Las 7 películas de San Sebastián 2017 que pasaron bajo el radar

La 65ª edición del Festival de San Sebastián ha concluido tras nueve días de cine, una rica Sección Oficial, magníficas secciones paralelas y un total de 213 títulos proyectados. El resultado se ha saldado con un palmarés extraño (Concha de Oro a The Disaster Artist) y algunas injusticias y olvidos que en CANINO tratamos de recuperar.

SAN SEBASTIÁN – SALA DE PRENSA – NOCHE

Último día del festival. Han colgado varias pantallas en la sala para que podamos ver el palmarés en directo. El catering en una mano, la otra pegada al teclado. Este año hubo un buen puñado de buenas películas en sección oficial y las quinielas no estuvieron fáciles. Van a decir la Concha de Oro (Mejor película). “The Disaster Artist”, grita el televisor, y la sala rompe en aplausos. También los hubo antes para Alanis (2017) -Concha de Plata a la mejor dirección (Anahí Bernerí) y a mejor actriz (Sofía Gala)- y para Pororoca (2017) -Mejor actor para Bodgan Dumitrache-; ambas las tenían bien merecidas. Pero lo de The Disaster Artist es toda una sorpresa. La película nos sentó a todos como un ligero digestivo ante la gravedad del resto de propuestas y, probablemente, se ha beneficiado del efecto. Además, ya era hora de que una película de gran público y de género (¡una comedia!) recibiera el reconocimiento en un festival de máxima categoría. Pero el resultado también eclipsa algunas de las mejores películas de este año.




Es el turno de las redes sociales y de dedicar las dos manos a los restos del catering. Hablamos de los olvidos e injusticias: El león ha muerto esta noche, La vida y nada más, Sollers Point, Licht… Bueno, nadie me apoya con Licht, pero pienso defenderla entre lo mejor de la Sección Oficial.

Discretamente la conversación pasa a otras secciones (una manera elegante de que no siga insistiendo con Licht). Hablamos del acierto de la proyección especial de Caras y lugares (Visages Vilages) (2017) y la querida sección de Perlas, donde suelen verse algunas de las mejores películas del año. Allí están Tres anuncios en las afueras de Ebbing, Misuri (2017) y The Florida Project (2017) para demostrarlo. Pero hubo otra formidable sección en esta 65ª Edición del festival. No tan socorrida, la selección de Zabaltegui-Tabakalera no tuvo nada que envidiar a las perlas. Supo combinar la presencia de directores veteranos y de culto con jóvenes talentos más desconocidos, incluyendo algunas de las mejores películas de todo el festival. Así, a Amante por un día (2017) de Philippe Garrel, The Day After (2017) de Hong Sang-Soo y el documental Ex Libris (2017) de Frederick Wiseman, se sumaron algunas de las propuestas más interesantes e injustamente desatendidas.

Navegando entre ambas secciones, aquí van nuestras 7 películas del Festival de San Sebastián que pasaron desapercibidas pero deberías rastrear.

El león ha muerto esta noche (Nobuhiro Suwa, 2017)

Si miran el cuadro crítico de los medios principales, encontrarán que The Disaster Artist compartía el puesto de favorita entre la crítica con una película que se fue de vacío. Me refiero al sexto largometraje de Nobuhiro Suwa, para el que se han necesitado ocho años de trabajo. En cuanto conozcan al actor protagonista lo comprenderán todo.

El protagonista de El león ha muerto esta noche es un actor en edad de interpretar papeles en los que muere por causas naturales, como salido de La muerte de Luis XIV (2016). Se llama Jean, y está interpretado por Jean, Jean-Pierre Léaud. Desde este momento, y a partir del actor fetiche de Truffaut y emblema de la Nouvelle Vague, la película desarrolla un fascinante juego de espejos, reflejos y cine dentro del cine. Pero ojo porque, como se dice en el film, “los espejos parecen muy profundos pero invierten la realidad”.

