no deja de ser exótico: ante el éxito de la Revolución Cubana, un general con un reducido grupo de soldados fieles huye de la isla con parte de las reservas de oro. La tripulación del barco que los transporta resulta ser una banda mafiosa que, para hacerse con el tesoro, simulará la existencia de un monstruo marino que acecha y va liquidando militares sin -ejem- levantar sospechas pero sin saber -ejem, ejem- que hay un monstruo de verdad. Como comedia de enredo el despropósito es inenarrable y su humor, tosco y escaso, se reduce a tres elementos: la caricatura de los militares cubanos -muchos diálogos son en español-; un marinero que imita sonidos de animales inverosímiles -que vivirá un romance con una oronda y muy madurita indígena con idéntica afición-; y, claro, una criatura acuática patética y ridícula cuyo aspecto guarda un asombroso parecido con el Monstruo de la Galletas de Barrio Sésamo.  

Los Sea Monkeys (1962)

El orden cronológico ha querido que el tocomocho del Mar Encantado de Corman enlace con el más mítico timo de la venta por correo. La ilustración -¡de Joe Orlando!-  y el texto que la acompañaba en el anuncio -publicado también en revistas españolas, prometemos buscarlo algún día- fue la clave de la longevidad de un fake descomunal. Sobre el papel, una civilización de diminutos hombres branquia cobraría vida instantánea ante nuestros ojos y nos permitiría gozar durante horas de la espectacular evolución de un imperio submarino. En realidad, unos polvos con crustáceos translúcidos y apariencia de piojo, es decir, plancton de mierda. Tras el invento estaba Harold von Braunhut, que se hizo millonario con una visionaria fusión de Amazon y el bazar chino de la esquina, es decir, vendiendo por correo un catálogo de subproductos que también incluía gafas con rayos-X con las que no se veía un pimiento o submarinos atómicos que luego eran de cartón. El negocio tenía un lado oscuro: parte de los beneficios se destinaron a financiar organizaciones supremacistas neonazis, como se explica al final de este lindo vídeo. Dicho esto, regresemos a los hombres branquias a su tamaño natural.

El hombre anfibio (1962)

En medio de tanta criatura acuática de chichinabo resplandece esta preciosidad soviética –Chelovek-amfibiya es su título original- que adapta la novela Ictiandro de Alexander Beliayev, un clásico del fantástico ruso publicado en 1928. Luminosa en la cuestión cromática bonita, se ambienta en una Argentina que, por lo visto, los rusos imaginan poblada de gitanos. El hombre anfibio viste un traje de purpurina futurista, pero luego resulta ser el hijo de un científico -vive en una mansión que parece la del Diabolik de Mario Bava– que le implantó branquias para aliviar sus pulmones enfermos. La cosa es que el chaval se enamora de una linda moza a la que pretende un malo con bigote y a partir de ahí se desarrolla una historia que mezcla el cuento de sirenas romántico con las novelas de Julio Verne. Hay quien afirma que La forma del agua es un plagio de esta película pero la acusación carece de fundamento y se suma a una lista que comienza a ser larga. La relación entre humana y Hombre-Branquia, ya sea romántica o sexual, forma parte del ADN original del subgénero y, sí, vale, ambas comparten un rescate y un traslado en camioneta, pero poco más; en Waterworld (1995) también salía un señor con branquias y nadie dijo nada.

Stingray (1964)

Al tratar el tema de las criaturas submarinas con forma humana es inevitable que más pronto que tarde se cruce por en medio la Atlántida o cualquier otro imperio sumergido. Por ahí arriba anda El misterio de los hombres peces, la novela donde los atlantes abducían humanos para hacer un ejército-branquia e invadirnos. Tirar del hilo sería un suicido porque, como pasa con las sirenas, hay ejemplos a raudales. Si nos ponemos estrictos en busca de homínidos anfibios, en La ciudad sumergida (1965), una aventura muy a lo Julio Verne, con Vincent Price y que dirigió Jacques Tourneur con toques góticos, hay otro de esos ejércitos, bastante majo en diseño aunque desaprovechado por mucho que se dedique al secuestro de mujeres. En un serial de Doctor Who de 1972 tenemos a los Sea devils, que seguramente merecerían apartado propio pero a estas alturas ya vamos con prisas y no ha dado tiempo a repasarlo, entre otras cosas porque estábamos gozando con las marionetas del gran Gerry Anderson. Antes de embarcarse en los maravillosos Thunderbirds, el padre de la Supermarionation nos regaló dos temporadas de Stingray, el meteoro submarino (1964-1965), que venía a ser lo mismo pero bajo el agua. Uno de los enemigos reiterados del comando protagonista eran los acquafibians, los habitantes de Titania, presentados ya en el episodio piloto. En esa primera aventura rescataban a Marina, una humana adaptada para respirar bajo el agua a la que se dedicaba la sintonía de cierre. Marionetas de hombres branquia, el concepto justifica con creces su presencia en nuestra legión.

