Las películas más infravaloradas de James Bond

53 años de operaciones encubiertas, gadgets y chicas dan para mucho. Incluso para películas que no le gustan a nadie... salvo a nosotros. Yago García y John Tones rescatan los patitos feos (o las gemas ocultas, según se mire) de la saga de 007, siempre desde un punto de vista totalmente subjetivo y saboreando un martini con vodka.

Entre los críticos nunca han gozado de demasiado prestigio. Sin embargo, los fans son una historia bien distinta: desde 1962, cuando 007 contra el Doctor No (Dr. No, 1967) mostró por primera vez una secuencia ‘gun barrel’ en pantalla grande, los aficionados a la saga de James Bond han formado una secta cinéfila con sus rituales, sus debates internos… y sus pequeñas y grandes herejías, que aguardan a manifestarse ahora que Spectre llega a los cines.

Cada vez más distanciadas de las novelas de Ian Fleming, las 24 películas oficiales del serial (más dos apócrifas, no lo olvidemos) son casi siempre objeto de una clasificación muy ortodoxa. Según este dogma, James Bond contra Goldfinger (GoldfingerGuy Hamilton, 1964) es aun hoy la mejor de todas, apoyada por la prestancia del sacrosanto Sean Connery, y de los filmes protagonizados por Roger Moore apenas se salvarían Vive y deja morir (Live and Let DieHamilton, 1973), La espía que me amó (The Spy Who Loved MeLewis Gilbert, 1977) y Sólo para sus ojos (For Your Eyes Only, John Glen, 1981), mientras que la etapa de Timothy Dalton resulta olvidable para la mayoría y los años de Pierce Brosnan resultaron un desfase kitsch y horterilla del que habría de sacarnos ese Daniel Craig con perpetua cara de mala leche.

¿Nos hallamos nosotros dentro de esa mayoría? Pues más bien no. Como aficionados que somos a llevar la contraria, en CANINO hemos dedicado estos días a seleccionar las películas más infravaloradas del agente con licencia para matar. Esas que parecen no gustarle a (casi) nadie salvo a nosotros, y las revisamos tras haber gozado una vez más del Bond pocho y torvo dirigido por Sam MendesAquí las tienen.

007 al servicio secreto de Su Majestad (On Her Majesty’s Secret Service, Peter R. Hunt, 1968)

«Esto nunca le había pasado al otro tipo», comenta George Lazenby nada más terminar la secuencia introductoria de esta película. Y está claro que se refiere a Sean Connery, quien se había quitado el esmoquin tras Sólo se vive dos veces (You Only Live TwiceLewis Gilbert, 1969). La alusión de Lazenby, entendida como una colleja para el desertor, resuena ahora con una ironía que sus responsables ni se planteaban: dirigida por un debutante (en realidad, el montador habitual de la saga) y protagonizada por otro novato, diez años más joven que su predecesor, Al servicio secreto de Su Majestad tenía todos los números para convertirse en la rara avis de la saga de James Bond. Y lo fue.

No decimos esto sólo porque Peter R. Hunt apenas dirigiese unos pocos largos más (algunos de ellos con su amigo Roger Moore de protagonista), o porque el muy competente Lazenby decidiera mandar al guano a 007 tras una película pensando que repetir arruinaría su carrera. La rareza de Al servicio secreto… está en un tono pop extremadamente desacomplejado, empezando por unos créditos en los que no suena una canción de Shirley Bassey Nancy Sinatra, sino un instrumental casi surfero. Para colmo, el filme se permite mirar a la ‘era Connery’ con ese mismo descaro: quienes piensen que el regreso del viejo Aston Martin en Skyfall (Íd., Mendes, 2012) es atrevido, debería ver esa escena en la que Bond-Lazenby repasa sus viejos gadgets, con fragmentos musicales de las entregas previas dándole sal al gag.

