Las desventuras de Lady Bird y la urgente necesidad de jubilar a Holden Caulfield

Lady Bird

Lady Bird se revela como una de las apuestas más atractivas de la temporada, pero no necesariamente como una de las más originales. Una adolescente que no sabe muy bien quién es aunque quiera serlo a toda costa, atrapada en un pequeño pueblo, con dificultades para lidiar con adultos y con esos compañeros de clase de entre los que ha de destacar como sea. Se basa en la vida de la propia Gerwig, pero resulta inevitable no remitirse al mítico J.D. Salinger… y a la historia de aquel chaval con gorra “para cazar gente”.

Los dramas juveniles coming of age llevan siendo feudo del indie norteamericano bastante tiempo, y el hecho de que Greta Gerwig -una de las figuras clave del movimiento, tras el rol desempeñado en el mumblecore y su alianza artística con Noah Baumbach– sea directora y guionista del drama juvenil coming of age más aplaudido de los últimos años supone sólo una de las posibles causas, acaso la más liviana, del sorpresivo asentamiento de un fenómeno como Lady Bird. Nada que explique por sí mismo ese avasallador 100% de críticas positivas en Rotten Tomatoes –lamentablemente desarticulado cuando un canalla llamado Cole Smithey le endosó un B- y comenzó el DRAMA-, ni el exitoso paso del film por las galas de premios, habiendo ganado el Globo de Oro a Mejor Película Comedia o Musical y el de Mejor Actriz para Saoirse Ronan. Vamos, que tendrá que estar bien, ¿no?

Aún así, no podemos evitar cierto distanciamiento. Al margen de lo que nos pueda gustar Gerwig, y de que lo último que supiéramos de ella hasta hace poco fuera por lo de aquel trágico asuntillo de Cómo conocí a vuestro padre. Está bien que haya vuelto a saborear el éxito, pero no podemos obviar que ésta es la historia de una adolescente, Christine, que no encuentra su lugar en el mundo, y que ficcionaliza su propia vida haciéndose llamar, sí, Lady Bird, y proclamando de forma afectada que “vive en el lado equivocado de las vías”. Si es que parece que la película es hasta autobiográfica. Cómo no va a dar pereza. Y cómo no vamos a volver a lamentar que, tras El guardián entre el centeno, publicada en 1951, todas y cada una de las malditas películas protagonizadas por adolescentes confusos sean trasuntos de Holden Caulfield. Más o menos disimulados.

Si hay algo que odio, es el cine

Es de esperar que, cuando Salinger publicó la obra de marras a mediados del siglo pasado, no podía tener ni idea del éxito que iba a alcanzar, ni de lo pesada que se iba a poner la gente. El guardián entre el centeno, publicada por entregas al poco de su regreso de la Segunda Guerra Mundial, se anticipó a otros tótems del pensamiento juvenil que se dejarían caer aquella misma década, aunque ninguno con la contundencia de las disertaciones de Holden. Dos años después de que los quinceañeros empezaran a subrayar el libro exclamando “¡¡Ese soy yo!!”, Marlon Brando se colgaba la chupa de cuero y el palillo a la boca en Salvaje (1953) para vacilar de que tenía montón de cosas por las que rebelarse. Cuatro años después, James Dean inspiraba a toda una generación (y a Tommy Wiseau) con el mítico “You’re tearing me apart. Y en el transcurso de seis años, Jack Kerouac acabaría de liarlo todo mediante la publicación de En el camino, con consecuencias que fueron más allá del éxito de ventas y la tontería colectiva.

Superada la década de los cincuenta, pero no la resaca, Sylvia Plath realizaría el testimonio más sincero y doloroso con La campana de cristal (1963), y paralelamente a su publicación en EE.UU., S.E. Hinton alcanzaría el éxito con Rebeldes, contando apenas con la edad de Holden. Para entonces la relevancia de El guardián entre el centeno ya era de lo más nítida, y juntando este precedente con el potencial pelotazo de Hinton, las editoriales acabaron por desenterrar el filón: había nacido el young adult, y a este género improvisado pronto se adscribirían multitud de éxitos más… mientras El guardián entre el centeno no dejaba de vender.

El guardián entre el centeno

250.000 copias anuales, parece seguir siendo el número. ¿Las razones? Fácil, todos lo hemos leído. Absolutamente todos. A edades distintas, si teníamos suerte las apropiadas, pero el caso es que un día que estábamos en vena conocimos al joven Caulfield, y a su hermana Phoebe, y a Ackley, y a todos ellos. Hablar de esta novela como obra generacional es quedarse corto, cuando ya ha pasado más de medio siglo sin que la gente deje de leerla, de comentarla y de sentirse identificada. Y ni que decir tiene, el cine no ha permanecido ajeno a este bombazo continuo, y actores tan variopintos como John Cussack, Leonardo DiCaprio, Jerry Lewis o Jack Nicholson han querido ponerse en la piel de Holden, sin éxito porque, bueno, Salinger fue muy tajante a ese respecto.

