Las 100 mejores películas dirigidas por mujeres

Así, por las buenas, en estos días cálidos y extenuantes, CANINO te regala una larga y minuciosa, tan subjetiva como caprichosa, lista sobre las mejores películas dirigidas por mujeres, que no hace ascos ni a la comedia juvenil, ni al documental, ni a la serie Z ni al entretenimiento para adultos. Aquí tenéis estas cien perlas, listas para ser devoradas y desmenuzadas. ¿Quién dijo que el cine era sólo una cosa de machos? Mostramos cien pruebas fulgurantes y sobresalientes que demuestran lo contrario. ¡Ha llegado el momento de empoderarse a lo bestia!

Una de las frases más famosas de Camille Paglia es la que nos dice que entre las mujeres no ha existido nunca un Mozart pero tampoco un Jack el Destripador. Podría argumentarse a modo de réplica que los hombres tampoco han tenido una Virginia Woolf ni una Condesa Báthory, pese a que la historia de la condesa haya sido revisionada recientemente con convicción y solidez en una admirable película de Julie Delpy titulada, precisamente, La condesa (2009).

Julie Delpy

Julie Delpy

En cualquier caso, lo que Paglia pretende decir es algo que el sociólogo Pierre Bourdieu también se atrevió a argumentar de una forma más discreta y comedida en algunos de sus escritos: que el carácter de la mujer ha sido siempre menos obsesivo que el del hombre y que, por tanto, eso ha influido sobremanera en su más discreta participación en las artes, especialmente en el cine, no tanto en la literatura y otras variantes.

Este enfoque subestima la perspectiva histórica de la opresión de la mujer por el régimen patriarcal, una postura que, aunque digna de ser considerada a nivel global, queda un tanto erosionada al apreciar que incluso en regímenes dictatoriales extremadamente machistas y cerrados a la participación de la mujer en el campo cinematográfico, han existido féminas que han conseguido mantener carreras muy respetables e influyentes, como es el caso de Leni Riefensthal durante el nazismo de Hitler o Ana Mariscal durante el franquismo. Casos excepcionales, de acuerdo, pero significativos. Y es curioso, porque incluso cuanto los gobiernos y las asociaciones culturales parecen más dispuestas que nunca a potenciar el cine realizado por mujeres con ayudas y subvenciones de todo tipo, estas mismas mujeres se rebelan contra este tipo de tejemanajes, yendo a su bola y haciendo con sus vidas lo que más les apetece.

Leni Riefenstahl

Leni Riefenstahl

Bien por ellas: no se puede obligar a nadie a hacer cine, la creación nunca se puede fomentar con el fin conveniente de engrosar las estadísticas según la conveniencia de algunos, y el cine jamás podrá participar de servidumbres al servicio de paridades postizas y convenciones de la corrección política. Cada uno canaliza su inspiración en su manera, y hombres y mujeres somos diferentes, aunque debamos de aspirar a tener los mismos derechos y a ser tratados como iguales en cualquier ámbito.

Quien esto firma está con Paglia hasta cierto punto, pero igualmente se niega a admitir que la perspectiva histórica y la opresión masculina, directa o indirecta, no hayan influido en mayor o menor medida a la hora de encontrarnos con un panorama relativamente pobre sobre todo al compararlo con los logros de sus compañeros del sexo opuesto. En contrapartida, tampoco creo que haya nada de machista en considerar que las mujeres hayan optado libremente por otras tareas dentro del amplio mundo de la creatividad –ni que el meritorio trabajo de una encargada de vestuario, sobre todo en ciertas películas, tenga que ser minusvalorado frente a la labor de un director de fotografía, por poner un ejemplo que suelen citar las denunciantes-, o que hayan optado por ser madres y cuidar de sus hijos sin que por ello esto tenga que minusvalorar su valía, fuerza y empoderamiento como mujeres (y a este respecto cito a colación el reciente y muy interesante Maternidades subversivas de María Llopis, editado por la Editorial Txalaparta).

Maternidades subversivas

En cualquier caso, mis propias dudas e incertidumbres a la hora de encontrar una solución satisfactoria al conflicto son las que me han llevado a la elaboración de esta lista, que no es un tratado académico y riguroso que haya estado pendiente de la representación de todas las razas, tendencias y nacionalidades dentro del amplio espectro de mujeres tras la cámara, sino un listado personal, caprichoso y subjetivo, tanto en lo relativo al orden como a la selección. Así que me atrevo a decir, ya a las claras, que si el lector encuentra ausencias significativas, ello probablemente se deba a que no haya visto la película en cuestión, o a que se me haya pasado por alto, o a que simplemente no me guste. Por eso, animo a este lector paciente e hipotético a que añada el título ausente en los comentarios, no tanto como reproche, sino con la finalidad de hacer la lista cada vez más completa, variada y justa. Yo simplemente he plantado una semilla; el resto del trabajo depende de vosotros como cinéfagos, sociólogos, feministas aperturistas y espectadores.

He optado por no incluir películas dirigidas por parejas -y me ha dolido especialmente pasar por alto los dos espléndidas comedias firmadas por el tándem Deborah Kaplan/Harry Elfont-. También he intentado repetirme lo menos posible, aunque en algunas directoras haya sido inevitable ya que muchos de sus trabajos pertenecían a una etapa diferente dentro de su trayectoria y poseían una idiosincrasia propia. También me parece oportuno señalar que mientras muchas de estas mujeres fueron activistas declaradas durante toda su vida, otras, como Chantal Akerman, jamás quisieron que el término feminismo apareciera ligado a su obra. Una postura tan discutible como coherente: aquí no estamos hablando de feminismo, ni de política, ni siquiera de sociología, sino de cine, y todas estas películas, algunas de ellas extraordinarias, no son recomendables por el sexo de las personas que las han concebido, sino porque funcionan como arte enérgico y valioso, químicamente puro.

Deborah Kaplan y Harry Elfont

Deborah Kaplan y Harry Elfont

Anhelo el día en el que esta etiqueta comercial y perjudicial de “cine para mujeres” supere estas barreras genéricas y se presente como buen cine a secas, un debate similar al que se ha dado con la literatura femenina, que en un principio parecía no destinada también a los hombres.

Otro tema complejo que me ha preocupado a la hora de elaborar la lista fue plantearme sí existía realmente eso que podemos llamar una mirada femenina. Un debate baldío, ya que muchas mujeres dirigen inspirándose en el trabajo de hombres, de otras mujeres, o simplemente dentro de las reglas de un universo propio. El cine, en este aspecto, es más complejo que la literatura, y en él también tiene cabida la dicotomía entre cineastas artesanales sin pretensiones y autoras autoconscientes, sin demérito de ninguna de las dos opciones.

Chantal Akerman

Chantal Akerman

Con todo, me niego a aceptar que estas cien películas sean aisladas excepciones a la regla -sin chistes, por favor-, y que las mujeres tienen poco o nada que aportar al mundo del celuloide. Cada caso funciona como un microcosmos propio y cada película constituye un pequeño mundo. Y la diferenciación por sexos, dictada como ya he dicho más que nada como una maniobra de márketing equivocada, termina haciendo daño al valor artístico y a su lugar dentro de un fenómeno global que no debe ser territorio de hombres ni de mujeres, sino de voces con una personalidad propia y una historia que contar o unas sensaciones que transmitir.

En este punto, me alejo algo de Paglia pero me acerco a Akerman. No es necesario tener una sensibilidad especial, femenina, queer o masculina, para dirigir, pues la película resultante siempre será un objeto único, inclasificable y enigmático. Y cualquier intento de etiquetado siempre será una impostura. Eso sí, hoy como ayer, siempre será necesario luchar porque las mujeres tengan la misma libertad para expresarse que los hombres, y esto empieza por eliminar desde la educación las normas imaginarias pero muy afianzadas que dicta la autocensura. Sólo siguiendo ese camino todos saldremos beneficiados, y nosotros, como espectadores curiosos y atentos, los primeros. Dicho esto, lancémonos, pues, a la piscina.

1. The hitch-hiker (Ida Lupino, 1953)

Una de las mejores y más fascinantes actrices de la época clásica realiza esta hipnótica y casi minimalista intriga de serie B que nada tiene que envidiar a obras parecidas de directores más reputados como Edgar G. Ulmer, Mark Robson o Joseph H. Lewis. El resto de la obra de esta singular pionera no estaría a la altura de esta singular historia de un autoestopista recogida en medio de una carretera semiabandonada que casi parece esbozar el noir visto por los ojos de una auténtica y cruel femme fatale.

2. Suburbia (Penelope Spheeris, 1982)

Antes de ingresar en el mainstream y venderse al vil metal, Spheeris fue una jovencita punkorra con ganas de epatar y dejar constancia de un cine agresivo, nihilista, incómodo y, al mismo tiempo, poderosamente enérgico y vital. La honestidad y transparencia de ésta, una de sus primeras películas, sólo serían igualadas por la igualmente contundente The boys next door y sus trabajos documentales, de los que hablaremos más adelante.

