De cómo la saga ‘Predator’ siempre ha sido una celebración de la vida

La del Depredador es una historia triste. Tras un éxito estrenado hace 30 años, ninguna incursión en el cine ha funcionado muy bien, siendo más rentable su presencia en cómics, juegos, o incluso en films co-protagonizados por AlienSu última aventura tampoco va a arrasar en taquilla, pero ha motivado que planteemos una panorámica de la saga. Una llena de luz, color, y alegría de vivir.

Las cifras de Predator arrojan una conclusión no por evidente menos dolorosa, y ésta es que la saga iniciada por John McTiernan en 1987 no le interesa a nadie. No debería haber supuesto una sorpresa para los ejecutivos de Fox, pero aún así duele: Shane Black y su amigo Fred Dekker llegaron a recibir hasta 88 millones de dólares para fundírselo con ilusión en su juguetito —ahora mismo va por 26 millones en la taquilla estadounidense tras un discreto debut, ascendiendo el cómputo extranjero a 30 y fortaleciendo la sensación de que a duras penas cubrirá el presupuesto—, pero la llegada de éste a las carteleras ha coincidido con el asfixiante fenómeno de La monja y un asomo de escándalo a cuenta de Olivia Munn y las viejas amistades del director. Además de, eso. Que Predator, en sí, en su mismidad, no le interesa a nadie.




Y había pistas de ello, como la muy elocuente de que, desde el estreno del film inaugural protagonizado por Arnold Schwarzenegger —que recaudó 98 millones partiendo de un presupuesto de apenas 15—, ninguna de las siguientes entregas de la saga ha sido lo que se dice un éxito. A efectos de rentabilidad Depredador 2  (1990) mantuvo un poco el tipo —aunque los espectadores reaccionaran con bastante desdén—, pero su continuación se hizo esperar exactamente veinte años, y para cuando llegó lo hizo distanciándose lo máximo posible del film de Stephen Hopkins: a Predators (2010) le pasó algo similar en cuanto al público, y pese a que supo cubrir con holgura los costes, en general no dejó un buen sabor de boca. Añadiendo a estos casos lo sucedido con Predator —y soslayando la duología de Alien vs Predator, que tuvo un rendimiento envidiable para los estándares de la franquicia, paralelamente a las críticas más feroces—, es fácil considerar la saga del Depredador como un muerto viviente al que sólo ha ido reanimando algún fan de la saga con ganas de perder dinero y crédito artístico. En 2010 sucedió con Robert Rodriguez, reutilizando un tratamiento que había desarrollado dieciséis años atrás, y ahora ha sucedido con el equipo Black & Dekker.

Quién puede culparlos, sin embargo. La saga de Depredador no sólo supone uno de esos casos excepcionales donde, con el suficiente ánimo y la falta de prejuicios, descubres que todas y cada una de sus integrantes son fabulosas, sino que además presenta una heterogeneidad y un subtexto tan rico y estimulante que, diantre, si yo tuviera pasta suficiente también querría invertirla en su periódica resurrección. De momento, centrémonos en ensalzarla como merece, y analicemos cómo, más allá de películas de acción modélicas, las cuatro entregas de Depredador —omitamos por el momento cualquier referencia a sus encuentros con el xenomorfo— se constituyen sobre todo como emotivos y divertidísimos monumentos a las virtudes del ser humano. Distanciándose de forma militante, al mismo tiempo, del referente que siempre se suele citar a la hora de situar su génesis.

Él vino a la Tierra para hacernos mejores

“Os diré lo que pensaba: estaba meditando sobre la inconsistencia de la civilización. A la bestia de la jungla, que sólo mata para comer, la llaman ‘salvaje’. Y al hombre que caza por deporte lo llaman ‘civilizado’. ¿No es contradictorio?
(Un personaje al comienzo de El malvado Zaroff1932) 

A principios de los años 30, Irvin Pichel y Ernest B. Schoedsack dirigieron para la RKO The Most Dangerous Game, llamada El malvado Zaroff en nuestro país. Entre los productores se encontraba Merian C. Cooper, con quien Schoedsack dirigiría King Kong un año después —este antológico film, de hecho, sería rodado en los mismos entornos selváticos que Zaroff—, y la historia escrita por James Ashmore Creelman se basaba en un relato de Richard Connell. Es de esperar que ninguno de los involucrados en la producción de la película tuviera en demasiada estima al ser humano.

