Lee este artículo o matamos al perro: Auge y caída de ‘National Lampoon’

A inicios de los setenta una revista neoyorkina recibió la misiva de algunos soldados americanos destinados en Vietnam. Es un eufemismo: su contenido era más parecido a una amenaza. En esta carta los militares insinuaban a los redactores que les “gustaría” colgarles “del dedo gordo del pie” y golpearles “a todos con un garrote hasta que no pudieran andar”. Esta batallita dice todo sobre una publicación que constituyó un hito en el humor y la contracultura estadounidense: National Lampoon.

¿Saben de qué estoy cansado? Estoy cansado de listos como vosotros que vienen así y, sin pedir permiso a nadie, comienzan a realizar una revista de listillos. La libertad de prensa no incluye la libertad de ser un listillo
Apthorpe Van Fleet III (Brooklyn, N.Y.) –probable personaje inventado- en el número dedicado a la avaricia, National Lampoon, vol.2, Nueva York, NL Inc, mayo de 1970

 

El reciente estreno de Un gesto estúpido e inútil en Netflix recupera esta revista y sirve como biopic ligero, un tanto superficial, de Douglas Kenney, uno de sus de sus principales fundadores. Una sorpresa en el mundo de la edición americana, convirtió a sus creadores en millonarios con menos de treinta años. Alabada y odiada, como muestra la anécdota inicial del periodista Mike Sack en su libro de entrevistas con escritores cómicos, este magazine supuso un acicate a una sociedad adormilada como la estadounidense, todavía dependiente de la vieja guardia humorística de los años cincuenta.

Con un plantel espectacular de escritores, su triunfo progresivo edificó una franquicia de películas costumbristas. Según la investigadora Ellen Stein, la publicación “desató” una cadena de proyectos que no solo incluían cine, sino también radio, televisión y teatro, haciendo de “la sátira y el humor subversivo un éxito comercial”. Marca renqueante en su inicio, fue fundamental como contrapartida tonta -en ocasiones mucho más aguda en su idiotez- a las revistas contraculturales como Rolling Stone o Crawdaddy.

La publicación llevaba mucho más lejos que nunca cualquier elemento con filo de la conocida MAD, sobre todo la efímera etapa de Harvey Kurtzman en los cincuenta, y lo adecuaba a la nueva sensibilidad hippie, alternativa y opuesta a los modos y formas puritanos de la América profunda. El propio Doug Kenney se educó en Ohio, en un lugar que su biógrafo Josh Karp considera propio del filme Pleasantville.

La célebre revista ‘MAD’, pionera en comedia de riesgo… aunque siempre pensando en un público adolescente. Número de abril-mayo de 1953

Su público estaba ya muy lejos de reírse con los chascarrillos de Ricky Ricardo en I Love Lucy y buscaba humoristas capaces de seguir a las emergentes luminarias del Nuevo Periodismo como Tom Wolfe o Terry Southern. Patrick Jake O’Rourke, colaborador hippie en los años setenta del Lampoon y posterior libertario y miembro del Institute Cato, definió con no poca sorna este tipo de revistas antisistema a colación de su primer trabajo en Harry (un periódico underground de Baltimore):“Editorialmente, ‘Harry’ se oponía a la guerra y al capitalismo y quería reemplazar estos dos con música ruidosa y drogas (ahora, en las ciudades dormitorio en América, los vendedores de crack lo han conseguido)”.




Lo sugestivo es que Lampoon, por el contrario, no nació en ningún laboratorio de extrema izquierda neoyorkino; mucho menos en cualquier entorno radical de aquel San Francisco que comenzaba a armarse. Lo hizo en un lugar que parecía un castillo de cuento, a lo Harry Potter, y que se asemejaba a un tren de ensueño en medio de la prestigiosa universidad de Harvard.

El castillo de las mentes lunáticas

Portada de la fenecida revista ‘Crawdaddy’, agosto de 1973

Es difícil datar el inicio de las fraternidades de tendencia absurda, muchas dedicadas a la comedia, y que aparecieron poco a poco en muchas capitales a finales del siglo XIX e inicios del XX. Muchas tienen origen en círculos teatrales, como La Barraca (1931) asociada a la Universidad Central de Madrid y de manera especial el Cambridge Footlights (1883). Otras tendrán un origen más literario, como el célebre Colegio de Patafísica del año 1948 en París o el semanario Harvard Lampoon tan pronto como en 1876.