3. Je, tu, il, elle (Chantal Akerman, 1974)

La historia arranca con una mujer (Akerman herself) encerrada en una habitación prácticamente vacía, a excepción de un colchón y un paquete de azúcar moreno. Durante la primera, y ejemplar, media hora de película, Akerman no hace más que escribir una carta de varios folios, dar buena cuenta del azúcar moreno, desnudarse y dormitar. Luego abandonará la habitación, se subirá al camión de un desconocido y la película se convierte entonces en una extraña road-movie que culminará con el reencuentro con su ex, una mujer a la que abandonará después de una de las más memorables, realistas y tiernas escenas de sexo lésbico de la historia del cine. Pese a la parsimonia habitual de su autora, en sus ajustados 82 minutos no sobra ni falta un solo plano.

4. Función de noche (Josefina Molina, 1981)

Más que un experimento de arte y ensayo, más que un ejemplo vivo de que el low cost lleva existiendo en España y en el mundo desde que alguien cogió su primera cámara, se trata de una radiografía atroz y desgarradora de la vida de la actriz Lola Herrera y su matrimonio, que no por casualidad toma como puntos de referencia una representación de Cinco horas con Mario de Delibes. Los ecos a Bergman y a Cassavettes son más que evidentes, pero la película que Josefina Molina respira, incluso, una dosis más diáfana de pura y dura verdad. Una caso excepcional en la historia de nuestro cine que no ha perdido una pizca de su fuerza arrebatadora con los años.

5. Meshes of the afternoon (Maya Deren, 1943)

¿Tienen cabida los cortos o mediometrajes en esta lista? La respuesta es sencilla: si son de Maya Deren, sí. La sombra de influencia de la autora se prolonga a la actualidad, en el que su culto se mantiene debido a la singular de su figura y a la capacidad hipnótica, trasgresora e innovadora de su obra. Tal vez sea ésta su obra más representativa, y la que ejemplifica con mayor claridad la representación del espacio en su cine y, esta vez en concreto, sus obsesiones por Haití, el vudú y las artes marciales. Deren, bailarina y coreográfa, fue un personaje irrepetible y a día de hoy sigue resultando complejo desentrañar el misterio de sus misteriosas joyas.

6. Las vírgenes suicidas (Sofia Coppola, 1999)

Sofia Coppola, después de unos olvidables comienzos como actriz, sorprendió a medio mundo con una formidable ópera prima, que conseguía capturar todo el lirismo y la melancolía del magnífico libro de Jeffrey Eugenides, sacrificando, eso sí, su parte satírica. Con todo, sus bellísimas imágenes, plagadas de referencias estéticas, quedan en la retina y más allá, al igual que el poso amargo que consigue dejar el conjunto de esta mágica y tenebrosa historia de adolescentes sobreprotegidas. El tiempo no la ha tratado nada mal, manteniéndose intactos todo su mordiente y su sensibilidad epidérmica, casi extraterrestre.

7. Cléo de 5 a 7 (Agnès Varda, 1962)

La vanguardia vista por la agudeza y el sentido de observación de una mujer con los pies en la tierra y la cabeza en las nubes que a su vez retrata como nadie el paso del tiempo y el rostro y la fisonomía de Corinne Marchand, su actriz protagonista. Una pena que el resto de la filmografía de Varda no tenga la misma fuerza de esta clásico con todas sus letras, tan ligero y divertido como apasionante y rico en capas y lecturas.

8. La piel (Liliana Cavani, 1982)

La mejor película de Cavani, poco después metida en experimentos tan desafortunados o simplemente fallidos como Más allá del bien y del mal (1977) y Francesco (1989), fue esta obra deslumbrante y no exenta de efectismos que cuenta la supervivencia de un grupo de mujeres después de liberación de Nápoles en 1943.

9. La tribu de los Brady (Betty Thomas, 1995)

Una de las películas que sirven como punto de inflexión y origen para la llegada de la incorrección política de la nueva comedia americana y, al mismo tiempo, el inicio de la carrera de Thomas, realizadora de una trayectoria posterior tan irregular como interesante, salpicada de diversos picos de anarquía. La película se toma abiertamente a pitorreo a su principal referente, la serie de marras, y el resultado es una comedia descacharrante, biliosa y excesiva digna del mejor John Waters.

10. La niña santa (Lucrecia Martel, 2004)

Las películas de la argentina Lucrecia Martel merecerían un punto y aparte en este listado. Su cine, poderoso, magnético, nublado, farragoso y envolvente, es mucho más que las historias que cuenta, como sus imágenes siempre dicen y sugieren más de lo que parecen. Afectan a las tripas, al estómago y provocan extrañas incomodidades y regustos amargos e incluso lascivos. De raíz eminentemente buñueliana, pero también con puntos en común grandes creadores del cine argentino –como Torre-Nilsson– y mexicano, Martel es dueña absoluta de su propio universo. Esta historia de descubrimiento juvenil de la sexualidad en una comunidad religiosa, a día de hoy, siendo su película más memorable. 

11. Fóllame (Virginie Despentes y Coralie, 1991)

La escritora y ensayista Virginie Despentes une sus fuerzas con la actriz y directora de cine para adultos Coralie para hacer esta brutal disección de las relaciones heterosexuales y las luchas de poder –el sexo como forma de violencia, la violencia como rito erótico- en los primeros noventa, que utiliza la explicitud del porno como si de un estribillo de los Dead Kennedys se tratase. El tiempo no sabe qué hacer con ella: pasa de ser una obra incomprendida y subvalorada a un capricho de feminazis y gafapastas, mientras que sus enrarecidas imágenes sobreviven a cualquier polémica y visionado, sin perder un ápice de su mordiente y de su indisimulada intención de epatar a la burguesía, superior aquí, o en todo caso mucho más efectiva, que en la mayoría de la obra narrativa de Despentes.

12. Terminal Island (Stephanie Rothman, 1973)

Hija rebelde y contestataria de la factoría Corman, Rothman fue una de las escasas mujeres dentro del género de la sexploitation que trató de dignificar sus estilemas más básicos y primitivos para adaptarlos a las ideas de una suerte de anarcofeminismo reivindicativo. Al contrario que Doris Wishman, Rothman tenía todo un discurso detrás y, en consecuencia, sus películas también eras mejores. Por todo ello, no es de extrañar que esta inclasificable Terminal Island pueda verse hoy como uno de los WIPs (películas de mujeres entre rejas) más sólidos de la historia, al que deben mucho, consciente o inconscientemente, los mejores logros de series actuales tan modernas e hijas de su tiempo como Orange is the new black o Vis a vis.

13. Nuit et jour (Chantal Akerman. 1991)

Una de las películas más prestigiosas, que no la mejor, de la influyente cineasta francesa, en la que se ven muy claramente sus influencias de Godard, Warhol, Mekas y el movimiento underground en general, y que puede servir de una buena introducción a las complejidades y matices de su cine. La historia se centra en un trío sexual y amoroso en un pisito donde se duerme -o trabaja- de noche y se folla de día. También puede entenderse como un reverso, polémico o no, al sentimentalismo de la sobrevalorada Jules y Jim (1961) de Truffaut.

14. Lollilove (Jenna Fisher, 2004)

Rodada en formato de falso documental, este ácido cuentecillo sobre la caridad mal entendida de los ricos y famosos cuenta la historia de una pareja de progres que invierte su dinero en fabricar caramelos con mensajes de amor para los más necesitados. Fisher (la Pam de The Office) demuestra que no necesita maestros a la hora de retratar todas las contradicciones y la hipocresía de su generación. El director James Gunn, por entonces pareja real de Fischer, tiene una memorable intervención como hipocondríaco de los gérmenes, e incluso el presidente de la Troma, Lloyd Kaufman, tiene un papelito como sacerdote.

15. La condesa (Julie Delpy, 2009)

Tras la más que interesante Dos días en París (2007), que quizá mereciera también incluirse en esta lista, la godardiana y linkletera Delpy insiste en la dirección y logra la que hasta el momento sigue siendo su película más conseguida y personal. Una reescritura sorprendente de la historia de la condesa Báthory, que incide en la vaporosidad y la crueldad de las leyendas, al mismo que traza un retrato nada amable y especialmente amargo de la obsesión amorosa, demostrando que a veces las películas de época también pueden tener sentido del ritmo. Pronto su autora se decantaría por un tipo de comedia frívola competentemente realizada y puntualmente inspirada, pero mucho menos visceral y bastante más inofensiva.

16. Días extraños (Kathryn Bigelow, 1995)

Trepidante fantasía futurista ambientada en un hipotético año 2000 donde las vivencias ajenas son usadas como drogas clandestinas. Amén de un reparto salvaje y entonadísimo, tal vez se trate de la mejor película de su directora, todavía insuperada, y desde luego la más radical, pesimista, abstracta y sugerente de su robusta filmografía.

17. Los chicos de al lado (Penelope Spheeris, 1982)

Segunda incursión de Spheeris en la lista con esta especie de versión homoerótica, nihilista y punk del clásico Malas tierras (1973), precisamente protagonizada por Martin Sheen, padre de uno de sus protagonistas, en el que dos jóvenes hastiados, interpretados por unos carismáticos Charlie Sheen y Maxwell Caulfield, inician una escabechina de sangre y furia el día que terminan el instituto, huyendo hacia ninguna parte del inexistente futuro que les aguarda. El título no deja lugar a dudas sobre las intenciones de su directora y guionista.