El film de Pichel y Schoedsack carece de sutilezas a la hora de elaborar toda su soflama misántropa. Tras un diálogo inicial donde el protagonista (Joel McCrea), un experimentado cazador, ya es empujado contra la hipocresía de la civilización y la inquietud de si los humanos no serán simplemente un tipo de animal peor —más mezquino, capaz de utilizar su raciocinio para otro tipo de sofisticadas bestialidades—, las circunstancias le convierten en la presa de un cazador aún más refinado y ambicioso que él, ese Zaroff interpretado por Leslie Banks que disfruta terriblemente con el juego, creciéndose ante los percances y las dificultades que les va surgiendo durante su ejercicio. Cuando finalmente Bob, acompañado de una Eve (Fay Wry) que nunca hará mucho más que posar como trofeo de alguno de los dos cazadores, consiga derrotar a su contrincante, lo hará desprovisto de un plan o de cualquier esquivo golpe de ingenio: simplemente, recurrirá a sus instintos más primarios y se limitará a ser ese animal que Zaroff dice que es.

El Depredador original

Por muy peculiar que sea el origen de Depredador —surgido realmente a cuenta de un chiste recurrente en Hollywood que ironizaba sobre que, tras lo sucedido en Rocky IV (1985), al boxeador interpretado por Sylvester Stallone sólo le faltaba derrotar a un extraterrestre—, la relación de la película de John McTiernan con El malvado Zaroff es inexcusable, aunque a la hora de la verdad sólo sirva como desencadenante. Obviamente, Zaroff no es otro que el Depredador susodicho, encargado de someter a los pobres humanos a un juego con el que sólo pretende demostrar su habilidad, pero las reacciones que desencadena en sus presas no podrían ser más diferentes a las vistas en el clásico de los años treinta.

En general, y por más culto que haya ido engrosando con el paso de las décadas, la película protagonizada por Arnold Schwarzenegger nunca ha despertado análisis mucho más sesudos que una divertidísima simbología en la sucesión de asesinatos del Depredador —que a continuación detallaremos brevemente—, o un divertido cuestionamiento sobre a quién se refiere de verdad el título: si a la criatura procedente del espacio —que en ningún momento es bautizada formalmente, más allá del canónico “you’re one ugly motherfucker”—, o al personaje interpretado por el actor austríaco, ese Dutch incombustible que acaba derrotando a su enemigo utilizando sus propias armas y el escenario donde ambos combaten. Y está bien que sea así. Depredador no ha pasado a la historia del cine por deconstruir al ser humano o meterse en movidas metafísicas, sino porque simplemente es una película donde un bicho pone en apuros a un grupo de soldados y, amoldándose a ese concepto, resulta ser la mejor y más eficaz en su empeño.

No obstante, el escueto guión de Jim y John Thomas —revisado posteriormente por el propio Shane Black a cambio de un pequeño papel en la película— sí que supone una transgresión muy interesante de los conceptos de El malvado Zaroff, cuya cita tan bien quedaba a la hora de plantear la sinopsis. Y es que, mientras que la caza iniciada por el aristócrata cosaco acababa despertando los instintos más bajos de su presa y la convertía en la bestia desesperada e impulsiva que él sabía que era desde el principio, el Depredador se las apañaba para sacar lo mejor de su enemigo, proponiendo un intensísimo juego en el que los indefensos humanos acabarían desarrollando unas virtudes insospechadas que, quién sabe, quizá siempre habían estado ahí. Muy probablemente, agazapadas bajo una masculinidad asfixiante, de la que era preciso librarse si querías seguir vivo.

