Las claves de ‘Glass’ y sus conexiones con la trilogía del cómic de Shyamalan

La tercera parte de la trilogía del mundo del cómic de M. Night Shyamalan es la reflexión definitiva del director sobre la situación y las reglas de lo fantástico, que alberga lecturas sobre el poder de las nuevas tecnologías, el valor de la verdad en tiempos de posverdad y la capacidad de creer en uno mismo como mecanismo de cambio. Pero sobre todo, Glass cierra un tríptico iniciado por El protegido y continuado en Múltiple. Te contamos cuáles son las conexiones establecidas hace casi 20 años.

Puede que M. Night Shyamalan haya perdido la aprobación de la crítica que, durante la primera etapa de su filmografía, elevaba sus propuestas a la categoría de obras maestras, pero lo cierto es que, hoy por hoy, la etapa más oscura de su carrera ha dejado secuelas y Glass (2019) no ha caído bien en los porcentajes y medias estadísticas de la valoración cinematográfica actual. El director indio ha perdido la credibilidad en una era sin fe, de descreimiento, en la que todo el mundo ha visto todo y en la que la compensación instantánea ha llevado a la sobresaturación de contenidos. El ruido en las redes, la posibilidad de ver miles de series y películas en streaming ha ido legitimando el progresivo deterioro de la cualidad insólita de la imaginación, del receptor como carburante imprescindible para el funcionamiento de la ficción. Como creador del fantástico, con herramientas basadas en la capacidad del espectador para comprar el contrato de sus reglas de juego como factor de convicción, Shyamalan se expone como un cineasta lleno de una ingenuidad casi infantil, pretendiendo que una platea escéptica valore hoy sus trucos de magia artesanales.




Hoy ya no nos entusiasma nada o casi nada, no somos capaces de apreciar algo si primero no nos da una descarga eléctrica. Cada vez más fuerte, cada vez más deslumbrante, cada vez más creíble, dentro de lo increíble. Solo hace diez años una película de superhéroes cambiaría el escenario del cine comercial para siempre. Iron Man (2008), la adaptación de uno de los personajes menos llamativos de Marvel, daba un gran salto de calidad en la comprensión del universo del cómic en el cine, acompañado por unos efectos especiales fotorrealistas que, si bien han marcado una pauta estética, también han ido degenerando en creaciones más y más aparatosas y barrocas. El cine se ha ido sobrecargando de CGI y escenarios digitales, de tal manera que parece que lo único que necesitas rodar para hacer una película son las caras de los protagonistas. El espacio dentro de un encuadre ya no distingue bien entre realidad y animación, poco importa ya si el truco está bien o mal hecho. Sabemos que lo que hay delante puede ser fabricado, generado y modificado. La maravilla ha pasado de la fe a la estética. Apreciamos el trazo, la pulcritud técnica y el acabado, pero sabemos que todo lo que hay delante es un dibujo animado que ha ido mutando hasta mimetizar e imitar la realidad.

El manifiesto de la fantasía

Hemos normalizado al héroe, al personaje mitológico, y éste se ha ido adecuando a los diferentes géneros cinematográficos para abarcar distintos nichos de público objetivo, diferentes escalones del espectro que tienen como objetivo desplazar a otros tipos de película. Pero por el camino se ha perdido el sentido original del tebeo, sus códigos y trampas, sus reglas no escritas pero comprobables, su capacidad para despertar sensaciones basadas en la dinámica del conflicto, y no tanto en el espectáculo de acción. Por todo esto, Glass no solo es una reivindicación del propio director sobre su propio estilo y autoconfianza —que él mismo haya adelantado los 20 millones del presupuesto habla por sí mismo— sino una consecuencia inevitable de la explosión y auge del entretenimiento fantástico a través de los iconos en mayas y licra. En realidad, Glass podría no existir. Puede que hubiese bastado con reestrenar El protegido (2000) y el impacto habría sido prácticamente el mismo. Lo sorprendente es que el análisis del poder de los cómics hace casi veinte años salía en un contexto en el que ni siquiera se había estrenado el Spider-man (2001) de Sam Raimi.