El caso es que la película incluye a Jean (actor y personaje), una historia de fantasmas y el rodaje de una película (de fantasmas) por unos niños dentro de la película. Y, además, una hermosa reivindicación del placer de filmar. Imaginen todas las resonancias con el cine moderno, la filmografía del director, el tiempo narrativo y la metaficción a que esto da lugar. Hay más: el descubrimiento de que el cine y la ficción nos ayudan a afrontar el duelo y la muerte.

Quiero pensar que el premio a The Disaster Artist, también una película sobre el placer de filmar y un rodaje (en este caso, The Room -2003-, la peor película del siglo), está premiando también la inteligencia y liviana reflexión metacinematográfica de Nobuhiro Suwa. Que, en secreto, es un premio dado a El león ha muerto esta noche a través de un espejo.

La vida y nada más (Antonio Méndez Esparza, 2017)

También un retrato de la otra Florida -donde la magia de Disneyworld convive con la pobreza en las afueras-, La vida y nada más, podría ser algo así como el reverso menos amable todavía de The Florida Project, donde no hay lugar posible para fugas a Disneyworld. Ya lo dice el título: se trata de la vida, y nada más.

Y la vida en el barrio de Andrew y Regina está jodida. Regina es una madre que trabaja y trabaja para sacar a su familia adelante; Andrew, su hijo de 15 años en libertad condicional; y el padre, una ausencia en prisión. Ya se anuncia al comienzo del film: al final del día sólo puedes escoger entre tres alternativas, o estás vivo, o en la cárcel o muerto. En esta Florida el relato es un destino de tres alternativas, y cada escena una estampa entre elipsis donde mostrar cómo los actos de cada cual le encaminan hacia un destino de los tres, y cómo nunca es fácil decidir.

Rodada por Antonio Méndez Esparza, un director madrileño asentado en Estados Unidos a partir de actores no profesionales (comparten nombre con sus personajes) y un talento innato ante la cámara (atención a Regina Williams), el resultado es un examen riguroso y humanista de los condicionamientos sociales, sin rastro de melodrama o miserabilismo.

Sollers Point (Matthew Porterfield, 2017)

Más que un relato, Sollers Point da vueltas sobre una situación irresoluble. Keith, el protagonista, acaba de concluir el arresto domiciliario y se encuentra atrapado, sin poder recuperar su vida anterior al crimen ni pasar página para reinsertarse. Va y viene por las calles de Baltimore y salta de la vulnerabilidad a la violencia con la velocidad de un puñetazo. Es una bomba de meterse en líos y, probablemente, está condenado a la delincuencia.

Matthew Porterfield vagabundea por la situación de Keith en Baltimore sin abandonar su punto de vista, sin romanticismos y sin ocultar sus estallidos de violencia. Sin frialdad pero sin falseamientos sentimentales. Mostrando los vínculos afectivos de Keith, cómo ha jodido su vida y las dificultades para restablecer esos vínculos o crear otros nuevos; por lo menos hasta que se desprenda de esa rabia que le invade y que es la misma de aquellos para quienes el sueño americano ni siquiera es ya un sueño.

Licht (Barbara Albert, 2017)

Aún no he encontrado Licht en ninguno de los tops del Festival de San Sebastián, pero aquí les prometo que fue uno de los objetos más extraños y valiosos de su Sección Oficial. Es una fina ironía, de las que Licht está llena, el que siendo un ensayo sobre la percepción haya pasado desapercibida.

La historia parte del caso histórico de Maria Theresia Paradis, una pianista ciega del siglo XVIII tratada -se dice que con éxito temporal- por Franz Mesmer y diagnosticada a posteriori de ceguera histérica; pero es mucho más que el drama de alguien que ve el mundo por primera vez. Con la frialdad del bisturí y unos encuadres de galería de arte, en Licht lo que importa es diseccionar aquellas cuestiones asociadas al establecimiento de la visión como sentido dominante, aquel por el que se accede a la Verdad (o las apariencias).

Con el cuidado de un arqueólogo en la estela de Foucault, Licht pone al descubierto -a partir de los orígenes de la psiquiatría (el mesmerismo del citado Mesmer)- la racionalidad de la modernidad y aquellas relaciones de poder que la constituyeron: el tipo de autoridad que ejerce la madre en mademoiselle Paradis, las clases sociales, el género, el canon de belleza, la ciencia, la jerarquía de los sentidos… Y es una maravilla. Ya verán.