Es decir. Depredador da inicio con un apretón de manos inaudito entre dos moles inmensas que afirman engañosamente pertenecer a nuestra misma especie, y es muy probable que, a partir de entonces, el resto del metraje quede relegado a un abismo de distancia irónica a ojos millenials. Osea, una película que empieza así no puede ir en serio. Y sin embargo, dicho apretón está lleno de significado, no sólo por establecer de forma directa la debilidad de Dillon (Carl Weathers, encargado de plasmar la memoria de la saga Rocky en pantalla) y tender perezosamente un puente estético hasta su asesinato a manos de la criatura, perdiendo un brazo en una secuencia ciertamente sádica. Dicho apretón de manos, más que a Dillon —que al margen de una muerte ignominiosa también verá reforzada su escasa valía al engañar a los protagonistas sobre el carácter de su misión, pocos minutos después—, define a Dutch. El personaje de Schwarzenegger es un tipo íntegro y leal a sus hombres, al contrario que su viejo amigo, pero, sobre todo, es alguien que suele alcanzar sus objetivos en base a la fuerza bruta. Algo que no será de mucha ayuda frente a la amenaza que le espera en la jungla.

La lucha contra el enemigo de otro mundo no hace más que subrayar lo inútil de la brutalidad o la violencia descerebrada a la hora de encarar una amenaza excepcional que nos sobrepase como especie, ya que el Depredador exige algo más para ser derrotado. En esta tesitura se sitúa la larga escena de los protagonistas disparando a la jungla inútilmente, que el propio McTiernan calificó como una burla al poderío armamentístico, pero también lo hace, con respecto no sólo a esa brutalidad sino también a una masculinidad trasnochadísima, la propia puesta en escena de los asesinatos.

Hawkins (Shane Black, escribiéndose sus propios diálogos como debe ser) es un gilipollas que se divierte haciendo chistes sobre la vagina de su novia, y posteriormente muere con una nítida raja sanguinolenta en la garganta. Blain (Jesse Ventura) es un tipo duro al que no le hace falta correr porque lo compensa todo con una gigantesca ametralladora y una insultante capacidad para los one liners —suya es, en efecto, la mejor frase de toda la película y puede que de toda la historia de la civilización occidental: ese celebérrimo “No tengo tiempo para sangrar”—, y muere con el pecho carbonizado, sin que a la sangre le dé tiempo a brotar. Por su lado, Billy (Sonny Landham) tiene una muerte algo más digna, al permitir que Dutch y Anna (Elpidia Carrillo) escapen mientras él se queda a esperar al alienígena decidido a enfrentarlo de forma individual y a campo abierto. El que el asesinato correspondiente se realice respetuosamente fuera de plano no impide que se refuerce la tesis troncal del film: de nada sirve hacerse el machote si no tienes un plan.

Y Dutch consigue tener uno. El personaje interpretado por Schwarzenegger triunfa allá donde fracasaron sus compañeros no porque tenga los bíceps más amedrentadores —el plano inicial demostró que tampoco había tanta diferencia entre los suyos y los de Dillon—, sino porque es capaz de recurrir al intelecto y a otras herramientas que jamás había contemplado utilizar antes (como huir, cubrirse de barro para permanecer oculto a la visión térmica del monstruo, o esconderse) para enfrentarse a su enemigo. De este modo, su eventual conversión en el primo Zumosol de Kevin McCallister muestra que la mente es siempre la mejor forma de salir de un atolladero, precisamente al contrario de lo que hacía el protagonista/animal de El malvado Zaroff, y de propina deja en ridículo las propias armas de su enemigo, que no obstante nunca están más cerca de eliminarlo que cuando recurren a su propia autodestrucción, y Dutch se ve obligado a escapar de una miniexplosión nuclear.

En resumen, por más que Depredador se perfilara como un vehículo para el lucimiento de Schwarzenegger y los personajes monolíticos que había ido cultivado durante la década de los ochenta, lo que finalmente proponía la película de McTiernan era una defensa de la intelectualidad y la inventiva por encima de los músculos… y por eso no debía haber resultado extraño que, en la secuela estrenada tres años después, Dutch fuera sustituido por un policía bastante más enclenque, bocazas y entrado en años interpretado por Danny Glover.  

