Lo peor de 2018

Un año más, os traemos el resumen de lo mejor de 2018. Películas, series, videojuegos, comics... Hoy, sin embargo, nos centramos en aquellos aspectos de la escena cultural que no nos han gustado tanto: producciones, fiascos y fandoms variados, estos han sido los descalabros de 2018.

El haterismo contra Doctor Who

Ha sido un año duro para ser fan de Doctor Who. De todos los cambios de actor protagonista y de showrunner, esta ha sido la primera vez que una parte del fandom ha decidido ser destructivo y atacar las novedades. No es porque ahora el Doctor sea una mujer, decían casi todos en foros y redes sociales, para a continuación empezar a atacar los cambios que se han hecho. ¡Calma, señores rancios! Revisen la serie desde su origen y se darán cuenta de un detalle interesante: Doctor Who debería ser una serie para niños. Como showrunner, Steven Moffat fracasó en ese aspecto y por eso hundió los datos de audiencia. La serie se creó como un instrumento educativo de la BBC, como un programa con contenidos didácticos y progresistas. ¿Cómo de mal lo ha hecho Moffat para atraer a un nuevo público que ha olvidado todo esto? Pablo Vicente

La uniformidad cultural

En un mundo cada vez más global y con mayor acceso a la cultura, lo cultural cada vez se vuelve más uniforme. Se consume aquello que llega con más ruido, se olvida el resto llegando a ser despreciado con la idea de que, si no se oye/conoce, es porque no valdrá la pena. Ideas tan absurdas como las de muchos lectores que consideran que si un libro no llega de los dos grandes sellos editoriales no vale la pena nos están condenando a vivir en un intervalo de comodidad, una zona de confort de la que no se quiere salir. Echo de menos la ambición, la experimentación, intentar salirse alguna vez de esa facilidad y sentir dificultades, retarse a uno mismo en lo que consume. Ojalá no fuéramos tan conformistas. Mariano Hortal

Jurassic World: El reino caído

Vivimos en una burbuja de nostalgia, en el que se recuperan marcas culturales de los ochenta y noventa únicamente como masaje tranquilizante. Pero, de vez en cuando, esta burbuja pincha por culpa de un producto malo y te despiertas cabreado, como si después de una borrachera brutal amanecieras en un spa de mierda, con las manos nudosas de un fisio en sitios incómodos.

La secuela de la ya de por sí terrible Jurassic World es ese spa, y ese fisio, y es una película espantosa salvo en los cinco minutos que se intuye la muerte de un dinosaurio entre el humo de un volcán y su estúpido final. Como me pasa siempre, lo que me enfada no es lo que se hace, sino lo que se podría haber hecho. Había potencial con Jurassic World y algunas líneas argumentales, en mejores manos, habrían dado una trilogía decente. O quizás me molesta darme cuenta de que están intentando comprarme en base a mi infancia. O todo a la vez. Esta tendencia, esta saga, esta película, no merecen ni que acabe la Adrián Álvarez 

La turra de Luca Guadagnino

Otra cosa no, pero dentro de lo cinematográfico se puede decir que 2018 ha sido un año brillante, al margen de sobredosis superheroicas y fandoms consiguiendo que se te quiten las ganas de ser fan de nada. Y por eso, no deja de acoger cierta poesía que el año se haya abierto y cerrado con sendos estrenos de películas dirigidas por Luca Guadagnino. Poesía como la que le gusta a este afamado realizador italiano meter en sus films, claro está. Poesía barata, ortopédica y, aún así, pretenciosa como pocas te puedes echar a la cara.

