Las secuelas del pequeño Luxo: ¿es realmente un problema que Pixar haga cada vez menos películas originales?

Uno de los estudios de mayor prestigio dentro del mundo de la animación por ordenador -si no el que más-, acaba de estrenar película. Se trata de Cars 3, la última entrega de una saga que, desde su inicio, luchó tanto por desbordar las arcas de Pixar Animation Studios… como por mermar dicho prestigio, en base a una serie de películas totalmente orientadas hacia el merchandising. Analizamos si este camino, que tiene visos de prolongarse en el futuro, es tan nocivo como parece.

El pasado fin de semana tuvo lugar en Anaheim (California) el D23, la multitudinaria convención en cuyo marco Disney presentó muchos de sus futuros proyectos. Por encima de un adelanto bastante anecdótico de Vengadores: Infinity War, una movida dirigida por Ava DuVernay que de tan sumamente hortera que se anuncia fijo que es un pasote, y los inevitables remakes en live-action de clásicos de la Casa del Ratón que pugnan por destrozarnos las retinas a todos, destacaron los anuncios de Pixar Animation Studios, centrados en las películas que estrenaría durante los próximos tres años.




Entre estos proyectos se sitúan Coco –que tiene pendiente su estreno en las salas para este 1 de diciembre– y una película con el título provisional de Suburban Fantasy World como propuestas cien por cien originales, mientras que Los Increíbles 2 y Toy Story 4 se revelan como las apuestas realmente seguras del estudio, y Cars 3, actualmente en cines, consolida una de las diferencias con respecto a Disney que más tiempo tardó Pixar en erradicar: la costumbre de producir secuelas a mansalva con tal de llenarse los bolsillos, sin reparar en el perjuicio creativo que esto pueda llegar a suponer. La cuestión es, ¿hasta dónde llega este perjuicio, tratándose del estudio que con más insistencia y desesperación ha tratado siempre de parecer distinto, superior, a sus competidores?

La culpa es de los coches

La peculiar relación entre el hogar de Luxo Jr. y las secuelas comenzó mucho antes del año 2006, pero es éste, y el estreno de la primera Cars (2006), el momento en que la producción de continuaciones y productos derivados comenzó a formar parte indivisible del calendario de producción de la compañía de John Lasseter.

Hasta entonces, las películas estrenadas por el estudio habían sido absolutos éxitos de taquilla, además de contar con el beneplácito de la crítica. Cuando la historia de ese siniestro mundo en el que la humanidad se había extinguido y los coches tenían dientes en el capó llegó a los cines ni las valoraciones ni las cifras sufrieron demasiadas modificaciones, salvo por el hecho de que las primeras no fueron tan espléndidas como venía siendo costumbre, y las segundas se revistieron de una peculiar dualidad: la recaudación era buena, pero la cantidad de dinero conseguida en base al merchandising generado era aún mejor. Unos 5.000 millones de dólares frente a unos 462 de nada conseguidos en taquilla. Era como para replantearse la estrategia.

cars

Sobre todo, si los mandamases de Disney andaban por medio. El estreno de Cars había sido antecedido por una monumental pelotera entre Pixar y la Casa del Ratón, personificada por Steve Jobs, CEO de la primera, y Michael Eisner antes de ser sustituido por Bob Iger al frente de la segunda, y teniendo un pequeño estudio de animación, Circle 7 -propiedad de Disney- como vía a través de la cual encauzar las consiguientes puñaladas traperas.

El estreno de Los Increíbles en 2004 había acabado por consolidar el empeño de Jobs y los suyos por volar libres lejos de Disney, lo que había devenido en un chantaje muy majo para evitar dicha coyuntura: si Pixar se marchaba, Circle 7 recurriría a los derechos de los personajes que poseía Disney para liarse a producir secuelas directas al vídeo: así, Woody y los suyos viajarían a Taiwán para rescatar a Buzz en una hipotética Toy Story 3, Mike y Sully se perderían en el mundo de los humanos tratando de darle un regalo de cumpleaños a Boo en Monstruos S.A. 2, y los peces seguirían atravesando todo tipo de apuros en Buscando a Nemo 2. Y nadie podría impedirlo.

Toy Story

Por suerte, con la llegada al poder de Bob Iger, todos aquellos lo suficientemente sensatos como para no desear que estas secuelas vieran la luz quisieron dejar todas sus diferencias de lado y así, en enero de 2006, Pixar pasó al control de Disney por la nada desdeñable suma de 7.400 millones de dólares. Ese mismo año, Cars sería estrenada. Y, cinco años después, Cars 2, considerada con cierta unanimidad como la película más fallida del estudio. Y, este mismo año, Cars 3.

Todo el mundo odia a Mate

Echándole un fugaz vistazo a la saga de Cars en su totalidad, pocas dudas cabría formularse al hilo de la pregunta que enunciábamos en el titular: sí, la “secuelitis” aplicada a Pixar es tan nociva como la que más. Y el único elemento que podría distinguirla de los despropósitos alumbrados por Disney Toons directos al formato doméstico -que fueron inaugurados por El retorno de Jafar en 1994, y que como única excepción a la mediocridad generalizada se toparon con la bastante conseguida El rey León 2 de cuatro años después- podría ser, si acaso, la coartada empleada por Pixar hasta la saciedad: un total, y queremos creer que sincero, cariño hacia los personajes.