La jungla de asfalto

Schwarzenegger, en efecto, no quiso volver para Depredador 2, prefiriendo centrarse en el rodaje de Terminator 2: El juicio final (1991), y su relevo a manos de Danny Glover acabó revistiéndose de una coherencia narrativa y temática envidiable, aunque por otro lado de todo punto necesaria en una continuación que iba a llevar al bicho desde la jungla a una versión distópica (fechada en 1997, concretamente) de Los Ángeles. Michael Harrigan puede ser visto como un Dutch que ya ha completado su arco dramático y rebajado musculatura, pero que mantiene intactas sus características más encomiables, como son una determinación de hierro a la hora de dar caza al Depredador, cierto escepticismo ante las órdenes que provienen “de arriba” —acaso recordando las imposturas de Dillon— y, sobre todo, una lealtad inquebrantable hacia sus amigos y compañeros de trabajo.

La excéntrica ambientación de la película de Stephen Hopkins —cuya producción se vio precipitada por el inusitado éxito alcanzado por la criatura a bordo de los cómics publicados a finales de los ochenta—, recreando una urbe apocalíptica donde los narcotraficantes disponen de un nutrido armamento y el espacio urbano es sacudido por sus enfrentamientos con la policía, no hace sino destacar, en medio de la mugre y la desesperación, los cristalinos principios de Harrigan. Por momentos, incluso, el Depredador se sentiría como una criatura nacida de ese caos y aunando en él todas las barbaridades del ser humano —la primera media hora del film sigue sorprendiendo hoy día por la descarnada violencia mostrada, y por el clima árido y cínico en el que tiene lugar—, pero como vimos en la película anterior, éste siempre ha de ir un paso por delante de los humanos, para que así éstos puedan mirarse a sí mismos y reflexionar sobre sus limitaciones.

Es por ello que Depredador 2 insiste en describir los principios y rituales de estas criaturas más que ninguna otra película de la saga, con la posible excepción de Alien vs Predator: para promover una cierta diferenciación con el caos reinante y monstruoso, este nuevo enemigo no sólo respeta a los adversarios poderosos y perdona a los que no le suponen una amenaza alguna, sino que también es capaz de detenerse ante la percepción de una vida que está a punto de nacer: por eso opta por no matar a Leona (María Conchita Alonso), embarazada en beneficio de su propia supervivencia. Gracias a estos gestos, el Depredador consigue equipararse en cuanto a honor e integridad con el bueno de Harrigan, que nunca duda ante la misión que tiene por delante y, contrariamente a lo que se dijo en la época, supone un enemigo mucho más difícil de abatir que Arnold Schwarzenegger. Básicamente, porque éste ya ha descubierto que sólo puede derrotar a su enemigo en base al intelecto, e intelecto es lo único que puede alcanzar a ofrecer.

El duelo que tiene lugar en Depredador 2 es uno entre iguales, y el metraje anterior a que éste se produzca únicamente tiene la función de fortalecer los recursos emocionales de Harrigan, más allá del deseo básico de salir con vida de esa lucha. En efecto, ya no es sólo la supervivencia lo que motiva su batalla contra el Depredador, sino también la amistad y un justo deseo de retribución: el recuerdo de la muerte de su amigo Danny Archuleta (Rubén Blades) y su irritante protegido Jerry Lambert (Bill Paxton) guía sus pasos, y construye un nuevo peldaño en la exaltación de una humanidad preparada y autosuficiente. Tras la configuración del intelecto como forma de destacar entre la carne de cañón, ahora es el amor por nuestros semejantes lo que, combinado con lo anterior, nos eleva y hace mejores. Y lo que, al mismo tiempo, convence a una raza de alienígenas extremadamente avanzada de nuestra valía.

