La otra maldición de los Getty es ‘The Evil Within’, una película de terror, drogas y muerte

El estreno de Todo el dinero del mundo ha sacado a flote el nombre de la familia Getty gracias a la recreación del secuestro millonario del nieto del gran magnate del petróleo. Sin embargo, se habla poco de The Evil Within, una película de terror maldita dirigida por otro de sus nietos, cuya  tortuosa historia de metanfetamina, obsesión y rodajes interminables acabó con otra tragedia en la dinastía, pero al menos esta vez ha dejado por el camino una obra de culto instantáneo que sobrevivirá a la de Ridley Scott.

La nueva película del director de Alien, el octavo pasajero puede darte una pereza tremenda, más si tenemos en cuenta el culebrón entre bambalinas de actores pedófilos, cambios de casting a semanas del estreno y brechas salariales contra la igualdad de género que le han servido de marketing gratuito. Lo cierto es que en ella hay bastantes logros inéditos en su carrera desde hace unos cuantos años. Dentro de su habitual academicismo y rictus megalómano de tragedia griega, Ridley Scott ha conseguido dotar de un verdadero pulso emocional a un surrealista suceso real.




Sin embargo, su mayor atractivo es la forma en la que capta el embrujo que cae sobre una familia condenada a pagar con la desgracia genética los pecados de ambición y codicia de su patriarca. Sea de forma consciente o no, Todo el dinero del mundo (2017) da las pistas necesarias para tantear los futuros problemas de una familia marcada por historias de suicidios, muertes por sobredosis y dinero.

La maldición de un patrimonio

Antes de entrar en la vida de Andrew Getty, primo carnal del secuestrado y mutilado Paul Getty III, y de su gran y única obra, The Evil Within (2002-2017), nos detenemos a dar unas pinceladas en la historia de su familia, para contextualizar el legado de una maldición asociada a décadas de poder, riqueza inimaginable y escándalos. Jean Paul Getty era una especie de Daniel Plainview moderno que ganó su primer millón de dólares a los 23 años. Ya convertido en todo un barón del petróleo en la década de los cincuenta, pegó el auténtico pelotazo con sus negocios en Oriente Medio, tomando ventaja sobre otras compañías y llegando a crear petroleros específicos para poder manejar sus exportaciones. Eso le convirtió de hombre rico a hombre apestosamente podrido de dólares, con afición por el arte y las jovencitas, que intercalaba entre sus cinco matrimonios fallidos. Extremadamente avaro, llegó a colocar una cabina telefónica de pago para sus invitados en su casa, lo que ayuda a explicar su reticencia a pagar por el rescate de uno de sus nietos, Paul Getty III, cuando fue secuestrado por la mafia italiana.

El joven fue liberado gracias a que Getty hizo un préstamo a su hijo, con un interés que sirvió para pagar el rescate, pero su nieto nunca se recuperó del trauma y siguió los pasos de su padre (que se iba de parranda heroinómana con Andy Warhol o Mick Jagger y perdió a su mujer por sobredosis). Acabó entrando en una espiral de droga y alcohol que le dejó postrado en una silla de ruedas, tras un infarto cerebral, hasta su muerte a los 54 años.

Aunque no llegó a vivirlo, no era la primera tragedia relacionada con J. P. Getty. Su hijo Timothy Ware Getty murió a la edad de 12 años en 1958 por un tumor cerebral tras seis largos años de agonía en los que su padre se negó a pagar una sola factura para su tratamiento. Casualmente, el mismo año del secuestro de su nieto, el primogénito George Franklin Getty fallecía a causa de una herida autoinflingida por arma blanca. Cuando finalmente el gran magnate murió, quedaron tres hijos para repartir la parte de fortuna que quedó tras la masiva donación del testamento al Museo Getty. También acabarían ocupándose de varios de los negocios, dando como resultado la creación de nuevas empresas como el famosísimo banco de fotos de internet Getty images.

Paul Getty III, con una oreja cercenada

Uno de los hijos de Getty, Gordon, también se vio envuelto en algún escándalo. A finales de los noventa se descubrió que había llevado una vida secreta, con un cómputo de nada menos que tres hijos secretos fuera de su matrimonio. Con todo, pudo desarrollar una exitosa carrera de músico en San Francisco con obras como una ópera basada en La caída de la casa Usher de Edgar Allan Poe, que curiosamente trata sobre una maldición familiar. Aunque el conjuro contra esta familia incluye muchos tipos de desgracias, la mayoría de los problemas son relativos a la cantidad de pasta que pasa a manos de personas con una rápida facilidad para caer en el círculo de las adicciones. Aileen, otra nieta, vivió un turbio periodo enganchada a la cocaína contrayendo el sida en aventuras extramaritales. El ciclo sin fin de miseria en forma de drogas, rupturas y muertes prematuras siguió con el hijo de Gordon, nuestro protagonista.

