Las mil caras del Joker

Aprovechando el estreno de Joker de Todd Philips, repasamos las múltiples interpretaciones de uno de los villanos más icónicos de la cultura popular. Desde su primera aparición en Batman nº1 en 1940, hasta versiones cinematográficas como El Caballero Oscuro de Christopher Nolan, pasando por las seminales versiones de Frank Miller, Alan Moore o Grant Morrison.

El payaso príncipe del crimen más famoso de la ficción debutó el 25 de abril de 1940 en las páginas del primer ejemplar de Batman, la segunda serie regular del cruzado de la capa, tras su fulgurante éxito y debut en las páginas de Detective Comics 27, en mayo de 1939. Ahora a las pantallas de todo el mundo Joker, dirigida por Todd Philips e interpretada por Joaquín Phoenix. Entre medias, casi ochenta años de historias, interpretaciones y versiones -tanto en papel como en la gran y pequeña pantalla- que han dado lugar a uno de los iconos más inmortales y longevos de la cultura popular.

De Conrad Veidt a César Romero (1940-1968)

Es complicado afirmar quien y en que medida fue el creador del Joker. La respuesta más honesta es afirmar que fue un esfuerzo conjunto entre Bill Finger, Jerry Robinson y Bob Kane, donde Finger desarrolló la caracterización del personaje, basándose en el concepto imaginado por Robinson. La idea detrás de la creación del archienemigo de Batman provino de la idea de Robinson de entregar una especie de Moriarty para el justiciero de Gotham, partiendo su representación gráfica de la caracterización del actor Conrad Veidt en la película de Paul Leni El hombre que ríe (1928).

Ya en la primera viñeta del primer ejemplar de la serie regular de Batman se pueden observar las similitudes de este Joker con su homólogo cinematográfico. El guión de Finger lo describe como un hombre que sonríe sin alegría. Un asesino despiadado que orquesta un diabólico plan para asesinar a los ricos y poderosos de Gotham City, en un relato que será reimaginado y adaptado en múltiples ocasiones a lo largo de las siguientes décadas. En su primera aparición ya pueden encontrase las características básicas del personaje: desde su carácter anárquico a su sanguinaria frialdad, pasando por su extrema inteligencia y la intuición de que el crimen económico es una mera excusa para provocar el caos y demoler la delgada línea de lo que se denomina civilización.

El éxito del personaje fue rotundo, lo que provocó que a lo largo de la década de los cuarenta sus apariciones se contaran por docenas, en mucha mayor medida que el resto de la memorable galería de villanos que fueron creados a lo largo de dicha década. El problema: que su sobreexposición le comenzó a pasar factura, convirtiéndolo en un delincuente común cada vez más domesticado y mucho menos peligroso. La progresiva desafección de los tebeos de Batman del tono noir de sus orígenes y la llegada de dibujantes como Dick Sprang -cuyo trazo más cartoon se alejaba del tono más sombrío de Kane o Robinson- hicieron que el Joker pasara de asesino en serie de macabro rostro e intenciones a payaso bufón de ingeniosos pero inofensivos crímenes.

La década de los cincuenta, afectada por la irrupción y el éxito masivo de la ciencia-ficción -desnaturalizando a su paso a los tebeos del murciélago- junto con la polémica provocada por los tebeos de crimen y terror de E.C. Comics -que propiciaron la cruzada contra los tebeos del reaccionario psiquiatra Frederic Wertham- provocaron que el universo del murciélago se volviera si cabe aún más inofensivo. Pero hay un relato que debe considerarse imprescindible para el desarrollo y devenir futuro del personaje: El hombre de la capucha roja, publicado en Detective Comics 168, en febrero de 1951. Sus autores, Bill Finger a los guiones y Lew Schwartz y Win Mortimer a los lápices.