El poder visionario de  se transforma hoy en un recordatorio. Un aviso en la agenda para recién llegados de que, al fin y al cabo, tanto Vengadores como mutantes y Ligas de la Justicia vienen del lápiz y la tinta, de las páginas con olor a imprenta y pegamento. Un grito desde el hospital mental en el que transcurre, en el olvido más absoluto, en donde están los personajes de Glass, una clara representación de ese olvido del viejo papel y las viñetas como creadores de la magia. Toda la película juega con conceptos que atraviesan la pantalla y nos hablan de tú a tú, representando sus metáforas casi a modo de obra teatral, en la que los personajes son encarnaciones de ideas y sus anhelos son los catalizadores del subtexto, encriptado en el juego de espejos entre la realidad y la ficción.

Por todo ello, Glass es una obra melancólica, apagada y aparentemente reflexiva pero, al mismo tiempo, está buscando escarbar en la respuesta emocional más profunda, más sencilla y básica, la maniobra emocional que en sus giros se planta como una especie de manifiesto sobre el significado no ya de los héroes sino de la propia fantasía, y al mismo tiempo del propio poder del mago y de sus trucos. Casi como un libro de autoayuda para creadores del fantástico, para que crean en su propia capacidad de modificar las reglas de lo posible y lo imposible, una reivindicación de la propia confianza en su trabajo del propio Shyamalan, en el momento en el que nadie creía ya en él.

La verdad en la era del ruido

La primera escena de Glass está protagonizada por un par de jóvenes grabando con el móvil una agresión a una persona cualquiera. Ni ellos dos son un par de delincuentes ni la persona a la que pegan les ha hecho nada en particular. Uno de ellos se vanagloria de haber usado un “golpe de Superman” y acto seguido vemos cómo han subido el material a Youtube. En solo unos minutos nos plantea una situación actual. Los desafíos narcisistas de las redes en los que se graban palizas, la asimilación de la cultura de los superhéroes gracias al cine y el papel del vídeo e internet como un sustituto de los tebeos como entretenimiento juvenil. No es una escena colocada al azar, como podremos comprobar más adelante, puesto que las nuevas tecnologías tendrán una importancia importante en el tema central: la capacidad de creer, que ofrece muchas ramificaciones de subtexto en plena era de fake news, de cuestionamiento de los hechos, del intento de tapar las realidades contado desde otras perspectivas y hacer convencer a quien está seguro de algo de que su convicción no es más una ilusión.

(A partir de este momento es posible encontrar SPOILERS de la trama)

La posición de la doctora Ellie Staple (Sarah Paulson) es precisamente la de aplacar el efecto de la verdad, la realidad de los superhéroes, captando a cada uno de ellos y tratando de eliminar su autopercepción como personas especiales. La trama de Glass transcurre en un hospital mental, como ha apuntado Shyamalan, como relectura de la inquietante premisa de Alguien voló sobre el nido del cuco (1975) en la que la enfermera Ratched trata de aplacar los intentos de alegría y de reivindicación de la individualidad de sus pacientes. Aquella tenía tendencia a utilizar a la ligera la lobotomía como herramienta, que se repite en este caso con un dispositivo láser con el que Staple trata de anular a los tres protagonistas. El reflejo entre ambas películas está tan claro que el director no deja de aprovechar la oportunidad para crear conexiones invisibles, como elegir a Paulson en el casting, que interpretará a la joven enfermera Ratched en la próxima serie basada en el personaje de la película de Milos Forman, producida por Ryan Murphy.

Pero más allá de la función por sí misma de Glass, como reconocimiento médico del estado del fantástico, como comentario social sobre la actualidad, su principal virtud es servir como pieza complementaria de las dos películas para las que sirve de secuela. En una operación que no conoce muchos precedentes, hay dos películas sin ningún punto en común a priori que se revelaron como partes de un mismo universo al final de Múltiple (2016). Ambas confluyen en Glass como un mismo episodio de algo más grande. Algo que ya estaba señalado en El protegido pero que nunca habíamos tenido oportunidad de ver. Con la existencia de una tercera película, las tres se configuran como un triángulo equilátero. Por mucho que a todos nos guste más la primera, que las dos secuelas sean menos pulcras formalmente —la diferencia de presupuesto es enorme, entre los 75 millones de dólares de El protegido y los 9 y 20 de las siguientes—, siempre queda la sensación de que El protegido acababa en el punto en el que la historia y todo lo que había desarrollado pedía a gritos un tercer acto. Asimismo, Múltiple tenía un anticlímax muy extraño. Estas cuestiones quedan reparadas con el cierre de ambas líneas, lo que demuestra que de alguna manera, todo rondaba en la cabeza de Shyamalan desde hace más tiempo del que creíamos.

