‘Los cuentos de tío Vázquez’: 90 años del moroso de los tebeos Bruguera

El personaje más importante de Manuel Vázquez no fue Anacleto, las hermanas Gilda o la abuelita Paz. Fue su propia leyenda. Vázquez dedicó toda su vida, tanto fuera como dentro de las viñetas, a construir su propio personaje, a definir al perfecto estafador que seguía sólo sus propias normas.

Manuel Vázquez Gallego (1930-1995) nació el 27 de enero de 1930 en Madrid, pocos años antes de que la Guerra Civil arrasase el país. Por eso su niñez estuvo marcada por la extrema pobreza: «Todo lo que recuerdo de mi infancia es hambre, pero hambre feroz». Tal vez en las dificultades de sus primeros años esté la explicación de cómo uno de los mejores dibujantes de tebeos de España cultivó una vida de moroso, estafador y polígamo que incluso le llevó durante un tiempo a la cárcel. Más aún, este comportamiento también le hizo desaparecer con frecuencia de la Editorial Bruguera para evitar que le encontrasen sus acreedores cerca de su lugar de trabajo o de su casa.

Por poner un ejemplo de las muchas anécdotas que han forjado su leyenda podemos confiar en el retrato que el creador del Capitán Trueno hizo en una de sus novelas autobiográficas, El tranvía azul (1985). En ella, Víctor Mora contaba que otro dibujante de la editorial acogió a Vázquez en su estudio durante un tiempo para ayudarle a huir de la policía, que le buscaba en la pensión en la que se hospedaba. Parece que el motivo tenía algo que ver con que Vázquez había comprado a plazos unos electrodomésticos que había revendido al mes siguiente a mitad de precio. Este dibujante expulsó al prófugo de su estudio en cuanto descubrió el motivo por el que su radio había dejado de funcionar: Vázquez había vaciado la carcasa y vendido los componentes electrónicos.

El gran Vázquez

Dejando a un lado que Francisco Ibáñez le incluyó como el moroso del ático del 13, Rúe del Percebe (1961-1970), el icono de Vázquez despegó en el número 27 de la revista Din dan (1968-1975), en el que se publicó la primera entrega de su nueva serie, Los cuentos de tío Vázquez (1968-1988). No era la primera vez que este se dibujaba a sí mismo, ni tampoco la primera vez que un dibujante de Bruguera se incluía en sus propias historietas, pero sí la primera serie con cierta envergadura (dos páginas en cada entrega) en la que alguien de la editorial se convertía en el protagonista absoluto.

Habría que señalar aquí la importancia del papel del director de estas revistas, Rafael González, al que se le suele describir poco menos que de ogro. Es sorprendente que un editor con un control tan férreo del estilo y los personajes de Bruguera diese el visto bueno a una extravagancia como esta. O no tanto si se tiene en cuenta que también permitió que Vázquez hiciese algo parecido en una de las primerísimas páginas de La vida esa vista por Hollywood, en el Can can n.º 5 (1958). En aquella historieta, titulada El gran Vázquez, el dibujante ya empezó a burlarse de su propia autobiografía al colocarla a la altura de figuras históricas y otros personajes de la cultura popular.

Lo interesante es que se trata de una serie de inspiración autobiográfica en la que Vázquez es cualquier cosa menos dibujante de historietas. Veámoslo de otro modo. Muchas de las series de Bruguera se centraban en los estereotipos de una profesión: los chistes de médicos con El doctor Cataplasma, los de chachas con Petra, criada para todo, los de espías con Mortadelo y Filemón… ¿En qué profesión encajaría Vázquez? En la de moroso. Moroso profesional.

De profesión, moroso

Puede parecer que un proyecto como este tendría las características perfectas para estimular la productividad de Vázquez, pero en realidad en su primer año sólo dibujó 20 páginas. O dicho de otra forma, de 52 números de la revista Din dan sólo 10 llevaban páginas de esta nueva serie. Tampoco hablamos de un arranque muy prometedor. En cada entrega el protagonista se encontraba con un acreedor del que se intentaba desembarazar con una elaborada trola: que había perdido el dinero salvando a un niño perdido en el bosque, que una serpiente le acababa de envenenar o que podía pagar con un algún objeto que, sin que el otro lo supiese, no tenía ningún valor. Es decir, el dibujante intentaba salir airoso con uno de «los cuentos de tío Vázquez».