18. Nadar (Carla Subirana, 2008)

Exquisito documental en el que la debutante Carla Subirana, poco después autora de la no menos rigurosa y elegante Volar (2012), explora el pasado de su familia entre brazada y brazada, trazando reflexiones más que interesantes sobre la relación de la historia con nuestro presente, y a través de una serie de entrevistas y pasajes magníficamente hilvanados, aunque a veces algo previsibles una vez asentadas las bases y las intenciones de la propuesta.

19. El triunfo de la voluntad (Leni Riefensthal, 1935)

Tras codirigir La luz azul (1932) nada menos que con el marxista Bela Balász, Riefensthal se convirtió en una maestra intachable del cine de propaganda para el partido nacionalista con este documental y con el no menos influyente e innovador OIimpiada (1938), hoy día consideradas auténticas obras maestras de la propaganda política y por extensión del género documental, que coinciden en su grandilocuencia en el retrato del líder y la sublimación del cuerpo ario. Sin embargo, y pese a que Riefensthal fuera luego absuelta de numerosos juicios que trataban de relacionarla con los crímenes de guerra, su figura en la historia- y desde luego, también en la historia del Arte- plantea numerosas preguntas: ¿qué hacía una mujer llevando a cabo los documentales más importantes de un régimen tan machista y patriarcal como el nazi? ¿Habría sido capaz de desarrollar mejor su carrera en otros ámbitos de no haber sido una mujer marcada para siempre por la esvástica como imborrable letra escarlata? Pero también… ¿seríamos tan benévolos hoy con su persona y su obra de tratarse de un hombre y no una mujer? Conjeturas que no restan un ápice de sus hallazgos técnicos y escénicos de sus documentales. Quien esto escribe, en cualquier caso, y aunque sea políticamente incorrecto decirlo en un artículo de las mujeres en el arte, siempre ha sido más de Einsestein.

20. Los viajeros de la noche (Kathryn Bigelow, 1985)

En un momento en el que el mito vampírico empezaba a tomarse a chirigota – la entrañable Mordiscos peligrosos (1985)- o como elemento oscuro y disonante dentro del pastiche teenager – la, con todo, notable Jóvenes ocultos (1987) y sus antecesoras juveniles todavía más inofensivas-, Bigelow se desmarcó con este aterrador neowestern violento, árido y contundente, con música de Tangerine Dream y un guión en colaboración con Eric Red. La directora retrata a los vampiros y a sus víctimas con un sentido de la abstracción que recuerda a Matheson y a su forma de abordar las biker movies en su ópera prima, la prometedora The loveless (1982). El resultado es un pequeño clásico contemporáneo del cine de terror y uno de los títulos que más hicieron por revitalizar el género antes de la llegada de su asociación con el romanticismo más blandengue y victoriano.

21. The decline of western civilization (Spheeris, 1981-1988-1998)

Un prodigioso, minucioso y catedralicio rockumental dividido en tres partes a lo largo de dos décadas y orquestado por la especialista Penelope Spheeris.  El primero incluye actuaciones y entrevistas a los componentes de grupos como Black Flag, X o The Circle Jerks. El segundo, y de lejos más divertido y disfrutable, se centra en el rock duro y el heavy metal e incluye entrevistas impagables como Ozzy Osbourne, Alice Cooper, Gene Simmons o Lemmy. La (por ahora) última entrega volverá a centrarse en el punk rock con entrevistas a Flea, Rick Wilder o Stephen Chambers. El conjunto es imprescindible tanto para cualquier amante del cine como para todos los interesados en los entresijos del género documental para el que, todo sea dicho, muchas veces las mujeres han mostrado más habilidad y maestría que los hombres.

22. Jeanne Dielman, 23 quai du commerce, 1080 Bruxelles (Chantal Akerman, 1976)

Otra delicia de Chantal Akerman, más de tres horas sin música y sin diálogo que pasan volando narrando la historia en planos fijos de una señora viuda que es ama de casa de día y prostituta por la noche. El resultado, con todo, queda mucho más cerca de la fascinación que de la pedantería. Y a eso sólo se le puede llamar magia u oficio de una singular maestra perversa. Sin ser mi favorita, una de las grandes películas de su autora. Y también una de las más excesivas y coherentes.

23. Ne te retourne pas (Marina de Van, 2009)

Pese a que no conviene desvelar demasiadas claves de su enigmático argumento, diremos que se trata de un retrato cotidiano de la esquizofrenia (o no) y cómo afecta a la vida familiar y amorosa de una mujer en el ámbito burgués parisino. Entregado trabajo de Sophie Marceau y Monica Bellucci y acertada y envolvente dirección de la siempre inquieta –e inquietante- Marina de Van. Una joya a descubrir plena de claroscuros, recovecos y matices.

24. La chica de Nueva York (Susan Seidelman, 1982)

Entonada historia de una jovencita que se las apaña como puede para triunfar en la escena musical neoyorkina, que representa una vez más la conexión del punk-rock con el cine feminista o femenino más militante. Tanto su estética como su tono narrativo pueden ser vistos como un precedente muy influyente a la hora de abordar el retrato esta época en los noventa y más adelante: frío, esteticista, nostálgico y detallista. Nominada a la Palma de Oro de Cannes el año 1982, entre sus protagonistas destaca un joven Richard Hell (del grupo Television). De culto.

25. Yentl (Barbra Streisand, 1983)

La tan amada como odiada Barbra Streisand produjo, protagonizó y dirigió este estimable y sorprendente musical en la que interpretaba a una mujer judía que a principios del siglo XX se hace pasar por hombre para estudiar en una escuela prohibida para mujeres. No sólo las canciones son magníficas, sino que la película posee una extraña solidez que ha resistido muy bien el paso del tiempo y que en cualquier caso queda muy por encima de las realizaciones posteriores de su megalómana y, al mismo tiempo, talentosa maestra de ceremonias.

26. Ropa nueva (Martha Coolidge, 1989)

Dirigida por una mujer que acabaría por convertirse en todo un símbolo de la comedia norteamericana juvenil más clásica, hoy nostálgica o vintage, aquí tenemos la típica historia de poli infiltrado en un instituto para resolver el asesinato de un profesor y acabará enamorándose de una muy atractiva maestra interpretada por Suzy Amis. Tanto la dirección de Coolidge como el guión son sorprendentemente sólidos, o como diría algún crítico aburrido “dignos de mejor causa”. La película, al igual que las mejores de su directora, no ha perdido una pizca de su garra y frescura. Plantel de secundarios de lujo entre los que destacan Seymour Cassel, George Wendt (¡Norm!) o Diane Ladd.

27. Take this waltz (Sarah Polley, 2011)

La actriz Sarah Polley se confirma como una realizadora mayúscula con esta sensible e inteligente historia de amor y adulterio en la que destaca una espléndida Michelle Williams, un Seth Rogen en un registro sorprendentemente comedido y la siempre chispeante presencia de Sarah Silverman. Fue presentada en el festival de San Sebastián y obtuvo críticas bastante malas, cuando realmente se trata de una historia compleja sobre los inesperados rumbos del amor que muestra una convincente capacidad de observación y un esfuerzo plenamente logrado por comprender los claroscuros y contradicciones de cada uno de sus personajes, usando la banalidad de su trama para hablar de cosas grandes y trascendentales.

28. Le llaman Bodhi (Point Break. Bigelow, 1991)

Bigelow actualiza y reinventa –partiendo de un guión de Peter Iliff, eso sí- el cine de atracos de bancos sumergiéndolo a las bravas en la onda surfera en una película briosa y frenética de moral ambigua y violencia vitriólica y soterrada (siempre parece que vemos más de lo que nos muestra). Es decir, nada que ver con Acero azul, esta vez toca jugar en el campo enemigo: una auténtica película de tíos, cien por cien viril, dirigida por una mujer… algunas feministas verán esto como una claudicación, pero a quien esto escribe, le parece el más astuto de los triunfos. Las posteriores realizaciones de Bigelow tras la cámara sólo cumplieron en parte las promesas de una película que ya se saluda casi como un clásico, o al menos como uno de thrillers más vibrantes y memorables de los noventa.

29. Guncrazy (Tamra Davis, 1992)

Historia de chica problemática –notable y muy cómoda Barrymore– que inicia una serie de correspondencia con un preso aun más problemático antes de desatarse la de Dios es Cristo. Prometedor debut de Davis, rodado con el brío y la ferocidad que la historia requería, antes de meterse en berenjenales con divas por doquier –el rodaje de la fallida y problemática Cuatro mujeres y un destino (1994), que terminaría firmando Jonathan Kaplan– o resignarse al papel de aplicada y resultona artesana al servicio de artistas carismáticos de la gran y pequeña pantalla. Porque Billy Madison (1995) es la gran película que todos sabemos, pero también es fácil intuir, y constatar, que en ella pintó mucho más Adam Sandler que la propia Davis.

30. Bad girls go to hell (Doris Wishman, 1965)

Pionera en un género, la por entonces cada vez más sucia y exitosa sexploitation, todavía con coartada moralista o educativa, plagada de hombres desaprensivos y dirigida a losers solitarios y/o desesperados, Wishman aportó su granito de arena y una mirada inequívocamente femenina, a la par que utilizó sus constantes y claves para reflexionar, con más tosquedad que sutileza pero una contundencia en todo momento estimable y atractiva, sobre conceptos como la violación, el acoso, la amistad entre mujeres y la marginalidad en este pequeño clásico a medio camino entre el arte y en ensayo y la exploitation más indisimulada y provocadora para salas ténebres y poco recomendables.