En dicho relato, el lector se encontrará la primera historia de origen de un personaje cuyo mayor aliciente es la oscuridad que rodea su génesis. En esta interpretación, que será la base tanto para La broma asesina (1988) de Alan Moore y Brian Bolland como del primer Batman (Tim Burton, 1989) cinematográfico, el Joker era en sus orígenes un jefe mafioso llamado Capucha Roja, que tras un golpe fallido en una fábrica de productos químicos caía en un estanque de desechos químicos, lo que le daría no solo su característica fisonomía, sino también la caída a los infiernos de la locura.

El personaje, aunque seguiría apareciendo en los tebeos de la franquicia del murciélago a lo largo de la década de los cincuenta y los sesenta, no volvería a alcanzar el éxito popular hasta finales de esa dñecada. Pero no gracias a su medio original, sino a su adaptación bajo la forma de serial televisivo de imagen real, emitido entre 1966 y 1968 y que dio lugar a la primera ola masiva de popularidad del personaje ajena al mundo de los tebeos. El Joker interpretado por César Romero fue uno de los grandes reclamos de la serie que sublimó el pop art como expresión artística para una audiencia masiva y que eliminó de un plumazo el tono noir y siniestro de los orígenes de Batman.

Adaptando y llevando al extremo total del absurdo el tono cómico, inofensivo y burlesco de la versión Silver Age del personaje, la caracterización del personaje en manos de Romero -cuya única licencia fue negarse a afeitar su preciado e icónico mostacho (el cual era perfectamente visible bajo el blanquecino maquillaje)- se convirtió para toda una generación en el único y verdadero Joker. Una interpretación que a corto plazo fue asumida y trasladada a las viñetas, sobre todo durante la emisión del serial -por orden del editor Julius Schwartz pero que abocó al personaje, igual que al universo del murciélago, a un callejón sin salida muy alejado de las intenciones originales de Kane, Finger y Robinson.

Regreso a los orígenes (1973-1978)

De idéntica manera a como hiciera con el Caballero Oscuro, Denny O’Neil y Neal Adams -lo autores que modernizaron y acercaron al realismo al personaje en su etapa al frente de Batman en los años setenta- trajeron de vuelta el concepto original del Joker como asesino despiadado e irracional en el relato titulado Las cinco venganzas de el Joker, aparecido en el número 251 de la serie regular de Batman en septiembre de 1973. Denny O’Neil aunó el carácter siniestro y peligroso del concepto original, pero sin dejar de lado la habilidad del personaje en la Silver Age para crear originales gymkanas criminales, tan letales como lúdicas. A su vez, el trazo hiperrealista de Neal Adams dio como resultado la imagen canónica del personaje. Un Joker de estilizada y contorsionada figura, realzada por un rostro esquelético de grotesca e hipermagnificada sonrisa.

A partir de esta fundamental interpretación, el resto de la década asumió a este nuevo Joker de la Bronze Age como modelo a seguir, destacando el trabajo de Steve Englehart y Marshall Rogers en Detective Comics 475 y 476 (febrero-marzo 1978). Un díptico donde ambos autores reinterpretaban el relato original del personaje para los lectores de los setenta, integrándolo dentro de la trama argumental de su corta pero seminal etapa y que serviría como punto de partida de lo que sería la versión del personaje en la futura serie de animación de los noventa, aunando sin estridencias la versión de la Golden y la Silver Age.

Los Jokers definitivos (1986-1989)

Tras una primera mitad de los ochenta, donde DC Comics palidecía en repercusión y calidad frente a su rival Marvel Comics, la llegada de nuevas miradas, autores y tonos a la editorial, a partir de la segunda mitad de la década, dieron como resultado una eclosión del universo DC y el cómic americano como nunca se había visto en la historia del medio. Esta explosión de creatividad, ideas y talento afectaron a personajes que alcanzaban los cincuenta años de historia, tales como Batman y, en consecuencia, al Joker. Dichos autores fueron Frank Miller, Alan Moore y Grant Morrison. Las obras: El regreso del Caballero Oscuro (1986), La broma asesina (1988) y Arkham Asylum (1989). Tres trabajos e interpretaciones del personaje tan diametralmente opuestas en intenciones y miradas, como complementarias en la recreación de la mente y el interior de la némesis del hombre murciélago.