Así pues, Al servicio secreto de Su Majestad apuesta por una revisión juvenil de una saga todavía joven. Y, oigan, qué bien se le da: cuando Mike Myers rapiñó a saco del filme para su trilogía Austin Powers (1997-2002) debió tener en cuenta que la propia película se tomaba esos elementos con muchísimo cachondeo. Pero, como el espacio apremia, mejor nos saltamos los matices y vamos a la razón por la cual todo bondiano de pro debe amar este filme: la condesa Teresa Di Vicenzo, con el rostro y la actitud de una Diana Rigg recién salida de Los Vengadores (The Avengers, 1961-1969). Sólo ella, que había aprendido el oficio en la mejor serie de espías de la historia, fue capaz de llevarse a Bond al altar, previa persecución hiperveloz sobre esquíes. Gracias a todo esto, la cinta se sobrepone a una duración excesiva (¡casi dos horas y media!) para convertirse en joya oculta. Por mucho que el devenir industrial exigiera su tributo, aquí sabemos que, en una realidad paralela, James y Tracy siguen teniendo todo el tiempo del mundo.

Panorama para matar (A View to A Kill, John Glen, 1985)

A la última aventura de Roger Moore como James Bond siempre le han llovido los palos. Precedida por otra entrega muy odiada por los acérrimos (el disfraz de payaso en Octopussy -Id., Glen, 1983- fue demasiado para algunos), el filme atrae sobre sí toda la quina asociada a esta época del personaje: sus gadgets tienen poca gracia, Tanya Roberts es una de las ‘chicas Bond’ más sosas de la historia y, en general, se trata de la mejor prueba de que 007 necesitaba reinventarse como fuese. Como réplica, podemos decir que su caso es peculiar, y también trágico: se trata de una ‘película Bond’ en la que el eslabón más débil es… James Bond.

Cuando Moore sentenció que el filme hubiese mejorado si él «hubiera sido unos cuatrocientos años más joven», estaba admitiendo una verdad como un templo. Para empezar, Panorama… tiene a Christopher Walken y a Grace Jones como villanos. Y sus papeles, además, no son cualquier cosa: un industrial majara producto de un experimento genético nazi, y una asesina de la que apenas sabemos nada, salvo que podría reducir un tanque M1 Abrams a escombros mirándolo de reojo. Con semejante dúo maligno, más la mano tendida a los ochenta profundos que supone esa secuencia de créditos fosforescente y con temazo de Duran Duran, la película lleva en sí la semilla de otro filme, mucho más demencial. Pero éste no llega a aflorar del todo, sofocado por una atmósfera con vapores de geriátrico.

Ahora bien: incluso en esa atmósfera flotan efluvios encantadores. Porque, en cierto modo, Panorama para matar también es la despedida de una época entera en la saga de Bond. Bernard Lee, el M de toda la vida, había fallecido poco antes del rodaje, mientras que a Desmond Llewellyn (el siempre entrañable Q) se le notaban muchísimo los años, sobre todo al verle con su perrito robot. Toda esta vieja guardia tiene un fin de fiesta muy entrañable en las carreras de Ascot, con la Moneypenny original (Lois Maxwell, que se despediría aquí de la franquicia tras 23 años de curro) pasando por fin del gandalla de 007 para dedicarse a apostar como una loca. Si, con estos materiales se hubiese construido otra película más socarrona y más centrada en cerrar un ciclo, habríamos ganado tanto como si Panorama… hubiera sido el debut de Timothy Dalton en el rol de agente secreto. Pero, como nada de eso ocurrió, lo que queda es un filme muy apto para entregarse al insano placer de la nostalgia.

Licencia para matar (Licence to kill, John Glen, 1989)

De nuevo un Bond atípico resultado de dos circunstancias: la indecisión en el tono y los últimos pasos de un actor como el personaje. Pasa con todas las películas comentadas aquí e incluso con una de la que no hemos hablado, pero de la que podríamos haberlo hecho: Nunca digas nunca jamás (Never say never again, Irvin Kershner, 1983), un estupendo Connery tardío que, sencillamente, está lejos de estar infravalorado -de hecho, no hay ningún Connery que entre en esa categoría salvo, quizás, Operación trueno (Thunderball, Terence Young, 1965), que lo está muy merecidamente-.