31. Tenemos que hablar de Kevin (Lynne Ramsay, 2011)

La consagración definitiva de Lynne Ramsay como directora a seguir muy de cerca tras la prometedora Morvern Callar (2004). Un sobrio y estremecedor retrato familiar sin apenas concesiones, en el que destaca el impresionante trabajo de Tilda Swinton y Ezra Miller, madre e hijo en la ficción que entran en una espiral de enfrentamiento y destrucción que anuncia el desastre y que deja la moral del ser humano por los suelos y al espectador falto de resuello. Cine social del que revuelve las tripas y deja el cerebro en plan lavadora.

32. Mimi metalúrgico, herido en su honor (Lina Wertmüller, 1972)

El neorrealismo, con sus circunspectos autores que aparecen en los libros de las clases de cine, tuvo en Italia una buena docena de hijos bastardos que precisamente empezaron a dar sus mejores frutos cuando la corriente mandó a tomar viento la sobriedad y dejó de tomarse tan en serio, mezclando en la misma cazuela lo más vulgar del pueblo con lo más tierno y noble de las intenciones del propio cine: directores como Damiano Damiani o Elio Petri, y ya dentro de la comedia, otros como Dino Risi, Ettore Scola, Mario Monicelli, Pasquale Festa Campanille o Steno sirvieron de un necesario y más que digno relevo a los clásicos sin dejar de un momento de retratar la Italia de su tiempo, en muchas ocasiones, con compromiso político incluido.

Entre unos y otros, injustamente enterrada por los años se encuentra Lina Wertmüller, de quien este pequeño y libérrimo clásico quizá sea lo más representativo y perdurable de un cine anárquico y grotesco, con toda la furia de la mejor sátira italiana. Mimi metalúrgico herido en su honor funciona, por tanto, como cine social en todos los amplios sentidos del término, pero también es un abigarrado y explosivo cóctel de lucha obrera sin rumbo, adulterios intercambiables, embarazos imprevistos, gritos furibundos, caciques autoparódicos, sexo raro, vendettas de saldo y comunistas de opereta, que al menos para el autor de esta reseña –y aunque a veces le pueda su propio gusto por la acumulación y el exceso-, se revela prácticamente irresistible.

33. The bling ring (Sofia Coppola, 2013)

Tras la minimalista y fascinante Somewhere (2010), una miniatura de culto para paladares exquisitos, Coppola se descolgó con esta adaptación de un guión propio que cuenta la historia de un grupo de adolescentes de LA que se dedica a infiltrarse en casas de famosos. Como por arte de magia, Coppola logra convertir una anécdota nimia y aparentemente banal en toda una reflexión sobre la frivolidad de nuestra época y el sentimiento de grupo, sin dejar de lado la influencia maternal. En su momento, el crítico Antonio Trashorras dijo a propósito de su estreno comercial que Sofia estaba construyendo una carrera mucho más sólida y coherente que la de su padre. No seré yo quien le lleve la contraria.

34. Polisse (Maïewen Le Besco, 2011)

Estimable y sólida pieza de policíaco coral que aúna la denuncia y la frialdad de trazo del polar francés con una rabia contenida y un sentido del humor soterrado más propios de poliziesco. La huella de Tavernier también es notable. El conjunto, lejos de ser perfecto, consigue que peguemos los ojos a la pantalla durante las suficientes escenas pese a lo excesivo de su duración y posee una fuerza global envidiable, capaz de dejar en el aire muchas preguntas y dotar a la historia de los matices y claroscuros adecuados. Premio del jurado en el festival de Cannes.

35. Nénette y Boni (Claire Denis, 1997)

Una de las mejores películas de su autora, la irregular y a veces algo sobrevalorada Claire Denis, cuenta una sencilla historia de amor saboteado por la urgencia de las circunstancias y ante todo funciona como retrato costumbrista coral de trazo firme y turbio. Con Valeria Bruni Tedeshi y Vicent Gallo, el tono se sitúa a medio camino entre Bertolucci y Eloy de la Iglesia. Es decir, bien.

36. Las hermanas alemanas (Marguerette von Trotta, 1981)

Saludada desde el primer momento como una de las más firmes representantes del Nuevo Cine Alemán, von Trotta desde sus inicios a la actualidad no ha parado de retratar la psicología de mujeres contradictorias y comprometidas que se dejan la vida por una causa, sin que por ello su cine, de una frialdad y un detallismo objetivista a veces incluso irritante, sea exactamente militante. Tal es el ejemplo de esta historia de dos hermanas proabortistas, que obtuvo en su momento el León de Oro a la mejor película en el festival de Venecia, que toman caminos aparentemente opuestos a la hora de defender sus ideales. Una aguda reflexión sobre el feminismo, el terrorismo y los límites ideológicos, a la par que un desarmante y penetrante esbozo psicológico de sus protagonistas principales.

37. Para todos los gustos (Agnes Jaoui, 2000)

Extraordinaria película en la que la actriz, directora y cantante Agnes Jaoui, al igual que en la también soberbia Como una imagen (2004), se encarga de poner el dedo en la llaga en todo lo referente a las diferencias entre clases y la hipocresía imperante y sibilina de su tiempo, con un sentido del humor tan elegante como corrosivo. El tiempo no ha hecho demasiado justicia con sus numerosas virtudes.

38. Tú, yo y todos los demás (Miranda July, 2005)

Sorprendente debut de la también escritora Miranda July tras las cámaras, que adopta un formato de historias entrelazadas para retratar las excentricidades y peculiaridades de una serie de personajes estrafalarios. Unas cuantas chorraditas indies son compensadas por un sentido del humor perverso, que a veces parece una adaptación feliz del universo Solondz para parejitas hipsters.

39. Eden: Lost in music (Mia Hansen-Love, 2014)

Tras la más conocida y sentimental Un amor de juventud (2011), Hansen-Love sube varios puntos con esta melancólica historia de iniciación y decepción a través de varias décadas con el fondo de la música electrónica. El planteamiento es tan riguroso como efectivo y lacónico el resultado, recordado en varios momentos al mejor Linklater, tanto por su visión de los personajes juveniles como la óptica con la que retrata el paso del tiempo y los avatares por los que avanza la pedregosa e impredecible educación sentimental del protagonista. Eso sí, es una película que va más de decepciones personales que de crónica generacional global, aunque a veces funciona también de este modo.

40. Mataharis (Icíar Bollaín, 2007)

La mejor película de la talentosa Bollaín hasta la fecha es este sugerente híbrido de thriller y cine social protagonizada por unas detectives que hacen la compra y cuidan de sus hijos al mismo tiempo que se meten en berenjenales morrocotudos. Sin un ápice de humor pero voluntariamente marciana y vanguardista, quizá la premisa se quede a medio camino en sus amplias y variopintas posibilidades, pero el conjunto queda compensado por una dirección sobria y elegante y un trabajo actoral sobresaliente, en el que destaca el excelente recital de la nunca del todo venerada María Vázquez.

41. Wayne’s world (Penelope Spheeris, 1992)

Ya me callo con Spheeris, que soy el primero en saber que me estoy pasando. Pero cómo, valga la redundancia, pasar por alto este delicioso y desmadrado pastiche de comedia rockera, cine disparatado y desacomplejado todo-vale, que continúa resistiendo como una de las mejores películas basadas en personajes televisivos, aquellos a los que dieran vida Mike Myers y Dana Carvey en el mítico Saturday Night Live. Entre otros muchos aciertos, Tia Carrere fue todo un descubrimiento y la aparición de Alice Cooper no tiene desperdicio. Seguida de una secuela inferior, ya no dirigida por Spheeris, que aquí en España llegó directamente a las estanterías de los videoclubes tras su tibia acogida en EEUU.

42. Hannah Arendt (Marguerethe von Trotta, 2012)

La alemana von Trotta se enfrenta aquí a construir una muy personal biografía de la filósofa judía Hannah Arendt, la misma que acuñara en relación a los crímenes de la Alemania nazi el término “banalidad del mal”. Su mirada despiadadamente fría la aleja de los biopics lacrimógenos al uso, y le otorga, al margen del interés de la historia y su personaje central, una extraña personalidad, como si su autora no hiciera sino exponer al espectador las ambigüedades, los errores y las virtudes de Arendt. Como curiosidad, cabe resaltar que fue votada por John Waters como una de sus películas favoritas del año 2012. Las realizaciones inmediatamente posteriores de von Trotta, sin ser desdeñables, no estuvieron a la altura de las expectativas.

43. Partes privadas (Betty Thomas, 1997)

¿Qué podía hacer Betty Thomas después de debutar con una película en la que deconstruía, pervertía y se mofaba abiertamente de una serie tan icónica como La tribu de los Brady? Pues nada mejor que un biopic sobre Howard Stern, uno de los locutores más polémicos y lenguaraces de la radio norteamericana, protagonizado por él mismo. La verdad que el resultado, una vez aceptado su condición de egotrip, no tiene desperdicio, y su estatus de culto ha ido creciendo con el tiempo. De hecho, en los oscuros y grises tiempos que corren sería prácticamente imposible filmarla, aunque tras las cámaras estuviera una mujer… o quién sabe, también precisamente por esto.

