‘La que se avecina’: La serie de TV que España se merece

La sitcom por excelencia de nuestros días arranca hoy su novena temporada, ofreciendo (como siempre) una lectura extremadamente agria de la coyuntura española envuelta en gags de costumbrismo gañán y picaresca ibérica. Nosotros analizamos sus casos y sus cosas en un reportaje que ofrece mandanga de la buena (y que no limpia pescado).

Hoy, martes 5 de abril, el país entero volverá a caer. Y todos nosotros con él, no cabe duda: si bien algunos pueden declarar (bien de boquilla, bien en su fuero interno) que La que se avecina (LQSA) es pura escoria televisiva, está claro que el estreno de su novena temporada alcanzará esta noche cifras de audiencias muy estimables, cuando no épicas. Por algo hablamos de un show que no se apea del 22 por ciento de share desde su etapa de 2012, y que ha llegado a reunir a cuatro millones de paisanas y paisanos frente a la caja tonta. Todo ello contando con un arranque que no prometía nada del otro jueves, y con la sombra (ya casi totalmente difuminada) de Aquí no hay quien viva (2003-2006), su lejana predecesora.

Con un total de 116 episodios emitidos (más los 16 que están por caer a partir de ahora), y teniendo en cuenta las infinitas reposiciones con las que Telecinco, Factoría de Ficción y Comedy Central maximizan su rentabilidad, cabe suponer que LQSA ofrece pingues beneficios tanto a su(s) emisora(s) como a sus responsables. Seguramente bastará con afinar el oído entre gag y gag para escuchar, cual risas enlatadas de antaño, las carcajadas de satisfacción proferidas por los showrunners Daniel Deorador, Laura Caballero y Miguel Caballero conforme las cifras van ascendiendo en la gráfica. Y también las del tío de los Caballero, ese José Luis Moreno cuya productora Miramón Mendi es la responsable última del cotarro.

Pensar que el creador de Noche de fiesta es también la mano maestra tras la sitcom más popular de la España contemporánea puede resultar, bien deprimente, bien esclarecedor: el máximo proveedor de entretenimiento para las masas en 1999 (y en la TVE del Aznarato) puede cumplir el mismo papel en 2016 y en la Telecinco de Ocho apellidos vascos. Pero, puestos a dispensar sociología barata, nosotros queremos llegar hasta el final: ya que la entidad de La que se avecina como fenómeno pop es lo bastante amplia como para que los puestos del Expomanga madrileño ofrezcan camisetas de Mariscos Recio, y para que expresiones como “Profanar el juju”, “Merengue, merengue” o “¡Qué ataque más gratuito!” circulen de boca en boca desde hace ya un lustro, esta serie pide a gritos un escalpelo que la diseccione hasta el último tendón. CANINO ha procurado acometer esa tarea, y haciéndolo ha dado con la dolorosa verdad. Y esa verdad es que LQSA es la serie que se merece la España de 2016. El país que ha generado a Albert Rivera, las cuotas de autónomos devoradoras y los monstruos arquitectónicos en Levante no es digno de otro retrato más que de éste. A continuación, explicamos por qué.

‘Ladrillazo’, comedia y sociopatía

La intrahistoria de La que se avecina es medianamente sabida: tras su ruptura con Antena 3, y el consiguiente fin de Aquí no hay quien viva en 2006, Miramón Mendi lanzó una nueva comedia de situación con premisas casi idénticas, pero con un giro nada sutil propiciado por la coyuntura económica. Concretamente, por una burbuja inmobiliaria que, un año antes de reventar, mostraba ya síntomas de hinchazón. Siguiendo aquella máxima acuñada por David Bustamante (“Todo lo que pillo, ‘p’al’ ladrillo”) y guiados por dichos como “Tú cómprate una casa, que eso nunca baja” o “Para qué vas a pagar un alquiler, si una hipoteca cuesta lo mismo”, innumerables españolitos y españolitas se entramparon adquiriendo pisos en barrios de nueva construcción, en los cuales esperaban regalarse con las nuevas temporadas de Gran Hermano u Operación Triunfo tras arduas jornadas de curro en el banco, la obra o la inmobiliaria.

