Lo que hay de bueno en un gungan: cómo defender las precuelas de ‘Star Wars’

Para los fans de Star Wars, Jar Jar Binks es nuestro Paracuellos: el argumento último para atacar a las precuelas de la saga. Y, sin embargo, incluso el personaje más inaguantable jamás creado por George Lucas muestra las virtudes de una creación única.

Voy a empezar esta defensa de los tres episodios más recientes de Star Wars concediendo el primer tanto al adversario: para bien o para mal, las precuelas son Jar Jar Binks. Es lo que venimos oyendo sus defensores en estos últimos dieciséis años (¿ya?), en los que toda discusión sobre los vicios y virtudes de La amenaza fantasma (1999) y sus dos continuaciones más inmediatas siempre ha acabado reduciéndose a un “y Jar Jar, ¿qué?”. Hay que rendirse a la evidencia: para los fans de Star Wars, Jar Jar Binks es nuestro Paracuellos. Y sí, el gungan fue, por parte de George Lucas, un error de cálculo digno del Gran Moff Tarkin: el que debería haber sido para las generaciones venideras el nuevo Chewbacca, un extraterrestre entrañable que todo niño querría a su lado, no despertó las simpatías de los espectadores, y con toda la razón. El bicho era tonto, torpe, pueril, y su aportación al desarrollo de las tramas entre escasa e indignante.

Pero también en Jar Jar se esconde una de las claves del genio de Lucas: su talento, que nunca fue el de dialoguista y solo por momentos fue el de director, reside en su capacidad para imaginar, para dibujar algo nuevo y distinto cada vez. Porque pudiendo jugar sobre seguro (¿acaso podemos dudar que el barbudo habría tenido fácil complacernos si así lo hubiera querido?) y darnos lo que pedíamos (que en el fondo era simple: más de lo mismo), escogió el camino difícil. Escogió seguir inventando. Quizá lo peor de Jar Jar es que, a fin de cuentas, no era Chewbacca. Pero lo mejor de Jar Jar era, precisamente, que no era Chewbacca.

Entiéndame bien el lector: mis expectativas hacia Star Wars: El despertar de la Fuerza y hacia J. J. Abrams son máximas, y confío en que dentro de apenas unas horas veré cumplidos en pantalla no pocos de mis sueños más húmedos. Y, sin embargo, no me abandona una sensación de cierto déja vu en los avances que hemos podido ver hasta el momento: cazas de ala-X, TIE Fighters, luchadores rebeldes, superarmas del tamaño de un planeta, mundos desérticos, selváticos y helados, el Halcón Milenario, Han Solo y, por supuesto, Chewbacca, ese que por suerte nunca fue Jar Jar Binks… En sus precuelas (porque eran suyas, y esto a menudo también lo olvidamos cuando le reclamamos reparaciones por habernos estropeado no sé qué juguete), Lucas hizo lo inesperado, incluso nos negó contemplar las tan deseadas Guerras Clon, dejando solo en pantalla su comienzo y su final.

A cambio, Lucas siguió ampliando impenitente su universo, y nos regaló los jardines de Naboo, las arquitecturas gaudinianas de Geonosis, las tempestades de los mares de Kamino. Nos regaló una intriga política que, con sus juegos a dos bandas, sus separatismos fanáticos y sus tretas (anti)democráticas, está hoy vigente en la lectura de la sección de Nacional de cualquier periódico. Nos obsequió con un Palpatine mucho más complejo de lo que la Sagrada Trilogía había mostrado nunca. Y con unos Jedi inesperadamente mezquinos, ahogados y en definitiva aniquilados por su propia cortedad de miras. Y naves Nubian, y vainas de carreras, droides de combate como esqueletos de Ray Harryhausen, y Sith tatuados y con sables dobles. Las precuelas eran más infantiles, más torpes que la trilogía original, pero también eran diferentes, arriesgadas y despreocupadamente lúdicas. En un mundo donde todo es imitación, La guerra de las galaxias volvía a ser nueva. Quién fuera capaz de crear un gungan.

 

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12 comentarios

  1. Pedrín dice:

    Bra-vo.

  2. Juanja dice:

    No cuesta creer que la agresiva campaña de Disney por apelar a emociones pueriles ha funcionado. Pseudo líderes de opinión que cubren el 80% de la información sobre Star Wars en medios culturales. Párrafos y párrafos huecos que nos recuerdan lo buenas que eran esas historias de los 70 y 80, que nos recuerdan como Abrahams (ha dicho que) va a utilizar a señores enanos para hacer de criaturas y cartón piedra en vez de espacios generados digitalmente. ¡Alabado sea el cartón piedra!, ¡esto va a ser lo que haga buena a Episodio VII!

    Pero sobretodo, la mejor manera de hinchar el contenido es cebarse mediante la reiteración más estándar con lo malas, malísimas, que son las precuelas. Aunque evidentemente las mismas voces y opiniones llegaran al éxtasis hace cinco años cuando Episodio III se estrenaba y el ciclo se cerraba.
    Naturalmente, este tufillo de crítica acrítica hacia la nueva trilogía está tan desesperadamente ligado a la voluntad de subirse al carro (la presión es mayor ahora con la digitalización de nuestras vidas a través de las redes sociales), que tampoco puede tomarse muy en serio.

