De Sonic a Fido Dido: los 90 y la edad de oro de la mascota malota

De la publicidad a los videojuegos, los 90 estuvieron llenos de pequeños engendros totally radical que hoy producen vergüenza ajena. Recordamos la era de Sonic, Fido Dido y otros personajes con más pinta de robarte la merienda (o venderte sustancias ilegales) que de ganarse tu afecto de consumidor.

Parecía que nunca iba a ocurrir, pero esta vez va en serio. Con la década de 1980 casi agotada como reservorio de cultura pop, la máquina del marketing hace girar sus ruedas dentadas y vuelve su punto de mira hacia un blanco aún por explotar: el revival de los 90. Los signos y portentos de rigor avisan de que la década de la Guerra del Golfo, los 16 bits y Chiquito de la Calzada se dispone a tomar por asalto la cultura de masas, si es que no lo está haciendo ya, tras haber aguardado en sus márgenes merced a fenómenos como el vaporwave o el auge de según qué juegos indie. ¿Estamos preparados para esto?

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Pues parece que no demasiado. Porque, para quienes saben de qué va el tema, la nefasta acogida al tráiler de Sonic: La película no solo ha revelado lo mal que resisten algunos iconos al paso del tiempo y al CGI (no digamos cuando este último es chapucero hasta lo dañino). También supone un peligroso flashback a la era de la Mascota Malota. Ese fenómeno tan característico de hace dos décadas, cuando los personajes de videojuego, animación o publicidad pasaron de resultar edulcorados hasta lo pringoso a tener pinta de robarte el bollycao.

¿Tienes cinco duros pa’ la máquina, nene?”

¿A qué pudo deberse esto? Cualquiera sabe, pero aventuremos un par de ideas. El relajamiento de costumbres propio del fin de la Guerra Fría y lo quemada que estaba por entonces cierta iconografía ochentera destinada al público infantil (la que nos dio a los Osos Amorosos, Tarta de Fresa y otras criaturas no aptas para diabéticos) pueden servir como explicación inicial: normal que la chavalada acogiera como unos mesías a las grandes precursoras de todo esto, las Tortugas Ninja, de 1987 en adelante. Y si sumamos lo anterior al presunto auge de las subculturas skater y surfera, así como a la desregulación del mercado televisivo en EE UU, fuente de una publicidad mucho más agresiva y pintona, pues blanco y en botella.

¿De verdad queremos que vuelva ESTO?

También debemos recordar que, durante los 90, el cine y la TV de animación salieron de ese marasmo que casi se los carga durante las décadas anteriores. La calidad de los productos se elevó hasta el infinito, pero tocaba hacérselo saber (de aquella manera) a su público objetivo. Un público objetivo que tenía la cabeza a pájaros gracias a la sobreabundancia de oferta catódica (en EE UU, el auge de la TV por cable; en España, el amanecer de los canales privados), al incipiente desembarco del anime y a unos videojuegos que comían mercado como nunca.

Y, ya que hablamos de videojuegos, tenemos que mencionar las ‘console wars’, responsables en último extremo de que cierto erizo azul se asomara a nuestras pantallas en 1991, meneando el índice y poniendo cara de “cuidadito conmigo, chaval”. Pero dejémonos de teorías y vayamos a lo que mola: reírnos de los despojos del pasado… mientras nos corre una gota de sudor frío por la sien.

«Pásate unas Fido Dido, nene»

Nos duele decir esto, pero es lo que hay: Sue Rose, creadora de la simpar Pepper Ann (“¡En su cole no hay rival!”) fue una de las responsables de que las mascotas malotas nos invadieran. Porque, en 1985, esta diseñadora gráfica esbozó sobre la servilleta de un restaurante de Nueva York a un chaval pelopincho y con pinta de anoréxico que, un lustro después, gozaría de un breve pero absoluto reinado. Hablamos, claro, de Fido Dido.

¿Recuerdan a esta mascota? Seguramente no, pero hágannos caso: a partir de 1989, cuando la multinacional PepsiCo lo eligió para las campañas publicitarias de 7Up, Fido fue ubicuo. El monigote dibujado por Rose y bautizado por Joanna Ferrone se dejó ver en cortos de animación, en camisetas, en carpetas, en chapitas y pines (otra plaga de la época) y en mil goodies más, siempre haciendo gala de una actitud así como laidback y de pasar de todo. El signo definitivo de su triunfo fue también muy acorde con los tiempos, porque su rostro agració una variedad de pastis muy buscadas y apreciadas antes del apogeo de las mitsubishi. La calle encuentra sus propia utilidad para las cosas, ya se sabe.

Por desgracia, el apogeo de Fido Dido duró poco y tuvo un final de lo más humillante. No se trató solo de que durase solo tres o cuatro años (1989-1993, aprox.), ni tampoco de que un proyectado videojuego para Sega Megadrive y Super Nintendo quedase inédito pese a haber sido terminado por Kaneko. Es que al pobre bichopalo le tocó ser sustituido por… ¿un círculo rojo con gafas de sol? ¿Una ficha de un juego de damas edgy? ¿Una bandera de Japón descontextualizada?