Primero fue Call Me by Your Name. Con un guión de James Ivory basado en la novela homónima de André Aciman, este romance homosexual consiguió un formidable éxito de crítica y uno nada desdeñable entre el público, desembocando en que ya se esté hablando de una saga de hasta cinco películas siguiendo la historia de Elio, al estilo de la trilogía de Antes de… de Richard Linklater, o del Antoine Doinel de François Truffaut. Una perspectiva que a quien esto firma no puede causar más pereza, que se va tornando en rabia asesina según los recuerdos que le dejó la cosa esta van recuperando corporeidad, y a su mente vuelven esos tipos repitiendo su propio nombre como si fueran Pokémon, esa familia feliz leyendo a filósofos griegos antes de acostarse, ese pobre Timotheé Chalamet tocando variaciones en el piano para ponérsela dura al profe o, sobre todo, esos sirvientes oriundos del norte de Italia que en cualquier momento parecen a punto de ponerse a bailar celebrando su insignificancia frente a la gente rica y culta. Más o menos lo mismo que pasa con los griegos en el díptico de Mamma Mia!, con la diferencia primordial de que Call Me by Your Name, por encima de todas las cosas, es un soberano tostón.




El caso del remake de Suspiria es algo más complejo de definir dentro de esta antología de la ranciedad intelectualoide pero, también, mucho más ilustrativo acerca de cómo funciona realmente la cabeza del señor Guadagnino. En su empeño de mejorar el clásico de Dario Argento yendo mucho más allá de esa peli de terror con colorinchis que tan insuficiente debía de revelarse a sus horizontes autorales, lo nuevo del director de Melissa P. se obstina en dotar a la acción de un extenuante contexto político, y en añadir subtramas que consiguen que la película dure una hora más que el original de 1977. Algo que no tendría por qué ser malo —jugadas como ésta son las únicas que pueden otorgar a los remakes una mínima relevancia—, si no fuera porque hablamos de quien hablamos, y el esfuerzo acaba derivando en una angustiosa sobreexplicación, un ritmo horroroso y unos niveles de ridículo que oscilan entre lo levemente incómodo del doble personaje de Tilda Swinton, y la abierta mamarrachada que supone tanto el desenlace como su inmediato epílogo. Porque sí. Es que además Suspiria está dividida en capítulos con títulos largos y pedantes, y un maldito epílogo. No sé quién coño se cree que es Luca Guadagnino, pero sí creo que representa lo peor de cierto cine de autor, y como tal supongo que está bien que exista. Eso sí, que exista lejos de mí, por favor. Alberto Corona

Venom

El 2018 nos ha dejado una buena cantidad de horrores, de los que mis compañeros han dado ya cuenta en este mismo listado. Pero creo que nada es comparable a la atrocidad estrenada por Sony Pictures dentro de un spider-verso que no reconoce ni dios. Una cinta dedicada única y exclusivamente a una de las obsesiones de Avi Arad -mandamás del universo arácnido cinematográfico-, que ya hizo que la trilogía de Sam Raimi del Trepamuros acabara en lo más bajo: Venom. El simbionte salido de las mentes de David Micheline y sobre todo del arrogante y egocéntrico Todd McFarlane en las páginas de Spiderman, es el símbolo perfecto de todo lo que fue mal en los tebeos de superhéroes de los noventa. Y la película le va a la zaga. Un engendro que pretende dar forma a un ídolo de los polígonos y que pretende -dentro de un metraje cortado a hachazos- fusionar humor sonrojante -la anfetamínica interpretación de Tom Hardy, con mención especial para su inenarrable escena en el restaurante- con escenas de acción mal planificadas y de escaso brío narrativo. A todo ello se suman unos efectos especiales irregulares, que dan como resultado una película donde Michelle Williams no sabe donde meterse y las punch lines son de verguenza ajena, aunque serán jaleadas en los multiplex por una horda de adolescentes enajenados y privados de gusto. Dan más pena que ver cómo una oda a la vulgaridad es recompensada con más de 800 millones de dólares en todo el mundo. Vivir para ver… Felipe Rodríguez Torres

El Comicsgate

Los discursos abiertamente contrarios a los derechos de las minorías han aumentado en estos últimos doce meses. Lo vemos en el auge de la ultraderecha y el fascismo en las políticas de todo el mundo. Y, por supuesto, esto también tiene su reflejo en la cultura popular. Hay quienes han puesto el grito en el cielo por el cambio de look (ahora no sexualidado) de los personajes de la serie infantil She-Ra (2018-), pataleado cuando se anunció que Kassandra sería la protagonista oficial de Assassin’s Creed Odyssey (2018) y criticado que la identidad de Thor haya sido adoptada por una mujer, en lo que se considera un ataque de peligrosa corrección política. Pero no son casos aislados, pues el Gamergate todavía da coletazos a medida que su hermano pequeño surge: el Comicsgate. Es decir, la crítica a la apertura de un medio tradicionalmente masculino -aunque está demostrado que las mujeres frikis existen y cada vez abarcando más sectores-, hacia una mayor diversidad en los sujetos que pueblan las viñetas y también en quienes se encargan de crearlas.