    Claro que la antigua trilogía supone un entretenimiento de primer nivel, la visión del enfrentamiento genérico entre el bien y el mal aportada por un director que quería convertirse en auteur, y que terminó redefiniendo Hollywood a través de los productos audioviosuales ligados a ampulosas campañas de marketing y universo expandido. Creando el maravilloso Blockbuster, sin el cual muy probablemente nuestra relación con el cine y las industrias culturales no sería la misma.

    Eso puedo entenderlo, lo que no puedo entender es que a nivel mundial, directores y nombres ligados al cine (casi todos nacidos entres los 60 y 80) glorifiquen estas películas y desprestigien la nueva trilogía basados en en argumentos tan imprecisos como "ver los AT-AT de niño en el cine me marcó para siempre", "El Imperio Contrataca es la mejor porque se sabe que Vader es el padre de Luke" o "para mi la trilogía nueva no existe".

    Comprender la naturaleza de semejantes parlamentos nos lleva a pensar de nuevo que la relación de cada espectador con Star Wars es en cuanto a la forma, no al contenido. Hablamos de frikis en su connotación menos interesante.

    La trilogía de precuelas es un producto superior a las antiguas. No porque se trate de una trilogía mucho más compacta y pensada, que disipa la nube de imprecisiones sobre el universo Star Wars que Lucas iba completando torpemente en las antiguas. Es superior en cuanto a la conceptualización de un ecosistema espacial rico, a las relaciones de personajes y perfiles dentro de la galaxia, y evidentemente en las coreografías, luchas y escenas de acción.
    El propio desarrollo narrativo, desquiciado y turbio, que pasa por un Episodio I endulzado para niños y nuevas generaciones (como yo) para terminar en un retrato de ascenso y caída donde los conceptos temáticos siempre circundan miedo, arrogancia, pasión y mentira.

    Esta condición personalista de la nueva saga, que va más allá de contentar a todos los fans que compraron cubiteras con forma de AT-AT, retrata de forma expresiva la ambición compartida entre Palpatine y el propio Lucas dentro de una saga que formará parte cardinal del imaginario cultural occidental de nuestro futuro.

    Episodio III (mi preferida) es ambición y fin, para Palpatine, Lucas, y sobretodo Vader. Un mensaje subrayado con una puesta en escena inusual para un blockbuster, donde cada plano en exteriores muestra el ocaso, siempre esta atardeciendo, siempre vemos la última luz del día engullida por oscuridad absoluta.

    Por cerrar al estilo Jar-Jar, quiero recordar a estas criaturas de la trilogía antigua. Los Ewoks, enanos y enanas convertidos en ositos de peluche, el alienígena con cara de vagina horizontal (todos ellos, parte esencial del desenlace de la "trilogía buena") y el hombre lobo de Moss Eisley (AKA "es la única máscara disponible, George")

  3. QWERTY_BCN dice:

    "Lucas hizo lo inesperado, incluso nos negó contemplar las tan deseadas Guerras Clon, dejando solo en pantalla su comienzo y su final."
    Hombre, quizás ahí el tito Lucas jugó su faceta saca-pasta-voy-a-venderte-ese-producto-3-veces-antes-de-que-puedas-quejarte.
    Para mí el problema es básico: ser incapaz de juntar esas dos trilogías con un argumento (mas o menos valido): Luke con el mismo apellido de su padre, viviendo con sus tíos, en el planeta natal paterno, etc…

  4. QWERTY_BCN dice:

    "La trilogía de precuelas es un producto superior a las antiguas. No porque se trate de una trilogía mucho más compacta y pensada"
    Sí claro, lo de enviar a Luke al planeta natal de Vader fue algo super bien argumentado en la peli. Al nivel del Concilio de Elrond en la peli de Peter Jackson. Vamos, el mismo peso argumental y eso :).

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  7. Rubén Guzmán dice:

    No creo que las precuelas sean Jar Jar. De hecho, después de no haber vuelto a ver ninguna tras sus estrenos en el cine, en mi recuerdo el fulano apenas aparece. Lo que queda en mi memoria es un Anakin y una Amidala lamentables y un mal encaje con la trilogía original.

  8. G. G. Lapresa dice:

    El diseño de producción de las precuelas nunca ha sido puesto en duda. El problema siempre estuvo en la ejecución. En los diálogos hechos con plano-contraplano y con dos cámaras a la vez. En la falta de imaginación a la hora de planificar escenas con actores. En contar las cosas visualmente.

    En no currarse las cosas más allá de una buena idea, vaya.

  9. RiptorCPV dice:

    Un comentario aún más introspectivo y acertado que el propio artículo del que depende. Por esto, y no por otra cosa, sigo leyendo Canino. BRAVO.

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