Por eso Depredador 2 acaba con los Yautjas, esos guerreros de honor inquebrantable pero un gusto algo malsano por la caza mayor, regalándonos una pistola del siglo nosécuántos. Y por eso, entre otras cosas, las películas de Alien vs Predator suponen una traición total a los postulados de la saga.

El ser humano como insecto

Dentro del contexto general de la franquicia, resulta lamentable que las películas que mejor se han desempeñado económicamente sean las que más se alejan de la identidad de Depredador, suponiendo excusas de desigual ingenio a la hora de aprovechar esta propiedad intelectual. Lamentable, pero bastante lógico: dado el consenso que hay en erigir la película fundacional de John McTiernan como la única entrega cien por cien conseguida, bastaba con sacar adelante un derivado que atendiese a sus características más superficiales. Ésas que moldeaban a Depredador como un slasher de tantos, y que hallaban sus mayores puntos de interés en la visualización de las muertes de un número muy específico de personajes protagonistas.

No cabe duda de que éste era uno de los grandes atractivos de la película de McTiernan —es un gozo absoluto preguntarse quién será el siguiente en tarifar, dada la excelente caracterización de la patrulla de Dutch—, pero de ahí a reducir a esos humanos condenados a morir a un mecanismo lúdico de tantos, sin querer reflexionar sobre su condición o sobre el comportamiento que ha conducido a esa muerte, había un trecho muy largo y pleno en malentendidos. Malentendidos, no obstante, abrazados con entusiasmo por Paul W.S. Anderson, que planteó la primera parte de esta duología como una colisión entre dioses con ciertas bajas colaterales: las de los humanos.

Alien vs Predator (2004), en ese sentido, da justamente lo que promete, que no es ni más ni menos que un combate encarnizado entre las criaturas insignia de estas dos sagas de ciencia-ficción, mucho mejor resuelto y planificado de lo que se dijo en su día. Yautjas y xenomorfos se dan unas hostias que da gloria verlos —con poco CGI y mucho moñeco, para lujo y recreación del público—, y en este panorama los humanos la verdad que pintan bastante poco. Cualquier intención de ensalzar sus virtudes e idiosincrasias pareció quedar descartada tras la tibia recepción de Depredador 2, que no obstante allanó el camino para que estos dos monstruos se enfrentaran en la gran pantalla, y el papel desempeñado por ellos en esta película no sólo es de lo más ingrato, sino que llega a extremos enervantes.

Para empezar, todo el empeño de la película de Hopkins en ensalzar a nuestra especie mediante la relación y afecto con sus semejantes queda por los suelos a partir de la caracterización de Miller (Ewen Brenner), un pobre tipo que a cada segundo tiene que estar sacando fotos de sus hijos para afirmar a continuación lo mucho que quiere a su familia. Es inevitable, entonces, que el grueso de espectadores sienta unas ganas locas de que este tipo sea el primero en ser destripado, y así es como, poco a poco, Alien vs Predator nos va capturando con su terrible modo de pensar. Así, en definitiva, es cómo nos va haciendo peores personas.

Otros detalles de su demencial argumento conducen a que la especie humana ya ni siquiera sea la presa principal, relegada a criar los xenomorfos en su interior para que una vez sean expulsados (y, por supuesto, maten a sus portadores) se conviertan en el verdadero objetivo de los Yautjas, y a que el supuesto respeto que Lex (Sanaa Lathan) se gana al final de la película no sea más que otro agravio contra nuestra dignidad. Es decir, después de que durante siglos los Depredadores nos hayan usado como criaderos de Aliens, ¿ahora sólo podemos aspirar a su respeto? ¿Después de que en películas anteriores hayamos conseguido igualarlos, e incluso superarlos en combate? Sin duda, Alien vs Predator ofrece una estampa de todo punto intolerable… lo que no quita que sea una película muy cachonda. Al menos después de la extenuante primera hora de duración, cuando los sucios humanos por fin empiezan a palmarla y podemos disfrutar del combate entre las criaturas que más admiramos.

