Las mejores series de 2018

Un año más, os traemos el resumen de lo mejor de 2018. Películas, series, videojuegos, comics, e incluso nuestra puntilla con lo peorcito de estos doce meses que acaban. Hoy volvemos a lo audiovisual, pero en formato largo y por entregas: estas son las mejores series del año.

No está de más dejar claro que ninguno de nuestros tops del año pretende ser definitivo ni completista. Simplemente, nuestros colaboradores escogen sus artefactos culturales favoritos y escriben sobre ellos. Las ausencias serán más que las presencias pero, en cualquier caso, estos son algunos de los imprescindibles de 2018.

The Vietnam War

Los charlies que vuelven en pesadillas, las pilas de cadáveres, la impenetrable oscuridad de la jungla camboyana y el cinematográfico y fatal olor a napalm mañanero: ingredientes fundamentales en esta fascinante e hipnótica serie documental sobre Vietnam de Ken Burns y Lynn Novick que va desde 1858 a nada menos que 1973. Lo que podría ser una reflexión progresista, propagandística -a lo Oliver Stone-, es aquí un brillante lienzo polifónico donde cada contendiente tiene su testimonio. Desde los exmilitares traumatizados a las hijas de la burguesía de Saigón, pasando por los exiliados (¡hubo millones!) del sur vietnamita para acabar con los tenebrosos apparátchik comunistas, los autores dejan respirar los testimonios y dan cuenta más de la confusión de la guerra que de cualquier reproche moral a los combatientes rasos. Cargada de imágenes de archivo, cientos de filmes, es una excepcional deconstrucción generacional de todos aquellos jóvenes y adultos engañados por políticos ambiciosos e irresponsables. Todo ello con un trabajo de montaje cinematográfico brillante, acompañado de una excelente selección de los años sesenta y setenta realizada por Trent Reznor y Atticus Ross (Beatles, Led Zeppelin, etc). Sin discusión, una de las mejores piezas ocultas en Netflix. Julio Tovar

Pose

Hay que querer a Ryan Murphy. Le puede salir bien, le puede salir mal, pero siempre ofrece algo, a veces con un grado de excelencia difícilmente alcanzable en otras propuestas. Prefiero que se equivoque pero lo siga intentando porque por cada dos o tres fallos saca una maravilla. Este año dos, incluso.

Pose está fuertemente inspirada en la película documental de Jennie Livingston de 1990 Paris is burning. De hecho, varias de las casas y de los personajes están basados en gente real que vivió en la Nueva York de los ochenta e incluso algunos protagonistas del documental hicieron cameos en la serie. La serie es todavía más ambiciosa: mientras que la película se limitaba, maravillosamente, a describir la Ball culture de la época con sus comunidades trasgénero, latinas y gay involucradas, Murphy no duda en alternar la vida de dichas comunidades con la de los viandantes ajenos a ellas, estableciendo un sutil juego en el que, al fin y al cabo, la pose es igual para ambos. Un ejercicio espectacular por momentos, doloroso en su mayoría, pero gozoso y emocionante en su reflejo de la diversidad. Mariano Hortal

The Good Fight

The Good Fight es la serie que mejor habla sobre la actualidad, sobre el mundo en el que vivimos. Sus historias de abogados están siempre envueltas en realidades económicas, políticas y sociales que la alejan del resto de procedimentales jurídicos. Quizá comparada con las series de las que más se habla, esas más preocupadas por el virtuosismo estético que por contar algo, puede parecer demasiado clásica, pero a la hora de la verdad, hay pocas series tan bien escritas y coherentes como esta.




Ha tratado temas como la alt-right, el movimiento Me Too, el acoso online, las noticias falsas y el Esquema Ponzi. Aunque tiene una visión claramente de izquierdas, no cae nunca en lo panfletario. Sus personajes son ambiguos, sus historias se pueden leer siempre desde varios puntos de vista, dejando que el espectador saque sus propias conclusiones. Es también una serie empeñada en terminar con los tópicos televisivos, con muchas más mujeres y personas de color de las que estamos acostumbrados a ver en un producto generalista. Tampoco podemos olvidar sus toques de ironía y humor, que arrancan más risas que muchas supuestas comedias. Es perfecta como entretenimiento, pero también para entender cómo funcionan las cosas en el siglo XXI. Blanca Rego