La dinámica mejoró a partir del Din dan n.º 147 (1970), cuando apenas se habían publicado 34 páginas de esta serie. Los falsos flashbacks pasaban al olvido y la colección se llenaba de acción, persecuciones y violencia. Vázquez se convertía en antihéroe y sus acreedores, en villanos. Seguía siendo un pícaro, pero uno aventurero, con una vida tan asediada de peligros como la de un agente secreto. Vázquez aparecía corriendo en todo momento por ciudad, mar y campo, perseguido por acreedores tan variados como la Fuerza Aérea Británica, un genio de la lámpara, el Hombre Enmascarado o el fantasma de Napoleón.

Sin embargo, también fue el momento en el que la editorial Bruguera se cansó de no poder planificar con antelación los contenidos de Din dan. Los cuentos de tío Vázquez, como otras series de este autor, empezó a pasar a manos de diferentes dibujantes anónimos que cubrieron los huecos de sus continuas desapariciones. Así se mejoró la regularidad pero se perdió el sentido de este personaje: ¿qué lógica había en que la autoparodia y el culto al ego lo hiciesen otros?

Villano, lascivo y ludópata

Según le fue apeteciendo, Vázquez fue entregando esporádicamente más páginas que la editorial intercalaba, como digo, entre las de otros dibujantes. Si el personaje pudo sobrevivir a este baile de autores, la cancelación de Din dan no le supuso mayor problema. Vázquez siguió entregando páginas para las que la editorial encontraba un hueco en cualquier otra revista: en Super Carpanta (1977-1981), en Super Mortadelo (1972-1986), en Bruguelandia (1981-1983)… Precisamente en Bruguelandia n.º 2 (1981) coló una nueva autobiografía en forma de cómic de 6 páginas en la que se burlaba de sus estancias en la cárcel, un detalle desconocido para los niños que le leían.

Vázquez ya era un personaje de pleno derecho. Se había dibujado como antihéroe, pero también como el villano de Anacleto, agente secreto, o de sus otros detectives, Ana y Cleto (1982)… o Tita & Nic, según la editorial. Podía protagonizar tiras de humor más bien blanco como Así es mi vida (1982) en El pequeño país, o Cosas mías… en Garibolo (1986-1987), como podía ser el protagonista de los devaneos de humor erótico en Sábado, Sabadete… (1990) o Mujeres o diosas (1991). Y, por supuesto, jugando en ese complicado espacio que separa el cómic para niños del dirigido a un público adulto, protagonizó una de sus grandes joyas, ¡Vámonos al bingo! (1982), en la que Vázquez parodiaba su propia ludopatía desde la completa autoconsciencia de este trastorno.

Todas estas historietas y muchas otras a mí me llevan a una conclusión: es lógico que se estrenase antes un biopic del autor que la adaptación a largometraje de cualquiera de sus personajes. Es más, El gran Vázquez (2010) de Óscar Aibar se podría ver más como la adaptación libre de Los cuentos de tío Vázquez que como una biografía al uso y seguramente es lo que el dibujante habría preferido. La película no es una recreación exacta de la vida del dibujante, pero en ningún momento es una traición a su leyenda.

Para aprovechar la promoción de esta película las editoriales de cómic colocaron en las librerías recopilatorios que estuviesen relacionadas con el estreno. La desaparecida Glénat sacó en Lo peor de Vázquez (2010) una estupenda recopilación de los tebeos autoparódicos de sus últimos años, en la que se mezclaban las páginas infantiles con las de corte adulto. Por desgracia Ediciones B sólo recopiló 44 páginas de Los cuentos de tío Vázquez en un tomo que resultó más bien escaso. El recopilatorio que esta serie merece acabará editándose más tarde o más temprano, y ese día (si se me permite este chascarrillo) se saldará esta deuda pendiente con Vázquez.

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