En fin, ni idea. De lo único de lo que estamos seguros es de que la criatura se llamó Cool Spot, había nacido en 1987 y reemplazó a Fido Dido como rostro publicitario de 7Up en EE UU mientras que al pobre chaval seguía cumpliendo su papel en el mercado europeo. La cosa esta sí que tuvo su propio juego, aparecido en todas las plataformas posibles (incluyendo consolas portátiles y ordenadores de 16 bits), y resultaba muy potable. Eso nos hace perdonarle su macarrismo playero y su voz de pito… algo que no podemos decir del siguiente engendro de la lista.

También propiedad de PepsiCo vía su filial Frito-Lays (¿van viendo una hilazón en todo esto?), la marca de aperitivos con sabor a queso Cheetos reemplazó en 1986 a su mascota original, un ratoncito, por su enemigo natural: un guepardo cuya profesión, dada sus pintas y su voz, debía ser más bien la de distribuidor de hierbas fumables. Chester Cheetah era su nombre, y pese a este aspecto de trabajar al margen de la ley (consumiendo en el proceso la mayor parte de su mercancía) acompañó a los Cheetos cuando estos se convirtieron en el primer snack occidental distribuido en la República Popular China.

Pero el mandarín Lo Pang hizo valer su magia oscura ante tamaño ultraje: los dos juegos protagonizados por Chester Cheetah (Too Cool to Fool, 1992, y Wild Wild Quest, 1993) fueron más malos que la quina, apenas tuvieron distribución fuera de EE UU y, para colmo, los peditos de queso en cuestión reorientaron su estrategia de marketing hacia el público adulto. Así pues, Chester vive una lamentable no-vida (aunque sigue siendo la mascota del producto) mientras el nombre de su aperitivo es empleado por los niños rata para designar los trucos sucios con los que se putean unos a otros en el Minecraft y el Fortnite. Justo castigo para un bicho tan inaguantable.

«Mi consola es más chunga que la tuya, nene»

Así pugnábamos entonces los puretas de hoy, sometidos a los dañinos estímulos de Chester Cheetah mientras los chupetes de la suerte imponían su ley en las calles. Ignorando así que el verdadero vórtice de chunguez pop estaba conectado a nuestra tele, si éramos afortunados. Hablamos de las videoconsolas, claro.

El póster de Patoaventuras exclama «¡Peligro!».

Aunque la legislación publicitaria española nos hizo ajenos al lado más agresivo de la guerra entre consolas (aquello de “Sega does what Nintendon’t” que tan nostálgicos pone a los yanquis), no excluyeron la raíz del asunto. La macarrización sistemática del artwork de los videojuegos japoneses era algo que venía de la década anterior, cuando reemplazar una cubierta de estilo anime por otra con un bárbaro en tanga era más sencillo que convencer al consumidor de que se podía jugar a algo kawaii y ser heterosexual al mismo tiempo. Pero, cuando la Super Nintendo (“El cerebro de la bestia”, según los anuncios) obligó a Sega a competir con su rival en el terreno de los 16 bits, la cosa llegó a extremos desaforados.

La premisa era fácil: mientras que la gran N estaba sujeta a políticas censoras que excluían cualquier referencia al sexo y suavizaban la violencia hasta volverla una cosa blandita y cartoon, las cuatro letras azules pasaban de reparos en esos aspectos. De esa manera, Sega no solo ilustró las portadas de sus juegos con estampas repletas de testosterona (muchas de ellas a cargo del aceitoso peruano Boris Vallejo) y autorizó lanzamientos que Nintendo jamás hubiera tolerado en su sistema, sino que también dio su golpe maestro con el título que sirvió como killer app de la Megadrive.

Y ahora es cuando nos toca cantar la palinodia. Vale que Sonic fue concebido como un desafío malote a Mario.También es verdad que su pose de estar de vuelta de todo puede sacar de sus casillas a cualquiera. Y, en efecto, el tráiler de marras es horripilante. Pero también es verdad que Sonic the Hedgehog (1991) es un juegazo en todos los aspectos, desde su diseño gráfico hasta el musicón de Masato Nakamura.

En cuanto a su desarrollo frenético, se gana tanto afectos incondicionales (hola, John Tones) hasta detractores acérrimos, como cierta persona muy querida de esta casa que lo ha desdeñado siempre como un “juego para makineros”. Algo de eso hubo en la época, para qué vamos a negarlo. Pero en algo se tenía que notar que la criaturita nació en la época de Chimo Bayo.

La cuestión es que Sonic arrasó. Y, como suele pasar, los estudios de videojuegos siguieron la tendencia a una velocidad superior a la del propio erizo, generando una fiebre que duró lo que duraron los 90: la de los “mascot platformers”. De golpe y porrazo, todos los sistemas domésticos se llenaron de bichos que (a) saltaban y corrían mucho, (b) parecían salidos de un dibujo animado, en el mejor de los casos, o de una sobredosis de monguis, en el peor, y (c) aspiraban a compaginar lo cuqui con lo sobradete. Cuando uno los pone en relación con las fotos (todas ellas pelos de pincho, denim, sudaderas y colores flúor) que ilustraban la publi y las revistas de juegos en aquellos años, se pregunta cómo es que la humanidad no se extinguió por entonces.