Maniac

2018, entre muchas otras cosas, quizá haya pasado por ser el año donde por fin empezamos a tomarnos en serio a Netflix. Es decir, en términos cualitativos, que en cuanto a poderío mediático e industrial el terremoto ya se veía venir de lejos. Obras como Aniquilación, Al otro lado del viento, Noche de lobos o La balada de Buster Scruggs han conseguido que las producciones cinematográficas de la plataforma dejen de ser objeto de burla casi tan rápido como nos hemos olvidado de que éstas existen, mientras que dentro de las series la maquinaria sigue bien engrasada y no han faltado los momentos memorables, ni a manos de las veteranas —con una sexta temporada de BoJack Horseman tan irregular como valiente—, ni a través de las nuevas participantes —La maldición de Hill House confirmando que Mike Flanagan está en nuestro equipo—. De todo este ingente catálogo, y a la velocidad que suelen pasar las cosas, es probable que nadie vaya a acordarse de Maniac.

Y no pasa nada. Esta miniserie, según parece el remake de una ficción noruega, se revelaba desde el principio como algo muy difícil de vender como no te limitaras a recurrir a los nombres que había tras ella. Algo que Netflix, básicamente, hizo, parapetándose en que era lo nuevo de Cary Joji Fukunaga tras su anterior colaboración con la plataforma en Beasts of No Nation, y en los rostros de la recién oscarizada Emma Stone y un Jonah Hill irreconocible, para disimular que, probablemente, ni los propios directivos entendían muy bien de qué iba la vaina. En principio, la trama giraba en torno a dos personas mentalmente destrozadas que se sometían a un misterioso ensayo farmacéutico y, en torno a él, sufrían una serie de catarsis que les hacían replantearse toda su vida. En principio. Luego, sin embargo, resultaba que la acción tenía lugar en una distopía marcada más por la desidia que la fatalidad, y que por la trama se dejaban caer universos paralelos, máquinas melancólicas y un Justin Theroux pasadísimo de rosca.

Con estos mimbres, sumados a la decisión de que gran parte de los 10 episodios se ambienten en distintas realidades —abocando inevitablemente a que haya segmentos muchísimo más inspirados que otros—, Maniac nunca podría haber sido una serie perfecta, pero tampoco debería haberlo necesitado. Las inconsistencias en el tono (muy buscadas, por otra parte), sumadas a ciertas subtramas que no llegan a ningún sitio, y a un Jonah Hill que sólo sabe ser convincente cuanto más ridículo es el personaje que le toca, pugnan por hacer de Maniac una excentricidad que es fácil que a muchos espectadores se les atragante. Si, en cambio, éstos se dejan llevar por la bizarrada que propone, su maravilloso sentido del humor, y su apuesta por una sensiblería extrema, lo más sensato es encogerse de hombros y sonreír. Porque, tras recordar escenas como la del halcón gritando “¡Hola, Annie, soy Owen, en forma de halcón!” o su desenlace al completo, ¿quién osaría no erigir a Maniac como la serie más arrebatadoramente bella del año? Alberto Corona

Aggretsuko

Sanrio es conocida sus mascotas monas y con Aggretsuko ha conseguido casi la cuadratura de un círculo: hacer que un trabajo deprimente de oficina siga siéndolo, pero quieras volver a él. Gracias a Retsuko. Porque Retsuko, que sólo encuentra alivio a sus miserias cantando death metal a solas, tiene ensoñaciones, miedos, y teme estancarse en la dichosa oficina, y eso la hace muy real. Pero persevera, madura y lo que es más importante: demuestra que por muchas pompas que se haga, prefiere seguir siendo ella misma.

Quizá es necesario contar esta historia con personajes tan monos, porque las acciones y entornos que pinta seguirán existiendo, y el futuro sólo puede irle ligeramente mejor a Retsuko salvo Lotería Ex Machina. Sólo se puede contar así para que, en vez de sacar una pistola, cualquiera de nosotros prefiera sacar un micrófono. Adrián Álvarez

Kidding

El primer trabajo de Michel Gondry (Olvídate de mi, La ciencia del sueño) para televisión es una ácida pero enternecedora serie acerca de un grupo de personajes a la deriva, capitaneados por un Jim Carrey en estado de gloria. Presentador de un programa infantil que debe de lidiar con la muerte de uno de sus hijos y su reciente divorcio, lo que en manos de otro realizador podría convertirse en un dramón de tarde del fin de semana, se convierte en manos de Gondry en una disección de la familia americana, el mass media y donde los mundos de papiroflexia de Gondry, aquí se hacen presentes en la propia trama, en un trabajo diferente, irreverente, pero al igual que The Florida Project de Sean Baker, tremendamente humana, incluso confrontada con las exageradas formas de Michel Gondry. Felipe Rodríguez Torres