El camino del Protector

En ocasiones se ha considerado El protegido como la mejor película de superhéroes y no pocas veces su director se ha apresurado a corregir que su obra trataba sobre los cómics de superhéroes, sobre lo que les rodea. De esta manera, la primera aventura de David Dunn podría entenderse prácticamente como una especie de precursora de un subgénero cinematográfico en el que personas normales deciden convertirse en defensores de los inocentes pese a no tener fuerza extraordinaria o capacidad de volar. Aunque las ramificaciones con el fantástico están ahí, en Glass —o al menos durante parte de su metraje— se cuestiona si realmente estos personajes tienen poderes o solo son delirios de grandeza que han acabado somatizándose en habilidades más que humanas. Visto como una chaladura, las destrezas que les hacen creerse especiales no les distinguiría de los protagonistas de Super (2010) o Defendor (2010), dos obras que tratan el síndrome del superhéroe que trata de curar la doctora Staple. Dentro de esta tendencia ya estaba marcando ciertas pautas Finalmente héroe (1980), pero fue en Kick-Ass: Listo para machacar (2010) en dónde el concepto encontró su público masivo. Curiosamente, en Glass David Dunn alcanza popularidad por los mismos medios que Kick-Ass, es decir, redes sociales y Youtube.

La elección de Bruce Willis como el bueno de la historia en El protegido no parece hecha al azar. Un ídolo del cine de acción que de pronto se nos muestra como un hombre vulnerable, inseguro, cuyo proceso de autodescubrimiento, de la mano del maquiavélico Señor Cristal, parece más bien un periodo de rehabilitación después del accidente de tren en el que se ve envuelto. Aunque no tiene ninguna secuela física, el Eastrail 177 supone para él un cambio de paradigma en cuanto a su autopercepción. Sus sueños rotos —ser una estrella de fútbol americano— se han tornado en una crisis existencial traducida en un matrimonio fallido y el fracaso como figura paterna ante un niño que necesita creer en él. Todo El protegido supone un proceso de convencimiento, de transformación en héroe hasta el enfrentamiento con su némesis, que simplemente desea que se convierta en la figura del Protector. Durante todo su periplo, la fortaleza de creer en sí mismo como héroe de cómic hace que su hijo Joseph le idealice, frente a la insistencia de Dunn de verse como un tipo normal. Algo que, al fin y al cabo, se revierte durante el proceso de “desintoxicación” de esa confianza en Glass.

El cristal del título de Glass también ofrece un reflejo sobre las anteriores, una inversión de lo que ha conseguido el personaje por medio del tratamiento psiquiátrico. Resulta de nuevo curioso ver a Willis en una situación similar a la de Doce monos (1995), un hombre convencido de que es un salvador internado en un centro en el que nadie le cree salvo otros pacientes. ¿No podría ser Brad Pitt una de las personalidades de la horda? Al menos en la cinta de Terry Gilliam era la doctora la que acababa creyendo su versión fantástica. Shyamalan no duda de las capacidades de Dunn, pero hace que nosotros si lo hagamos en la escena de la habitación rosa, donde la intensidad de su convicción se diluye con la terapia de Staple, replanteando lo que hemos visto en El protegido, ya que al fin y al cabo siempre se nos muestra a un héroe al que le cuesta serlo y demostrarlo. Hay algunos lazos de conexión con aquella, como la mirada de Joseph a unos hombres haciendo pesas, algunos flashbacks e incluso una escena que parece un descarte de la original. Sea como sea, el papel de su hijo en la anterior tiene una continuidad coherente junto a otras semillas que aquella plantaba para florecer en esta.