En la novela son varias las ocasiones en las que el protagonista manifiesta su odio por el cine, por su falsedad y artificio, y aunque el caso de El guardián entre el centeno sea uno de aquéllos en los que de forma más llamativa se han confundido personaje y autor, aquí no hay equivocación posible. Desde el principio, Salinger se negó en redondo a vender los derechos de adaptación, y su posterior exilio de la vida pública no hizo sino empeorar las condiciones de negocio. Lo que no ha evitado, claro, que Holden apareciera finalmente en un puñado de películas, aunque nunca con su nombre.

Retratos de la encrucijada

JD Salinger

Retrato de JD Salinger

El perfil de Caulfield es enormemente socorrido al hablar de algo tan universal como es la adolescencia. Y eso es gracias, de forma exclusiva, al talento de Salinger, y a la suma habilidad que mostró a la hora de crear al protagonista de El guardián entre el centeno. Su retrato es tan atinado y extrapolable que resiste el paso de las décadas, e incluso puede infiltrarse en una historia tan personal y tan íntima como debe ser, en su condición autobiográfica, Lady Bird. Es inevitable que obras emparentadas temáticamente con la novela de Salinger cojan prestados rasgos de su protagonista, porque éste es el adolescente básico y, se supone, todos somos o hemos sido Holden. Así es cómo ha surgido el tropo, y cómo se han ido concretando otros rasgos que tampoco han dejado de repetirse en el cine.

Siendo clave, por supuesto, la relación con esos adultos en los que el protagonista está abocado a convertirse algún día angustiosamente cercano. Salinger tocó muy por encima la paternidad en su obra magna, reduciéndola a observaciones mordaces o incluyéndola en ese espectro de “farsantes” al que Holden recurre tan asiduamente -etiqueta en la que ahora ahondaremos-, pero que de momento podemos fijar en D.B., su hermano escritor “prostituido por Hollywood”, un referente fallido hacia el que el protagonista tiene sentimientos encontrados. Lo quiere, alguna vez lo ha admirado, pero no quiere convertirse en él. El padre de Christine Lady Bird McPherson, Larry (Tracy Letts), es un hombre que sufre depresión, como también la sufre Lloyd (Noah Taylor), padre del protagonista de Submarine (2010). Partiendo de esta situación, ambos personajes hace tiempo que dejaron de ser figuras de autoridad para sus hijos, e incluso Larry, desempleado, ha tenido que ver como Miguel (Jordan Rodrigues), el hermano mayor de Christine, compite por el mismo trabajo que él. La progresiva desacreditación de Charlotte (Kristen Wiig) como modelo a seguir -que no como figura materna- es asimismo uno de los leitmotivs de The Diary of a Teenage Girl (2015).

La novela de El guardián, sin embargo, prefiere optar por una aparente ridiculización a la hora de demoler amagos de figuras paternales, como muestra el enervante diálogo entre Holden y el señor Spencer, un profesor que le ha tomado cariño y está empeñado en que puede hacer algo más con su vida. Un acercamiento con el que el protagonista se siente incómodo y no cree merecer, al igual que sucede en The Spectacular Now (2013) con Mr. Aster (Andre Royo), y en Las ventajas de ser un marginado (2012) con Mr. Anderson (Paul Rudd) -aunque, en este caso, sea el mismo espectador quien lo tome por el pito del sereno-. En definitiva, convertirse en adulto no parece ser un camino muy apetecible, y eso entronca directamente con la principal inquietud de Holden y el tema de los niños al borde del precipicio que nos ha dado tantos disgustos.

Como, al mismo tiempo, entronca con la obsesión por los detalles, y la ansiedad por los momentos que se quedan atrás, de los que hacen gala tanto el personaje de Salinger como Lady Bird. Uno, empeñado en recordar lo ridícula que es Sally jugando a las damas y en preguntarse adónde van los patos en invierno; otra, odiando Sacramento -el pueblo de Greta Gerwig- para llegado el momento darse cuenta de que es capaz de describir primorosamente cada rincón de él. Una fijación por el pasado y la inocencia a punto de difuminarse que ha de ser validada por esos adultos tristes y patéticos que no quieren ser, pero que en un nivel más profundo es una respuesta a las cuestiones propias, complejas y primigenias de la madurez que ya se han colado en sus vidas. Es decir, el sexo y la muerte.