Pistolas, metanfetamina y películas de terror

El cuerpo de Andrew Getty, de 47 años, fue encontrado semidesnudo en su casa de las colinas de Hollywood alrededor de las dos de la tarde del 31 de marzo de 2015. Según los informes forenses, la causa de la muerte fue una severa hemorragia intestinal y una intoxicación aguda por metanfetamina, entre otros factores que pudieron agravar los demás, como una severa úlcera gastrointestinal y una condición cardíaca. Dispersos por toda su casa encontraron guiones de películas que había escrito, accesorios de películas y muñecos de arcilla, además de una colección de DVD de pared a pared llena de películas porno y de terror. En un armario tenía ropa de mujer que le gustaba disponer para que sus amigas e invitadas se probaran cuando quisieran. La casa también tenía armas en cajones, bajo la cama y un circuito de cámaras de seguridad, fruto de la paranoia de Getty por el incidente por el que su primo perdió una oreja en Roma.

Fue su exnovia quien encontró el cadáver en el cuarto de baño. Lanessa DeJonge tenía una orden de alejamiento desde hacía dos semanas debido a que roció a Getty con gas pimienta después de una discusión. Durante ese tiempo, el Departamento de Policía de Los Ángeles la tuvo que ir a sacar de allí en numerosas ocasiones. Al parecer, debido a sus problemas de corazón, un aumento en la presión arterial por el estrés de una bronca con DeJonge podría poner en peligro su vida. Pese a esto, la causa de su muerte fue una hemorragia rectal y se archivó como accidente.

Según sus amigos, Getty no tenía suerte con las chicas, atraía a mucho interesado por su fortuna y no tenía mucha mano para mostrarse firme al cortar relaciones con personas especialmente problemáticas. Sin embargo murió sin mucho dinero, habiéndose gastado su parte de fortuna en producir un proyecto soñado: una película de terror que recogiera sus obsesiones cinéfilas y sus tormentosos conflictos interiores, marcados por una adicción a la metanfetamina que le hacía pendular bajo el mismo influjo que tantos otros miembros de su familia.

Andrew Getty

Andrew Getty

Andrew Getty no era un cineasta, pero tenía algo que contar. Desde pequeño, el heredero tenía una gran cantidad de sueños inusualmente reales y retorcidos. Decía que eran tan impactantes que no creía que vinieran de su mente. Tenía la idea de que había algún tipo de inventor de historias que estaba creando sus sueños locos, una especie de genio de la lámpara que le torturaba en la noche. Esas pesadillas llegaron a convertirse en su obsesión, hasta tal punto que inició una empresa imposible, de esas que sólo se le ocurren a personajes como Tommy Wiseau: poner el presupuesto de tu bolsillo para realizar una película sin tener ni siquiera un solo corto en tu currículum es extraño, pero poner cerca de 6 millones de dólares solo está al alcance de un tipo con mucha pasta. Como el director de The Room (2003), empezó cometiendo errores como comprar equipo por valor de cientos de miles en lugar de alquilarlo. Su entorno no le asesoró correctamente. Arriesgó todo en una empresa imposible pero fracasó, al menos en vida. Getty nunca vería su obra terminada.

La quimera de los cinco lustros

La historia de la producción se remonta a 2002, cuando el heredero escribió, dirigió y produjo un guion llamado The Storyteller. El proyecto era muy ambicioso para una sola persona, pero a su manera, era una producción indie muy al estilo de los primeros pasos de gente como Lucky McKee, con la diferencia de que el estudio era él mismo. Aun así se las arregló para conseguir a un grupo de protagonistas con bastante talento como Fred Koehler, Sean Patrick Flanery, el mítico Michael Berryman y Dina Meyer. El rodaje tendría lugar, principalmente, en su mansión de 70 años de antigüedad, que compró en 1996 tras la muerte del propietario anterior, Miklos Rozsa, compositor de cine conocido por su trabajo en Ben-Hur (1959). El rodaje principal tuvo lugar ese mismo año, pero posteriormente se reanudaría un año más tarde y después, otros seis meses después. A un texto original de 90 páginas se fueron añadiendo otras nuevas secuencias de otras 20-30 páginas en cada nueva reunión. Los actores no tenían ni idea de cómo se ensamblarían unas escenas con otras, nada parecía cuadrar con nada. De pronto se vieron con un casi cuatro horas de metraje rodado.

