Por qué ‘Las chicas de oro’ ha envejecido mejor que ‘Friends’

Friends, la serie de humor más aclamada de los noventa, ha provocado un vórtice de odio (o eso dicen) al empezar a emitirse en Netflix. Hace un año, las cuatro ancianas de Las chicas de oro llegaron al streaming en EE UU... y la reacción fue justo la contraria, con la juventud acogiéndola amorosamente. Aquí explicamos las razones.

De serie televisiva más amada de su generación a piedra de escándalo: durante quince días escasos, Friends ha recorrido ese trayecto con una celeridad tal que señalarlo ya suena hasta antiguo. Según los medios de rigor, la llegada a Netflix de la telecomedia creada por David Crane Marta Kauffman ha suscitado reacciones airadísimas entre espectadores jóvenes, pasmados al ver cómo las andanzas de Ross, Chandler, Monica, Joey y Phoebe estaban llenas de chistes homofóbicos, de fat shaming (¡esa Courteney Cox gorda!) y de un racismo clamoroso reflejado en el color paliducho de su reparto. Entre otras lacras.




De momento, nosotros no hemos visto hordas de millennials agénero haciendo hogueras con los cofres de la serie mientras recitan textos de Angela Davis y castran ritualmente a recién nacidos. Pero debe ser que en nuestro barrio sólo viven viejunos como nosotros, porque, si uno lee según qué artículos, escenas como esa parecen haber tenido lugar en todo el mundo. Como, en estos días, la rapidez de reacción ante una causa célebre (por banal que sea) y la capacidad de resumirlo todo en una frase lapidaria (venga o no venga a cuento) se traducen en followers, en billetes o en ambas cosas, todo cristo ha querido meter cucharada, de forma más o menos apocalíptica. Los hay que se dan golpes de pecho, los hay que se cachondean con más o menos retranca y los hay que reaccionan con la misma furia que esa presunta masa de niñatos, espetando no se sabe qué de los snowflakes y de la izquierda desorientada.

En CANINO, como hace tiempo que se nos estropeó el teletipo y siempre llegamos tarde a los embolados, sólo tenemos clara una cosa: más allá de los efectos de esta tangana sobre nuestra cultura popular (que tardarán muchísimo tiempo en apreciarse de verdad), esto es una tormenta en un vaso de agua. Pero estar a dos pasos de la senectud tiene sus ventajas, porque la supuesta orgía de exabruptos hacia Friends nos ha hecho recordar otra serie cuya llegada al streaming se ganó también comentarios encendidísimos… pero para bien. Hablamos de Las chicas de oro, una sitcom cuya emisión digital en EE UU no sólo no causó rechazo, sino que le ganó una nueva generación de fans que aún no habían nacido en 1985, cuando empezó a emitirse, y que la alaban hoy como espejo de progresismo.

Antes de empezar a cantar las loas de Las chicas de oro, necesitamos decir que tiene todos los defectos esperables en una telecomedia de los ochenta. Sus temporadas de 25 capítulos resultan agotadoras hoy en día y llevan forzosamente a una irregularidad enorme en los guiones. Por otra parte, que nadie se espere una producción adelantada a su tiempo, porque su puesta en escena se agarra como una lapa a las normas de la época: la mínima cantidad de decorados (una sala de estar, una cocina con la nevera llena de pastel de queso, y para de contar), estructura en tres actos seguida religiosamente en cada episodio y risas que, si bien no son enlatadas (porque la serie se grababa con público en el plató), molestan lo suyo. Entonces, ¿por qué tanto amor? ¿Qué tiene este cuarteto de ancianas que no tengan los amiguetes del Central Perk?

Pues Las chicas de oro demuestra, sencillamente, que la comedia no tiene por qué volverse ofensiva o perder la gracia al envejecer. Es más: su premisa resultaría casi inverosímil aún hoy, sobre todo porque nació por accidente. Durante un especial de la NBC en 1984, Selma Diamond (la inenarrable ujier Hacker de Juzgado de guardia) Doris Roberts (la secretaria Mildred de Remington Steele) se cachondearon de la entonces en boga Corrupción en Miami presentando un falso tráiler para Miami Nice, supuesto show protagonizado por un grupo de jubiladas residentes en Florida. La cosa no debería haber tenido más trascendencia, pero el chascarrillo cayó tan bien que, reunión de ejecutivos mediante, la emisora decidió que aquello tenía posibilidades. Por suerte, dichas posibilidades cayeron en las mejores manos: las de Susan Harris, que ya le había metido un memorable palo a los estándares de la comedia de situación (y a los de los culebrones) en las tres temporadas de su Enredo (1977-1981).

La cuestión es que Enredo sí era vanguardia televisiva: una serie basada en la acumulación meteórica de despropósitos, donde no se esperaba que los arcos argumentales tuvieran resolución y donde cada capítulo competía con el anterior por dejar al público en medio de un cliffhanger sin pies ni cabeza. En ese sentido, Las chicas de oro es un programa mucho más conservador… en lo formal. Porque uno de los elementos más memorables de Enredo era Jodie Dallas (Billy Crystal), uno de los primerísimos personajes gays de la TV estadounidense. Piedra de escándalo en la época, con boicots y todo, Jodie estaba cargado con los inevitables estereotipos, pero también vivía su sexualidad sin complejos, tapujos ni sufrimientos, salvo cuando tenía que explicarle a algún otro personaje (como su pijísima tía Jessica -Katherine Helmond-) que los maricas como él existían, y que no pensaba cambiar. De la misma manera, la serie sobre la pandilla de jubiladas se centraba con humor y sin aspavientos en otro colectivo marginado: las mujeres de la tercera edad.