The Spectacular Now

‘The Spectacular Now’

En The Diary of a Teenage Girl, el profesor enrollao de turno analiza el encontronazo entre Holden y el señor Antolini -recuérdese, aquél en el que el protagonista tiene que huir de casa del segundo porque le ha descubierto acariciándole la cara mientras dormía- como una muestra del pánico que siente Caulfield por todo lo que tenga que ver con el sexo. Quizá sea más complicado, pero no hay duda de que esta cuestión es esencial para vertebrar cualquier relato de coming of age. Y los herederos de Holden lo han hecho como estaba mandado, con total y catastrófica confusión, y utilizándolo en ocasiones como reafirmación personal y elemento de distinción frente a sus grises compañeros de clase. En la misma The Diary of a Teenage Girl, Minnie (Bel Powley) tiene un idilio con el novio de su madre. En Ghost World (2001), Enid (Thora Birch) se acuesta con Seymour (Steve Buscemi). En Academia Rushmore (Jason Schwartzman), Max se monta una película de aúpa con su profesora. Nadie sabe muy bien qué hacer con esa cosa llamada sexo, y no creen que las personas de su misma edad tengan la respuesta.

Por otro lado, está la muerte. El cadáver que ve Miguel, y que ha provocado el traslado de la familia de Lady Bird. La abuela que fallece en Freaks and Geeks (1999), impulsando a Lindsay (Linda Cardellini) a buscar su identidad. Las paranoias de Donnie Darko (2001). Y claro, Allie, el hermano muerto de Holden. Crecer es también estar más cerca de la muerte, y eso es un asco.

Ghost World

‘Ghost World’

Cómo quemar un fenómeno

La novela de Salinger es una fuente inagotable de modos de abordar los sinsabores de la adolescencia, y no sólo de cara a un tratamiento narrativo. Si El guardián entre el centeno se ha convertido en la obra de culto que es, ha sido gracias sobre todo a cómo los propios adolescentes la han tomado, año tras año, generación tras generación, como una suerte de manual para entenderse a sí mismos. Como un espejo. El problema ha venido cuando esos mismos adolescentes se han empeñado posteriormente en mantenerla como talismán, en proclamar que es “su novela favorita de todos los tiempos”, y en ponerse a Holden como foto en su perfil de Twitter. Yo mismo lo he hecho.

La figura de Holden, tormentosamente asqueada por el mundo que le rodea, y épicamente lúcida en torno a distinguir lo que de verdad importa, las cosas puras, auténticas, “que le dejan sin habla”, ha acabado sirviendo de escuela de pensamiento intensito, y de coartada para una adolescencia eterna, inagotable y autocomplaciente. ¿Por qué hay que dejar de sentirse especial? ¿Por qué hay que claudicar y permitir que el mundo de los adultos nos absorba y asimile? ¿Es lo que habría hecho Holden?

El club de los cinco

‘El club de los cinco’

Así es cómo El guardián entre el centeno y toda su ideología dieron lugar a objetos culturales que chapoteaban en esta adolescencia sin fin, y que podrían haber hecho de Salinger un hombre aún más cabreado de haber vivido para verlo. Antes, en la década de los ochenta, John Hughes había sabido darle otra perspectiva a este momento vital, sabiendo trazar un equilibrio entre la desidia puramente holdeniana y un sano hedonismo; el mismo que permitía a los chavales hacer pellas aupados por nuestros aplausos para luego ponerlos a compartir lágrimas ante la melancólica mirada de Molly Ringwald, cuyo padre (Harry Dean Stanton) en La chica de rosa (1986), no por casualidad, también estaba deprimido. Una visión que no llegó a la década siguiente, cuando vinieron los trazos gruesos: o eras un pijo insufrible -como Fuera de onda (1995) preconizaba-, o eras un intelectual insufrible -como Bocados de realidad (1994) susurraba-, o te movías entre ambos extremos siendo insufrible también, como cierto cine indie empezó a practicar a partir del nuevo siglo.