Andrew Getty

Andrew Getty

Durante un periodo de varios años, hubo equipos diferentes que iban y venían, mientras los actores cada vez tenían menos claro que la película fuera a ver la luz del día. Las tomas variaban entre ellas, rodándose hasta diez versiones totalmente diferentes de algunas. El problema es que, aunque su padre le había hecho algunos préstamos, el proyecto consumía demasiado dinero y la producción sufría constantes parones. Mientras estaba en la última fase de rodaje, el director se alió con el productor Michael Luceri, que entró para montar el filme cuando estaba casi todo rodado.

El editor se encontró con un proyecto a medias, que avanzaba muy lentamente debido al minucioso trabajo de efectos especiales y el perfeccionismo de un obsesivo Getty, que no estaba dispuesto a comprometer su visión ni un centímetro de celuloide. Por ello, en su determinación no utilizó ningún tipo de ayuda digital, construyó él mismo sus propios animatronics, marionetas y laberintos. Además, cumplía un estricto horario de 9 a 5 de lunes a viernes, lo que ralentizaba más el proceso. Pasaban los años y la producción se convirtió en una quimera de planos con magia visual óptica, iluminaciones que había que cuadrar, escenas de stop-motion, música y montaje. Tras terminar los últimos planos, tras un periodo de 13 años de trabajo mano a mano, Getty murió, dejando a Lucieri un workprint de dos horas y cuarto.

Tras su fallecimiento, el productor, ya amigo íntimo de Getty a esas alturas, se propuso acabar la película, hacer lo que fuera para conseguir darle sentido, pulir todo lo rodado y conseguir que la visión de su director llegara a cerrarse lo más cerca posible de su imagen inicial. Lo único que faltaba, básicamente, era editar el material, corregir color y aplicar toques digitales de postproducción, pero el material en bruto estaba casi preparado en sus aspectos visuales, conseguidos desde el set original. Consiguió ensamblar un todo de algo más de hora y media tras desechar alguna escena bastante salvaje y, dos años después, usando el poco dinero que había quedado destinado al proyecto, consiguió que el producto final  saliera directo a vídeo, sin que hubiera un estreno limitado o un pase previo por festivales como otras películas pequeñas. En España hubo un par de proyecciones en Donosti y Madrid, pero ni siquiera llegó a Sitges. La historia detrás de su producción, la muerte y el legado de penurias de la familia hizo el resto.

La llamada del culto

Si aún no has asimilado la génesis de The Evil Within, espera a verla. El resultado de tanto trabajo, sudor y ácido es una pieza de celuloide mágico, que trasciende la turbulenta historia de su creación para erigirse como una de esas películas tan extrañas y fascinantes que te incitan a volverla a ver nada más terminarla. En parte por su condición alienígena y en parte por su cantidad de detalles. La sensación es como la de aquellas veces que descubrías cosas como ¿Dónde te escondes hermano? (1982) en un VHS copiado y necesitabas comprobar que lo que había pasado por delante de tus ojos era cierto una, dos, o las veces que hiciera falta. Es una de esas obras que aún mantienen virgen esa inocencia de quien hace algo para sí mismo, con la complicidad de otros aficionados, pero con su propia idea de lo que debe de ser el cine en su cabeza. Por supuesto, los puristas y críticos más torpes asocian el conjunto a obras desastrosas como Plan 9 del espacio exterior (1959) o la citada The Room, pero no hay nada que haga pensar en esa conexión, especialmente cuando el resultado técnico no solo es más que competente, sino que resulta superior a la media de estrenos de VOD a los que asistimos en los últimos años, con su acabado carente de texturas digitales típicas de mumblecores e indiegores.

Porque, al fin y al cabo, una cinta es hija de su momento, y en el 2002 aún no había Rob Zombies, ni Flanagans, por lo que se habría postulado como una propuesta completa y radicalmente transversal, un hito que habría roto en pedazos el concepto del slasher adolescente post Scream (1996) que aún coleaba, con una mezcla de terror experimental basado en lo inexplicable y en los hombres del saco que se adelantó al Slenderman, al remake de Pesadilla en Elm Street (2010) a James Wan, Nick Antosca y artistas del videoarte horrible que lo petan en Tumblr. Pero claro, su momento es hoy, y ahora nos entra como otra de esas películas oníricas con influencia de Argento, Lynch y Bava que no es tan difícil encontrar cada año en los festivales. Llega tarde y, además, con notables carencias narrativas y un inconfundible sabor a opera prima torpe, llena de momentos extraños, renuncios y vaivenes de ritmo que la convertirá en otro de esos estrenos de plataforma a granel a las que mirar por encima del hombro por no cumplir estándares.