Hora de aventuras

En abril de 2010 comenzaba a emitirse en Cartoon Network una historia que se ha convertido en un hito de la animación gracias al carisma de sus personajes, la sencillez de su diseño, lo cautivador e hilarante de su trama, las pegadizas canciones y el ambiente de libertad creativa que se respiraba en sus capítulos. Bajo una aparente simplicidad, en Hora de aventuras se han atrevido a jugar con multitud de elementos (visuales, narrativos, estéticos…) para crear un complejo universo que ha atraído por igual a adultos y pequeños. Por desgracia, las andanzas de nuestros protagonistas no podían durar para siempre, y este año hemos tenido que decir adiós a una de las mejores series de la última década, que nos ha enseñado que el poder de la música y la amistad puede ayudarnos a sobreponernos a cualquier Linch o Golb que se ponga en nuestro camino.

Precisamente su último episodio, Come Along With Me (que llegaba tras cuatro capítulos emitidos en marzo), aúna a la perfección los distintos aspectos que han encumbrado la creación de Pendleton Ward: las historias autoconclusivas plagadas de giros e ingredientes fantásticos con la trama general cargada de simbolismo. Por supuesto, debemos mencionar la necesaria confirmación de la relación entre la vampira Marceline y la Princesa Chicle, que llegaba con un tierno beso, y que ayuda a normalizar y visibilizar al colectivo LGBT+ entre los más jóvenes.

Resumiendo, la recta final ha sido el broche perfecto de una obra fantástica, que se ha mantenido fiel a los mensajes y temas que ha ido tratando la ficción a lo largo de estos ocho años. Por nuestra parte, los espectadores, como Beemo, quizá no recordemos todos los detalles del viaje, pero nunca olvidaremos el sentimiento dejado por las aventuras vividas junto a Finn, Jake y el resto de habitantes de Ooo. Elena Crimental

Doctor Who

Doctor Who ha regresado este año con su vigesimosexta temporada y su decimotercer protagonista y lo ha hecho de una forma tan electrizante como en aquel 2005 cuando la serie comenzó su andadura moderna tras un oscuro hiato. Jodie Whitakker ha resultado ser una elección soberbia. El aumento de presupuesto se nota y el tono es más adulto. Pero nada de esto habría funcionado sin un grupo de guionistas que por fin incluye mujeres. Gracias a ellas, la serie se adentra por primera vez en territorios inexplorados. Y no me refiero a planetas lejanos o dimensiones arcanas sino a los territorios de la discriminación racial y de género. Y es que, como ya dejó dicho Louis CK, viajar en el tiempo no es nada divertido a no ser que seas un hombre blanco. Hasta ahora Doctor Who había pasado de puntillas por estos problemas. Sólo en esta nueva temporada la serie ha decidido plantearlos y tratar a su audiencia como adultos. Ha visitado el Sur segregacionista de EEUU, la India a punto de ser partida por cuestiones religiosas o la machista Inglaterra del siglo XVII. Hemos visto también parir a un hombre (alienígena, claro) y a un plantel de companions que refleja como debe ser la diversidad de nuestras sociedades. Doctor Who siempre ha dialogado con el presente. La diferencia es que ahora lo hace bien. El resultado de todos estos cambios ha sido el de afianzar una fórmula. La decisión consciente de no reiterar los mismos archivillanos de siempre, de retomar tramas clásicas como el caper o el misterio -frecuentes en etapas como la de Jon Pertwee– y de liberarse de la necesidad de sustentar una continuidad de décadas, han hecho que Doctor Who haya dado un salto de orden y por fin se haya plantado en el siglo XXI. Larga vida a la Doctora. Santi Pages

Iron Fist – 2º Temporada (Por )

Lo primero es lo primero. Sí, la primera temporada de las aventuras del malcriado e inaguantable Danny Rand (Finn Jones) es horrible. ¿La peor serie de la unión entre Marvel y Netflix? Sin duda. Pero ojito cuidado con la segunda temporada. Mira que era difícil que con lo mala que fue la primera la gente se animara a ver la siguiente, pero hubo quienes lo hicimos y… ¡sorpresa! Es buena.