Algunas de estas criaturitas dieron pie a juegos memorables. Y no solo eso, sino que también resultaban simpáticas. Si la estrellita peleona de Ristar (1995) o la zarigüeya de Sparkster (1991) tienen la reputación que tienen pese a que sus juegos fueron fracasos comerciales, es por algo. Otras se quedan en entrañables: aunque Toejamm and Earl (1991) no fuera un juego de plataformas, sus protagonistas supusieron la asimilación del hip hop bienhumorado y psicodélico (el de De La Soul o The Pharcyde) por parte del fenómeno que nos ocupa. Y si nos ponemos a enumerar a Klonoa, Crash Bandicoot, Rayman, Banjo Kazooie y otros monigotes que surgieron durante la transición a los 32 bits, entonces podríamos seguir escribiendo hasta el año que viene.

Así pues, vámonos a lo chungo y a lo atroz. Lo chungo sería, por ejemplo, Earthworm Jim (1994), un juego donde el garrulo de Doug Ten-Napel se mofaba de todo esto haciendo deambular a la lombriz protagonista por escenarios llenos de color marrón. Y lo atroz… pues aquí hay donde escoger, sobre todo si nos alejamos de Japón. El ejemplo más notable es Bubsy, cuyo juego de debut (Bubsy in Claws Encounters of the Furred Kind, 1993) fue promocionado hasta la nausea, gastándose Accolade pastizales en su producción… y se ganó el odio de público y crítica nada más llegar al mercado.

En Europa también tuvimos de esto, no se crean. De hecho, lo tuvimos antes, porque programas como Foxx Fights Back (1988) son claros precursores de todo esto. Otro zorro es nuestra aportación más significativa al asunto, y un zorro francés, además: Titus the Fox (1991), que sirvió como mascota a la compañía gabacha que le daba nombre. El juego tiene detrás una pequeña historia (su primera versión tenía como protagonista a Lagaf, un comediante local que se vio en apuros por quítame allá un racismo), pero pasamos de contarla porque el verdadero Apocalipsis llegó de las Islas Británicas.

En 2001, cuando el fenómeno de los mascot platformers estaba a punto de irse al traste, toda una señora Rare trató de sacarle la última gota de sangre con Conker’s Bad Fur Day. La premisa del juego tenía su lógica: en vez de fingir ser un macarra como el resto de mascotas, la ardilla Conker lo era de verdad, emborrachándose sin complejos, soltando chistes verdes por doquier e incluso agarrando una ametralladora. El juego despertó simpatías entre la crítica, que vio en él un equivalente a los dibujos animados destroyer de Ralph Bakshi. Pero los autores de Donkey Kong Country (y de Knight Lore) se estrellaron en las tiendas, indicando que una era estaba llegando a su fin.

Y si te pego dos hostias, ¿me das los cinco duros, nene?”

Dada su naturaleza coyuntural y lo vergonzoso que solía mostrarse, el fenómeno de las mascotas malotas aguantó lo que una pompa de jabón. O ni eso: en 1997, siete años después de que Fido Dido apareciera en los anuncios de 7Up, el anuncio de su defunción llegó de manos de una serie de animación que, por entonces, era lo mejorcito que podía verse en TV. Efectivamente: estamos hablando de Los Simpsony de Poochie.

El nombre del perro surfero y rapero creado por Homer en El show de Rasca, Pica y Poochie (E14T8) ha quedado, en ciertos rincones, como adjetivo que describe a un personaje diseñado para aprovechar una moda efímera, tan empeñado en ser ‘moderno’ y ‘molón’ que solo consigue provocar vergüenza ajena. Lo cual es tremendamente cierto. Hijo de su época hasta las últimas consecuencias, Poochie compagina su penoso manejo de los códigos juveniles con presuntos “mensajes” moralizantes y, sobre todo, con un desconocimiento casi absoluto de la ola que pretende cabalgar: aunque en el doblaje castellano no se note tanto, la jerga en la que se expresa el chucho es más propia de los ochenta (o de los setenta) que de los noventa.

Así pues, Poochie queda como el mejor representante posible de la era de la mascota malota. Pero ¿saben dónde está la ironía de verdad? Pues en que Los Simpson participaron lo suyo de aquella época, sobre todo a través de aquel Bart primigenio que rapeaba, iba en monopatín más que a pie y firmaba graffiti con el seudónimo de ‘El Barto’. Hoy, cuando la serie creada por Matt Groening es apenas la sombra de lo que fue, sirva esto para recordarnos que todas las modas son efímeras, y que la vergüenza ajena nos alcanza a todos al final. Ojalá los propietarios de Sonic hubieran tenido esto presente.

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