De esta manera, nos encontramos con señores que apuñalan cómics cuyos ideales no comparten en su canal de YouTube, cyberacoso a mujeres, personas queer y/o racializadas que son amantes de los cómics o forman parte de la industria, repartecarnets que se creen en la posesión de la verdad absoluta y que consideran que no eres un true fan si no has leído Watchmen y otras despreciables prácticas que evidencian la magnitud del problema. Y es que aunque sea menos visible que la polémica nacida en torno a los videojuegos, está claro que el sector del cómic tampoco se libra del odio que quiere seguir marginalizando a colectivos tradicionalmente oprimidos en lugar de dar voz a una parte de la población que, aunque algunos no quieran verlo, existe. Y esto demuestra, una vez más, el peligroso rumbo que estamos tomando. Así que no debemos olvidar el mensaje lanzado por Tom Taylor: “los cómics son para todos, no hay excusa para el acoso, no hay lugar para la homofobia, transfobia, racismo o misoginia en la crítica a los cómics”. Y ojalá tampoco lo hubiera en el resto de ámbitos de la sociedad. Elena Crimental

Animales fantásticos: Los crímenes de Grindelwald

Lo único que tiene de acertado esta película es el título, porque crimen con mayúscula es lo que han hecho desde Warner, con la ayuda de la cada vez menos estimada J.K. Rowling, al universo Harry Potter.

No es que simplemente se carguen su propia coherencia interna introduciendo elementos que chocan completamente con información previa –como el cameo de cierto personaje que no debería ni estar vivo en esa época-, sino que además como historia es terrible. Un reguero de personajes que no nos importan en absoluto y que pasan por allí para hacer realmente NADA, con un Newt Scamander (Eddie Redmayne) que podría estar allí como bien podría estar en su casa cuidando escorbutos, porque para lo que hace… Pero además, es que todo hubiera pasado exactamente igual aunque él no estuviera, y eso que se supone que él es el protagonista. Y todo esto obviando a Johnny Depp, que nadie sabe ni qué hace ahí en primer lugar.

Una pena de película, la mayor decepción del año sin duda alguna, en la que solo se salva Jude Law como Dumbledore jovenzuelo. Ana Rodríguez

Los ‘escurrebultos’

Normalmente estaríamos aquí hablando del auge de la extrema derecha o cualquiera de las muchas cosas que hemos ido viendo desde que se abrió CANINO. Pero según los planes de Duguin van prosperando y la alianza de fascistas va teniendo un mayor éxito nos encontramos con un escenario práctico en el que se empiezan a ver los colores de la gente. Es decir, surgen los ‘escurrebultos’, gente tan preocupada por ‘lo suyo’ que no duda en cargar contra los que están abajo para echarle la culpa -no esperaríais que se atrevieran con los de arriba, ¿verdad?- de haber provocado la situación, o de no renunciar a su bienestar o a su derecho a vivir a cambio de que la gente como ellos puedan seguir como hasta ahora. Echar la culpa a los demás, asegurar que lo tuyo es la neutralidad equidistante o hacer la vista gorda mientras se les hace cosas horribles y luego, además, culparles de lo sucedido después de haberles dado voz, de blanquearlos, de haberles prestado la colaboración. Y esos son, al final, los que dan más asco. Jónatan Sark