Como la mayoría de esos incautos descubrieron poco después, aquellas firmas ante notario (ese mismo notario que, acto seguido, se retiraba prudentemente para que los participantes en la compraventa “hablaran de sus cosas”) sólo les habían servido para quedar atrapados en territorios tales que el madrileño Sanchinarro o la murciana Nueva Condomina, presos de hipotecones monumentales. Y descubriendo, además, que la promotora de turno ya no respondía de taras y desperfectos, en muchos casos porque su gerente se hallaba en paradero desconocido. Irónicamente, LQSA responde en muchos aspectos a esta misma tipología de lucro fácil y consecuencias desastrosas. Y no nos referimos sólo a sus guiones.

Si bien los decorados de Mirador de Montepinar, ese barrio de nueva construcción donde se desarrolla la serie, no han cambiado apenas desde 2007, sus interioridades sí que han experimentado una mutación muy curiosa. Hace nueve años, cuando Malena Alterio, Adrià Collado, la llorada Mariví Bilbao, el incombustible José Luis Gil y otros rostros ya habituales en La que se avecina abandonaron el centro de Madrid (y qué centro: nada menos que la calle Desengaño, en el prostibulario lado norte de la Gran Vía), el show era apenas un reboot de la serie anterior. Pero en 2009, cuando las licencias de obra nueva en España han disminuido en un 58% y la crisis es ya el tema de conversación por excelencia, se produce el viraje: los dilemas que antes se resolvían en situaciones ridículas dan el paso hacia la vergüenza ajena, y las conductas que antes resultaban grotescas o irracionales, pero verosímiles, se acercan ya a la pura sociopatía.

antoniorecio

No es raro que este giro de contenidos coincida con la entrada de Antonia San Juan como la inefable Estela Reynolds: al grito de ¡Fernando Esteso me chupó un pezón!”, este personaje supuso no sólo un muestrario de patologías mentales (asociadas, para variar, a un personaje femenino) capaces de empujar al suicidio al psicólogo más preparado del mundo, sino también un vínculo con esas películas de Mariano Ozores que retrataron la Transición y sus cosas desde el ángulo de la farsa populachera. Y que, al igual que La que se avecina, ofrecieron ese retrato a trancas y barrancas.

La conexión de esta serie con el cine del ‘destape’ resulta de lo más oportuna. Además de documentos históricos inestimables (con algunos chistes buenos, por lo demás), Los bingueros, Los energéticos (ambas de 1979), Los liantes (1981) y demás filmes protagonizados por el tándem de Esteso y Andrés Pajares suponen un muestrario de rasgos de cierta serie B española. Por ejemplo, los presupuestos minúsculos, las ganas de hacer caja con materiales sacados de la actualidad más perecedera y una ideología de fondo que escora hacia lo reaccionario, por más pezones al viento que el señor Ozores mostrase en la pantalla. De la misma manera, LQSA funcionará en un futuro (o eso creemos) como un catálogo de los peores vicios exhibidos por cierta manera de entender la TV en este país.

¿Se han fijado en que todos los capítulos de la serie duran 70 minutos? Pues eso se debe a dos peculiares necesidades características de nuestra industria televisiva. Para empezar, la de cubrir huecos de la parrilla en prime time (con lo que te cuesta hacer una entrega de LQSA, tapas el mismo minutaje que con dos episodios de un serial estadounidense) y de aprovechar el actual ordenamiento jurídico (que autoriza 12 minutos de spots por hora) a fin de incluir el máximo número de bloques publicitarios en un solo espacio. Esta duración hipertrofiada obliga a los guionistas a mantener en danza a docenas de personajes, lo cual también ayuda a asegurar otro Grial perseguido por las productoras: el multitarget. Si el censo de vecinos en Montepinar resulta tan estrambótico, y si cada uno de esos habitantes tiene una muletilla a semejanza de los humoristas del Un, Dos, Tres (además de las ya citadas, podemos mencionar esos “¡Me caigo muerta!”, “¿Quieres salami?”, “¡Ay, Gregoria!”, “¡Hostia terrible!” o “¿Café? ¿Por la noche?” que todos conocemos), es para que el máximo número de espectadores de cualquier sector demográfico se quede con sus caras y con sus peculiaridades sin tener que pensar demasiado. Exagerando un poco, podríamos decir que la consigna es “un personaje de LQSA, o varios, para cada miembro de la familia”.