Horror of Party Beach (1964)

El subgénero de las Beach Movies fue tan breve como intenso: una cincuentena larga de películas estrenadas entre 1963 y 1968 surgidas a partir del descomunal éxito de Beach Party (1963), primera de las nueve películas que protagonizaron juntos Frankie Avalon y Annette Funicello. La fórmula era sencilla: felicidad juvenil, surf, automóviles y música pop en un mundo sin adultos, ajeno al revuelto panorama político y social de la época. También anunciaban que el amor libre y el Verano de las Flores estaban a la vuelta de la esquina -que paradójicamente supuso el abrupto fin de las películas playeras-. El nacimiento del cine para consumo juvenil -que cambiaría la industria- también provocó un sinfín de monster movies, haciendo inevitable que acabaran mezclados. El avispado Del Tenney resolvió rápido que la ecuación “Playa + Monstruo = Monstruo de playa” llevaba al hombre branquia, al que aportó una explicación muy loca: un vertido de residuos radiactivos afecta a un esquelético cadáver en un barco naufragado, que revive y se transforma en monstruo acuático cabezón. Pese a todo, se mantiene el ADN del subgénero porque el bicho asesina a un porrón de chavalas -para empezar, un internado femenino entero- pero a alguna se la lleva, procrea y pronto le acompaña descendencia. Hay que reconocer lo encantador de este mejunje pop lleno de  jóvenes en bikini o bañador meneando el esqueleto al ritmo del Zombie Stomp de los Del-Aires. Existe otra película de guateque playero con humanoide acuático, The Beach Girls and the Monster (1965), pero no la tenemos en cuenta porque al final resulta que el monstruo es un científico que se lanza a una carrera homicida disfrazado de pez humano porque su hijo se pasa el día haciendo surf en vez de estudiar. Otro plan cojonudo que acaba en fracaso.

Sting of Death (1965)

Seguimos inmersos en el periodo yeyé de los hombres branquia, que tiene en esta película una de sus muestras más atroces. Ambientada en los pantanos de Florida, la hija de un científico invita a una veintena de amigos a un guateque con piscina, despertando los celos del ayudante de su padre, que es del tipo jorobado de Frankenstein con bermudas. Su venganza será crear un mutante asesino para que mate a toda la chavalada y le lleve a la chica a su cueva de mad doctor secreta. El monstruo resulta ser un hombre medusa de diseño inenarrable traje de submarinista pintado de verde moho, collares de bisutería sucia y una bolsa de plástico hinchada por cabeza- que asesina chicas en una piscina repleta de gente sin que nadie se percate del asunto. El guión es de Hershell Gordon Lewis, el padrino de un gore que aquí luce por su ausencia; y de sus ochenta minutos de metraje, diez son paseos en lancha que no van a ningún sitio y veintidós –en serio, lo hemos cronometrado- son de juventud bailando el Do The Jellyfish de Neil Sedaka o haciendo la conga alrededor de una piscina con monstruo.

Tritón, de la Familia Real Inhumana (1965)

Internarse en un mundo tan superpoblado como los tebeos de superhéroes multiplicaría la legión de Hombres Branquia. En Marvel tienen a Namor -que ya era excelso en la Golden Age, cuando lo dibujaba Bill Everett-, hijo de humana y atlante -lo de un vulcaniano siempre fue un rumor ruín- y que, pese a tener alas en los tobillos, tiene el atractivo de estar a medio camino entre el héroe y el villano. Al lado de un personaje tan poderoso y altivo, el Aquaman de DC es un cándido por mucho Jason Momoa que se ponga por el medio, es lo que tiene pasarse décadas a lomos de un caballito de mar. Hemos estado a punto de inclinarnos por Tiburón Tigre, un villano la mar de majo, pero al final nos decidimos por Tritón, el miembro anfibio de la familia real inhumana. Sabemos que siempre ha sido bastante secundario, pero su aspecto da el perfil al cien por cien, sobre todo cuando lo dibujan Jack Kirby o Neal Adams.