12 jours (Raymond Depardon, 2017)

Siguiendo con Foucault, el documental de Raymond Depardon incluso comienza con una cita suya: “Del hombre al verdadero hombre, el camino pasa por el loco”. Y es que 12 jours muestra, con el valor de un documento, el proceso por el cual se dictamina si un internamiento psiquiátrico no consentido puede continuar pasados los 12 días iniciales que establece la ley francesa. La película es sobria y sencilla: diez casos filmados a base de plano-contraplano en los que el paciente, acompañado de un abogado, rinde cuentas al juez y solicita su liberación.

Estrictamente hablando, la función legal del juez se limita a constatar la regularidad del informe médico y a avalar su decisión. ¿Por qué entonces tanto protocolo? La respuesta, abierta a la interpretación: en el documental.

En las entrevista vemos cómo se trata de construir y (con)firmar la narrativa de la locura de cada caso (atención al tecleo que toma acta de todo fuera de campo). Un proceso por el que la historia de vida y los conflictos políticos de cada paciente son recodificados como historia clínica, y por el que la responsabilidad y la cura se desplaza de las circunstancias políticas y privadas a la subjetividad del paciente.

Es un documento riguroso y ajeno a los clichés, que muestra en acción el choque de dos racionalidades: la del loco y la del poder psiquiátrico.

3/4 (Ilian Metev, 2017)

Aquí no hay historia; Ilian Metev iba a hacer un documental pero acabó en los terrenos de la ficción. No hay planteamiento, ni nudo, ni desenlace, ni ninguna de las normas del manual de buen guión. 3/4 está compuesta como una partitura musical. Hay personajes, transiciones, ritmos y una delicada maraña de afectos.

Los personajes son 3: un padre y dos hijos (una joven pianista que quiere ir a Alemania y un chaval). La madre, 4º elemento del misterioso título de resonancias musicales, está ausente en todo el relato (3/4). Pero Mila, Niki y Todor son más que personajes. 3/4 es de esas películas en las que todos ponen algo de sí. Ilian Metev construyó el guión desde sus vivencias (sin mostrarlo nunca a los actores, sino provocándoles para que reaccionaran espontáneamente según estaba escrito pero añadiendo sus dinámicas propias), y cada actor puso, además de su nombre, el contenido del personaje e incluso su entorno: las clases y la profesora de piano de Mila, los amigos de Niki y el trabajo de Todor.

Mila, Niki y Todor funcionan cada uno a un ritmo y en sus conversaciones cotidianas tratan de encontrar  una armonía que no siempre es fácil. A veces no hace falta más drama que estos ajustes y desajustes de ritmo, donde se gestionan día a día todas las ausencias y conflictos.

Vergüenza (Juan Cavestany y Álvaro Fernández Armero, 2017). 10 Episodios.

Lo más inquietante de ver del tirón los diez episodios de Vergüenza es darte cuenta entre sonrisa y carcajada de que te identificas con los protagonistas. Jesús (entre patético y enternecedor Javier Gutiérrez), un fotógrafo de medio pelo con ínfulas artísticas y Nuria (Malena Alterio), con la habilidad de cagarla cada vez que quiere evitar el ridículo, son esa versión de nosotros mismos que esperamos que nadie vea o, al menos, que nadie recuerde.

Juan Cavestany y el veterano en televisión Álvaro Fernández Armero, guiándole en el formato, lo saben. La vergüenza y, sobre todo, la vergüenza ajena, es patrimonio nacional (en inglés la serie se titula Spanish Shame). Así que, con las miras puestas en renovar la sitcom española, apuestan por el naturalismo; con un pie en la comedia independiente americana y otro en la tradición cómica española. Siempre interesante y a menudo hilarante y perversa, es la serie española que necesitábamos. Y un cierre oportuno para la crónica de este festival, que (ya era hora) ha perdido la vergüenza a seleccionar y premiar la comedia.

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