Una de sus consecuencias más terribles la supuso el tratamiento de la cultura pop. En aras de transmitir lo especiales que se sentían estos personajes, y en conseguir que los espectadores pudieran empatizar con ellos soslayando su hostiabilidad, los escritores y guionistas llenaron sus historias de referencias y guiños a un imaginario supuestamente alternativo: esto es, uno poblado de productos que en el mejor de los casos conoce cualquier hijo de vecino y garantiza la cercanía -al fin y al cabo hay que vender-, y que en el peor, a fuerza de querer trascender el young adult –etiqueta de la que muchos quieren desmarcarse-, echa por tierra la credibilidad de su historia, como Ready Player One. Una dictadura del guiñito a ti, que eres un tipo guay aunque a veces te sientas un incomprendido, y que alcanza la cima del oprobio en la ya citada Las ventajas de ser un marginado. Aquí, los protagonistas son fans de The Rocky Picture Show, de David Bowie, de The Smiths, de Harper Lee y, de por supuesto, J.D. Salinger, y resulta totalmente imposible recordar en qué año se ambienta la película de marras. Parece que los noventa.

Submarine –con banda sonora de Alex Turner-o, de un modo algo más sibilino, 500 días juntos (2009), serían otros ejemplos de esta tendencia cultureta, pero resulta especialmente interesante el caso de Ciudades de papel, novela de John Green de la que recientemente tuvimos película. En ella sigue habiendo un nutrido caudal de referencias chorra –Walt Whitman, Woody Guthrie, Herman Melville-, pero de repente el espectador es sorprendido por una escena preciosa en la que los protagonistas cantan el tema principal de la serie de Pokémon, una hazaña a la que Ernest Cline fue incapaz de acercarse en su oda al gamer. Y, lo que es aún mejor, la película de Jake Schreider acaba con una conclusión demoledora: Margo (Cara Delevingne) no es una chica especial, nunca lo ha sido. Con esta pirueta la obra le da la espalda al pensamiento holdeniano, y además tiene tiempo de cargarse otro tropo infinitamente más dañino: ese de las chicas “que no son como las demás chicas”, que hace poco volvimos a encontrar en It o la segunda temporada de Stranger Things, y que, a quién vamos a engañar, temíamos encontrarnos en Lady Bird. Bien por John Green, eh.

El lado oscuro de Holden

Puestos a mancillar el legado de J.D. Salinger, hablar de los asesinatos sería ir a lo fácil, pero dado que el cine también se ha nutrido de esta leyenda negra, habrá que mencionarlos puntualmente. Sí, parece que Mark David Chapman mató a John Lennon tras haber comprado un ejemplar, y luego dijo “estoy seguro de que la mayor parte de mí es Holden Caulfield; la otra debe ser el diablo”. Sí, John Hinckley Jr. trató de matar a Ronald Reagan, y también debía de ser fan de la novela. Y Robert John Bardo, asesino de Rebecca Schaeffer. Y Sirhan Bishara Sirhan, asesino de Bobby Kennedy. Y Charles Manson. Y Lee Harvey Oswald. Quizá, cualquiera al que le cayera un poco mal la familia Kennedy.

El estatus de El guardián entre el centeno como obra maldita ha ido creciendo con los años casi a la misma velocidad que lo hacía su condición de oráculo teen, y ha pasado indistintamente de ser lectura recomendada en los colegios a estar prohibida. La razón, puesto que alguna razón tiene que haber, cabe encontrarla en todo lo relacionado con el campo de centeno en el que los niños juegan, y la sombra de Holden vigilando que ninguno de ellos se caiga por el barranco que hay justo al lado, impidiendo que se conviertan en adultos y pierdan la inocencia. Una visión que se relaciona indefectiblemente con la última escena del libro, en la que el protagonista observa muy afectado cómo su hermana Phoebe monta en un tiovivo, y que ha bastado para que, en numerosos círculos, se piense que la exaltación de la niñez es la finalidad última de J.D. Salinger.

¿Cómo puede algo tan inofensivo llevar a actos homicidas? Will Smith daba una respuesta bastante enrevesada en Seis grados de separación (1993), con un generoso monólogo donde citaba varias páginas que presuntamente daban cuenta de la psicopatía del joven Caulfield, y todo el mundo se quedaba extasiado ante la sabiduría de su personaje. Más tarde, en la increíblemente descafeinada The Good Girl (2002), parecíamos a punto de asistir a la deconstrucción final del legado de Salinger gracias al cajero interpretado por Jake Gyllenhaal, un veinteañero que insiste en que le llamen Holden, como el protagonista de su libro de cabecera, “que al final acaba internado en un psiquiátrico”. Un chaval que, por supuesto, acabará involucrado en un estúpido acto de violencia y muriendo tras lamentar que Justine (Jennifer Aniston) hubiera resultado ser como las demás.