Punto a favor: Danny es muchísimo más soportable, en parte por que dejan de repetirnos a cada momento que es multimillonario, lo que resultaba bastante molesto. Ya no es tanto un niñato con una rabieta como una persona consciente de sus debilidades y que duda de lo que realmente significa ser el Iron Fist.

Pero aquí la estrella y quién eclipsa al resto de personajes es Colleen (Jessica Henwick), a quién vemos tomar también un papel mucho más activo, convirtiéndose en la voz de la razón frente a señores que se pelean por tener un puño que brilla. Por no hablar del tándem que se monta con Misty (Simone Missick) y la química que tienen ambas repartiendo mamporros y dejándote con las ganas de que les hagan a las dos una serie para ellas solas porque no necesitan a nadie más para molarlo todo. En resumen, lo que nos encontramos aquí es un cambio importante en lo que implica ser un superhéroe, una exposición de la masculinidad tóxica que siempre da así como alegría y una remontada de una serie como no he visto en la vida. Ana Rodríguez

American Vandal

Dos temporadas ha durado la alegría de que American Vandal exista, pero su cancelación sólo debería recordarnos lo necesaria y pertinente que resultaba su propuesta. La serie es todo un ejercicio metatextual sobre la verdad, la mentira y la construcción del discurso. Una reflexión en tiempos de la posverdad y las fake news, de los Youtubers de extrema derecha y el clickbait, sobre la forma en que el formato del discurso distorsiona los hechos. En el fondo, American Vandal trata sobre una objetividad que no existe, una fidelidad a los hechos irrealizable y sobre la necesidad de no dejarse llevar por el cinismo y perseguir la honestidad. Algo refrescante en tiempos tan cobardes y deshonestos.

Pero además American Vandal es una fotografía muy concreta de un ambiente social, de una situación generacional. Y consciente del papel del formato y el discurso en la construcción del relato, apuesta por crear cosas diferentes, arriesgar narrativamente un poco y cubrir todo ese esfuerzo intelectual de un sentido del humor algo soez. Como si estuviera hablando de cosas importantes pero sin querer tomárselas en serio del todo. Reflexionar sobre nuestra libertad y sobre el papel de los medios en la construcción de la sociedad es demasiado fuerte, de modo que vamos a encubrir todo esto con chistes de pollas. Y al ser este un ejercicio metatextual sobre la América de hoy, nos permite plantearnos cuánto de esa actitud infantilmente provocadora encubría, desde hace algunos años, también discursos que era importante detectar. Discursos que han transformado la realidad, como hacen los protagonistas con su documental. Quizá todo esto, a pesar del humor escatológico, era demasiado profundo. Quizá sólo estemos preparados para algo más light, maniqueo y aburrido. Como Black Mirror. Pablo Fluiters

Devilman Crybaby

Devilman es ya inmortal. La influencia de la obra original de Gō Nagai en la cultura japonesa es tan extensa y decisiva que es inconcebible pensar un futuro donde Devilman no tenga un lugar prominente. Y tras la versión de Maasaki Yuasa, esa sensación se hace incluso mayor. No por nada Devilman Crybaby es un dechado de virtudes. De guión espídico, diseños alucinantes, música de otro mundo y una animación fluctuante y completamente fuera de cualquier convención, salvo la del propio Yuasa, es más una reinvención que una adaptación de Devilman. Y por eso es tan brillante. Cuando una obra es inmortal, adaptarla 1:1 sólo sirve para demostrar cuan insuperable es el original. Por eso Yuasa se la apropia, enfatiza aspectos, obvia otros, añade matices. Porque de ese modo no sólo reconoce la inmortalidad de Devilman, sino que también se apropia de ella. Álvaro Arbonés

Arde Madrid

¡El año de la cabra, los corros gitanos y la apropiación cultural! Tenía este crítico las ganas de hablar del regreso de Vis a vis (aka Port Aventura) pero al final he decidido centrarme en algo más pequeño pero igual de edificante. Grandiosa serie breve que explora los años madrileños de Ava Gadner, la primera temporada de la serie de Paco León y Anna R. Costa es una auténtica maravilla, rodada en un flamante blanco y negro y con una celebración de la vida y el jolgorio como hacía tiempo que no veía. Ya no es que Inma Cuesta o Paco León estén espectaculares, sino que la serie es uno de los hallazgos más vitalistas mejor rodados del año. El final del episodio cinco, con la recreación del bautizo de Antonio Flores, es lo mejor que le ha pasado al cine español en general esta temporada. Obra maestra ya. José Manuel Sala