El primer autor y obra que se atrevieron a ir un paso más allá en la psique de unos personajes a los que el paso de los años había anquilosado y exprimido hasta la saciedad fue Frank Miller y su su Regreso del Caballero Oscuro, donde el Joker tenía una presencia y una participación fundamental. En esta distópica mirada a los últimos y crepusculares días del Hombre Murciélago, el Joker de Miller devuelve al personaje a la representación externa del original de Finger, parco en muecas y sonrisas, pero extremándolo hasta límites insospechados. Para Miller, el Joker es un perverso artista del crimen que busca única y exclusivamente la degradación de todo aquello que aparenta pureza y moralidad. A su vez, Miller trastoca la idea de némesis salida de Arthur Conan Doyle para convertir a Batman y Joker en reflejos enfrentados y complementarios, uno desde el lado del orden fascista y el otro del caos anarquista.

Miller también carga las tintas en los aspectos eludidos por la dictadura del Comics Code Authority, mostrando a un Joker que no tiene ningún escrúpulo en matar niños en una feria, asesinar y posiblemente vejar a Jason Todd (el segundo Robin) o en violar a una demacrada Selina Kyle, AKA Catwoman, con un guiño a William Moulton Marston y su querencia por el bondage incluido. Más que un payaso príncipe del crimen, el Joker está más cercano a futuros serial killers como el Patrick Bateman de la novela American Psycho (1991) de Brett Easton Ellis. Una criatura que sirve de revulsivo y respuesta magnificada de la decadente Gotham City de los años ochenta, vaciada de toda mirada esperanzadora.

Con parecidas intenciones pero mirada contrapuesta, se encuentra Batman: La broma asesina de Alan Moore y Brian Bolland. En este one-shot en formato prestige de escasas pero bien aprovechadas 48 páginas, Moore disecciona la relación simbiótica y de dependencia entre Batman y Joker. Pero si el discurso de Miller subraya que la pugna infinita entre ambos contendientes solo puede resolverse con la muerte violenta de uno de ellos, el de Moore sugiere que el camino para estas dos almas fracturadas en extremos opuestos de la balanza, tan icónicos como patéticos, solo puede resolverse a través de la empatía y el entendimiento.

Partiendo del mencionado relato de 1951 El hombre de la capucha roja, Moore introduce al lector, a partir de una mirada compasiva hacia el villano, a un probable origen del Joker. Desde el prisma de Moore, el Joker pre-accidente químico no es un jefe de banda criminal bajo el seudónimo y la caracterización de Capucha Roja. Al contrario, es un pobre y miserable comediante sin éxito, que abrumado por la necesidad económica de mantener a su esposa y a su hijo en ciernes, se alía con una banda criminal de tres al cuarto para dar un golpe en Axis Chemical, compañía de productos químicos donde había trabajado brevemente como guardia de seguridad. En manos de Alan Moore, el Joker se convierte en un antihéroe anónimo de remarcado patetismo que acaba convertido en el payaso príncipe del crimen por absurdas y patéticas tragedias.

Pero este Joker sigue siendo un perverso y sádico criminal -dispara y deja lisiada a Barbara Gordon y tortura al comisario Gordon con las fotografías de su hija ensangrentada y desnuda- pero es a su vez también un alma destrozada que es tanto víctima como verdugo de una sociedad enferma y deshumanizada, al estilo de su Rorschach o Comediante en Watchmen. Algo que le emparenta con la figura de Batman/Bruce Wayne. Ambos huérfanos emocionales y traumados de una sociedad desnaturalizada.

La tercera e imprescindible caracterización de la década de los ochenta es la ofrecida por Grant Morrison y Dave McKean en la novela gráfica Batman: Arkham Asylum. Un relato de terror onírico, de estructura vertical y cíclica, donde el arte de McKean convierte al Joker y al resto del reparto de freaks del universo del murciélago en una lisérgica y münchiana representación del Alicia en el país de las maravillas de Lewis Carroll. Para Morrison, el Joker no es un mero asesino sádico, un criminal de baja estofa, un payaso del crimen o un bufón granguiñolesco. Es todo eso y mucho más.