Creature of Destruction (1967)

Sumergirse en el océano de los subproductos cinematográficos es un ejercicio al que uno se lanza con alegría sin sospechar que se trata de un abismo sin fin. Si She-Creature fue la primera explotación del clásico de la Universal, aunque sean pocos los puntos en común, este es el remake de esa explotación. Y si la original tenía detrás al recurrente Edward L. Cahn, esta tiene a Larry Buchanan, responsable de una filmografía que copa la lista de peores películas de la historia. Nunca hay que fiarse de este tipo de listas, pero el dato indica una tendencia estadística que no puede ser casual. No buscaremos qué sentido tiene hacer con un presupuesto miserable el remake de una serie B barata cuyo argumento tampoco tenía sentido. Pero en fin, que aquí tenemos de nuevo la historia del hipnotizador que somete a una chica a un estado de regresión que la transforma en ese primitivo antepasado del homo sapiens que es el homo branquia, que aquí vuelve al penoso disfraz de submarinista color verde moho y le suma dos pelotas de ping pong como ojos saltones lovecraftianos. La película incluye tres números musicales interpretados por un tal Scotty McKay. Uno de ellos es una canción sobre Batman cuyo sentido ignoramos por completo, dato que, a estas alturas, ya es un sinsentido estadístico.

Blood Waters of Dr. Z / Zaat (1971)

Hemos puesto los dos títulos porque no hay quién se aclare de cuál es el oficial, lo que ya es indicio de algo que puede ser atroz aunque luego resulta ser marciano. Salimos ganando con el cambio porque es una de esas rarezas bizarras de cine desajustado y anormal imposible de medir aplicando los parámetros tradicionales. La cosa queda clara desde el principio, con el largo y majara monólogo en off de un mad doctor nazi que experimenta consigo mismo para convertirse en mutante acuático. Luego asesina a un par de académicos que le negaron el éxito, asalta farmacias porque le duele la tripa y secuestra chicas porque quiere una novia como él para procrear como buen Hombre Branquia que es. Todo esto intercalando cada dos por tres planos de peces feos y alucinados soliloquios narrando la experiencia interior en primera persona. Película de monstruos marginal, más larga que un día sin pan y con el tedio propio del arte y ensayo, a menudo se reseña a la criatura como una Cosa del Pantano.

Aunque transcurre en los pantanos de Florida y el traje es más de helechos que de escamas, el experimento es con peces. Y el tema de los monstruos de la ciénaga es, al igual que las sirenas, un capítulo vegetal aparte de lo más curioso. Parte de It, un cuento de Theodore Sturgeon publicado en 1940 en el que se inspiró al año siguiente un personaje de cómic llamado The Heap (recuperado por el sello Eclipse en 1986); que se multiplicó por tres en 1971 con la aparición de otro The Heap diferente en los tebeos de miedo de la Skywald, el Man-Thing de Marvel y el Swamp Thing de DC.

Octaman (1971)

Aceptamos pulpo como Hombre Branquia, al fin y al cabo por ahí arriba ya anda uno que es medusa. Se suele señalar esta película con la etiqueta “es mala pero te ríes” que tanto nos incomoda por injusta habiendo tanta película que “es mediocre y no te ríes”. Por lo que hace al tema que nos ocupa y dentro de la tipología de criaturas anfibias antropomórficas, pertenece a la subsección “mutante por culpa de la mutación”, pero es fiel al canon “secuestra señoras  para procrear”. También mata señores, sobre todo si le roban las crías. La cuestión zetosa es evidente cuando piensas que los pulpos son de mar salada y aquí todo pasa en un riachuelo que es casi una charca; o que el concepto “expedición científica” se reduce a una tienda de campaña, mobiliario de camping y un microscopio, pero bueno, que aceptamos pulpo por la risa sana. Respecto al entrañable disfraz del bicho y sus cuatro tentáculos, se trata del primer trabajo de un maestro en la cuestión, el gran Rick Baker. Es curioso ver que el careto se parece al bebé asesino que hizo para Está vivo (1974), y aún más que las crías de pulpo recuerden tanto al artrópodo que sale de los huevos de Alien, donde Baker no estuvo involucrado.