Black Lighting

El año se nos hace tan largo que parece que ya no recordamos que fue en enero, el 16, cuando se estrenó. Pero, claro, llevamos ya tanto en la segunda temporada, y ha sido un año tan largo y tan lleno de series magníficas como Pose, Dietland o Vida que podría llegar a pasarse algo como esto. Una nueva manera dentro de CW de hacer los superhéroes, probablemente porque estaba previsto para FOX. Porque esta serie no sólo se ha quedado aparte de todas las demás de CW, también ha logrado centrarse en el tema racial, montar una estructura distinta de la clásica de equipo a favor de una de familia, con sus diferencias de dinámica además, por supuesto, de tener una forma distinta de entender la música y cómo usarla para subrayar y elevar la historia. Al final parece más -y mejor- pensada que cualquier otra serie de superhéroes que quisiera aprovechar para hablar de estos temas. Porque son los temas los que vertebran la historia superheróica, y gracias a ellos podemos continuar disfrutándola. Jónatan Sark

American Crime Story: El Asesinato de Gianni Versace

Había dos maneras de acercarse a este hit de las páginas de sucesos de finales de los noventa. Una sería hacer un biopic hagiográfico de la víctima, su lenta ascensión a la fama, su talento aparentemente innato, sus relaciones con familia y amigos… todo ello brutalmente interrumpido por un final prematuro e inexplicable. Los que se acercaron a esta segunda temporada de ACS esperando algo de esto habrán quedado profundamente decepcionados, porque afortunadamente la serie de Ryan Murphy ha optado por la solución diametralmente opuesta y, para decirlo de una vez, ha convertido a Versace en personaje secundario de su propio asesinato. La serie comienza con el crimen y, a partir de ahí, emprende un viaje hacia atrás en el tiempo que nos permite comprender las razones de Andrew Cunanan (interpretado magistralmente por Darren Criss), el asesino, el último gran villano gay manufacturado por una cultura profundamente homófoba. Félix García

GLOW

Alabado sea el glitter de GLOW. Una historia tragicómica y desgracias que se ha convertido en una de las ofertas del catálogo de Netflix más disfrutables este año. Un cóctel de camaradería y empoderamiento tan encantador y crudo que continúa enganchando. Una fiesta energética de humor y emociones que hacen crepitar tu patata.

Los personajes se consolidan más allá de las principales Ruth y Debbie y exploran de forma más coral las desventuras de estas luchadoras y sus mallas brillantes y ajustadas. GLOW sigue en forma en su segundo round a la espera de un tercero que puede ser el último, visto el desarrollo de la historia. Mientras, uníos y derrotad al aburrimiento echándole un poco de purpurina ochentera a vuestras vidas. Joe Pachorra

Capítulo 0

Capítulo 0 es el sueño de todo aspirante a cineasta, a humorista o a lo que sea con ganas de hacer el payaso: jugar a las películas, imaginar historias imposibles que sobre el papel serían inviables, bien por idiotas o bien porque no darían para mucho más que un cortometraje, y convertirlas en un todo lleno de sentido común. En una genialidad estúpida. Como uno de los secundarios afirma en un momento del primer episodio “Son intelectuales. Idiotas, pero intelectuales“. La resistencia chanante ha firmado  la mejor y más revolucionaria serie española de los últimos años desde la madurez del payaso. Kiko Vega

Better Call Saul

Qué poco se habla de Better Call Saul. Supongo que entre tanta sobreabundancia de series, es lógico que producciones poco dadas a efectismos y nada preocupadas por darle a los espectadores lo que quieren, vayan perdiendo relevancia en las conversaciones y ausentándose en las nominaciones durante las cada vez más previsibles temporadas de premios. Sin embargo Better Call Saul, sin hacer demasiado ruido, lleva al menos dos años siendo un ejemplo de televisión audaz, arriesgada y con un fuerte estilo propio, ahora ya completamente fuera de la sombra de Breaking Bad a pesar de compartir escenario y personajes.