Licencia para matar, en cualquier caso, es el segundo y último film de Timothy Dalton como Bond, tras la aburridísima Alta tensión (The living daylights, Glen, 1987), y sería la primera película no apócrifa del personaje en no estar inspirada directamente en una novela de Ian Fleming (toma eso sí, elementos de Live and let die -1954- y del relato The Hildebrand Rarity). De hecho, eso se convertiría en una costumbre durante las relativamente mucho más respetuosas películas de Pierce Brosnan hasta Muere otro día. Licencia para matar pasa por ser una película de Bond que no es de Bond desde el mismo planteamiento: a 007 se le revoca su licencia para matar y todas las peripecias que vive durante la película son por su cuenta y riesgo, sin el apoyo de la Inteligencia Británica. Por supuesto, es un formalismo: Q y Moneypenny ayudarán a Bond de forma no oficial y la némesis del agente (¡un narcotraficante!) lo es porque ha herido de gravedad a otro secundario habitual de la serie, Félix.

Lo cierto es que ese planteamiento empapa de heterodoxia de la película, que está más cerca de ser una lujosa película de la Cannon que de una película de Bond al uso. La personalidad del agente también se contagia de ello, y si Dalton tiene fama de ser el 007 más seco y antipático de la historia, está claro que es por Licencia para matar: la venganza es el móvil de Bond, algo poco habitual hasta ese momento pero que, sin embargo, no veríamos demasiado extraño en una de las películas recientes de Daniel Craig, con lo que estamos ante todo un precedente de la actual encarnación dark’n gritty del personaje o, sin ir más lejos, de las películas de Mission: Impossible, en las que los agentes siempre son rebeldes. Resultado: la película menos taquillera de toda la historia de la serie, algo que habría estado por ver si hubiera pasado si se hubiera respetado la primera aproximación al marketing de la producción, obra del artista Robert Peak, cuando el film aún se llamaba Licence Revoked y que dejaba entrever que este Bond era, ante todo, diferente.

Muere otro día (Die another day, Lee Tamahori, 2002)

El clímax (a base de dinamitar la franquicia, dirían algunos) de la etapa de Pierce Brosnan como James Bond fue esta absoluta locura que tomó el único camino lógico dado el momento que vivía la serie por entonces: el de la desnortada chifladura CGI (cuando los efectos CGI estaban muy lejos de ser algo que apeteciera ver en una pantalla; como sucede ahora, vamos). Las anteriores entregas de Brosnan habían sido recibidas con frialdad, y aunque habían dado inesperados frutos colaterales (el videojuego Goldeneye -1997-, un clásico absoluto de la acción en primera persona), la impresión general de los fans era que no estaba a la altura de los Bond clásicos. Demonios, casi que se echaba de menos el peluquín de Roger Moore.

Lee Tamahori llegó en un momento en el que se intentaba, de algún modo, dar algún paso hacia las películas de autor de Bond, sea lo que sea lo que quiera decir eso. Tamahori, dueño de una carrera rarísima, acababa de salir de rodar Mulholland Falls (Íd., 1996), y desde luego, rubricó el film de Bond más inclasificable en años. Rebosante de gadgets loquísimos, como un coche invisible (pero tecnológicamente verosímil, también quiera lo que quiera decir eso), supo dotar de cierta belleza épica a la chorrada pura y dura en la que se había convertido la franquicia, y secuencias como la de la persecución rodada en los páramos helados, con unas estructuras futuristas en el horizonte, suponen un cruce muy de la época entre blockbuster para chavales, anuncio de coches de alto presupuesto y pornografía digital.

Muere otro día no tiene miedo de ir a tope, y aunque el conjunto sea definitivamente una monstruosidad fallida, vista con la disposición de ánimo adecuada es una aventura demencial pero divertidísima gracias a su falta de prejuicios. Bond surfea un tsunami y se enfrenta a su mejor némesis desde Tiburón: Zao (Rick Yune), un psicópata norcoreano que tiene diamantes incrustados en la cara después de una explosión en la que Bond, cómo no, tuvo mucho que ver. Muere otro día fue la última película de Bond antes del reboot de Casino Royale (Íd., Martin Campbell, 2006), y aunque luego se convierte en una verbena chiflada, arranca de forma inusualmente oscura: Bond es capturado y torturado durante los títulos de crédito, en los que suena una horrenda y poco bondiana canción de Madonna. Un principio que serviría de preludio para el Bond contrahecho y humano de Daniel Craig. Por suerte (porque también este Bond reloaded y seriote empieza a mostrar signos de agotamiento; vamos, que tampoco es la panacea definitiva), Brosnan se despidiría del personaje al estilo levantino: con una traca descomunal.

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