La redención de la Bestia

En los momentos finales de El protegido, la madre de Elijah (Samuel L. Jackson) tiene una pequeña conversación con David Dunn en la que explica que “hay dos clases de villanos: está el villano soldado, que combate al héroe con sus manos, y está la verdadera amenaza, el brillante y malvado archienemigo que combate al héroe con su mente”. En ese instante, que sirve para anticipar al público el giro final de aquella, que el hombre de cristal es el verdadero villano, también se puede intuir cierta premonición de lo que acaba convirtiéndose Glass, es decir, el Señor Cristal utilizando a La Horda como herramienta para, aparentemente, luchar contra El Protector y derrocarlo como venganza por encerrarle. En parte, Glass se mueve hacia esa premisa, pero como continuación de Múltiple, libera un efecto paralelo al que tiene como secuela de El protegido. Es decir, se encarga de difuminar la fe de Kevin —o la de parte de sus personalidades dominantes— desandando el camino que alcanzó en su “película de orígenes”. Como Dunn, Kevin y sus habitantes aprendían en Múltiple que sus capacidades sobrehumanas están codificadas en alguna de sus personalidades, que la mente es capaz de alterar el cuerpo de tal manera que lo que consideramos “humano” es simplemente una limitación.

Si aquella terminaba con la Bestia desatada era porque realmente encontraba su propio yo, en este caso sanguinario, siendo aquel su final feliz -por llamarlo de alguna manera-, solo para que Staple trate ahora de hacerlo desaparecer. Si la psiquiatra de Múltiple se mostraba fascinada por las distintas personalidades y su capacidad de modificar la fisiología con el poder de la mente, en Glass se invierte el papel y se trata de anularla con intención de aniquilar lo que le convierte en especial. Tenemos a un villano sobre los propios villanos, en este caso esa organización secreta que planea eliminar a todos los hombres extraordinarios a cualquier coste, algo similar a lo que en los cómics de la Patrulla X se contaba en Proyecto Exterminio (1992), lo que enlaza a Glass, principalmente, con la vertiente mutante de la ficción de superhéroes. Casualidad o no, uno de los mutantes más poderosos es David Haller, alias Legión, un autista con personalidad múltiple— cada una de ellas controla un poder diferente—que tiene en su interior un ser capaz de convertirle en hombre lobo.

Debido a su enfermedad mental, buena parte de las aventuras del personaje transcurren en un hospital mental. El paralelismo con Kevin no tendría más relevancia si Haller no fuera el hijo de Charles Xavier, uno de los mutantes más poderosos y artífice de los X-Men. Puede que por coincidencia cósmica o parte de un plan maestro de Shyamalan, pero la elección del casting para La Horda no podía ser más consecuente, puesto que James McAvoy no es sino el propio Charles Xavier en las últimas películas del supergrupo de Marvel. Xavier es un psíquico de mente privilegiada que va en silla de ruedas y rastrea el mundo para tratar de descubrir a potenciales superhéroes, es decir, una versión luminosa del Señor Cristal.  Detalles en cierta forma extracinematográficos pero que en el itinerario metanarrativo de la conclusión de la trilogía añade ideas y simbología dentro y fuera de la pantalla, pero siempre con el mismo signo del discurso.

Parte de las ideas que se desarrollan en Múltiple se apuntaban en El protegido. Por una parte, Shyamalan ha comentado que Kevin iba a formar parte de la trama, pero decidió podar el personaje y dejarlo en el asesino que tiene secuestrada a una familia: un celador con un mono naranja que, como Kevin, ata a sus víctimas por las muñecas. Pero lo más asombroso de Glass es que cierra todas las teorías del origen de la enfermedad y las personalidades de La Horda llevándolo al terreno de El protegido sin que el argumento se cortocircuite. En Múltiple se nos explica que el origen de la patología del asesino son los abusos que sufre de niño por parte de su madre. De ahí que, para él, la pureza se encuentre en los que han sufrido algo parecido y tienen secuelas, por lo que encuentra simpatías con el Señor Cristal y Casey, la joven a la que deja vivir al final. Sin embargo, lo que carecía de mucho sentido era la secuencia en la que el joven compra unas flores y las deja en el andén de un tren de cercanías. Posteriormente entra en el vagón y lleva a cabo su transformación.