El retorno de Jafar y El Rey León 2

La primera Cars, de hecho, nació como tantas otras producciones gracias a los deseos individuales de John Lasseter, apasionado de los coches e hijo del dueño de un concesionario. Un origen bonito, enternecedor, que acicalada con la genérica moralina de Pixar no dio más que para una película correcta hasta lo enervante y para generar unos beneficios por figurita que provocaron salas enteras de ejecutivos de Disney convulsionándose con las pupilas en forma de signo del dólar. La avaricia era tanta y de tan desvergonzado cariz que ni siquiera pudieron esperar mucho para lanzar su propio spin-off de la marca Cars, estrenándose Aviones en 2013 con un acabado visual realmente insultante, y sin molestarse en conservar el sello de Pixar. Para qué, si iban a vender lo mismo.

Dos años antes, John Lasseter había regresado a su paraíso particular para poner en pie Cars 2, y es de apreciar el esfuerzo que fue depositado en la producción de esta secuela para tratar de que no se notara tanto el tufillo a sacacuartos. Dicho esfuerzo acabó por cristalizarse en la transformación del universo de Cars en un ocurrente homenaje a las películas de espías, pero también en la cesión del protagonismo a Mate –probablemente, la peor decisión tomada por el estudio en toda su historia–, y en la tentativa de hacer una película más divertida y ligera que la anterior. La crítica le metió tantos palos que, para la aún así imprescindible tercera parte, Pixar decidió que retomaría el espíritu de la Cars original… y reduciría drásticamente las apariciones de Mate.

Cars 3, de este modo, podría revelarse fácilmente como la mejor entrega de la franquicia, sin que esto significara gran cosa. Su esqueleto argumental, que se revela como un mix de -al menos- tres películas distintas de Rocky, permite que la decadencia de Rayo McQueen, así como la asimilación de su legado a manos de una agradecida presencia femenina y juvenil se beneficien de una moderada emotividad, sin acercarse en lo más mínimo a los anteriores logros del estudio. Le falta valentía, velocidad -el tercer acto es calamitoso- y, sobre todo, le falta diversión. Todo lo que sí supo lograr Andrew Stanton, cuando acabaron convenciéndole para que dirigiera Buscando a Dory (2016).

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Regreso al mar

El artista que en 2008 había dirigido Wall·e -y algo más tarde, ejem, John Carter (2012)- había mostrado en varias ocasiones su renuencia a dirigir la secuela de Buscando a Nemo (2003), uno de los éxitos más rotundos del estudio. Sin embargo, la nueva política instaurada por Disney tras la compra de Pixar sólo hubo de permitirle postergar el trabajo hasta el momento de encontrarse con una historia que realmente quisiera hacer. Y así, continuando con la tendencia que había iniciado Cars 2 -y que había proseguido, en cierto modo, Monstruos University (2013)- de otorgarle el protagonismo de la secuela a personajes secundarios, es como nació Buscando a Dory.

Una película que, a diferencia de Cars 2, ahondaba en unos temas idénticos al film original, pero que, también a diferencia de Cars 2, fue bastante bien recibida por la crítica. Las razones podrían limitarse, además de al descomunal talento creativo de Stanton -miembro, a fin de cuentas, del equipo original de Pixar, y asistente al histórico almuerzo que moldearía la trayectoria del estudio a lo largo de más de una década-, a que Dory no es Mate: su descacharrante psicología y la acumulación de nuevas y atractivísimas incorporaciones marinas para acompañarle son las mayores bazas de esta secuela. El ritmo alocado, así como una explotación inmisericorde del elemento kawaii -el prólogo del film, con esa Dory bebé de ojos hiperbólicos, es que no puede ir más a cuchillo-, ayudan también.

Buscando a Dory

Sin embargo, no deja de ser una película menor, y mucho más simplona, que Buscando a Nemo. Aun cuando sepa ser bastante más divertida que ésta, el film protagonizado por Dory acaba hundiéndose en una suave y premeditada irrelevancia, sin contar su historia con momentos tan potentes como la obra original y, por tanto, sin refrendar el supuesto savoir faire de Pixar con respecto a la elaboración de sus continuaciones. Una buena secuela, pero secuela al fin y al cabo.

Aquellas (deprimentes) juergas universitarias

Cuando se anunció que Pixar se metería en ese jardín tan poco agradecido que es el de las precuelas, la idea de que estaba dejando de molar adquirió aún más consistencia. Sobre todo, porque las películas que entonces le antecedían en el tiempo eran la sosísima Brave (2011) y la ya mencionada Cars 2, quedando cada vez más lejos esos años dorados en los que el estudio estrenara, de manera consecutiva, Wall·e., Up (2009) y Toy Story 3 (2010). Monstruos University, en efecto, no consiguió paliar esa sensación de bajona que sólo se permitiría erradicar posteriormente Del revés (2015). Aun cuando fuera igualmente magistral.