Antes de que algún talifán de la serie se nos eche encima, dejemos bien claro que señalamos estos rasgos sin ánimo condenatorio. Es más: lo que nos extraña es que, partiendo de fábrica con tantas tachas y tantos hándicaps, el programa nos haga reír tanto y, sobre todo, ofrezca un retrato social tan bien perfilado. Centrémonos ahora en esto último.

Salami a precio de dignidad

Ya desde Aristófanes lo sabemos: para que una comedia funcione, en cualquier formato, sus personajes deben ser, bien malvados, bien ingenuos, bien ambas cosas: más allá de la construcción de los gags, de su tempo cómico o de su estructura, lo que nos harán reír son sus pecados. Y, como estamos en España, el ranking de pecados capitales dentro de La que se avecina viene encabezado por la avaricia, la lujuria y la envidia, con la gula ocupando un ocasional pero estimable cuarto puesto. A fin de analizar lo que decimos, es impepinable referirse a dos de los personajes más populares del serial: Amador Rivas y Antonio Recio.

De la dinámica entre el gañán albaceteño y su esposa, Maite ‘La Cuqui’ Figueroa (interpretados por el fenomenal dúo cómico de Pablo Chiapella y Eva Isanta) podría hablarse mucho. Muchísimo. Para empezar, porque su eterno círculo vicioso de divorcio y reconciliación (que seguirá, no lo dudemos, hasta que a los guionistas se les acabe la cuerda) recuerda dolorosamente a más de uno que han visto estos ojos. Y, para seguir, porque raras veces se ha encontrado uno con un ejemplo de masculinidad tóxica hecha carne como aquel encarnado por Chiapella. Cuando el show daba sus primeros pasos, recordemos, el albaceteño era la caricatura de un ganador tal y como lo entendía la España del ‘pelotazo’ urbanístico. Empleado de banca haciendo gala de coche y nómina, disimulando a duras penas sus orígenes rurales y siempre dispuesto a sacar barriga a costa de lo que fuera, la mitad masculina de la pareja era lo que ahora llamaríamos un ‘cuñao’ arquetípico. Hasta que le llegó su turno para la humillación, claro.

Empezando por ese affaire de cuernos que acabaría trayendo al bebé apodado ‘Ojos de Pollo’, siguiendo por la pérdida de su puesto de trabajo y acabando por la interacción con una familia numerosísima y llena de tópicos tan sangrantes como certeros, todo el devenir de Amador ha sido una carrera cuesta abajo que algunos comparan con la de Homer Simpson, pero que a nosotros nos recuerda más a esa segunda juventud vivida por Kevin Spacey en American Beauty (1999). ¿Por qué? Pues porque, pagando el precio de su dignidad, el personaje se ha embarcado en un sonrojante retorno a la adolescencia, incluyendo diversos cambios de empleo a cuál más estrambótico, la renuncia a las cargas de la autonomía personal, la libertad para arremeter contra su vecino Leo (Luis Miguel Seguí) al grito de “¡A que te reviento!” y, en general, el derecho a conducirse como un absoluto irresponsable. Dado lo popular que resulta Amador, y dada la cantidad de espectadores masculinos y heterosexuales que confiesan identificarse con él a poco que se les pregunte, esto nos da ganas de exclamar un “¡Ay, mai!” como una casa.