Aunque sean casos mucho menos numerosos, la presencia de Holden en tanto a sus aspectos más problemáticos tampoco ha sido desdeñada por el cine, y tratándose de ejemplos mucho más diversificados y dudosos -hay quien podría vincular esta visión misántropa con la de Travis Bickle en Taxi Driver (1976), puesto que es su encuentro con una prostituta adolescente lo que acaba por convencerlo de iniciar la masacre, y esta misma prostituta adolescente (Jodie Foster) fue otra de las inspiraciones de John Hinckely Jr-, no dejan de dar cuenta de la acaso perniciosa influencia de Holden Caulfield, y de sus ideales.

Ideales que no son mucho más que eso, ideales. Y unos que ni el mismo Caulfield, ciñéndonos a la novela, es capaz de respetar. Dice que odia el cine, pero cada vez que se siente superado por las circunstancias empieza a imaginarse en una película. Dice que odia a sus compañeros por ser egoístas y ridículos, pero eventualmente confiesa que los echa de menos. Dice que no hay nada que odie más que, llegamos por fin, los farsantes. Las personas que no son auténticas, falsas, que le hacen odiar el mundo. Cuando lo cierto es que el protagonista no deja de mentir a lo largo de El guardián entre el centeno. Miente a la madre de su compañero de clase, miente a Sally diciéndole que está enamorado de ella, se miente a sí mismo. Como Christine McPherson no deja de mentir en la película de Greta Gerwig. Parece que, a fin de cuentas, nuestro Holden Caulfield no era demasiado fiable como narrador.

Lady Bird y la catarsis

Lo que más me gustaba de aquel museo era que todo estaba siempre en el mismo sitio. No cambiaba nada. Podías ir cien mil veces distintas y el esquimal seguía pescando, y los pájaros seguían volando hacia el sur (…) Nada cambiaba. Lo único que cambiaba eras tú mismo. No es que fueras mucho mayor. Sólo que eras diferente. Eso es todo.

(J.D. Salinger, El guardián entre el centeno)

Hace unas tres semanas, volví a leerme la novela de Salinger. Habían pasado unos ocho o nueve años desde la lectura anterior, pero dado que por aquel entonces había contado hasta cuatro relecturas en un período muy breve de tiempo, no pensaba encontrarme con nada nuevo. Y no lo hice. Todo estaba allí. Simplemente, la identificación que siempre había sentido con Holden se había convertido en un recuerdo, en algo que reconocía pero que ya no era, y supe que ahí estaba la auténtica grandeza del libro. En Salinger, con un oído y una memoria absolutamente sobrehumanos, rememorando qué sintió él como adolescente, y en el cariño y la suave ironía empleados para plasmarlo en esas páginas. Un cariño y una ironía no muy distintos a los que Greta Gerwig ha empleado para dar forma, y luego reformular, Lady Bird.

Greta Gerwig en Frances Ha

Greta Gerwig en ‘Frances Ha’

Christine se siente especial. Claro que se siente especial. Por eso reacciona tan mal cuando Kyle (Timothée Chalamet) le revela que no ha perdido la virginidad con ella, por eso se siente atacada cuando su amiga Julia (Beanie Feldstein) firma como Julie diciendo “que es parecido a lo que tú haces con Lady Bird”. Ah, porque sí, tiene amigas. Piensa que el instituto es horrible y todo eso, pero al menos tiene una mejor amiga en la que apoyarse y reafirmarse cuando, al final, manda a la mierda al susodicho Kyle y acude al baile de su mano.

Se siente especial pese a que todo lo que ocurre a su alrededor es perfectamente normal y mundano, pese a que viva en un pueblo llamado Sacramento, pese a que la totalidad del metraje de Lady Bird se fundamente en la anécdota y en la práctica ausencia de conflictos que, por otro lado, es epítome del coming of age. Eventualmente, esta seguridad se tambaleará. Vendrán las dudas. Sus ansias de éxito, de conseguir algo más porque de algún modo lo merece, chocarán de forma estrepitosa contra la visión de los adultos de su entorno; “Parece que el trabajo de todo el mundo es hacerme ver las cosas de forma realista”. Indispensable su madre, Marion (Laurie Metcalf), para reflejar esto. Será ella la persona ante la cual se derrumbe y se pregunte “si ésta es la mejor versión de mí”. Será ella quien finalmente, como Patricia Arquette en Boyhood (2014), la vea marchar sin tener aún muy claro quién es, quién quiere ser, o quién acabará siendo.

Lady Bird

Lady Bird es un acierto desde su concepción porque, en su honestidad y su carencia de pretensiones, plantea por fin un escenario donde hemos superado el monumental malentendido de El guardián entre el centeno y, al mismo tiempo, y en relación directa, una adaptación lo más fiel posible del espíritu de J.D. Salinger. Otra cosa, claro, es que a los propios adolescentes vaya a importarles un carajo.

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