Este último, que incluía entre sus fundadores al pintor impresionista Ralph Wormeley Curtis o uno de los principales editores de Life Edward Sandford Martin, se ubicaba en un castillo que mezclaba de manera absurda estilo inglés renacentista, un techo cual casco prusiano y ventanas circulares que resultan ojos para el viandante despistado. Estaba planificado por el arquitecto Edmund M. Wheelwright, que ideó muchos edificios de estilo gubernamental, neoclásico entre comillas, para los emergentes poderes federales.

El castillo del Harvard Lampoon

Karp llama al entorno de Harvard en los años cincuenta “elitista, secretista y masculino”, propio de la llamada Ivy League, es decir, las ocho universidades de mayor prestigio social en Estados Unidos. El Harvard Lampoon, que el ilustrador y miembro Michael K. Frith no sabe si llamar “club social” o “revista de humor”, había conseguido derribar algunas barreras sociales con bromas divertidas como llevar una cabra a la biblioteca de los novatos o una versión paródica del muy conservador Saturday Evening Post en la que se fantaseaba con una invasión comunista en 1936. La tradición de crear imitaciones satíricas de gacetas conocidas databa ya de 1917.

Publicidad del Harvard Lampoon en 1895

Para 1959 Harvard Lampoon había vivido tiempos mejores y solo tiraba 905 ejemplares, según los editores. La figura providencial para la cabecera será Walker Lewis en 1965, ya que renovará el magazine haciendo esfuerzos para llenar sus arcas vacías forzando parodias con mayor filo y que en su perfecta edición se confundían con las originales. Empezó a mover, así, el Lampoon en entornos más populares y buscar publicidad sin ningún remordimiento. A esta invasión de los anuncios, entonces, responderá de manera humorística creando falsos reclamos publicitarios en el propio magazine.

La continua imitación eclosionará en copias muy trabajadas de Entertainment Weekly, Sports Illustrated y con mayor éxito la revista de moda Mademoiselle. De hecho, George Plimpton –uno de los más célebres escritores del Sports Illustrated– había pertenecido al Lampoon en los años cuarenta. Recordaba, según cita Karp, “licenciarse en sátira” y suspender “todo lo demás”. El punto de no retorno del Harvard Lampoon fue su parodia de Playboy a mediados de los años sesenta. Lewis pudo parar la denuncia del fundador de esa publicación picante, Hugh Hefner, y consiguió vender la cantidad de 500.000 copias al precio de un dólar por cada.

Esto consiguió mantener tanto el club como la revista y de guinda reformar el célebre castillo, ágora de lunáticos al que pronto llegarían Doug Kenney y Henry Beard.

La brillante parodia de la revista Mademoiselle de julio de 1961. Nótese la mosca en la nariz.

Kenney se había criado en Ohio, en una familia católica, mientras que Beard pertenecía a la elite social y política del país en Nueva York. No podían ser más opuestos: mientras el primero tendía al absurdo y al caos, a la tontería y el humor blanco, el segundo era un vertebrado escritor de sátira parecido al maestro británico de la flema cómica Peter Cook.

Doug Kenney se presentó en el Lampoon de Harvard, cita Walker Lewis, afirmando que “ser de Ohio era ya un chiste”; en cuanto a Beard, Josh Karp le describe “rumiando su pipa plateada” e ideando frases ingeniosas. Beard, de hecho, es célebre en Estados Unidos por un diccionario de latín-inglés dedicado a expresiones hechas allí, muchas de ellas sexuales (Llegó a traducir Satisfaction de los Stones: I can’t get no satisfaction – Nullae satisfactionis potiri non possum ).

Henry Beard, año 1963

Este “contraste” entre los dos germinará en la novela cómica El sopor de los anillos (1969), donde imitaban con el estilo Lampoon la obra de J.R.R. Tolkien introduciendo elfas despampanantes y humor abrasivo. Su introducción anticipa el posterior National Lampoon: “Este libro trata principalmente de hacer dinero y el lector descubrirá en sus páginas mucho del carácter y algo de la escasa integridad moral de los autores. Sin embargo, de los Bobbits descubrirá bien poco, ya que cualquiera que esté en sus cabales admitirá rápidamente que tales criaturas sólo pueden existir en las mentes de esa clase de niños que se pasan la infancia metidos boca abajo en papeleras de mimbre y que, cuando crecen, se convierten en atracadores, ladrones de chuchos y vendedores de seguros”.