Si Amador Rivas representa a la España que perdió todo lo que tenía cuando estalló la burbuja, ahora vamos a hablar de un personaje que se sitúa en su extremo opuesto: Antonio Recio. Manda narices que Jordi Sánchez, actor y dramaturgo distinguido entre cuya obra encontramos la divertidísima Krámpack (adaptada al cine por Cesc Gay en 2000), haya acabado dando vida a un personaje al que sólo podemos describir como “La PYME hecha carne”, y que vendría a ponerle rostro a esa porción del país que se agarra a lo poco que le queda tras el batacazo económico. Si bien la trama de la serie insiste en enfrentarle con Juan Cuesta, ese politicastro municipal interpretado por José Luis Gil (quien, con su inacabable verborrea y su punto de romántico baboso, resulta la encarnación de un cierto conservadurismo ‘con rostro humano’), el mayorista que no limpia pescado nos parece más un antitipo de esos otros individuos más jóvenes que, como el albaceteño o Javier Maroto (Antonio Pagudo) no han podido seguir del todo esa acumulación de empleo frustrante, matrimonio gélido (en cariño y en sexo, que no en broncas) y pacatería que, hasta hace no tanto, resultaba consustancial a todo español de bien.

Simplifiquemos esto: si, seguramente, Amador Rivas votaría a Ciudadanos en el caso de que le quedara seso suficiente para acudir al colegio electoral, el pescadero forma parte de esa masa que confió en Mariano Rajoy y sus adláteres con el razonamiento de “ya que estos están forrados, seguro que roban menos”. Su feroz represión sexual, su recurso sistemático a la violencia y su necesidad constante de humillar a todos los que le rodean forman parte de la comedia española desde tiempos de la novela picaresca, y son rasgos distintivos de aquel que, no pudiendo ascender en la escala social (básicamente, porque ya suda lo suyo tratando de no desplomarse por ella) cifra todos sus esfuerzos en pisotear a quienes están por debajo de su mísero escalón. Y orgullosamente, además: por mucho que sus convecinos (y los espectadores) le cataloguen como un grandísimo enfermo, el Rancio está orgullosamente asentado en su propio e inamovible canon de normalidad. Un canon que empieza y acaba en él mismo.

Con su devoción a los bienes terrenales, está claro que los personajes de La que se avecina (principalmente los masculinos, claro) podrían cantar aquello de “madre, yo al oro me humillo / él es mi amante y mi amado” a coro con Quevedo y Paco Ibáñez. En este panorama de codicia y hambre mal disimulada, bien está echarle un vistazo rápido a dos figuras que representan tanto el pasado como el futuro de este cotarro: por un lado, Vicente Maroto (Ricardo Arroyo), el jubilado tan desgastado por este combate de apariencias que ya no tiene deseos ni de andar, pasando algunos memorables capítulos desplazándose por el edificio en un segway. Por otra parte, mantenemos en el recuerdo a Fran Pastor (Edu García), ese chaval que se crió prácticamente en un plató de TV y cuyo personaje, finiquitado ya para siempre el gordito impertinente y graciosete de Aquí no hay quien viva, acabó generando la visión más pesimista posible de nuestro relevo generacional. No sólo porque sus ambiciones se cifraran en meterla en caliente, embriagarse y vivir sin dar golpe (algo que resulta, pensamos nosotros, bastante normal), sino por su carencia del más mínimo rastro de empatía. Ante unas perspectivas así, no lo duden, nosotros también nos convertiríamos en émulos de tercera fila de los PXXR GVNG, como le ha pasado al actor en la vida real.

Ellas son las que sufren

Basta con fijarse un poco en los diálogos de La que se avecina para comprobar un hecho cierto: aquí, los tíos hablan de dinero y de follar, mientras que las tías hablan de ropa y de casarse. Esto, lo reconocemos, no es exclusivo de la serie que nos ocupa. Pero, en ella, la asimetría de género daría para escribir otro libro más. Y también para meterse en muchos jardines que no nos sentimos del todo capacitados para sortear.