Alien vs Predator: Réquiem (2007), en su condición de secuela garrula de Alien vs Predator, enarbola un discurso prácticamente idéntico ayudada de un contexto mucho más predispuesto a diagnosticar nuestra insignificancia. Y es que de los científicos que protagonizaban la anterior película aquí pasamos a un pueblo estadounidense normal y corriente, con especial foco en, sí, adolescentes pardillos y sumamente irritantes. La empatía con los humanos, ya muy endeble en Alien vs Predator, aquí pasa a ser inexistente, a consecuencia de un constante empeño en presentar personajes para inmediatamente después asesinarlos —el número de bajas es el mayor y más absurdo de toda la saga, con mucha diferencia—, y un músculo creativo que da lo justo para crear una chorrada llamada Predalien e idear una escena de increíble mal gusto con mujer embarazada de por medio. Lo que nos lleva a reparar en la película tan estúpidamente divertida que habría sido esta secuela… si no hubiera tenido una fotografía tan horrenda, y la flojísima realización de los hermanos Strause nos hubiese dejado ver un carajo.

Total, que casi mejor que volvemos a la saga principal, ¿no?

La vuelta a las raíces

La duología Alien vs Predator supone un ligero desvío de las directrices de la saga en pos de horizontes más frívolos y insustanciales; algo que los propios productores advirtieron enseguida, y que originó la reticencia a nuevos crossovers pese al considerable éxito financiero de éstos. Tres años después de que Alien vs Predator 2 consolidara la adscripción de la saga a una serie B que le sentaba como un guante, pero que inevitablemente hacía añorar tiempos mejores, Robert Rodriguez consiguió sacar adelante su propia película de Depredador, ayudado del húngaro Nimród Antal en calidad de director. El título, Predators, era una referencia tanto a Aliens, el regreso de James Cameron (1986), como a una ambición muy seria y consecuente de devolver la saga a sus orígenes. Esto es: jungla, sudor, y tipos duros luchando denodadamente por su supervivencia.

Dicho retorno a los orígenes, sin embargo, acabó siendo solo superficial debido a la voluntad del guión de Alex Litvack y Michael Finch —desarrollado a partir del tratamiento del propio Rodriguez— por profundizar en las constantes temáticas de la saga, y proponer una serie de variaciones muy jugosas del concepto original. Así, Predators daba inicio con la abducción de unas presas terráqueas primorosamente seleccionadas para su posterior transporte a un planeta que hacía las veces de coto de caza para los Yautjas, y aunque dicho planeta no tuviera mucha más entidad que la genérica selva sudamericana de Depredador, las aventuras de estos nuevos protagonistas acababan enriqueciendo el imaginario de la saga de forma incluso más contundente que lo logrado por la secuela de Stephen Hopkins.

Entre estas presas se hallaban un asesino en serie, un yakuza, un narcotraficante, un guerrillero, un mercenario, etcétera, y los primeros y ásperos diálogos de la película nos informaban puntualmente de que, en su mayor parte, todos eran escoria. Guiados por un Adrien Brody que conseguía desconcertar al público mucho más de lo que éste ya había sido desconcertado con el traspaso Schwarzenegger/Glover, estos personajes afrontaban su situación con un afán desdeñoso y egoísta, aliándose entre sí porque no tenían otra cosa que hacer, pero el contacto repetido, y la sucesión de ataques de los Depredadores —que aquí ampliaban, como estaba mandado, su número a cuatro— acababa obrando milagros, y el tercer acto de la película se desarrollaba a través de los sucesivos sacrificios de diversos miembros del grupo en pos de que éste pudiera seguir avanzando. Caía el ruso malhumorado (Oleg Taktarov), caía el asesino en serie (Walton Goggins), caía el yakuza (Louise Ozawa Changchien) en una escena sonrojante donde hacía frente a un Depredador katana en mano… y todo por el equipo, por darle una oportunidad a sus semejantes.