El éxito de esta parodia y los números crecientes del Lampoon al modernizarse convencieron a Doug Kenney y Henry Beard de intentar realizar una versión “nacional” de la publicación. Junto a un miembro de menor importancia del club como administrador, Robert Hoffman, iniciaron las negociaciones tan pronto como en junio de 1969. El ambicioso objetivo inicial era crear una publicación que llegara a “los 400.000 ejemplares” en ventas, según Hoffman. Encontraron editor con Twenty First Century Communications, cuyo hito más importante era una revista gastronómica para adelgazar. Un proyecto en territorio incógnito, que en gran parte se improvisó, pero que consolidó a autores esenciales en el humor estadounidense de los setenta.

La generación perdida… en su idiotez

Doug Kenney, mediados de los setenta, mostrando una de sus grandes hazañas.

La contracultura llegó a Harvard a mediados de los 60, según Beard, que recuerda: “Las cosas empezaron a cambiar después de la elección de Kennedy, pero la primera vez que vi a alguien usando drogas fue en 1965. Era marihuana (…) Dos años después, no podías caminar a través de la plaza de Harvard sin ver a alguien colocado”.

Este discurso contra el establishment será clave en la contratación de los primeros colaboradores del National Lampoon, alejados del elitismo de Harvard y con una visión mucho más mundana y radical: Michael O’Donoghue y Tony Hendra.

O’Donoghue es uno de los escritores satíricos más influyentes de los años setenta. Su fomento del riesgo, la vehemencia de sus textos, la incapacidad de comprometerse con los censores, le hicieron tanto triunfar en el National Lampoon como ser el motor del primer Saturday Night Live. El ilustrador K. Frith, que colaboró en el primer Lampoon también, recordaba como “nos flipó O’Donoghue; no estábamos acostumbrados a ese tipo de excentricidad”. Frith se refiere a una novela gráfica que publicó O’Donoghue a finales de los años sesenta donde describía con su particular sentido del humor la vida de un mineral con este título enfático: Las emocionantes e increíbles aventuras de una roca.

Una viñeta del libro ilustrado, donde la roca sirve como “chiste” entre dos hermanos

Hijo de un ingeniero industrial, fruto del underground neoyorquino, sufrió migrañas toda su vida y pasó por mil trabajos, incluido el de viajante, para acabar de disc-jockey en la radio, según la biografía minuciosa de Dennis Perrin. Allí se encargó de las noticias, dando importancia a los sucesos más escabrosos que conseguían siempre una audiencia y que formaron su gusto por lo macabro.

Su influencia en la revista, en sus primeros números, es fundamental y a él se le deben cosas tan salidas de tono como El libro de fotos del bebé vietnamita, un tebeo protagonizado por una niña llamada Eloise que vive en un prostíbulo e incluso un artículo que llegó a publicar al revés por considerarlo demasiado obsceno. Una pieza de su estilo colérico es esta parte de su texto Pensamientos inquietantes dentro del número del Lampoon dedicado a la paranoia (agosto de 1970):

“Cuando conduces un Volkswagen

– Aquí estás, zumbando alrededor de una carretera concurrida a 100 kilómetros por hora en un automóvil fabricado por un país contra el que luchamos y al cual vencimos hace unos escasos 25 años antes. ¡Se arrodillaron ante nosotros! Las cicatrices de la guerra sanan lentamente, lo cual nos hace preguntarnos de manera perturbadora: ¿fue la familia del mecánico que instala el delicado mecanismo de conducción barrida en el bombardeo de Dresde? Si fue así, ¿quizá él decidió “olvidar” un tornillo o dos conociendo que el coche estaba destinado al mercado estadounidense? ¿O era la mujer de alguien en la fábrica quién fue violada y estrangulada por algún soldado famoso como el actor Audie Murphy? Si es así, ¿de qué parte fue responsable el marido? ¿Los frenos quizá? Se debe decir, también, que todo lo de arriba funciona igual con Karmann-Ghia, Porsche, Mercedes y -solo sustituyendo Dresde por Nagasaki- con Toyota, Datsun, etc. ¡Un verdadero paranoico puede incluso hacer que funcione con los Rolls-Royce!”