Pero olviden los últimos párrafos: la obra de Getty, de haber aparecido en su momento natural, tendría algún estudio detrás, con lo que de ninguna manera podría haber existido de la forma en la que ahora respira. Ningún ejecutivo habría accedido a poner un céntimo en esta locura megalomaníaca a pequeña escala. Proyectos así los hemos visto en vídeo, con gente con mucha voluntad y poca pasta. Nadie tenía seis millones de dólares para realizar su proyecto soñado con aspecto profesional y rodado en celuloide de primera calidad. Ni siquiera Peter Jackson pudo emplear más de cuatro años en completar Mal gusto (1987). Pero el nieto de J. P. Getty tenía una visión, dinero, una enfermedad mental, adicción al speed y mucho tiempo que gastar. Son elementos que no vemos juntos todos los días.

La historia que cuenta The Evil Within no nos es nada ajena. Tenemos a Dennis, un adulto con necesidades especiales que vive bajo el cuidado de su hermano mayor John, cuya novia Lydia le presiona para meter al muchacho disminuido en una residencia. John le regala un espejo antiguo a su hermano, en el que empieza a ver su reflejo hablándole, diciéndole que se volverá más inteligente si comienza a arrebatar vidas. El demonio, a veces con la cara del actor, a veces con la de Michael Berryman, le insta a matar animales, luego a niños y luego a conocidos mientras va guardando los cadáveres en el sótano. Piensen en una versión lisérgica de Rain Man (1988) en la que en vez de drama hay un descenso a los infiernos de la locura visto una y mil veces. De la promesa faustiana clásica al habitual pacto del mal con un disminuido, tan típico en la obra de Stephen King, desde El misterio de Salem’s Lot (1975) a El cortador de césped (1992), su propuesta es más bien una percha para colgar su imaginería macabra inconexa sin definirse por un subgénero concreto.

De acuerdo, por otra parte también se trata de la vieja trama del espejo antiguo cuyo ocupante comienza a poseer al dueño. No deja de ser una especie de reformulación del segmento del espejo de la antología Al morir la noche (1945) que también recuperó la Amicus en Cuentos de ultratumba (1974), en la que una figura que habita en la antigualla exigía a su dueño que matase para poderse “alimentar”. Otras variaciones del tema como La maldición del espejo (1990) u Oculus (2012) tratan los mismos aspectos de posesión, venganza y objeto embrujado, pero la película de Getty es el eslabón pendiente de la secuencia que correspondería a la primera década del siglo XXI. Aunque según él, su mayor inspiración fue la escena del reflejo de Ash atacándole de Terroríficamente muertos (1987). La diferencia con todas ellas es que, voluntaria o involuntariamente, hay elementos discordantes cada cinco minutos. Los personajes no se comportan como seres humanos normales, y los actores parecen ir a la deriva en un mundo que incluso en escenas triviales como una cena toman un color surrealista. Es difícil discernir si esto es el resultado de la inexperiencia del director o una visión del espacio fílmico realmente fracturado, lo que genera una lógica de pesadilla tortuosa pero auténtica.

Terroríficamente muertos

Terroríficamente muertos

La insondable paradoja de una ineptitud brillante

Getty, por puro desconocimiento, rechaza convenciones cinematográficas, las mismas que dictan cuando una película es “buena” o “mala”, y crea su propio reglamento, uno que quizá nunca podamos llegar a entender. Es sencillo desprestigiar el contenido bajo la óptica de consumo instantáneo, que hace que lo que no cumple ciertos criterios técnicos sea descartado. Eso viene conduciéndonos a una sobrepoblación de películas de postureo pulido en escuelas de cine frente a las cada vez más escasas muestras únicas como esta, la representación de una batalla entre la realidad desordenada y la pura imaginación del fantástico más ingenuo.