Tenéis que verla en cines

Es posible que ninguno de los colaboradores que hoy llenan este espacio vaya más al cine que yo. Estoy bastante seguro de ello. Eso significa que uno se encuentra con inesperadas obras maestras (bendita la navidad de 2014, cuando Bélgica decidió estrenar en salas John Wick), películas que te hacen perder dos horas de tu vida que ya no podrás recuperar o propuestas artísticas de primer nivel que en un principio iban destinadas al streaming. Creo que todas las películas deberían verse en una sala de cine. Y creo que no hay nada en Roma que la haga más merecedora de ser vista en un cine que, por poner un ejemplo, la hortera, a ratos ridícula y siempre divertida Aquaman de James Wan. A ver si nos dejamos ya de tanta tontería elitista, que uno empieza por decir estas cosas y luego termina rodando películas sobre su chacha. Kiko Vega

Disney y la destrucción de la autoría

The Companies Disney Owns - TitleMax.com - Infographic

Este ha sido el año de la consolidación definitiva del mayor monopolio de la historia del audiovisual. Mientras arrasaba en las taquillas de todo el mundo, Disney ha cerrado la compra de una de las históricas big five majors, y su solución al choque de trenes entre viejos y nuevos modelos de consumo audiovisual ha sido la de un abusón con recursos: crear su propia plataforma de streaming. En este punto la megacorporación se mueve en unos parámetros de éxito masivo a años luz de cualquiera de sus competidores y en esta situación de falta de competencia, ha demostrado ser un monstruo imparable que alimenta sus numerosas licencias con el talento de grandes autores a los que luego escupe con una facilidad pasmosa una vez han sido exprimidos.

Eso es lo que ocurrió a mediados de año cuando la extrema derecha puso en marcha una campaña para desacreditar al director James Gunn utilizando como capturas unos tuits antiguos por los que ya había pedido disculpas hace siete años. La inmediata reacción de Disney fue un despido inmediato acompañado de un duro comunicado, actitud que no fue del agrado de los miembros del reparto de Guardianes de la Galaxia, que publicaron una carta (bastante comedida) en defensa de Gunn. ¿La consecuencia? La tercera entrega era retrasada (o paralizada) hasta nueva orden. La rebeldía no será tolerada.

Y hablando de los masajitos al público más reaccionario, imposible no mencionar la polémica de Los últimos Jedi, la primera película de Star Wars en casi cuarenta años que no desprende cierto aroma a formol. Mientras la crítica profesional mostró un apoyo contundente a la película de Rian Johnson, un sector del fandom la considera una ofensa y una traición. El entusiasmo con el que Disney había recibido el trabajo de Johnson se fue diluyendo tras los primeros resultados en taquilla (algo inferiores a lo esperado) y con el final de la saga de nuevo en manos de J. J. Abrams, parece una prioridad absoluta que no se vuelva a repetir la polarización de Los últimos Jedi.

En Disney no quieren sorpresas, su objetivo es dar exactamente al público lo que quiere dentro de un timing medido al milímetro: por ello ya ni se molestan en ocultar que sus películas nacen desde el departamento de marketing. Esto es lo que ha llevado a que este año la línea que separaba a Pixar de Disney Animation Studios esté más diluida que nunca. De un lado, Los Increíbles 2, una secuela de brillante ejecución pero sin apenas ideas cuyo mayor interés radica en una subtrama que Brad Bird ya había contado con mayor eficacia en un cortometraje para DVD de 2005. De otro lado, Ralph rompe Internet, otra continuación encorsetada en una plantilla narrativa que hemos visto miles de veces con la dosis justa de humor, parodia, moralismo rancio y product placement.

¿Más? Todos recordamos el despido de los Phil Lord y Chris Miller de Han Solo: Una historia de Star Wars, y su sustitución por un director cuya cantidad de amigos en Hollywood es inversamente proporcional a su talento tras las cámaras: Ron Howard. Para sorpresa de absolutamente nadie, el resultado ha sido una película no solo inerte a nivel conceptual sino aburrida y rodada sin el menor entusiasmo. En este contexto donde Disney no permite una voz más alta que otra, muchos han caído (Gunn, Trank, Trevorrow, Wright, los propios Lord & Miller) pero más han sido los que han transigido, como le pasó a Ryan Coogler, cuyo estilo quedó totalmente diluido en Black Panther, una película tan correcta como carente de cualquier tipo de identidad autoral. Por su parte Peyton Reed se sometía una vez más a rodar la adocenada comedia Ant-Man y La Avispa, esta vez con SEIS guionistas acreditados y ya lejos de la influencia de Wright, Cornish o Adam McCay. Y aún falta por ver el impacto de un clásico Disney en imagen real de este año: El regreso de Mary Poppins que, espero equivocarme, desde el primer trailer parece haber utilizado el viejo truco del remake disfrazado de secuela nostálgica.