Digamos, entonces, esto: por mucha entidad que intenten darles los guiones del show, las mujeres de su reparto se definen prácticamente sólo en función de sus relaciones con los varones. Unas relaciones que, cuando hay matrimonio de por medio, asignan a la fémina el papel de carga y tormento para su marido. Júzguese, si no, el vínculo entre Javier Maroto y Lola Trujillo (Macarena Gómez). Exagerando al máximo los estereotipos asociados a la pareja joven y llena de agobios, el matrimonio más joven de Montepinar vive un viacrucis cuya responsabilidad viene a caer, casi exclusivamente, en su mitad femenina: si la casa se convierte en un infierno de suegros apalancados (Antonia San Juan, primero, y Fernando Tejero después) es a causa de ella. Si ella encuentra trabajo como actriz, eso sólo redunda en suplicios para el varón (y en una sátira, nos tememos que atinada, sobre la dantesca producción de una serie de TV española). Y, si ese mismo trabajo le da a Lola la opción de viajar al extranjero, eso sólo importa desde el momento en el que su marido se convierte en un cornudo potencial a ojos de sus amigos.

Si las relaciones entre hombres y mujeres en La que se avecina tienden a lo repugnante, las que tienen lugar entre las propias chicas del edificio lindan con lo dantesco. Porque, en el vocabulario de esta serie, la palabra “sororidad” apenas existe. O sí existe, pero sólo desde hace muy poquito. Aliadas entre sí sólo cuando el puteo de los tíos se vuelve insoportable, las habitantes de Montepinar viven en un sistema de castas que separa radicalmente a aquellas de físico agraciado y en edad de merecer (Lola Trujillo, Judith Becker –Cristina Castaño- y Raquel Villanueva –Vanessa Romero-) de quienes, por haber cumplido ya unos años o mostrar las huellas de la edad, no compiten ya en el mercado de la carne. Desaparecida Gregoria, aquella formidable maruja con el rostro de Beatriz Carvajal (seguramente, la única rival seria que ha tenido Antonio Recio en términos de mezquindad y mala uva), este sector queda ejemplificado por dos personajes que inspiran en quien suscribe una ternura hondísima.

El primero de ellos es Maite Figueroa, la ‘Cuqui’, interpretada por Eva Isanta. Más allá de su adicción a las compras, de su vanidad y su maquiavelismo ocasional, hablamos de una mujer mucho más sensata que su media naranja, con ambiciones más allá de lo obvio (ay, cuánto nos hemos reído a costa de sus sueños de convertirse en escritora…) y con una mínima capacidad para soñar con algo fuera de los confines de una vida de mierda (aunque ese “algo” se traduzca en unos zapatos Jimmy Choo). Un rasgo, este último que comparte con Berta Escobar, la mujer de Antonio Recio: con el muy galdosiano físico de Nathalie Seseña, y presa del conflicto entre una religiosidad castrante y una sensualidad que la lleva a buscar refugio, bien en el sexo con el conserje Coque (Nacho Guerrero), bien en la marihuana que ocasionalmente le pasa este último, bien en ese misticismo merced al cual, con un poco de ayuda cannábica, tiene visiones de una virgen que habla en arameo. Allá quienes vean en estas dos mujeres una mera excusa para la carcajada. Un servidor, a poco que se fija en ellas, las tiene por figuras de lo más trágico, presas de un orden que les niega un poco de sexo con placer, un poco de afecto, un poco de autosuficiencia. ¿A cuántas así habremos conocido?

Hasta aquí llega nuestro repaso a La que se avecina, en el que sólo hemos arañado su superficie. Y no porque no se nos ocurra cómo profundizar, sino porque se nos acaba el espacio: si decimos que haría falta una tesis para abarcar todo lo que esta serie puede decirnos sobre nosotros mismos y nuestras circunstancias, no exageramos un pelo. Esta cutrez endémica, esta pasión devoradora por ser más que el vecino, esta brecha (¿insalvable?) que separa sexos y géneros, son dolorosamente reales por mucho baño de comedia ‘incorrecta’ que se les quiera dar. Nos despedimos con un último pensamiento: aunque no siempre es así, la sátira puede ser un acicate para la conformidad, puesto que supone una reválida inconsciente de aquello cuyas lacras denuncia. Nótese que, si los vecinos de Montepinar hicieran un esfuerzo por vivir sus propias vidas y llevarse un poco mejor entre ellos, o si, sencillamente, mandasen a sus pisos de alto standing a hacer puñetas, este show conllevaría un mensaje mucho más positivo… pero nosotros no nos reiríamos tanto. Y así nos van las cosas.

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