Uno de esos accidentes cinematográficos inexplicables como The Astrologer (1975) de Craig Denney o las imposibles andanzas experimentales de Crispin Glover. La diferencia es que ésta tiene medios, por mucho que su puesta en escena e interpretaciones recuerde al cine de serie B de los noventa. Luce como una extraña mezcla de telefilme y obra de pura artesanía, que no desentonaría de estrenarse hace tres décadas, pero que se ha beneficiado de algunos avances de post-producción actual, consiguiendo un extraño aspecto pulido pero atemporal.

The Evil Within es cine indomable, quizá uno de los verdaderos ejemplos de libertad de expresión artística que sigue sus propios códigos porque ha tenido que inventarlos. Uno de sus avances más curiosos es que se adelantó, al menos en intención, al monólogo esquizofrénico de Gollum en Las dos torres (2002), cuya conversación interior a dos bandas se hizo bastante popular en su día, y que de haber salido en su momento se habría relacionado con esta película sin ninguna duda. Aunque ya tenía el precedente del también extrañísimo relato de locura y secuestro The Manipulator (1971).

Son muchos los momentos del cine reciente a los que se habría adelantado, como ese momento de marioneta humana que James Wan también utiliza en su magnífica Silencio desde el mal (2007) o ese clímax en un diorama infernalmente gótico, tan similar al de la excelente Parasomnia (2008), el capricho de William Malone también hecho sin respaldo de estudios. Pueden achacársele momentos en los que los diálogos se alargan más de lo necesario, o subtramas perdidas como la del hermano encontrando que también su realidad ha cambiado sin que se dé explicación alguna. Toda ella es un caótico desafío a la lógica propio de Lucio Fulci, que puedes comprar o no, pero es difícil resistirse a sus momentos de viaje lisérgico, sus visiones de ojos con forma de boca, cuerpos desecándose, criaturas Daliescas, arañas gigantes o salas de espejos interminables, anteriores y mucho mejor acabadas que el copy-paste digital de Rey en Los últimos Jedi (2017).

En muchas ocasiones, queda en evidencia que estamos ante la expresión impresa de la mirada de un verdadero outsider, que no es capaz de captar las motivaciones humanas normales. A veces sus clichés son proyecciones de sus propios anhelos, como esa representación de su objeto de deseo en una heladera y el papel, en general estereotipado, de todas las mujeres de la función. Con mayores o menores problemas, Getty capta la angustia de verse a sí mismo autodestruyéndose, sin poder hacer nada para parar su caída al abismo, y es en ese momento en el que la angustia del protagonista, encerrado en el fondo de los reflejos del espejo se hace relevante más allá de sus imágenes surrealistas, de sus referencias a Cabeza borradora (1977), La escalera de Jacob (1990) o Jorodowsky. No hay una obra reciente que recoja de forma tan fideligna el poder embrujante de una pesadilla.

Heredera directa de la primera película de terror canadiense, The Mask (1961), probablemente no había habido una recreación de las alucinaciones tan vívida y radical desde Phantasma (1979), con la que dialoga relacionando íntimamente su textura onírica con un Boogeyman insidioso. Los gritos de desesperación de su personaje tratan de reflejar de alguna manera la experiencia de aislamiento del autor frente a su familia, dibujando a su madre con el mismo vestido que llevaba en la realidad, rodando en su propia casa, concibiendo el propio rodaje como un terapia que debería haber acabado en catarsis pero terminó en muerte, en la partida ganada por el destino de su propia herencia maldita. En un documental sobre la obra de su padre, Gordon Getty se refería a la maldición de su linaje como algo real, como un influjo que les absorbe a menos que haya algo en lo que agarrarse como, en su caso, la música.

La familia de Gordon y Ann Getty

La familia de Gordon y Ann Getty

El asidero redentor de su hijo podría haber sido el cine, pero puede verse perfectamente cómo el demonio del espejo es su yo adicto, el influjo de su misma influencia, tal vez el fantasma de la maldición que llevó a tantos miembros de los suyos a circuitos sin salida. Bajo su trama maniquea se esconde una capacidad espontánea para dibujar el aspecto de su paranoia. Todos sus miedos, heredados por vivir bajo la amenaza constante de ser secuestrado, toman forma en un diorama de motivos góticos inducidos por la demencia.

Sea como fuere, The Evil Within es un testamento fílmico disfuncional y aparatoso que va más allá de lo bizarro, que pervivirá como el debut y el canto de cisne de un director sin tablas que, como El carnaval de las almas (1962), la única obra de Herk Harvey, es una anomalía escalofriante y alucinógena dentro del cine de terror, una obra de culto instantáneo que costará años ir encontrando el espacio que le corresponde: la de la auténtica película de terror maldita de nuestros días.

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