44. Red Road (Andrea Arnold, 2006)

Lejos de ser únicamente una niña mimada del cine independiente inglés, Arnold es ante todo una magnífica narradora de historias y espacios con una virtuosa y sutil capacidad para la sugerencia. Algo mejor que la más complaciente aunque por momentos proteica Fish tank (2009), Arnold cuenta aquí la historia entre una responsable del circuito de vigilancia de cámaras de seguridad y un hombre recién salido de prisión. Hipnótica y necesitada de una revalorización urgente.

45. El bígamo (Ida Lupino, 1953)

Lo que empieza como una inocente y rutinaria investigación para averiguar si una pareja es la adecuada para adoptar a un niño se transforma en un laberinto moral mucho más ambiguo y oscuro cuando se destapa que el marido lleva una doble vida con otra mujer a la que, al parecer, también ama y mantiene. Obviamente, la historia y el planteamiento se han quedado viejos, pero la directora, la siempre admirable Ida Lupino, se las ingenia para articular la narración en la mejor tradición del cine negro y rehúye del previsible enfoque moralista esforzándose en que comprendamos al personaje central. De este modo, salvando las debidas distancias y pese a las inevitables concesiones de su resolución, este pequeño título de culto se acerca más a El adversario (2000) de Emmanuele Càrrere que a cualquier otra película de la época víctima del temible Código Hays y del PCA.

46. Money monster (Jodie Foster, 2015)

Foster, actriz juvenil reciclada en figurón hollywoodiense y, casi a la vez, en eterna promesa de la dirección, logra su mejor película con algo que parece una modernización de las viejas películas del Lumet setentero, coral y comprometido, con las que comparte una parecida rabia por el sistema imperante –antes corrupto, ahora patas arriba- y la temática del individuo anónimo contra la sociedad. Foster, que había despuntado con un debut sensible y más que notable notable –El pequeño Tate (1991)para diluirse en títulos fallidos pero nunca despreciables –A casa por vacaciones (1995), El castor (2011)-, logra suministrar al conjunto el grado pertinente de acidez que funciona especialmente en las múltiples relaciones a dúo entre sus numerosos actores, en un todo entretenidísimo, furiosamente conectado con la inestabilidad de su tiempo y moralmente implacable.

47. Fuera de onda (Amy Heckerling, 1995)

Chispeante adaptación del clásico Emma de Jane Austen al entorno adolescente, de la misma forma que más tarde haría la igualmente notable Crueles intenciones (1999) con el clásico de LaClos. Se trata de la mejor película de su directora, cuya simpática obra global tampoco es para echar cohetes, y su culto ha ganado con los años. Si bien es cierto que su mordiente inicial se diluye conforme avanza la trama, tanto las interpretaciones de Alicia Silverstone como las de sus secundarios (entre los que destacan unos jóvenes Paul Rudd y Brittany Murphy) proporcionan un conjunto más que refrescante.

48. El cielo gira (Mercedes Álvarez, 2005)

Original y muy arriesgada inmersión en los parámetros más áridos de la España Profunda, a través del retrato del día de a día de un pueblecito de Soria en el que apenas se concentran 14 habitantes. Esta premisa es tratada con esmero y pulcritud, aunque a veces la propuesta se les vaya ligeramente a su autora y su poder de atracción sólo sea intermitente. En cualquier caso, resulta un debut notable, mucho más interesante que la siguiente película de su realizadora, la confusa y abigarrada Mercado de futuros (2011).

49. Letter from a Yellow Cherry Blossom (Naomi Kawase, 2002)

kawase

La fotógrafa Naomi Kawase siempre ha alternado su trabajo en el documental con el narrativo, estableciéndose a su vez los dos géneros como vasos comunicantes. Quizá sea yo uno de los pocos que prefieren a la Kawase documentalista, audaz y puntualmente brillante, frente a la plomiza Kawase lírica y narrativa. Como ejemplo, aquí tenemos el reflejo de los últimos días del fotógrafo Nishii Kazuo, enfermo de cáncer, filmados por una Kawase mística y detallista en extremo, a petición del propio enfermo moribundo. La película es moralmente discutible y no carece de un cierto exhibicionismo gratuito con la excusa de retratar la compleja situación y la agonía del futuro finado pero tampoco conviene negársele un evidente poder de sugestión y una sensibilidad conmovedora.

50. La noche más oscura (Kathryn Bigelow, 2012)

Con la llegada del nuevo siglo y la realización de su obra maestra, Días extraños, Bigelow no volvería a ser la misma. Sólo le faltaba el reconocimiento público y crítico con una medianía como En tierra hostil (2008) para estropearla del todo. Sin embargo, su siguiente película es sorprendentemente notable. Le sobran minutos e intensidad a esta recreación fría y minuciosa de la persecución y captura de Bin Laden, pero sólo por la interpretación de una aguerrida y entregada Jessica Chastain merece la pena. Y además, el plano final, pequeña pero decisoria nota crítica en un conjunto que hasta ese momento no se había decantado por salirse de sus márgenes documentales, Bigelow nos muestra que no ha dejado ser la gran directora que nos hizo vibrar en los ochenta y noventa. Son los tiempos los que han cambiado

51. En mi piel (Marina de Van, 2002)

Especie de versión hardcore de La herida (2013), en la que una mujer de 30 años descubre los placeres de la autodestrucción y la autoflagelación. Poderosa a ratos; más truculenta y provocadora que Ne te retourne pas, pero menos conseguida. Los franceses parecen decididos en este siglo a quitarle el cetro a los italianos como nuevos reyes del mal rollo.

52. María Antonieta (Sofia Coppola, 2006)

La película más singular y arriesgada de Sofia Coppola es también la más incomprendida de toda su interesante filmografía. Coppola retrata la Revolución Francesa desde el punto de vista de los ricos y poderosos, mostrando únicamente a los pobres insurrectos como una amenaza en la sombra, como si de una claustrofóbica película de zombis se tratase. La directora retrata como nadie esa fusión, que tiene mucho de provocadora, entre tradición y modernidad, entre impostura y sensibilidad, en un conjunto tan irritante a ratos como irónico y sugestivo.

53. Surveillance (Jennifer Chambers Lynch, 2008)

Tras la fallida –por mucho que uno intente reivindicarla como divertimiento psicotrónico o mirarla con cariño- Mi obsesión por Helena (1993), la hija de David Lynch tomó las riendas de su destino y de su carrera regresando con fuerza y loable ímpetu a la dirección, narrando sin andarse con chiquitas esta a priori convencional de dos policías a la caza de un serial killer que destaca tanto por la concisión de su guión como por la personalidad árida y seca que envuelve su personal puesta en escena. Fue la triunfadora del festival de Sitges en el año 2008 y desde entonces Jennifer ha dejado de ser vista como la hija de un gigante para ser considerada como una directora a quien no perder la pista y seguir con interés.

54. Una mujer en África (Claire Denis, 2010)

Una mujer decide resistir a la guerra de un país africano para cuidar una plantación de café. Denis jugando a ser Icíar Bollaín con la siempre estimulante presencia de Isabelle Huppert y la recuperación del mítico Christopher Lambert. No es una película redonda y a menudo cae en sus propias trampas, pero está llena de momentos memorables y puede decirse que su autora se gana de sobra la reputación y el prestigio que ha cosechado en festivales de todo el mundo.

55. Three daughters (Candida Royalle, 1986)

Royalle

Despentes y Coralie no fueron las primeras en subvertir los roles y estilemas del porno convencional para subvertir y revolver conciencias. Con unos resultados más discretos pero indiscutiblemente más significativos por su carácter pionero, Royalle ya se había aventurado en los años ochenta a realizar un cine erótico o pornográfico (otro debate estéril) centrado más en el placer de la mujer que los mitos del porno al uso. No olvidemos que Royalle venía de trabajar con Chuck Vincent, uno de los mejores directores de cine para adultos de los setenta, responsable de obras que eran al mismo tiempo narrativas, festivas, personales y muy respetuosas y al mismo tiempo realistas en la representación del sexo femenino, como prueba la interesante Roommates (1981), con más de un punto en común con esta valiente y honesta Three daughters.

56. Holy Smoke (Jane Campion, 1999)

La mejor película de la casi siempre engolada Jane Campion fue precisamente aquella que, a priori, parecía lo más alejada posible del universo personal de sus grandes éxitos, entre los que me permito salvar la delicada Un ángel en mi mesa (1990). Comedia marciana con su punto trágico y decadente, cuenta la historia de una voluptuosa muchacha que es seducida por un gurú durante una expedición a la India, por lo que sus padres no tendrán más remedio que reclamar la ayuda de un experto en sectas. Tanto una voluptuosa Kate Winslet como Harvey Keitel realizan un trabajo extraordinario y la atmósfera grotesca y turbia, un poco de cínica fábula new age, es irresistible.

57. Trouble every day (Claire Denis, 2001)

Unos entregados Vincent Gallo y Béatrice Dalle protagonizan la que en su momento fuera saludada como la consagración definitiva de Claire Danis dentro del circuito indie, una extraña y absorbente historia sobre vampirismo sexual y emocional, que navega entre un misterioso laconismo y una morosidad algo impostada. Las huellas de Cronenberg y Lynch son más que evidentes, pero el resultado no siempre está a la altura de sus esforzadas ambiciones. A partir de entonces, Denis dejaría algo de lado este peculiar universo para ahondar en un realismo sucio con unas más claras pretensiones de denuncia social y resultados irregulares, no siempre del todo satisfactorios pero nunca carentes de interés.