Una absoluta barbaridad para 2017, pero que resultaba anómala incluso en una revista más divertida que hiriente. El propio Beard considera a O’Donoghue un “talento extraordinario”, a la vez que “difícil” en el trato.

Mike O’Donoghue y Tony Hendra, izquierda y derecha, en los inicios de National Lampoon

En cuanto a Tony Hendra, gran rival de O’Donoghue en estos primeros y combativos números, comienza como colaborador con un humor menos hiriente e inspirado, incluso plagiado según Josh Karp (se refiere al sketch del Chiste más gracioso del mundo de los oxonienses Michael Palin y Terry Jones, futuros Monty Python), de su patria Inglaterra. Con una biografía desopilante, que ha resumido (¿o quizá inventado?) en varios libros de memorias, Hendra fue en su adolescencia criado en una abadía perdida. Llegó a ese convento, cuenta, obligado por el marido de una mujer con la cual el futuro humorista del Lampoon había tenido un affaire con apenas 14 años.

 

Narra en ese libro que en la abadía de Quarr (en la Isla de Wight) un presbítero le intentó reformar y le consiguió una beca a Cambridge. Eso le llevó, diríase, a su perdición: participó en el grupo teatral Footlights, donde se educó con la crema del humor británico de finales de los sesenta e inicios de los setenta (John Cleese, Graham Chapman, Tim Brooke-Taylor, etc.). Creó un dúo junto a otro alumni de Footlights, Nic Ullett, con el que viajó a Estados Unidos a finales de los años sesenta, y con el cual consiguió aparecer en el Ed Sullivan Show y en el programa The Entertainers. Una muestra de su talento, con un pie en el absurdo inglés, es este artículo de Cómo cocinar a tu hija en el número dedicado a los niños en septiembre del 71 del National Lampoon: “Un problema recurrente al que se enfrenta el gourmet que desea preparar este guiso excelente es la dificultad en obtener una hija. Los procedimientos de adopción son largos y en ocasiones costosos (…) Parece que el método más cercano es todavía criar tu propia hija y esperar a los cinco, o cinco años y medio, para producir un espécimen delicioso, sin que haya problemas”.

La redacción de ‘National Lampoon’

Dentro de ese tipo de texto irracional, Brian McConnachie será el escritor más avezado, teniendo a posteriori una extraña carrera como secundario de Woody Allen en unos cuántos films. Un ejemplo de su estilo “marciano” es este himno que inventó para el pequeño país Liechtenstein en el número de mayo de 1974:

“Título: Para vosotros movemos nuestros sombreritos

¡Joya!

¡Delicia con pseudo-colinas y sin playa!

¡Gema!”

No conviene, tampoco, olvidar otros nombres que darían brillo a la publicación como el experto en humor universitario Chris Miller, la menguante cuota femenina de Anne Beatts (autora del célebre anuncio de falso de Volkswagen, en el cual parodiaba el atropello de Ted Kennedy a un viandante en Massachusetts y que le costó cualquier posibilidad de ser presidente), el citado humorista libertario P. J. O’Rourke (que hizo el muy bruto especial sobre extranjeros en mayo de 1976) y el necesario redactor de sátira musical Chris Rush.

El joven John Hughes

En los años finales de la revista Al Jean y sobre todo John Hughes fueron los últimos mohicanos de un Lampoon cada vez más lúbrico y carente de valor. El primero fue clave en la televisión posterior de los años ochenta y noventa al participar en El Show de Johnny Carson, Alf y sin duda Los Simpson, donde su talento se dejó notar en la producción de primeras temporadas. En cuanto a Hughes, pudo reciclar su talento en el humor de costumbres para idear el filme Las vacaciones de una chiflada familia americana (National Lampoon’s Vacation, 1983). Este estaba construido en torno a un artículo costumbrista de la revista en 1979 llamado Vacaciones 58 y cuyo inicio ya resume toda la película, la franquicia e incluso su posterior carrera como director:

“Si papá no hubiera disparado a Walt Disney en la pierna, ¡habrían sido las mejores vacaciones de nuestra vida!”

De la sátira a los muslos

Uno de los rasgos fundamentales en el National Lampoon fueron sus portadas, que imitaban al inicio la emergente prensa alternativa. En sus inicios eran ilustraciones de estilo abigarrado, en los tiempos del maestro del enmarañe Robert Crumb, pero que de vez en cuando mostraban chicas voluptuosas en portada buscando un público lo más amplio posible. La llegada del diseñador Michael C. Gross, “en el sexto o séptimo número” según Beard, cambió por completo la edición para crear portadas casi siempre provocadoras y muchas de ellas brillantes.