Así pues, la premisa de Las chicas de oro sigue resultando revolucionaria. Tan revolucionaria, de hecho, que un ejecutivo de programación no la tocaría hoy ni con un palo. No se trata ya solo de que las actrices protagonistas (con las enormes Bea Arthur -Dorothy- Betty White -Rose- a la cabeza) hubieran pasado la edad crítica que sentencia a una intérprete en Hollywood. Era que sus personajes tomaban el primer plano expresando necesidades, vivencias y formas de ser casi del todo ausentes en la TV de entonces… y en la de ahora.

Por ejemplo, las peripecias amatorias de Blanche DuBois (Rue McClanahan) nos resultan descacharrantes, y podríamos pensar que resultan una colección de tópicos ofensivos sobre el sexo en la vejez. Hasta que nos damos cuenta, no ya sólo de que el personaje tiene matices más allá del dormitorio (trabajó como conservadora en un museo antes de jubilarse, y es la mujer más instruida del cuarteto junto a su amienemiga Dorothy) sino también que niega categóricamente la extinción del deseo carnal tras la menopausia. Es más: la despendolada Blanche sigue una ética irreprochable a la hora de buscar parejas, mantiene sus modales de southern belle sin despeinarse el pelazo lacado y sostuvo una relación feliz y monógama con su difunto marido cuando este estaba con vida. Incluso las actuales series ‘de calidad’ sudarían la gota gorda para transmitir esta acumulación de facetas.

La comedia no tiene edad aunque los personajes la tengan

Pero los chistes sobre sexo ya eran viejos cuando Aristófanes hacía la mili, así que ¿por qué no centrarnos en otros aspectos de Las chicas de oro? Como, por ejemplo, su visión de la economía de cuatro mujeres jubiladas: parte de los gags derivan del hecho de que las heroínas apenas llegan a fin de mes con la pensión, con lo que tienen que buscar trabajos a tiempo parcial (Dorothy, impartiendo clases para adultos, y Rose, en un teléfono de la esperanza). De la misma manera, los temas LGBT estaban representados de una manera que, si bien puede resultar objetable hoy en día, destacan por su comicidad elegante y, sobre todo, por su empatía. Y por frases como “¡No es libanesa, Blanche, es lesbiana!”, también.

Todo esto, eso sí, es dar rodeos antes de encarar el tema principal de la serie. Porque, más allá de los devaneos de Blanche, de los esfuerzos de Dorothy por mantener la sensatez en medio de una jaula de grillos o de esas anécdotas rurales de Rose que suenan a una versión de Fargo con menos muertos y más ovejas (¿de verdad no estaba emparentada esta señora con los hermanos Coen?), Las chicas de oro es una serie sobre la inevitabilidad de la muerte. Una presencia encarnada en la única y genuina Sophia Petrillo (Estelle Getty), esa mamma capaz de reírse en los mismísimos morros de la Pálida antes de soltar un “Imaginaos: Sicilia, 1922” que suena como las trompetas de Jericó.

Recordemos que la madre de Dorothy no debía sus salidas de tono sólo a una saludable actitud de “para lo que me queda en el convento” o a su rudeza de inmigrante siciliana, sino también a las secuelas de un ictus. Y que muchos de sus momentos estelares están ambientados en entierros y velatorios, algo que sacaba de quicio a Getty: la actriz, mucho más joven que su personaje, era una persona muy tímida y con un comprensible pánico al Otro Barrio, acentuado por el hecho de que dedicaba su tiempo fuera del plató a cuidar a un sobrino enfermo de sida. Algo que da más mérito aún, si cabe, a su interpretación, y que redondea el perfil de Sophia como un icono de poderío y resistencia. Que aprendan de ella quienes babean en los altares de Walter White, Tony Soprano, Don Draper y otros iconos de ‘dureza’ machuna e hipertrofiada.

Tras esta lección de historia, vayamos al grano. Friends basaba su comicidad en las angurrias de cinco treintañeros de clase media-alta, con buenos ingresos y centrados en seguir su camino dentro de lo esperable en personas de su posición social: pareja estable, curro, casa, y para de contar. Que sacara chistes buenos de aquello ya fue de por sí meritorio, y justifica su popularidad, pero no quita para que esos chistes se ajusten a los valores de aquella clase, y de aquel momento. El hecho de que algunos la señalen ahora por su falta de tacto en según qué temas no sólo es sintomático de un estado de cosas donde todo el mundo está a la que salta por un quítame allá una inclusividad, sino que también hace evidente una verdad dolorosa: si bien poder permitirse una casa de muchos metros cuadrados en pleno centro de Nueva York es algo que no suele variar con la edad (quien tiene pasta, tiene pasta), la juventud y el desenfado caducan. Y, cuando les llega la fecha, los restos que quedan pueden resultar feos. No hace falta ser un copo de nieve único y hermoso para saber esto, y el señalarlo no excluye el tener presente el valor del entretenimiento sin pretensiones, por mucho que algunos lo afirmen.

Las chicas de oro, en cambio, narró durante ocho años y 180 episodios el periplo de cuatro mujeres sin nada que perder, desvinculadas de la sociedad por los años y las arrugas, que encuentran en su afecto mutuo la fuerza para seguir adelante. Y todo eso, además, dándole la espalda a la tragedia para hacer reír a un público de todas las edades. El cuarteto de jubiladas sí que hizo realidad lo de “I’ll be there for you”, capítulo a capítulo, en un momento de la vida en el que todos necesitaremos más de un abrazo en la cocina, y más de dos, cuando se cierna sobre nosotros la realidad de lo que nos espera. Tal vez por eso, los espectadores jóvenes se hayan reconocido más en ellas que en los amiguetes neoyorquinos. O tal vez todo esto sea sobreanálisis, y Betty White explique mejor que nosotros por qué su serie ha aguantado el paso del tiempo: “Porque hace gracia”.

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