58. El Skylab (Julie Delpy, 2011)

Película humilde que acaba ofreciendo mucho más de lo que pretende a partir del juego de pretender nada realmente importante. Delpy se confirma como una de las directoras más inteligentes y ácidas de su generación, y su disección de la burguesía francesa, en la que tanto el sexo como el compromiso social y político son omnipresentes, resulta de lo más reconfortante y agridulce. Una mezcla entre una película de Juan Pinzás y una de Denys Arcand, con unas gotas de Buñuel, pero con la ligereza de una canción de Charles Trenet. Una delicia.

59. Romance X (Catherine Breillat, 1999)

Historia de amor, sexo y sumisión a la que en su día se prestó más atención por la aparición del galán hardcore Rocco Siffredi que por sus valores intrínsecos como película. Más allá de su carácter provocador y su pretensión, más loable que gratuita, de intelectualizar el porno, la película de Breillat tenía más aciertos que errores, se atrevía a transitar por terrenos incómodos con pasos firmes y abría caminos inexplorados que resultaron tal vez demasiado espinosos para el público al que iba dirigida en un momento cinematográfico y moral especialmente conservador.

60. La chica del valle (Martha Coolidge, 1983)

Con la presencia de habituales del cine juvenil de la época como Colleen Camp, Michelle Meyrink y Cameron Dye, y una pareja tan extraña y encantadora como la formada por Nicolas Cage y Deborah Foreman, Valley girl es una nueva incursión de Coolidge en el género de la comedia adolescente, y también una simpática, atractiva y algo mecánica historia romántica que nos habla la relación entre un joven punki y una dulce chica de campo. Dentro del género, además de la más interesante Ropa nueva (1987), Coolidge también nos dejaría la algo más caótica y gamberra Gran lío en la universidad (1984) y la más domesticada pero aún apreciable Escuela de genios (1985), antes de que su carrera fuera decayendo en productos de cada vez menor interés -como excepción tenemos la bonita y semiolvidada El precio de la ambición (1991)- para acabar refugiándose en la televisión.

61. Deadly weapons (Doris Wishman, 1974)

https://www.youtube.com/watch?v=o_IzOR7qdTE

Posiblemente la película más triste y descorazonadora surgida dentro del subgénero de la sexploitation, como si se tratase de una extraña metarreflexión sobre el patetismo y la melancolía inherentes al lado más oscuro y barato del erotismo. Chesty Morgan, mujer de medidas extremas y armas tomar, se infiltra en una banda secreta con el fin de vengarse de los asesinos de su marido. Todo es retratado con una sordidez y una extraña mirada que siente una mezcla de encantamiento y asco por sus personajes. Wishman y Morgan repetirían en la más convencional, pero igualmente icónica, Double Agent 73.

62. Vida y amores de una diablesa (Susan Seidelman, 1989)

Seidelman, otra punk rocker reformada, sorprendió con esta rareza de lujo con una Meryl Streep deliciosamente autoparódica y una Roseanne Barr que pasa de apocada ama de casa a Godzilla despentiana y desmelenada –la auténtica King Kong hecha mujer del famoso ensayo de la autora de Fóllame que arrasa con todo lo que tiene a su paso, incluido con el propio Ed Begley Jr., símbolo de masculinidad yuppie y arrogante propia de los finales ochenta. Pese a sus discretas concesiones y un tono que a veces duda en ser todo lo salvaje que debería, es el empoderamiento en formato doméstico hecho película.

63. Jennifer´s Body (Karyn Kusama, 2009)

Responsable tanto de la sobrevalorada The invitation (2015) como de la potente Girlfight (2000), Kusama es hoy por hoy una firme promesa que espera una pronta confirmación. Este delicioso juguetito con guión de la irregular Diablo Cody, con su retranca a costa del cine juvenil y los grupos de música indie, no fue entendido en su momento, pese a contar con unas entregadas Megan Fox y Amanda Seyfried y un encantador tono de pesadilla vitriólica que no hacía ascos al derramamiento de sangre ni al erotismo lésbico.

64. Portero de noche (Liliana Cavani, 1974)

Cavani juega al escándalo contando esta turbia historia de tintes sadomasoquistas y envolvente pericia estética entre un antiguo oficial nazi y una mujer judía que fue víctima de sus castigos y abusos. Lejos quedan los hallazgos de La piel, pero el conjunto tiene un atractivo oscuro y morboso muy conseguido, potenciado por el trabajo de sus excelentes protagonistas, Charlotte Rampling y Dick Bogarde.

65. Acero azul (Kathryn Bigelow, 1989)

Decidida a darle la vuelta a los roles del género incluso en las tierras más hostiles –un territorio tan masculino, falocéntrico y viril como el policíaco-, Bigelow nos cuenta esta vez la historia de una policía que en su primera noche de servicio se verá obligada a cargarse a un asaltante en un supermercado y seguidamente será acosada por un psicópata que presenció el acto. Aunque irregular en su resolución y algo decepcionante en el balance entre intenciones y resultados, Bigelow traza dos retratos muy interesantes tanto en el personaje de la policía (magnífica Jamie Lee Curtis) como en el ambiguo psicópata, un inquietante Ron Silver.

66. Felices 140 (Gracia Querejeta, 2015)

Maribel Verdú interpreta a Elia, una mujer a la que le ha tocado la lotería y para celebrarlo reúne en una casa rural a un grupo de amigos y familiares. Las envidias, zancadillas y reproches no tardarán en su surgir. Apoyada en un notable guión y un excelente reparto, se trata sin lugar a dudas de la mejor película de su directora, muy superior a lo que nos tenía acostumbrados con sus anteriores y decepcionantes películas.

67. En un mundo mejor (Susanne Bier, 2010)

La danesa Susanne Bier consiguió su película más popular y reconocida mundialmente con esta historia sobre un médico que trabaja en un campo de refugiados en África. Moderadamente impostada, como casi todo el cine social, no se le puede negar valores cinematográficos más que evidentes, apuntes arriesgados y un notable poder de convicción y contagio sobre su público potencial, lo que no quita que a grandes rasgos fuera una película sobrevalorada que se alzó con el Oscar a la mejor película extranjera en 2010.

68. Es más fácil para un camello… (Valeria Bruni Tedeschi, 2003)

Valeria Bruni Tedeschi protagoniza, coescribe y dirige esta simpática tragicomedia que no destaca exactamente por su exceso desmedido de ambiciones, lo que cual ya constituye un refrescante punto a favor. Una delicia vaporosa y ligera, que no insulsa, que narra la historia de una pobre niña rica que se refugia en sus fantasías para huir de una existencia agobiante y ridícula de la burguesía francesa. Tedeschi huye de la cursilería y se centra en una acidez muy compartible que la sitúa más cerca del cine de Julie Delpy, de Agnes Jaoui o de algunas comedias de Ozon, salvando las distancias.

69. Yo disparé a Andy Warhol (Mary Harron, 1996)

Interesante pero algo formulista biopic sobre la feminista radical Valerie Solanas que destaca sobre todo por el interés de la historia y por el formidable trabajo de todo el reparto, en especial de una inspirada y comprometida Lili Taylor. Tras realizar una notable adaptación de American Psycho (2000) y la algo inane pero todavía atractiva The Moth Diaries (2011), Harron acabaría atrapada en el tema de las biografías televisidas de mucho menor interés y riesgo formal.

70. Declaración de guerra (Valérie Donzelli, 2011)

Uno de los títulos más interesantes y personales de su autora, protagonizado por ella misma, que cuenta la historia de una joven pareja que se ve obligada a enfrentarse a la enfermedad de su hijo. La historia, por muy personal y sentida que sea, tiene interés relativo, pero la dirección de Donzelli es lo suficiente sólida y a la vez delicada para hacerla atractiva. Su mensaje final, con su lanza rota por la sanidad pública, resulta además muy compartible. Sus únicos peros vienen por alguna salida de tono innecesaria, como la histérica secuencia en la que se muestran la catarata de reacciones a la enfermedad del niño, que afean el conjunto sin llegar a estropearlo.

71. Mapa de los sonidos de Tokyo (Isabel Coixet, 2009)

Nadie va a negar a estas alturas que Coixet es una autora como la copa de un pino. Otra cosa es que, muchas veces, sea precisamente esas ansias de autoría lo que dé al traste con lo mejor que suelen ofrecer sus películas: las historias, las microatmósferas, los personajes. Así, dista un abismo entre la pulcritud formal y tonal de Elegy (2008) o la contagiosa vitalidad de Cosas que nunca te dije (1996) y la cargante autoconciencia de Mi vida sin mí (2003) o la desorientada búsqueda de estilo de A los que aman (1998). He elegido esta película para representarla en esta lista por varios motivos: 1) Tal vez sea la que más me gusta. 2) Fue la primera que hizo que una crítica en excesivo biliosa frunciera el ceño ante el universo de su autora, y 3) Me parece que sintetiza a la perfección los defectos y las virtudes de este mismo universo. Así, Coixet se deja llevar reposadamente por el paisaje y sus personajes con un resultado irregular y por momentos demasiado ensimismado pero al que no se puede negar una evidente capacidad de seducción.