Una de las grandes revelaciones de Glass es que el padre de Kevin fue una de las 131 víctimas en el accidente del Eastrail 177, de forma que deja a su hijo huérfano y a merced de los delirios de su madre, que abusa de él durante el resto de su infancia. Esto significa que Elijah también es el culpable de su nacimiento como villano —y de todo su sufrimiento—, por lo que cambia el curso de los acontecimientos del clímax. Un giro que hemos presenciado en la anterior película y que, además, complementa un vacío de información de aquella. El lugar elegido para la transformación en la Bestia no es casual, ya que es donde perdió a su padre, un centro de energía negativa e ira suficientes para precipitar su llegada. Por supuesto, en los pozos de los foros de fans se hablaba de esta teoría desde que se estrenó Múltiple, al igual que otra más peregrina pero igualmente resuelta en la tercera entrega. En la escena en el estadio de El protegido, David Dunn toca a varias personas y percibe los gritos de socorro de un niño que va con su madre, dándose cuenta en ese momento de su capacidad, pero ahora, tras ver que La Horda solo es un niño cuando desaparece su padre, la escena sugiere que el maltrato infantil que percibe Dunn es el que inflige la madre al pequeño, que no sería otro que el propio Kevin.

El gran teatro de marionetas del Señor Cristal

La primera escena de El protegido no muestra la infancia de David Dunn ni es un flashback que nos de alguna pista sobre sus poderes. En sus primeras imágenes asistimos al nacimiento de Elijah Price y el dramático momento en el que su madre se percata de que algo no va bien. Lo que en la película podría resultar una elección narrativa para incorporar las motivaciones del personaje, se convierte ahora, tras Glass, en una apertura profética, ya que el capítulo final está dedicado a este personaje, que por cierto, también muere al lado de su madre. Por si fuera poco, una escena eliminada de la primera película, que nos muestra una de sus primeras experiencias de dolor y frustración, conecta aún más ambas películas. Todo esto revela que la trilogía trata principalmente sobre él y su sueño. Si David Dunn y Kevin se encuentran a sí mismos en los capítulos previos, dedicados principalmente a su punto de vista, en la conclusión, la muerte tiene sentido solo para el Señor Cristal, que, aunque también fallece, tiene oportunidad de saber que gracias a su plan, el mundo creerá en los superhéroes y su llamada servirá, vía redes sociales, como despertador para todos los que solo necesitan ver para creer en sí mismos, para convertirse en personajes de cómic.

Si hablábamos de Charles Xavier como reverso del Señor Cristal, con una elección de casting post X-Men: Primera generación (2011), el papel de Samuel L. Jackson como villano fue previo a su aparición como Nick Furia, que, de nuevo, es un reclutador de superhéroes en el universo Marvel. En este, su episodio, acaba encontrando la redención mediante el sacrificio, consciente de que destruir a sus creaciones y a sí mismo es la única forma de vencer a su mayor enemigo. Es decir, no David Dunn, sino la falta de imaginación, el agnosticismo hacia el mundo del tebeo y la organización que contribuye a tapar cualquier aparición de un superhombre. Ese ha sido su propósito desde que tuviera que pasar horas postrado en cama, asimilando cómics y dilucidando si podría encontrar su opuesto, alguien irrompible.

En Glass, el cerebro sube la apuesta y trata de enfrentar al héroe y al villano en una gran pelea encima de la torre Osaka, un gran enfrentamiento entre el bien y el mal delante de todo Filadelfia. ¿Un plan un poco forzado por el guion? Nada más lejos. Cuando Price y su madre discuten si lo que hemos estado viendo es una historia que aparecería en una edición limitada, tiene un importante hilo conector con el momento en el que ella le regala su primer cómic en El protegido. Una edición limitada en el que vemos el enfrentamiento del superhéroe (de color verde) con un hombre bestia (de color ocre amarillento), sobre lo que parece la terraza de un edificio en altura. Además, el papel que lo envuelve es de color morado.

El código de colores de los tres es precisamente ese. Con Dunn y su chubasquero de color verdoso, y la ropa de Kevin -o incluso escenas como su primera transformación en el túnel- sobre una paleta de color amarillenta. Por supuesto, los atuendos de Price son púrpura, como los trajes del Joker, y como se puede ver en una tienda de cómics, en forma de neón indicativo, es el color de los villanos. El plan maestro de exponer esa lucha no es sino una culminación de su fantasía más absoluta, la impresión del primer tebeo materializada por fin en una coreografía diabólicamente calculada que ya estaba de alguna forma perfilada en la película de hace casi veinte años. El final de Dunn es más que descorazonador, decepcionante, ya que esperamos más minutos del que parecía el héroe al que debíamos seguir. En su lugar tiene una muerte dura, inesperada, sin que haya logrado cambiar nada. Sin embargo, su hijo sirve para validar su autodescubrimiento y ser testigo de su legado cuando sus hazañas se conviertan en video viral, en historia y, probablemente, leyenda.