Morrison define al personaje -tanto dentro como fuera de la obra- como un ser en cuyo interior habitan un sinfín de personalidades, aunándose psicología y agujeros de continuidad de la ficción de manera impecable. Un individuo que posee una alteración de la percepción humana y que es incapaz de controlar la información sensorial que recibe del mundo exterior, lo que hace que un día se convierta en un asesino despiadado y al día siguiente se reinvente como payaso inofensivo, aunando así dentro del relato todas y cada una de las interpretaciones que el personaje ha tenido a lo largo de cincuenta años de publicación.

De sádico sonriente a sociópata torturado: el JOKER ha acompañado a Batman desde sus inicios, y revisamos absolutamente todas las encarnaciones y mutaciones que ha sufrido su personalidad desde su creación.

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En esa continua reinterpretación y reformulación de si mismo, el Joker deja de lado la cuestión tanto de género como de identidad, algo que Morrison pretendió ofrecer en su primer borrador de la obra -en su presentación iba a aparecer vestido con corpiño y medias de rejilla, al estilo de Madonna en su videoclip Open Your Heart (1987)-. Tanto Karen Berger, editora jefe de DC Comics, como la cúpula de la editorial prohibieron dicha transgresión, que fue recuperada dos décadas después por Christopher Nolan en El Caballero Oscuro (2008) travistiendo al Joker de enfermera de hospital en uno de los momentos más reconocibles e icónicos del filme.

Más allá del noveno arte (1989-2008)

En plena efervescencia del Batman de papel y tinta, llegó su primera y flamante adaptación cinematográfica, concretamente en 1989, año del 50 aniversario del personaje. Por supuesto, el villano al que se enfrentaría Batman en su primera producción cinematográfica de peso era el Joker. Y el elegido para interpretarlo fue Jack Nicholson. Su Joker, salido de las mentes de Tim Burton y de los guionistas Sam Hamm y Warren Skaaren aúna con inteligencia tanto la versión primigenia de la Golden Age con la bufonesca de la Silver Age y su etapa camp, aderezado por leves e insustanciales toques de lo realizado pocos años antes del estreno del filme por Frank MIller y Alan Moore.

Por primera vez se le atribuye un pasado y una identidad al Joker, Jack Napier. Mano derecha del mafioso Carl Grissom, vanidoso y mujeriego, cuya traición sentimental con la novia de su jefe, acaba provocando su accidente en Axis Chemical, sin necesidad de enfundarse una asfixiante y claustrofóbica capucha roja. A partir de ahí, el Joker de Tim Burton se acerca tanto a los referentes de las viñetas mencionados en el párrafo anterior como al carnavalesco Bitelchús, protagonista del anterior filme de Tim Burton. Un Joker tan excesivo como carismático, al que Nicholson le imbuye de su rotunda y carismática presencia, pero también del enorme ego y tics del actor del método, convirtiéndose en ardua tarea diferenciar donde empieza el personaje y acaba la estrella.

En su afán de proporcionarle un origen definitivo al personaje, el libreto final del filme -en el que no tuvo nada que ver el guionista original, Sam Hamm- llevan al extremo la relación simbiótica sugerida por Miller, Moore y Morrison entre Batman y el Joker. Aquí, es el asesino de los padres de Batman, eliminando de un plumazo la motivación del vigilante y las capas de ambigüedad y misterio del villano, al que incluso Moore le proporcionó un posible origen en La broma asesina, algo que a su vez era saboteado por el guionista dentro y fuera de la ficción cuando confiesa a Batman que a veces recuerda un origen y en otra ocasión otro.