72. Cielo (Depha Mehta, 2008)

Mi favorita de las últimas películas que siempre interesante realizadora indocanadiense Deepa Mehta, una historia de maltrato doméstico a partir de un matrimonio concertado caracterizada por la rigurosidad de la puesta en escena y la rotundidad de sus contornos. Sus imperfecciones y la morosidad del tono medio del filme son compensados sobradamente por las luces y sombras de la historia y la entregada composición de Preity Cinta.

73. Cementerio viviente (Mary Lambert, 1989)

Una de las mejores novelas de King dio lugar, curiosamente, a una de sus mejores adaptaciones de los ochenta. Lambert, pese a caer en la tentación del susto final, se las ingenió bien para construir una atmósfera opresiva y un suspense bien dosificado. Con la secuela no volvió a sonar la flauta.

74. Meek´s cutoff (Kelly Reichard, 2010)

Neowestern intimista y simbólico a cargo de la siempre interesante, y a veces desconcertante, Kelly Reichard. Una caravana hacia ninguna parte llevada por un grupo de hombres y mujeres que encontrarán la figura de un indio en su camino, sin tener del todo claro si considerarlo un aliado o un enemigo. Reichard se apoya en los puntos fuertes de su cine: unos cuidados diálogos, una atmósfera sombría e incómoda y la relación de los personajes con la naturaleza. El entonado reparto ayuda bastante a dotar de solidez a un conjunto loable, pero no tan sobresaliente como a veces parece hacernos creer.

75. Un amour de jeunesse – Primer amor (Mia Hansen-Love, 2012)

La letra y música de la canción de Violeta Parra Volver a los diecisiete contrasta en el primer tercio de la película con las verdaderas intenciones de su autora: radiografiar el primer amor de una manera nada complaciente, casi cruel, como si se tratara de una enfermedad. Una pena que el conjunto, algo deslavazado y con escenas que funcionan mejor por separado que como parte de un todo, sólo llegue a estar parcialmente a la altura de tan prometedora premisa.

76. Vámonos, Bárbara (Cecilia Bartolomé, 1978)

Una rareza en toda regla en la historia del cine español reciente que retrata el aperturismo de la Transición desde una óptica femenina, contando de la historia de una mujer de familia burguesa que decide romper las ataduras de su matrimonio y su vida acomodada. Con un extraordinario reparto, a día de hoy la película es sobre todo recordada por el rompedor y divertido desnudo de Amparo Soler Leal, pero la película tiene otros valores más que evidentes y aunque el tiempo la haya tratado regular, no se puede subvalorar su relevante lugar en la historia.

77. Hechizo en la ruta maya (Clare Peploe, 1995)

Adorable y encantadora película de aventuras a la antigua usanza que pese a sus discretos propósitos logra conjugar un pequeño sentido de la maravilla con momentos de humor eminentemente surrealista. Todo es tan previsible como nostálgico y evocador, como lo es el protagonismo de la añorada Bridget Fonda.

78. Girlfight (Karyn Kusama, 2000)

Triunfadora en Sundance, la ópera primera de Kusama la reveló como una especie de continuadora del legado de Bigelow. Su película, irregular en conjunto y con los titubeos propios de toda opera prima, está cargada de sordidez, furia y descontento, condensados en la historia de una malencarada y problemática adolescente que decide meterse en el poco recomendable submundo del boxeo amateur. Sólo por descubrirnos a ese torbellino llamado Michelle Rodríguez ya merece estar en esta lista.

79. Dark touch (Marina de Van, 2013)

La película más convencional –dentro de su peculiar y provocador estilo- de de Van es una fábula de terror infantil que hará las delicias de todos los fans de las películas de niños con aviesas intenciones. Tanto su estilo como su enfoque, más malsano y visceral, se alejan de la manera de abordar el tema de Stephen King o Brian de Palma y desde luego convierte en un juego inocente cualquier producción Filmax, con unas escenas de casquería (perfectamente integradas, eso sí) que no desentonarían en un subproducto de Joe d´Amato, y que sitúa a su realizadora en la línea de otros fantásticos creadores franceses de la talla de Alexandre Bustillo, Julien Maury o Pascal Laugier.

80. Combinación ganadora (Nora Ephron, 2000)

La interesante pero subvalorada Nora Ephron siempre se ha movido en un registro que alterna el sentimentalismo más empalagoso con la mala lecha más agria y envenenada. Sólo así se puede entender que haya estado al frente de una comedia romántica tan modélica como Algo para recordar (1993), quizá algo maltratada por el tiempo, y otra tan prescindible y blandengue como Tienes un e-mail (1988). De todas formas, de su variopinta filmografía me permito destacar esta descacharrante comedia negra sobre timos en la lotería protagonizada por unos magníficos y muy divertidos Lisa Kudrow y John Travolta, basada en un guión de Adam Resnick, que pasó injustamente desapercibida en su momento, y que quizá sea su película más subestimada junto a la agridulce y frustrada Un día de locos (1994).

81. Les petits matins (Jacqueline Audry, 1966)

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El tiempo no ha sido demasiado benévolo con filmografía de Jacqueline Audry, que gozara de un nada despreciable éxito comercial en los años de la postguerra francesa. De lo poco que he visto de su limitada pero irresistible filmografía me decanto por incluir esta adorable fábula sobre las delicias y los peligros del autoestop, en la que destaca el siempre formidable Lino Ventura.

82. Punisher 2: War Zone (Lexi Alexander, 2008)

https://www.youtube.com/watch?v=2T9mS9_jFBk

Una historia como las que más nos gustan. Una antigua campeona de kárate y kickboxing metida a directora, con películas tan recias y fuertes como sus golpes y patadas. Entre otras, esta Punisher 2, que supera a la (estimable) primera en violencia, sentido lúdico y diversión global, sin coartadas de ningún tipo más allá del puro y duro disfrute de las plateas. Y con un acabado técnico que tira de espaldas. La energía de Alexander no tiene nada que envidiar a la de los mejores Neveldine y Taylor, y ése es el mejor halago que puede ocurrírseme en este momento.

83. Paris is burning (Jennie Livingston, 1990)

Flamante y flamígero documental que describe a grandes rasgos la escena de las “Houses” de Harlem a finales de los ochenta, sociedades semisecretas en las que gays, travestis y transexuales actuaban como componentes de bandas de guerrilla. Como todo buen documental, te deja con ganas de más y abre las puertas a un mundo tan diferente como clandestino. Obtuvo el Gran Premio del Jurado en el festival de Sundance.

84. Los chicos están bien (Lisa Cholodenko, 2010)

Celebrada y algo sobrevalorada tragicomedia de feliz y plácida realización que cuenta la historia de una familia matriarcal, capitaneada por una pareja de lesbianas, cuyos hijos, fruto de inseminaciones artificiales, se empeñan en conocer a su verdadero padre biológico. Pese a estar soberbiamente interpretada y dialogada, el peso de su valor testimonial acaba sobreponiéndose a sus más discretos valores cinematográficos.

85. Searching for Debra Winger (Rosanna Arquette, 2002)

Rosanna Arquette se pregunta por qué la extraordinaria Debra Winger dejó su carrera cuando mejor le iban las cosas, y se pone a investigar y a trazar similitudes con otros casos parecidos. Y tú ya tienes otro documental más que añadir a tu lista de próximos visionados.

 86. Down in the delta (Maya Angelou, 1998)

Este estimable melodrama intimista supuso el debut de la realizadora Maya Angelou y, al margen de sus cualidades narrativas y del interés de su simple pero eficaz planteamiento, destaca sobre todo por el excelente trabajo de la siempre competente Alfre Woodard. Como apuntábamos, la dicotomía campo/ciudad (el sórdido y peligroso Chicago frente a la calidez del Mississipi, hogar de la familia de la protagonista y residente actual de su tío, con toda la exaltación del nido familiar que ello conlleva) se plantea de una manera bastante simplona, pero la sensibilidad de la directora y un reparto coral extraordinario logran que su visión sea una experiencia cuando menos agradable.

87. De cierta manera (Sara Gómez, 1974)

Un documental que con los años ha ido ganando cierto estatus de culto, en el que se aborda el problema de la pretensión de los revolucionarios cubanos de erradicar los barrios marginales, al tiempo que se cuenta una historia de amor entre un obrero y una maestra. Su valor es más sociológico y testimonial que cinematográfico, lo que no resta para nada interés al resultado.

88. Anatomía del infierno (Catherine Breillat, 2004)

Catherine Breillat adapta su propia novela Pornocracia en una película que parece la versión lowcost de Romance X: una mujer y un hombre, de nuevo Rocco Siffredi, pasarán cuatro noches seguidas en una habitación compartiendo y experimentando sus deseos más íntimos. La mezcla de hardcore y trascendencia no funciona tan bien como en el título más famoso de su autora, pero resulta cuando menos encomiable que ésta sea fiel a su particular visión del mundo y de las relaciones, haciendo un cine marginal, incómodo y a contracorriente.