Por otro lado los productos licenciados son otro de los daños colaterales de esta posición de fuerza y la entrada de Disney en otros mercados donde pretende comercializar en exclusiva sus propios contenidos. Por ahí van los tiros con la reciente cancelación de las series del pochoverso Marvel-Netflix, destacando Daredevil, cuya cancelación no tenía sentido al venir tras el reciente estreno de una tercera temporada aplaudida por crítica y público y cosechar audiencias sobresalientes para la plataforma. Showrunner y guionistas se encontraban en pleno desarrollo de la cuarta temporada cuando recibieron la noticia de que la producción se cancelaba, dejando en la estacada creativa a un equipo que aún tenía varios cabos sueltos que resolver.

Hace pocos días descubríamos que Lucrecia Marcel había rechazado la dirección de Black Widow tras unas negociaciones donde la postura de Disney fue… vamos a dejarlo en incómodamente paternalistas. Así que Marcel decidió que este paripé no era para ella, y probablemente tomó la mejor decisión posible para una autora independiente, puesto que Disney parece que va a seguir por la misma línea durante muchos años. Nacho MG

Mute

Para los que nunca hemos creído que Moon (2009) sea algo digno de los elogios que aún sigue recibiendo, no resulta tan doloroso haber puesto la otra mejilla a Duncan Jones tras su pedestre adaptación de Warcraft (2016). Con Mute muchos pensaban que iba a recuperar su mojo, pero el llamado a ser “el remake bueno de Blade Runner” es un terrible resampleo noir de la cinta de Ridley Scott plagado de personajes pretendidamente excéntricos —lo de Paul Rudd y Justin Theroux con un pelucón es doloroso de contemplar— y diálogos escritos en uno de esos momentos de inspiración genial, de esos en los que el día siguiente te deberías levantar y llenar la papelera, pero que cuando te das cuenta ya tienes tu película subida a Netflix. Si a ello sumamos el poco sentido del estilo, la dirección fláccida, y su narrativa carente de movimiento, tenemos el bodrio del año. Incluso sus pocos recursos para la acción —un par de secuencias de coche— resultan estar montados de tal manera que se pierden en el conjunto sin que lleguen a constituir una set piece salvable. Ah, se supone que hay un guiño a Moon que las hace compartir universo, pero la conexión es tan patillera y gratuita que solo la idea de hacer un Duncanverso resulta casi lastimero. Claro que todos le guardamos simpatía por ser el hijo de un mito como David Bowie, pero la broma ya dura mucho. Jorge Loser

La noche de Halloween

Si es que no te puedes fiar de nada. Ni la bendición de John Carpenter y Jamie Lee Curtis, ni David Gordon Green y Danny McBride al guión, ni Jason Blum en la silla de productor. Nada de eso ha salvado a La noche de Halloween de ser uno de los productos más insípidos y derivativos del año, uno que hace añorar la contundencia y visceralidad de las secuelas protagonizadas por Donald Pleasance, churriguerescas e insensatas, pero dotadas de cierta clase y devoción por la sorpresa honesta, algo de lo que carece este producto teledirigido. Ya la pretensión de continuar directamente la primera entrega (creando de paso la quinta cronología oficial de la saga) es de una pretenciosidad que no auguraba nada bueno, pero sus ideas clónicas, su desentendimiento de lo que es un buen slasher, sus giros de guión que en otras circunstancias menos artificiosamente dignificadas habrían puesto de uñas al fandom -lo de Loomis, santo dios-… un absoluto despropósito y una buena lección sobre los peligros de la nostalgia arbitraria. John Tones

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