Esta redención dividida en episodios podría resultar forzada debido a que los protagonistas apenas disponen de minutos —más allá del momento de su inmolación—  en los que no aparezcan comportándose como capullos, pero la película de Nimród Antal sortea con mucha inteligencia estos obstáculos gracias al contraste, por un lado, y a la focalización en el personaje de Adrien Brody por otro. Lo primero se consigue con la introducción a mitad del metraje de Noland (Laurence Fishburne), un vestigio de anteriores cacerías que no tarda en demostrar a qué se ha debido su prolongada supervivencia: un agresivo individualismo que volverá a manifestarse cuando quiera traicionar a los protagonistas para quedarse con sus recursos. Y, por supuesto, muera en el intento.

La actitud de Noland será posteriormente replicada a manos del personaje de Brody, que buscando una nave espacial con la que volver a la Tierra no dudará en abandonar a Isabelle (Alice Braga) cuando ésta insista en ayudar al herido Edwin (Topher Grace) a que siga su ritmo. Esta escena, dado que acto seguido la nave en la que supuestamente viaja el personaje de Brody explota y Edwin, tras noventa minutos haciéndose pasar por un pusilánime médico que ha sido llevado ahí por error, revele ser en realidad un asesino psicópata, podría haber conducido a la saga de Depredador a sus cotas más desesperadas y nihilistas: no hay esperanza en el ser humano, cualquier esfuerzo por ir más allá del beneficio propio será tan estéril como lo será el camino contrario, y por todo esto nos merecemos ser cazados por esas sofisticadas criaturas del espacio. Vamos, que Predators podría haber acabado tomando el infame camino de los crossovers utilizando un tono mucho más oscuro y trágico, y además recurriendo a una de las muertes de la Depredador fundacionalporque, ¿qué son todos estos sacrificios sino una sucesión de Billys siendo ajusticiados por su insensatez?— para mantener una supuesta identidad unitaria. Pero prefirió no hacerlo.

En cambio, la película de Antal —que se antoja urgente decirlo ya mismo: es extraordinaria—, decidió llevar el discurso un paso más allá de las dos primeras películas de Depredador, y quiso que el personaje de Brody volviera. Que decidiera no montarse en esa nave, y acudiera al rescate de Isabelle justo a tiempo de acabar con Edwin —ésta sí, la única presa que merecía ese trato por parte de los Yautjas— y enfrentarse a sus captores. Saliendo victorioso de ese combate, como debía ser, y justo después teniendo una escena de exultante intimidad con Isabelle, revelando que tiene un nombre, Royce, y que ya era hora de que lo supiera. Minutos después, él y su compañera contemplan cómo del cielo llueve gente en paracaídas, nuevas presas para una nueva temporada de caza, y Royce se limita a decir, con renovada confianza, que ya va siendo hora de escapar de ese condenado planeta.

De la exaltación del intelecto de Depredador, y la reivindicación de la amistad en Depredador 2, Predators lleva su tratado humanista al siguiente nivel: el trabajo en equipo, pues ahora Royce e Isabelle saben que, uniéndose a los recién llegados, confiando en ellos desde el principio, y preocupándose por su bienestar, tienen más posibilidades de vivir. Y eso es algo tan bonito que la historia podría haberse quedado tranquilamente ahí para darle broche de oro a tan formidable trilogía, pero aún quedaba un paso más por dar. Posiblemente, el más entrañable.

¡¿Este Depredador tiene pelotas?!

1987 fue un año decisivo en la carrera de Shane Black. En marzo se estrenó en EE.UU. Arma letal, cuyo logrado guión llevaba su firma, en junio lo hizo Depredador —donde pudo ejercer, como se ha visto, tanto de actor como de script doctor—, y un mes después fue el turno de Una pandilla alucinante, probablemente su proyecto más querido, para el que escribió un guión a cuatro manos junto a su colega Fred Dekker.