Vista hoy, Monstruos S.A. (2001) constituye una tormenta de ideas por minuto tan irresistible como lo supuso en el momento de su estreno, por no hablar de los logros cosechados en torno al retrato de personajes inolvidables. Para justificar la manufacturación de Monstruos University, la gente de Pixar volvió a echar mano de ese cariño que sentían por sus criaturas -y que sin duda era especialmente abrasador en lo tocante a James P. Sullivan y Mike Wazowski-, pero a la hora de desarrollar la historia no se conformaron con el cambio de roles y el afianzamiento de las revolucionarias ideas preexistentes. En su lugar, nos plantaron una película inesperadamente amarga que tocaba temas tan apropiados para el público infantil como la asimilación de la falta de talento, el problemático funcionamiento de las instituciones educativas, y la arbitrariedad del mercado laboral. Ahí, todo juntito y revuelto.

Utilizando una ambientación propia de esas comedias universitarias que tan irreconocibles nos resultan aquí, Pixar nos contaba por primera vez que, aunque lo intentaras con todas tus fuerzas, era bastante probable que no consiguieras cumplir tus sueños, desarrollando una historia no por cínica menos humana con el pobre Mike Wazowski como protagonista. Y que culminaba con una divertida secuencia final que servía tanto para enlazar con Monstruos S.A. –y su clásica exaltación de la amistad y el individualismo-, como para aclararnos que, si tenemos un poco de suerte y lamemos unos cuantos culos, tampoco es tan descabellado que alguna vez podamos llegar a triunfar. Niños.

Monstruos University

Suburban Fantasy World, una de las próximas producciones originales de Pixar, parece ambientarse en un mundo similar a Monstruópolis, y cuenta con el responsable de Monstruos University, Dan Scanlon, como director. Sencillamente, no podemos esperar a verla.

Toy Story, o el estudio de mercado definitivo

En un principio, estaba planeado que Toy Story 2 saliera directamente en VHS. Corría el año 1998, y John Lasseter se había emocionado al presenciar, durante una rutinaria visita al aeropuerto, el amor que unos niños sentían por los juguetes de la primera película de la historia en ser realizada mediante la animación por ordenador. No parecía que este estímulo, sin embargo, fuera suficiente como para hacer como con la magnífica Los Rescatadores en Cangurolandia (1990) -en la cual, por cierto, había trabajado el mismo Lasseter-, y estrenar la segunda aventura de Woody y compañía en los cines de todo el mundo.

Sin embargo, la película era demasiado buena para limitarse a salir en vídeo. Los de Disney, siempre avispados, supieron verlo. Ni siquiera la infernal producción del film, que -inicialmente en manos de Lee Unkrich– había pasado por centenares de cambios y una reescritura de emergencia muy poco tiempo antes del estreno, consiguió repercutir en el exitazo que supuso a su llegada a las carteleras, y en las alabanzas que le dispensó la crítica, asegurando incluso que Toy Story 2 era superior a la original.

Este film, además, supuso el momento definitorio de la compañía, en palabras de muchos de sus trabajadores: el momento en el que supieron quiénes eran, y cómo querían trabajar. “Lo más importante no es la idea, sino la gente”, se obstinó en repetir el cofundador de Pixar Ed Catmull, recordando cómo, tras Toy Story 2, el difunto Jobs se empeñó en que la compañía se mudase a las actuales y monumentales oficinas de Emeryville (California) y, para no repetir el infierno logístico que había supuesto la película anterior, todos los proyectos empezaran a repartirse entre Peter Docter, Andrew Stanton, y el imprescindible John Lasseter.

Pixar

De izquierda a derecha: Andrew Stanton, Peter Docter, John Lasseter y Joe Ranft.

Las secuelas, podría decirse, forman parte del propio ADN de Pixar, y de hecho nunca han encontrado una mejor justificación que en la saga de Toy Story, formada por unas películas cuya producción fue acompañando al público a medida que una parte significativa de éste crecía, iba olvidando lo que significaba jugar con muñecos, y se plantaba en una situación análoga a la de Andy al final de Toy Story 3. Muy probablemente contando, en el momento de su estreno, con su misma edad. Pixar aprendió a emocionarnos en base a conocernos, y echando mano de ese ocurrente ejercicio de ensayo y no-error que fueron, y siguen siendo en cierto modo, las secuelas.

Por ello, y a pesar de que la idea de un Toy Story 4 es abiertamente repugnante -última consecuencia de esa mercantilización que, sí, no dejó de suponer el acuerdo con Disney-, hay tanta gente esperando el estreno de Los Increíbles 2. Que tendrá lugar diez minutos después del final de la primera parte, catorce años después de su estreno, con el Socavador de por medio (esperamos). Y en la que, según parece, Elastigirl tendrá el papel protagónico, quedando Mr. Increíble al cuidado del hogar. Porque, a fin de cuentas, Pixar no ha hecho otra cosa que darnos lo que queríamos, desde el principio.

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