La isla de los hombres peces (1979)

La legión de los Hombres Branquia también cuenta con la obligada aportación de una tradición fílmica tan excelsa en películas de género como la italiana. El responsable es Sergio Martino, cuya experta veteranía da empaque y coherencia a una propuesta que mezcla un montón de dispares condimentos, tantos que conviene ir por orden. La historia: un grupo de náufragos va a parar a una isla donde les atacan sardinas humanoides, les secuestran indígenas y, los pocos que quedan, descubren la mansión de un científico y su esposa. La movida explicada: el científico convierte seres humanos en mutantes pez para que recojan los tesoros de la Atlántida, que se hundió justo debajo. Por si acaso mezclar civilizaciones sumergidas con La isla del Dr. Moreau de H. G. Wells y La isla misteriosa de Julio Verne no fuera suficiente, hay que sumar toques de cine gótico, mal rollo fílmico y caníbales sin gore, todo al estilo italiano, ritos vudú, un volcán en erupción, Joseph Cotten decrépito y Barbara Bach montando a caballo (entre otras cosas). Las criaturas: el careto sardina tiene su punto. Lo que falla: el deseo de procrear con humanas, que por un momento parece que sí pero luego es que no pese a una inquietante y sensual escena en la playa que apunta a gang bang pero acaba en roce.

Humanoides del abismo (1980)

Estupenda muestra del competente cine de serie B ochentero producido por Roger Corman. El dato curioso: un año antes Corman había comprado los derechos de La isla de los hombres peces de Sergio Martino, que estrenó con otro montaje y escenas añadidas. El dato que nos alegra un montón: la dirige una mujer, Barbara Peeters, y menos mal porque esto de la legión de los hombres branquia se estaba quedando en un bosque de nabos. El prota: Doug McCloure, ese actor al que los señores sexagenarios, entre ellos tu padre, llaman “Trampas” cuando ven que sale en una peli porque ese era su personaje en la serie de televisión El virginiano (1962-1971). Lo que pasa: a una multinacional le sale rana el experimento de hacer salmones bien gordos porque les da por atacar el vecino pueblo pesquero para llevarse a las señoras y procrear mucho con ellas. Los monstruos: de lo más fiero, no dan risa como otros. Lo mejor: el tema de la procreación, que es radical y explícito en agresividad sexual. Bola extra: muñeco de ventrilocuo.  

La Bestia Ha Vuelto (1987)

Un periplo tan generoso en monster movies de serie B no estaría completo sin una película filipina, filmografía que de 1970 a 1990 suministró montañas de producciones baratas a cines de barrio y videoclubs de los cinco continentes. Toda una industria pensada para la exportación, con protagonistas occidentales y, con frecuencia, realizadas por encargo de cineastas avispados como Roger Corman. En esta ocasión corre a cargo de Cirio H. Santiago, el director más prolífico de todos, y va de un monstruo hawaiano milenario que reaparece y se convierte en reclamo turístico irresponsable. La película es pura rutina y su Hombre Branquia, una mezcla de demonio y reptil que, en realidad, puede considerarse secuela apócrifa de la saga Blood Island, una serie de películas filipinas dirigidas por Gerardo de Leon y Eddie Romero entre 1957 y 1972. El título español subraya ese vínculo más que el Demon of Paradise original y lo curioso es que el demonio hawaiano que las protagonizaba exigía la ofrenda de vírgenes, cosa que aquí desaparece, pese a ser muy de hombre branquial, porque el referente de verdad es Tiburón. Está llena de explosiones, como es habitual en el cine filipino, y acaba en la cueva esa que siempre sale en las películas filipinas.

Abraham Sapien (1994)

Nada mejor que finalizar el asunto de los Hombres Branquia cerrando el círculo con Abe Sapien, uno de los mejores personajes de Hellboy, la serie de cómics creada por Mike Mignola. Abe, ejemplo de Hombre pez sensible e inteligente, tuvo una excelente versión cinematográfica en dos películas dirigidas por Guillermo del Toro. Y llegados a este punto ya solo nos queda ponernos a bailar con el Rock Lobster de The B-52’s.

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