De hecho, el número 6 (el de septiembre de 1970) muestra a Minnie Mouse haciendo top-less. Eso fue el inicio de las portadas anárquicas, las cuales tendrían hitos como la parodia What, My Lai? en 1971, donde mezclaban a la mascota de la revista MAD, Alfred E. Neuman, y su frase “What, me worry?” con la exculpación de los acusados en la matanza de Mỹ Lai en Vietnam. Pronto seguirán otras ilustraciones conocidas como el tartazo al Che Guevara de enero de 1972 y sobre todas aquella de enero de 1973 con una pistola amenazando un perrito. La cita “si no compras esta revista, matamos a este perro” era obra del cómico Ed Bluestone y se supone que la pistola estaba sin cargar.

El número del top-less de Minnie Mouse, toda una declaración de intenciones

Este riesgo constante tuvo problemas ya en la imprenta y Henry Beard recuerda que la rotativa no “quería imprimir” una viñeta por usar palabras malsonantes. Seis meses después, afirma Beard, se “rindieron” e “imprimían todo “. Con la salida de O’Donoghue. las portadas van a ser cada vez más eróticas, evitando cualquier crítica, aunque con algún clásico tardío y un tanto cruel como aquella que mostraba a Stevie Wonder en julio de 1975 con gafas para ver en tres dimensiones. Estas portadas de finales de los setenta estaban realizadas por el diseñador Peter Kleinman, que colaboró también en las películas de la franquicia y otros artefactos multimedia del tiempo.

El número de Stevie Wonder, julio de 1975, incluía unas gafas de tres dimensiones

Aparte de sus celebradas covers, la publicación contaba con anuncios de broma, imitaciones de tebeos y los célebres fumetto. Éstas eran tiras cómicas con fotografías y balones de conversación; casi siempre con mujeres semi-desnudas y algunos redactores en bromas un tanto rijosas. En los cómics, por ejemplo, se subvertía una tira cómica estilo Archie invitando a Frank Zappa y sus Mothers of Invention a su fiesta adolescente. Una publicación, en fin, que mezclaba “alta y baja cultura” al mismo tiempo, según acertada definición de Tony Hendra. El propio Hendra precisaba el objeto de esa sátira de esta manera: “Es una función -quizá la principal- de la sátira: atraer la atención a la discrepancia. A diferencia del ridículo, que busca repetir y reconfirmar estereotipos, la sátira pretende destruirlos”

La fascinante portada de marzo de 1973, donde se divide el humor en los caminos del “buen gusto” y el “mal gusto”. Tan actual en ese año como ahora

Para infortunio general, éste había dejado la revista en el año 78 -mucha gente lo recuerda como el enfurecido manager en Spinal Tap (1984)-, y Doug Kenney lo hizo un año antes. A pesar de los nuevos colaboradores, el Lampoon languidecería en los ochenta, aunque la marca, la franquicia, sería una presencia importante en esa década y la siguiente en radios, televisores y cines.

¡Toga, toga, toga…!

National Lampoon tuvo su primera exposición audiovisual con su hora de radio, del año 1973 al 74, y que creó Mike O’Donoghue junto a emergentes actores cómicos estadounidenses. Por aquí pasaron John Belushi, Chevy Chase, Bill Murray, Gilda Radner o Harold Ramis, además de caricatos de menor proyección como Christopher Guest o el hermano mayor de Murray Brian Doyle. Los sketches tenían el riesgo inevitable de tener a O’Donoghue como escritor jefe, con guiones como el que se titulaba “¿Qué pasaría si Ed Sullivan fuera torturado?”

Otras piezas mostraban a Gilda Radner y Bill Murray como niña y Santa Claus pasota, además de las alusiones perennes contra Richard Nixon y imitaciones de concursos absolutamente desmadradas. Más fascinante, de mayor difusión social, será el espectáculo Lemmings del año 73. Con la idea de parodiar los festivales hippies como Monterrey o Woodstock, este show off-Broadway presentaba a John Belushi como maestro de ceremonias de distintas imitaciones a mitos del tiempo como Bob Dylan, Joe Cocker o James Taylor. Según la biografía de Belushi de Bob Woodward la futura estrella de la televisión finalizaba cada show diciendo: “Solo nos importa el dinero (…) y vosotros no nos importáis nada”.