El éxito de las dos primeras versiones cinematográficas de Batman dirigidas por Tim Burton, animaron a Warner Bros a estrenar en otoño de 1992 Batman: The Animated Series, obra de Paul Dini y Bruce Timm. Un trabajo que inspirado en el estilo y el tono del Superman animado de Max Fleischer en los años cuarenta, acabó entregando una versión que podríamos considerar casi definitiva de los más de cincuenta años del personaje. Por supuesto, el Joker fue de nuevo parte fundamental del éxito de la propuesta.

Interpretado en su versión animada por Mark Hamill -que además de ser el inmortal Luke Skywalker es un gran aficionado de los cómics en general y de Batman en particular- el Joker se sirvió de la grandilocuente e histriónica interpretación de Hamill para recrear y condensar -por supuesto para una audiencia dirigida a todos los públicos- las mejores versiones del personaje, tanto del cómic como de la pequeña y gran pantalla. El Joker de Dini y Timm fusiona tanto el carácter siniestro del original inspirado por Conrad Veidt como la locura infantil y contagiosa de la versión de la Silver Age, sin dejar de lado las reinvenciones más maduras y perversas de los años ochenta.

Esto último queda perfectamente representado en la adhesión a los mitos del Joker del personaje de Harley Quinn, la psicóloga Harleen Quinzel obsesionada con el payaso al que quiere tratar en Arkham. Una relación de pareja abusiva, que suma a las características del villano unos nuevos atributos: un carácter controlador y manipulador en su relación con las mujeres. Un elemento que se deja intuir en el serial televisivo, pero que es desarrollado en profundidad en un especial en formato comic-book, realizado por Dini y Timm, titulado Batman: Amor loco (1993). El mejor tebeo de Batman de los años noventa y uno de los relatos más influyentes en la historia del villano. En él, además de desarrollar la tóxica relación de dependencia entre Harley y el Joker, vuelve a remarcar un elemento que será potenciado en futuras reinterpretaciones acerca de la relación entre ambas némesis: del odio al amor hay un paso.

Aunque a lo largo de los noventa y los 2000 aparecieron interesantes relatos en papel co-protagonizados por el Joker -la saga No Man’s Land (1999-2000), Secretos de Sam Kieth (2007) o El hombre que ríe de Ed Brubaker y Doug Mahnke (2005)-, ninguno es tan relevante como Joker de Brian Azzarello y Lee Bermejo (2008). Un relato que introduce al Joker y al universo de Gotham City, dentro de las texturas, el tono y el estilo del mejor hard boiled. Un cruce entre la propia 100 Balas (1999-2009) de Azzarello y Eduardo Risso, y la desazonadora y áspera crueldad de la mejor novela de James Ellroy, reforzada por una asifixiante paleta cromática de tonos cobrizos.

Para Brian Azzarello el Joker no es una figura carnavalesca, un clown divertido pero letal. Es un cruel mafioso, tan sádico como mortífero. Un perverso psicópata sin escrúpulos, alejado estéticamente del tono grotesco y cartoonish de incluso sus interpretaciones más maduras, que asesina, tortura y viola sin pestañear. Una aproximación cercana en algunos aspectos, sobre todo cosméticos, con la que quizá sea la versión del personaje más influyente y revolucionaria desde el Joker de La broma asesina: El Joker interpretado por Heath Ledger en El Caballero Oscuro de Christopher Nolan.

La cinta -estrenada en julio de 2008 y secuela de Batman Begins (2005)- entrega una nihilista, misteriosa, magnética y novedosa interpretación de un icono inmortal. En manos de Christopher Nolan y los guionistas Jonathan Nolan y David Goyer, el Joker es una figura caótica, anárquica y extremadamente letal. Un terrorista del siglo XXI, un psycho killer lúcido en su psicosis, que busca derrumbar las estructuras de poder y el orden organizado, tan metódico como caótico. Un nuevo hombre del saco para la inestable civilización del siglo XXI post 11-S y causa y consecuencia de los hipócritas valores de una sociedad donde el bien y el mal, la moral y la justicia son solo conceptos vacíos.