Este último sería también el director del film, un ocurrente divertimento que presentaba a un grupo infantil del estilo Los Goonies (1985) y compartiendo un niño con sobrepeso y mote extremadamente vago —si en la película de Richard Donner Jeff Cohen era Gordie, en Una pandilla alucinante Brent Chalem interpretaba a “Fat”, así, sin más— enfrentándose con los monstruos clásicos de la Universal: Drácula, Frankenstein, la Momia, el Hombre Lobo… no faltaba ni uno. La película, por supuesto, rebajaba considerablemente el potencial intimidatorio de dichos enemigos al enfrentarlos a unos chavalines con camisetas donde se podía leer “Stephen King rules”, pero eso no significaba que no hubiera un profundo respeto hacia ellos y su legado. Y esto es exactamente lo mismo que, más de treinta años después, han hecho sus creadores con la saga de Depredador.

El guión de Predator también viene firmado por Shane Black y Fred Dekker, y hay en él un gran cariño por la mitología de una saga maldita que, como debe hacer la buena nostalgia —en caso de que haya una nostalgia buena, que al estarnos viniendo tan arriba vamos a fingir provisionalmente que sí—, no elude un festivo distanciamiento en torno a sus significantes y a las cosas que nunca han acabado de encajar o de poder disimular su idiotez. Y por ello, al igual que en Una pandilla alucinante los niños ridiculizaban la figura del hombre-lobo al descubrir que éste gastaba genitales, los personajes de Predator no dejan de cuestionar el hecho de que un ser que caza a sus víctimas por deporte sea llamado “depredador” y no, más juiciosamente, “cazador”. Aunque la réplica a este error sea justa y necesaria —“lo votamos y todos pensamos que Predator molaba más”, justifica el personaje de Sterling K. Brown—, la voluntad desmitificadora de Black & Dekker, así como el continuado guiño metafílmico al hecho de que, a fin y al cabo, aquí hemos venido a divertirnos, quedan sobradamente establecidos. Por no hablar de las armas hiperavanzadas del Predator, empaquetadas y enviadas por correo como si fueran lo más normal del mundo, o el uso ultramacarra que se le da al famoso fusil que estas criaturas llevan en el hombro.

Sí, los responsables de Predator son conscientes de que la franquicia que se han propuesto actualizar tiene ya unos añitos, y de que su trayectoria ha sido demasiado absurda como para seguir rechazando las mieles de la posmodernidad, pero eso no significa que tomando este camino hayan olvidado simultáneamente las directrices fundamentales de su historia. Y es que Predator, al igual que Depredador, Depredador 2 y Predators, es una celebración del ser humano, y una que en esta ocasión carece de conflictos —ya sean masculinidades tóxicas, actitudes violentas o egocentrismos de distinto pelaje— de los que salir victoriosa. Lo cual no deja de tener su gracia también, porque los protagonistas de Predator son una panda de neurodivergentes que se hace llamar “los Loonies” y poseen una dinámica bastante disfuncional, pero nunca dudan sobre qué han de hacer a continuación, ya sea rescatar al hijo de ese nuevo fichaje que han recibido con los brazos abiertos (Boyd Holbrook) durante la noche de Halloween o, simplemente, salvar al mundo de una maldita invasión extraterrestre. Todo muy rollo Una pandilla alucinante, pero con resultados si cabe más redondos.

La película de Shane Black, en definitiva, no sorprende en pleno 2018 por su violencia —descarada como pocas, pero también inofensiva— o su humor —nada a lo que los fans de Black no estemos acostumbrados—, sino por una actitud vitalista sencillamente arrebatadora. Afrontando una obra que quiere hacernos sentir bien con tanto ímpetu —por más que subsistan en ellas decisiones muy cuestionables, como erigir el Síndrome de Asperger como un paso más en la escala evolutiva cuando se nota que ningún guionista se ha preocupado por documentarse sobre él—, es difícil no sentir una absoluta y total simpatía por ella, y una gran tristeza por lo mal que le ha ido en taquilla. Al fin y al cabo, lo que Predator nos muestra, en estado puro y silvestre, son héroes alegres, sin tacha, sin traumitas, ni ambiciones más allá de la batalla que están librando en el momento presente. No es extraño pues que, en la época de hegemonía de Marvel, una obra de esta naturaleza tan particular se la haya pegado.

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