La pesadilla k-pop de Diego A. Manrique

Las Oh My Girl fueron retenidas durante quince horas en el aeropuerto de Los Ángeles por pensarse que eran prostitutas. Diego A. Manrique escribió al respecto del incidente y del k-pop unas palabras en El País que, aquí, pretendemos refutar.

Todos conocemos los elementos clave para no ser tomados en serio, elementos sobre los cuales no tenemos control alguno. Entre ellos ser joven, artista y mujer puntúa, junto con el hecho de no ser caucásica, como una de las combinaciones por excelencia para ser hecho de menos de forma prácticamente automática. Y si bien eso no es nuevo, no deja de ser triste que alguien tan influyente e inteligente como Diego A. Manrique caiga en su último texto, La pesadilla del K-Pop, en la clase de pensamiento gacetillero que siempre había criticado.

Su columna es sorprendente no sólo porque el propio Manrique defendiera en el pasado a las artistas de soul o música caribeña por sus actitudes musicales en vez de, como la mayor parte de la crítica musical patria, tacharlas de inútiles por ser unas guarras que movían el culo con el agravante de no ser blancas —algo que, apropiadamente, haremos como él: explicar al final, para quienes no lean primero lo de Manrique, el porqué de este comentario—, sino también por la falta de datos con la que ha trabajado. Por ejemplo, cuando afirma que la jubilación forzosa en el k-pop llega con los veinte años. No es sólo que la media de edad del debutante medio esté más cerca de los veinte que de los quince, es que la media de edad actual de los grupos ronda los 23 años. Si además tenemos en cuenta que grupos como After School rondan una media de edad de 25 años, con miembros que oscilan entre los 21 y los 32, o que en Shiwa la mayoría de sus miembros tienen 36 años, ese argumento se desmonta rápidamente. Tres cuartos de lo mismo ocurre si miramos hacia los solistas. Lee Hyori sigue en activo con 36 años, al igual que Rain con 33, y el último gran éxito de Uhm Jung-hwa fue a la nada despreciable edad de 39 años. Todo eso sin contar sus carreras en cine, televisión o moda. Si los programas de Disney Channel creaban individualidad, como bien dice Manrique, entonces la hallyu ha convertido un proceso manufacturero menor en un auténtico hito industrial.

Tampoco parece que esa jubilación forzosa imaginaria signifique tener arcas exiguas. Sin ser ninguna barbaridad, en 2013 un idol adscrito al k-pop cobraba un salario medio de 46.74 millones de won (cerca de 35.500 euros), lo cual supone del doble que los 22.64 millones de won (alrededor de 17.000 euros al año) que se cobraban durante el 2010. No sólo resulta que el artista medio tiene las cuentas saneadas, sino que además van en crecimiento. Si además tenemos en cuenta que sólo durante la primera mitad de 2014 se embolsaron en sus bolsillos 31.4 billones (americanos) de won los chicos de Super Junior (23.800.000+ euros), 30.3 (23.000.000+ euros) las Girls’ Generation, 29.4 (22.300.000+ euros) Big Bang y 27.5 (20.900.000) las 2NE1, las cifras no se antojan nada despreciables. Que son excepciones, excepciones que les toca repartir entre cinco o más miembros, pero excepciones que superan las ganancias de la mayoría de artistas pop occidentales como para criticar que no salen las cuentas.

crayon-pop

Dejando de lado los números, en la estética también cabe diferir de la visión que el artículo expresa del k-pop. No sólo porque su clasificación de «música genérica, vehiculada por vídeos relucientes con coreografías imitables, vestuarios estridentes y argumentos elementales» valdría igualmente para la totalidad del pop occidental, incluidos esos Black Eyed Peas que se antojan genios en comparación, sino también porque, boutades aparte, en el k-pop existe de todo. Por más que insinúe lo contrario al comparar la Motown con la industria del k-pop, es absurdo pretender meter en el mismo saco a Hong Dae Kwang, Kisum, f(x) y Crayon Pop.

Como en su día ya nos extendimos al respecto, obviaremos que hablar de k-pop es algo conveniente, no necesariamente descriptivo en términos estéticos absolutos, para entrar en otro duro debate: el de la calidad. ¿De verdad el k-pop es peor que David Guetta? Bueno, depende. Si tuviera que elegir entre la pegadiza What Can I Do de Sheungri y cualquier composición del dj francés, Corea arrasa con nuestros vecinos haciendo uso de su controvertido rodillo de poder blando. Lo mismo va para la comparación con BIGBANG, 2NE1 o Co-Ed School. De forma similar deben pensar Skrillex o Diplo, que no parecen concebir sus composiciones actuales y futuras sin tener en mente a CL o G-Dragon, a pesar de su origen coreano. Este último con composiciones tan destacables como Coup d’etat, canción cuya fuerte carga política y simbólica lo hacen simplemente inconcebible para el canon del pop anglosajón. Y además, con un videoclip estupendo que renuncia al vestuario estridente.

¿Y si nos salimos de lo artístico que ocurre? Que nos encontramos con otro problema todavía más delicado. Todo empezó con la noticia de que las chicas de Oh My Girl, un grupo que ha logrado una modesta cantidad de atención después de su debut el marzo pasado —modesta para los cánones del k-pop, al menos—, fueron retenidas durante quince horas en el aeropuerto de Los Ángeles bajo la sospecha de que fueran prostitutas por llevar trajes de colegiala entre sus pertenencias. Nada nuevo bajo el sol: sexualizamos la adolescencia, vestidos de marinera incluidos, pero luego acusamos a las adolescentes de ser putas. Slut-shaming 101. ¿Y qué es lo que dice Manrique al respecto? Que las «‘chicas de alterne’ se visten y peinan igual que algunas estrellas del K-pop. ¿O es al revés?», en un gesto lamentable con el cual disculpar a las autoridades pertinentes del aeropuerto: algo más propio del gacetillero medio, del crítico vetusto que criticaba el soul por el género de sus interpretes, que de un crítico de su nivel.

Es evidente que el problema no es el k-pop. Ni siquiera Manrique, el cual ni ha debido meditar demasiado la frase ni escuchar atentamente más de dos o tres minutos de algún grupo medianamente popular —como demuestra al sorprenderse de algo tan prosaico, tan común, como el tanque rosa en Hot Summer de las f(x)—. El problema es despreciar de pleno, sin argumentos, haciendo uso del ad hominem, todo un movimiento musical que disfrutan los jóvenes y (algunos) adultos no llegan a comprender. Especialmente, acusando de vestir como putas a un grupo de chicas jóvenes que, en cualquier caso, visten como lo hacen aquellas que más se les parecen: otras chicas jóvenes, no como creen conveniente hombres mayores.

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Tal vez sea cuestión de edad, tal vez sea simple cerrazón, pero no está bien dar carpetazo a una forma cultural tan compleja como el k-pop sin siquiera adentrarse en ella: tanto por lo musical, como por lo ofensivo del paternalismo que demuestra hacia las Oh My Girl. Y, especialmente, porque alguien como Manrique es capaz de articular críticas mucho más serias, fundadas e interesantes que las expuestas en su última columna.

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1 comentarios

  1. Luisru dice:

    Estupendo artículo, muy bien razonado y lleno de argumentos. no como el de Manrique. Yo también he escrito una carta abierta sobre el tema (y no es la primera), para que, por lo menos desde nuestras humildes tribunas, se aprecie el K-Pop como se merece:
    https://cinemakorea.wordpress.com/2015/12/28/diego-a-manrique-el-infierno-del-k-pop-el-pais/

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