Poliédricas miradas contemporáneas (2009-actualidad)

La influencia del Joker de Heath Ledger en la cultura popular ha dado lugar en esta última década a muy diversas interpretaciones del personaje, ya sea en las viñetas o en otros medios como el cine o los videojuegos. En el mundo del cómic habría que destacar el trabajo de tres autores como Scott Snyder, Sean Murphy y Geoff Johns. En el terreno de lo audiovisual, la aparición del personaje en la fallida adaptación del Escuadrón Suicida de David Ayer en 2016, su conversión al universo lego en The Lego Batman Movie (2017) o su relevancia en los videojuegos Batman: Arkham Asylum (2009) y Batman: Arkham City (2011).

En el medio que le vio nacer, habría que comenzar con la reinterpretación del personaje realizada por Snyder en su tan laureada como polémica aproximación a los mitos del murciélago en el segundo volumen de la serie regular de Batman surgida de la iniciativa The New 52 para DC Comics en 2011. La versión del Joker de la que parte Snyder, proviene del primer ejemplar del segundo volumen de la seminal Detective Comics, también salida de esos The New 52 de tan infausto recuerdo.

Una representación gráfica del psicópata asesino que pretende ir más allá -desde una perspectiva absolutamente mcfarlanesca– de la grotesca apariencia física del Joker de Ledger o incluso de Azzarello y Bermejo. Si estos últimos reinventaban la perenne sonrisa del personaje como una macabra cicatriz que le atravesaba ambos lados del rostro, aquí las apuestas suben hasta rozar el ridículo y el mal gusto, permitiendo que el villano se despelleje la piel de la cara para luego grapársela a su mancillado y purulento rostro. Un delirio gráfico y conceptual, heredero de desquiciadas ideas preadolescentes provenientes de los peores tebeos de los noventa y que le sirve posteriormente para el primero de los dos relatos que Snyder entregara en su etapa al frente del hombre murciélago protagonizados por el Joker: La muerte de la familia.

Heredera nominativa de la famosa y polémica Una muerte en la familia (1988) de Jim Starlin y Jim Aparo -publicado entre los números 426 y 429 de la serie regular de Batman- y donde el Joker asesinaba a Jason Todd con la ayuda inestimable de los lectores de la época, esta primera aproximación de Snyder a la figura del Joker es muy representativa de todo lo bueno y lo malo del escritor apadrinado por Stephen King. La muerte de la familia, junto a su continuación titulada Endgame, pretende ser el relato definitivo del Joker. Snyder se deshace de la aberrante versión kruegeresca de The New 52, sacándose de la manga una pócima fantástica, el dionisium, que le da la vida inmortal al Joker, convirtiendo a un villano de carne y hueso, en criatura fantástica, hombre del saco à la Pennywise, que funciona como golpe de efecto con fecha de caducidad, pero de escasa relevancia e influencia posterior.

Más interesante en el corpus snyderiano es la creación de El Batman que ríe. Un Bruce Wayne infectado por el virus de la locura del Joker, proveniente de una tierra alternativa del multiverso oscuro de DC Comics -y creado por el propio Scott Snyder en el evento titulado Dark Nights: Metal (2017)- que lleva un paso más allá los parecidos más que razonables entre Batman y su némesis.

Por otra parte, Geoff Johns también pretende demoler los cimientos de todo aquello que conocemos sobre el Joker con el descubrimiento de la identidad del villano por parte de Batman (y escamoteado a los lectores) en el final de su etapa al frente de la serie regular de la Liga de la Justicia. Una revelación que abre las puertas a la posibilidad de que existan tres Jokers danzando por el universo DC, quebrando la mucho más interesante idea apuntalada por Morrison -tanto en Arkham Asylum como en su posterior etapa al frente de la serie regular de Batman- de que dentro del Joker existen infinitas y mutables personalidades, fruto del zeitgeist de los tiempos, reforzando la idea morrisoniana de la fina línea que separa la realidad de la ficción.