89. Elegy (Isabel Coixet, 2008)

El universo de Philip Roth adaptado por Isabel Coixet da lugar a una de sus películas más sólidas y consistentes. Apenas hay concesiones, hasta el punto de que se la puesta en escena puede ser acusada de frialdad, pero la mirada de la cineasta, aquí libre de exhibicionismos gratuitos, es lo suficientemente diáfana para conseguir que la historia, sin llegar a provocar auténtica emoción, deje el poso amargo adecuado.

90. Serena (Susanne Bier, 2014)

El salto a la dirección de una película de gran estudio con figurones de Hollywood por parte de la comprometida y sólida Susanne Bier se saldó con una película incomprendida, confusa, en exceso raruna para el público de melodramas y destinada de antemano a ser malinterpretada. Lo que no quita que precisamente esa misma disfunción haga de ella una película atractiva y entrañable, con algún que otro momento realmente memorable. Una pequeña debilidad.

91. El futuro (Miranda July, 2011)

La segunda película de la inquieta y siempre interesante Miranda July tras las cámaras y frente a ellas reproducía algunos de los errores de su ópera primera a cambio de un sentido de la abstracción y un minimalismo que no fue entendido del todo en su momento. La crítica quiso ver una película vacía en un experimento formal que a veces se pasaba de cuqui y esteticista, pero que en líneas generales era más auténtico y arriesgado de lo que se dijo en su momento y que revelaba un marciano y único sentido del humor dentro del indie.

92. El bosque del luto (Naomi Kawase, 2007)

La (casi) siempre sobrevalorada Naomi Kawase construye en esta ocasión una especie de fábula en torno a la vejez, el duelo, la feminidad y la naturaleza. La película, morosa como ella sola, no llega a emocionar hasta su último tercio y la innegable belleza de sus imágenes no logran esconder el vacío, o al menos una cierta y molesta indefinición, en el contenido. Pese a todo la película fue muy celebrada por la crítica en su momento y se alzó con la Palma de Oro en el festival de Cannes de 2007.

93. Big (Penny Marshall, 1988)

Marshall dirigió entre finales de los ochenta y principios de los noventa una serie de producciones de relativo éxito que la afianzaron como artesana de fiar dentro de la industria. De entre ellas, Big es claramente la mejor, y hay que decir en su favor que ha sobrevivido al paso del tiempo. Cuentecillo amable con apuntes de interés y un acabado intachable, incluso consiguió dos nominaciones al Oscar en 1988: guión original y mejor actor para la meritoria composición de Tom Hanks.

94. 50 sombras de Grey (Sam Taylor Johnson, 2015)

Eficiente adaptación del best-seller de E.L. James, adaptado por una mujer y dirigido por una mujer, y el punto de provocación de esta lista. Sería muy fácil ensañarse con los defectos de su planteamiento pero me decanto por ensalzar sus también evidentes virtudes: además de entablar una complicidad inmediata con el público femenino –cosa nada fácil, más en estos tiempos-, podríamos decir que esta película ha hecho más por sacar el sadomasoquismo de su gueto de perversión minoritaria lindante con la violencia de género (e incluso, ojo, glamourizarlo) que cientos de conferencias de ponentes comprometidas en universidades de renombre. Y eso ha sido, entre cosas, gracias a su falta de sutileza y la valentía a la hora de llamar a las cosas por su nombre sin dar gato por liebre.

95. Salaam Bombay! (Mira Nair, 1988)

El debut en la dirección de la realizadora india Mira Nair se saldó con una nominación al Oscar a la película extranjera y excelentes críticas en todo el mundo. Sin embargo, el eficaz conjunto tenía algo de impostado, de compromiso de postalita y de búsqueda de cosquillas a la solidaridad del Primer Mundo. De hecho, desde entonces, la carrera de Nair nunca volvió a dar mucho más de sí y ésta sigue siendo recordada como su mejor película

96. El pájaro de la felicidad (Pilar Miró, 1993)

Pilar Miró adaptando un guión de Mario Camus podía haber derivado fácilmente en una película plomiza y terrible, y realmente se trata de uno de los trabajos más sólidos y más visibles de su directora, con una espléndida fotografía y una notable aparición de Aitana Sánchez Gijón en su mejor momento. Mucho menos prestigiosa que otros títulos más conocida de su principal artífice, pero una pequeña joya elegante y refinada a descubrir.

97. Lo mío y yo (Doris Dörrie, 1988)

La subvalorada Doris Dörrie trató, con desigual fortuna, de retratar la soledad de la mujer en el laberinto de los ochenta y primeros noventa, al igual que crisis de la masculinidad y el intercambio de roles, en películas como Hombres, hombres (1985), Nadie me quiere (1994) o la que nos ocupa, antes de que su cine diera un relevante vuelco en los últimos años hacia territorios más intimistas y menos paródicos, más pretenciosos y preciosistas aunque no siempre plenamente satisfactorios. Sátira punzante pero de ingenio limitado sobre un hombre que empieza a estar dominado por su propio pene, se beneficia del protagonismo del extraordinario Griffin Dunne, pero palidece al compararla con obras de temas similares y calado mucho mayor: la negrísima Cómo triunfar en publicidad (1989), donde un hombre recibe órdenes directas de un grano que empieza a crecer en su cuello, o la clásica El sexo que habla (1975) y el musical Chatterbox! (1977), que cuenta la historia tragicómica de mujeres dominadas por sus propios coños, y que a día de hoy hay quien las reivindica como parábolas feministas.

98. Fonda sangrienta (Jackie Kong, 1987)

Kong, con la excusa de realizar un remake bufo del clásico anacrónico Blood Feast (1963), se adelantó a la hora de trazar las claves de la mezcla de sangre y humor que fructificaría con mayor rotundidad y envergadura en la obra de pioneros como Sam Raimi o Peter Jackson. Su película se puede ver hoy como una simpática rareza en la que el humor juega un papel secundario y la sangre, comparada con su hiperactividad en otras películas, tampoco termina de llegar al río. Unos años antes Kong dirigiría también la inenarrable comedia de culto Night Patrol (1984), biográfica apócrifa y zuckeriana del célebre Cómico Desconocido, con Linda Blair y Pat Morita interpretando ni más ni menos que a una mujer violada. Caspa DeLuxe.

99. Tenement (Roberta Findlay, 1985)

Después de que esas cosas del destino la separaran para siempre de su marido, con el que pergeñara la imprescindible Trilogía de la carne, Roberta seguiría en solitario en el mundo de la exploitation, tanto erótica como de terror, rodando títulos de muy bajo presupuesto relativamente curiosos pero siempre con un acabado pedestre. Tenement es, tal vez, su obra más interesante -por decirlo de alguna manera- de aquella época, aunque sea por su brutal plasmación de la violencia y la sordidez con la que retrata el acoso de las bandas callejeras. Difícil encontrar una mirada propia entre tanta inmundicia, como si la infame sexploiter hubiera sido poseída por una especie de Michael Winner pasado de vueltas. Y eso es mucho decir.

100. Blog (Elena Trapé, 2010)

Atractiva anomalía dentro del por lo general panorama del cine español en la que una debutante Elena Trapé consigue sacar una buena dosis de verdad a su joven reparto, contando la misma historia que ya abordara Colomo en la televisiva El pacto (2010): un grupo de quinceañeras deciden quedarse embarazadas a la vez. Su último tercio casi da al traste con la mayoría de sus limitados pero sólidos hallazgos: a la hora de retratar la pérdida de la virginidad como ritual, Trapé se muestra blanda, contradictoria y peligrosamente ingenua, renunciando tanto al enfoque realista del material como a cualquier resquicio de oscuridad o ambigüedad, por lo que su película funciona mucho mejor vista como una fábula sobre la pérdida de la inocencia y los ritos del paso a la madurez.

Bola extra 1. Depravación (Isabel Mulá, 1982)

Depravación

Firmada en extrañas circunstancias por Isabel Mulá, esta extraña y oscura coproducción tiene el curioso mérito de ser el único título clasificado S firmado por una mujer, aunque ni yo mismo me atrevería a asegurar quién estuvo realmente detrás tras sus cámaras. Mirada femenina desde luego no hay por ninguna parte, por mucho que la espléndida Concha Valero se empeñe en dignificar su personaje, pero hay reconocer que su atmósfera malsana, cualquier cosa menos sutil –véase la escena del sexo en el establo, por ejemplo-, la dotan de una indudable capacidad para provocar e incomodar, y, a su lado, hacen parecer festivos y alegres por comparación cualquier otro título de la época firmado por Iquino, Jess Franco o Carlos Aured. Sí, hasta los más retorcidos.

Bola extra 2. Segundo López, aventurero urbano (Ana Mariscal, 1953)

Mariscal representa un curioso y, cuando menos, extraño caso, por único, de una directora capaz de desenvolverse con cierta pericia en las procelosas aguas del franquismo que, como el nazismo o cualquier otra forma de fascismo o totalitarismo, siempre abogó por reducir el papel de las mujeres a los estrechos parámetros del hogar. Más allá de este indudable mérito, sus películas no son nada del otro jueves y han envejecido más mal que bien, aunque su trayectoria en conjunto presente una envidiable solidez y una ambición nada desdeñable. Pongamos por caso a esta un tanto estrafalaria y más que entretenida ramificación del neorrealismo a la española, más simpática e inofensiva que ácida, que se salva en parte por el extraordinario trabajo de su reparto.

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