La cuarta temporada continúa desarrollando la prevista historia de auge y caída en desgracia de Jimmy McGill, así como su transformación en Saul Goodman, pero esta certeza nunca llega a ser un problema a pesar de que los espectadores sabemos (o creemos saber) cómo va a terminar todo. Asumida desde el primer episodio la inevitable tragedia (subrayada siempre al principio de cada temporada con un tensísimo y memorable flashforward en blanco y negro), Vince Gilligan se centra en las distancias cortas realizando con una aproximación mucho más cotidiana, poniendo énfasis en que todas las diferentes unidades narrativas que configuran esta serie funcionen tanto por sí solas como en conjunto. Y lo logra gracias a una capacidad de síntesis prácticamente impensable en el modelo de serie televisiva actual, donde lo habitual es que una idea sin mucho recorrido sea estirada calamitosamente hasta los diez o trece episodios de rigor (¡hola, Westworld 2!). Su minimalismo y economía narrativa, lo mucho que confía en la capacidad del espectador para completar las elipsis e interpretar la comunicación no verbal de la que hacen gala los personajes, es un soplo de aire fresco que coloca a Better Call Saul como una de las experiencias televisivas más satisfactorias de los últimos años.

Por todo esto es probable que jamás se lleve un Emmy o un Globo de Oro, aunque honestamente, si yo fuera Vince Gilligan me sentiría halagado de no compartir categoría con Juego de Tronos o Stranger Things. Nacho MG

La maldición de Hill House

La nueva adaptación de la novela La maldición de Hill House (1959) en forma de miniserie de Netflix aparca el material original para centrarse en el núcleo de sus temas. Obsesión, trauma y dolor somatizados en forma de miedo, Mike Flanagan mira tanto a Shirley Jackson como a Stephen King para ofrecer un sobresaliente drama de melancolía gótica plagado de múltiples secuencias de horror memorable. El resultado es una de las ficciones góticas de fantasmas más oscuras, emocionales y terroríficas que se hayan hecho dentro del subgénero de casas encantadas. Trasciende su formato televisivo para ofrecer una obra casi redonda que, si bien quizá podría haberse resumido en ocho bloques y tiene un pequeño bucle en los episodios previos al gran final, nunca deja de sorprender. Consagra a Flanagan como el militante del género más fiel de su generación, un artesano que no siente la tentación de probar fuera del manto del fantástico como manera de autoreafirmarse. En vez de eso, conforme va creciendo, alcanza la excelencia considerando el terror como un género mayor, como otro cualquiera en el que tratar temas adultos, en dónde dejar su marca de autor indeleble y hacer una reverencia constante al material original que, como la película de Wise, recita algunos de los pasajes del para ilustrar con sus palabras la lírica tenebrosa que no puede ser plasmada en imágenes. Guste más o menos es uno de los fenómenos culturales del 2018, y que tenga raíces en la literatura debería alegrarnos un poquito a todos. Jorge Loser

Las escalofriantes aventuras de Sabrina

Puede parecer, tras haber escogido el cómic que inspira esta serie como mejor del año, que tengo menos recursos en la manga que una escopetita con tapón de corcho en la punta. Por una parte es cierto, tampoco nos vamos a dar demasiados aires por aquí. Por otra, el resto de las series en mi bolso o estaban elegidas por algunos de mis compañeros (GLOW, Hill House…), o ya andaban en temporadas avanzadas (Doctor Who, Bojack Horseman, The Good Place). Y finalmente, tampoco me alejo mucho de la realidad si digo que, con todas sus imperfecciones, Las escalofriantes aventuras de Sabrina ha sido un soplo de aire fresco como pocas otras producciones de este año. Su perversidad en la descripción de un mundo no del todo de fantasía, no del todo teenager, no del todo conectado con Riverdale y el resto del archieverso es frívola y oscura a la vez, con ese jugueteo con los iconos del satanismo (la infausta estatua, los diálogos llenos de juegos de palabras blasfemos, la iconografía de la brujería) que a veces adquiere proporciones de auténtico sortilegio (las misas negras como réplicas invertidas de los ritos cristianos, determinados detalles esotéricos para nada superficiales). Sabrina se convierte a los pocos episodios en un conjuro por sí misma, con sus machos cabríos, su diosa de tres cabezas (aquí las abusonas del instituto, un tres y un pico) y su uso de la mitología demoníaca, y lo hace sin perder el humor, ni los romances estudiantiles, ni los episodios de monstruo de la semana. Y aunque su estructura a veces es demasiado rígida y el espectador con callo andará siempre cuatro pasos por delante de ella, su ingenio y mala baba merecen pleitesía y manos cornudas. John Tones

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