Gran parte de esta creatividad desembocará en Saturday Night Live, que contrató a Mike O’Donoghue y mucho de este casting para la primera temporada del programa en 1975. El director de cine John Landis afirmó en el libro de historia oral de este programa de televisión que “en los primeros tres o cuatro años verás a gente tanto de Lampoon comode Second City”. De hecho, Josh Karp, el biógrafo de Kenney, especula sobre si Lorne Michaels, creador de SNL, robó la idea de Lemmings o del citado programa de radio.

Lo cierto es que Doug Kenney cada vez tenía menos presencia en la revista a medida que avanzaban los setenta. Esta la administraba Henry Beard, y solo mantenía de Kenney una sección parodia de la mujer de Spiro Agnew, vicepresidente de Richard Nixon. Por fortuna, en una de sus estancias sabáticas Kenney concibió copiar de broma el anuario habitual en los institutos estadounidenses, creando el llamado National Lampoon’s 1964 High School Yearbook. Editado junto a P.J. O’Rourke, resultó un triunfo de ventas (más de un millón de copias, en cita quizá un poco exagerada de Karp).

Una página del anuario del Lampoon, una de las primeras parodias de las fotos de los alumnos (la rara, el calculín, el psicópata, etc…)

Este número especial es el origen del filme Desmadre a la americana (National Lampoon’s Animal House) que dirigió John Landis en el año 1978. Con una recaudación de 141 millones de dólares, es un clásico burlesco que consagró a John Belushi y creó el lucrativo género de “comedia universitaria” con decenas de clones y que sigue vivísimo en la actualidad. La siguiente película de Kenney, El club de los chalados (Caddyshack) (1980), tendrá menos laureles, aunque fue bastante rentable y se convirtió en una película de culto. Ahora, según Tony Hendra, fue la taquilla masiva de los hermanos Zucker con Aterriza como puedas del mismo año la cual llevó a la depresión a Kenney. Para Hendra Aterriza… debe su existencia en cierto sentido a “la cantidad de parodias del Lampoon”.

El excelente cartel de National Lampoon’s Animal House (Desmadre a la Americana) del año 1978. Está realizado por el ilustrador habitual de la revista Rick Meyerowitz

Los cómicos mueren jóvenes

Para animar a Doug Kenney, su amigo Chevy Chase le llevó a Hawáii, a un retiro vacacional en Kauai, donde participaron en variadas aventuras lisérgicas y deportivas. Kenney desapareció poco después, a finales de agosto de 1980, hasta ser encontrado a los pies de una colina en Hanapepe: solo quedaba de él su cadáver calcinado por el sol. La policía negó el suicidio y consideró “un accidente” su fallecimiento. Otro hombre providencial en la revista, Mike O’Donoghue, falleció en 1994 por una hemorragia cerebral. En 2004 el cineasta John Hughes, clave en la última etapa del magazine, moría de un infarto y dejaba su carrera cinematográfica inconclusa.

La portada de Esquire de octubre de 1981 dedicada a Doug Kenney

Sobrevivieron, así, Henry Beard, Tony Hendra y P.J. O’Rourke como firmas más importantes… sin estar ninguna de ellas vinculada al National Lampoon. En el año 1989 el actor Tim Matheson (Otter en Desmadre a la americana) junto al productor Daniel Grodnik compró la renqueante marca e intentó revitalizar la revista y sus producciones audiovisuales. No lo consiguieron, no lograron ni siquiera mantener una periodicidad mensual, y en noviembre de 1998 se publicó su último número.

El periodista Benjamin Wallace se preguntaba en Vanity Fair en mayo de 2017 si ¿Alguien podría reparar una marca arruinada como National Lampoon?. Quizá la respuesta sea una iniciativa como el citado filme de Netflix dirigido por David Wain o la reedición de sus números más celebrados en formato digital. Todo ello desvela la memoria cómica de una generación que formó a cientos de miles en Estados Unidos. Quizá su mejor resumen sea este profético editorial que publicó la propia revista en mayo de 1973: “Desde hace 37 años o algo así que National Lampoon lleva publicándose, hemos tenido -como imaginaréis- nuestra amplia cuota de situaciones cómicas y frustraciones, pero esa es la naturaleza de nuestra particular bestia”.

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