El legado de los freaks

El papel de Joseph, Casey y la madre de Elijah es de asidero emocional con la mejor versión de los que acaban siendo sus respectivos héroes. En el caso de la chica, ella es la única redención del lado bueno e inocente de Kevin, que ve al fin validado gracias a sus capacidades extraordinarias. En el caso de la madre, asiste al ritual que finalmente le da sentido a la vida de alguien que no tenía otra cosa a la que agarrarse debido a la enfermedad. Elijah es el villano en El protegido. Su plan demencial para encontrar a su cruz de la moneda pasa por organizar atentados sanguinarios que al final, como un buen malvado de Gotham, le acaba llevando a un encierro en el manicomio de Arkham. Él es la representación teórica de la consecuencia del trauma en los cómics. “Los otros niños me llamaban Señor Cristal” es su última frase cuando David Dunn se entera de quién es realmente, indicando cómo la burla y la exclusión le han trasformado en un monstruo. Su plan maestro durante los años de su encierro gira en torno a los que, como él, están rotos. La conexión con Múltiple acaba siendo armónica cuando sepamos que el anhelo de La Horda también es encontrar a otros como él. Por ello, cuando se produce el encuentro entre ambos La Bestia sabe que Elijah está roto, además de forma literal.

Pero Shyamalan está dispuesto a empatizar con ese lado del demonio, para demostrar que la fractura que les hace diferentes es lo que les hace también extraordinarios. Glass comulga con la bella idea de Predator (2018) de que bajo las aparentes taras se esconde el próximo paso evolutivo del ser humano. La imperfección, el dolor y los problemas que superamos pueden crear superhéroes. La autopercepción de héroe/villano de David, Kevin o Elijah que aprenden en sus respectivas películas no es creer en su capacidades extraordinarias, sino la aceptación de sus defectos y errores como forma de identidad.

Con esta idea el director invoca al propio mundo del cómic como un reducto para marginales. El verdadero movimiento no está en las películas mainstream de las que se apropian los abusones de la primera escena, sino en los bajos fondos, en las tiendas de tebeos, en las guaridas de barrio en donde se sigue consumiendo en papel, algo impensable para ciertas generaciones—el personaje de Anya Taylor-Joy parece descubrir los tebeos por primera vez—.  Reivindica la viñeta como fantasía escapista confrontando el ideario del tebeo más ingenuo, más inocente e idealizado, el de la era dorada del cómic, con el tratamiento más triste, amargo y melancólico de su estilo.

No es casualidad que la película termine con todo Estados Unidos viendo los vídeos grabados por el plan maestro del Señor Cristal en el móvil, cuando empieza con dos chicos viralizando sus palizas. El opuesto muestra a las víctimas de esas palizas como héroes verdaderos, cerrando así el círculo empezado hace casi veinte años con El protegido. La muerte de Dunn se produce con su kryptonita, el agua, que al fin y al cabo no es sino el recuerdo de su trauma más profundo -la agresión que sufrió de niño en una piscina, de la que se hablaba en la primera-, y que vamos representado en Glass para decirnos que allí también se trataba de encontrar la fortaleza dentro del dolor.

El cierre de la trilogía teoriza, juega con una narrativa conceptual que trata de encontrar las claves de su funcionamiento como cine de superhéroes explicando las viejas reglas, tal y como hacía Elijah paso a paso en la primera. Coherente en las formas y en el fondo, lleva todas esas normas del anhelo de los personajes a la práctica y da significado a la odisea de los tres antihéroes. Tal y como le dice Elijah a su madre, “es una historia de orígenes”, dejando implícito que su obra maestra dejará un legado de cientos de personas encontrando su superpoder y formando su propio universo. Puede que Glass sea el punto de partida de una serie o puede que no veamos más, pero su existencia es la pieza que faltaba para la cadena de retroalimentación de tres películas que hoy ya no pueden entenderse las unas sin las otras.

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