Mucho más interesante y redonda sería una propuesta aún más reciente, Batman: Caballero blanco (2017-18) del guionista y dibujante Sean Murphy. Un relato fuera de continuidad, integrado dentro del nuevo sello Black Label de DC Comics, donde el Joker recupera la razón y se convierte en la mayor esperanza de una Gotham City abocada al derrumbe emocional, tan víctima como el Joker de los delirios y traumas de un Batman más desquiciado que nunca. Murphy, muy influido por el Batman de Burton, renombra al villano con la identidad del personaje interpretado por Jack Nicholson, Jack Napier, entregando quizás el Joker más complejo, humano y emotivo desde Batman: La broma asesina.

Fuera del mundo del cómic, mencionar y destacar el Joker surgido de la saga Arkham para consolas, donde Mark Hamill retoma la caracterización de su personaje, en una versión que aúna de manera extraña pero extraordinariamente efectiva los delirios Image de los noventa, la serie animada -Paul Dini está involucrado en el argumento de las dos entregas- y la atmósfera macabra del Dave McKean de Arkham Asylum. Aunque en el clímax de la segunda entrega desnaturalizan al personaje, convirtiéndole en un delirante, informe y hormonado final boss, completamente alejado de la idiosincrasia del personaje.

Cinematográficamente, la nueva esperanza blanca para interpretar al Joker tomó la forma de Jared Leto. Una caracterización proveniente de la presentación fuera de campo del Joker en Batman V Superman: El amanecer de la justicia (2016) donde el espectador descubría que el Joker había asesinado al Robin del snyderverso, replicando sin tapujos lo acontecido en el Dark Knight de Miller tres décadas antes. Su presentación en sociedad, bajo el rostro de Leto, era una fusión entre el Joker gangsta de Azzarello y Bermejo junto a la fisonomía cadavérica y espeluznante reimaginada por Tony Daniel y Frank Quitely en la extensa y fundamental etapa de Morrison al frente de las múltiples series regulares de Batman en la segunda mitad de la primera década del siglo XXI.

Si el Joker de Jared Leto fue fustigado hasta la extenuación -más por su escasa relevancia en la cinta, por la baja calidad de esta y el hartazgo por el tono del snyderverso– hay que reconocerle a Leto que es lo más interesante del largometraje junto a la Harley Quinn interpretada por Margot Robbie. En la edición extendida de la cinta, David Ayer prolonga las escenas y el origen de la relación de ambos villanos, en un ejercicio parecido al de los videojuegos de la saga Arkham, aunando los conceptos de la serie de animación con una estilización proveniente de los tebeos de los noventa.

Menos reconocida, pero bastante interesante es la interpretación del Joker de la mano del actor Zac Galifianakis en Batman: La Lego película (2017). Un trabajo donde, al igual que en las reinterpretaciones de Moore o Scott Snyder, la relación simbiótica entre Batman y el Joker está más propiciada por el amor que por el odio. Por supuesto, dentro del contexto paródico de la franquicia Lego, pero sin obviar el elemento patético y melancólico de la soledad y desesperanza de estos dos parias y freaks de la sociedad.

Y hasta aquí el recorrido por los múltiples rostros e interpretaciones de uno de los iconos más reconocibles de la cultura popular. En el horizonte cercano, el Joker de Joaquín Phoenix, donde el personaje parece acercarse a los antihéroes y vigilantes crepusculares salidos de la mano del Martin Scorsese de Taxi Driver (1976) y El rey de la comedia (1982) y unas pizcas de La broma asesina de Moore y Bolland. Por supuesto, el estreno de este blockbuster viene aderezado por una ingente cantidad de material en su medio original que ya está apareciendo o está a punto de aparecer durante los próximos meses: Harleen de Stjepan Sejic, Harley/Joker: Criminal Sanity de Kami Garcia, Mico Suayan y Mike Mayhew o Joker: Killer Smile de Jeff Lemire y Andrea Sorrentino, todas ellas bajo el sello Black Label. El tiempo dirá si estos nuevos trabajos aportan nuevas capas de interés a unos personajes con ocho décadas a sus espaldas.

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