“Los edificios han expulsado a las casas”: Cuando Julio Verne predijo de verdad nuestro presente con ‘París en el siglo XX’

Aprovechando el aniversario del nacimiento de Julio Verne, rendimos homenaje al escritor de Viaje al centro de la Tierra, pero evitando lugares comunes: quizás no sabías que Verne anticipó con su libro París en el siglo XX un futuro mucho más perturbador del que cualquier lector podría asimilar: el nuestro. Y por esa misma razón, le aconsejaron no publicarlo.

1863, París

Pierre Jules Hetzel, está hundido en el butacón de su oficina, esperando un manuscrito que no quiere llegar.  En este instante el famoso editor de Víctor Hugo y Balzac se entretiene hurgando con un lapicero en su oído derecho hasta que consigue quitarse toda la cera. Hastiado, se levanta y empieza a caminar en círculos de un lado a otro, intentando distraerse. Hojea los viejos volúmenes impresos que inundan su mesa de roble, pero es inútil. El día se le echa encima, y Julio Verne no le ha entregado su nuevo libro. Quel salop!




Justo cuando está a punto de abandonar su despacho y tomar rumbo hacia el restaurante Le Procope, llaman a la puerta. Un mensajero trae consigo un volumen de ciento veinte páginas, que suponen (¡Il était temps!) el ansiado segundo volumen de Viajes extraordinarios. Tras el éxito del primer volumen, Cinco semanas en globo, Hetzel ha apostado de lleno por la literatura juvenil en el mercado, contratando al joven ex-banquero para que trabaje a tiempo completo en la colección.  Un contrato generoso, por el que Verne se compromete a entregarle tres libros al año. El buen ojo de Hetzel prevé que el Verne sea capaz de combinar la fascinación de la ciencia con cierto espíritu constructivo en las generaciones más jóvenes.  Contactos en diferentes sociedades de astronomía, amigo del hijo de Alejandro Dumas, ciertas conexiones con la masonería… el tal Julio sabe lo que se hace.

Sin embargo ha pasado demasiado tiempo desde el lanzamiento de Cinco semanas en globo y desde entonces Hetzel no ha tenido noticia de su prometedor escritor. ¿En qué ha estado trabajando Verne?

1960, París

Pierre se encierra en su despacho y se pone a leer el libro, París en el siglo XX. Lo primero que llama la atención de esta novela es que no se ambienta en continentes exóticos (como le dijo que hiciera), ni se centra en las maravillas de la tecnología (¡de qué han servido todas las invitaciones a las fiestas de laSociety for Encouragement of Aerial Locomotion!).  En su lugar Verne ha dibujado un París ambientado cien años en el futuro, en 1960. Al contrario que el positivismo lúdico de su última ficción (¡un mes y pico en un maldito globo!) lo que aquí Jules está escribiendo es una auténtica atrocidad, una pesadilla deprimente y encima imposible de creer. C’est un vrai  fils de pute!, piensa Pierre, sin dar crédito a lo que está leyendo.

París, 1960. Reinado de Napoleón V. Cien mil farolas alumbran gigantescos edificios de cristal que parecen tocar el cielo. Cada parisino parece disponer de unos extraños coches que en vez de ser tirados por caballos usan un extraño motor de ignición. “Un poco de gas de iluminación, mezclado con aire e introducido bajo el pistón y encendido por una chispa eléctrica producía el movimiento; algunos puestos de gas establecidos en diversas estaciones de vehículos proporcionaban el hidrógeno necesario, y poco después algunas mejoras permitieron suprimir el agua destinada a enfriar el cilindro de la máquina”. El nivel de detalle es demencial (y para el lector de 2019, idéntico al sistema de motor combustión creado patentado Otto en el 1859 de nuestra realidad).

Lo inverosímil cobra forma. En este París futurista existen unos trenes de alta velocidad que recorren la ciudad entre los edificios y por debajo de ellos.  Pierre tiene que frotarse los ojos. Trenes por debajo de la tierra. Lo han leído bien: túneles (Verne especifica que es una red de anillos) por donde trenes subterráneos se desplazan como gusanos. Millones de pasajeros son transportados en ellos. Para acceder a los gigantescos edificios los habitantes ascienden metidos en cajas metálicas conocidas como ascensores (¡acabáramos!, que exclama Pierre!)

Las librerías y las tiendas particulares han quedado desterradas en el olvido. La principal atracción para el pueblo son unos lugares conocidos como centros comerciales. Estas macroestructuras de cristal iluminadas como palacios dominan la ciudad de París. Los parisinos solo tienen dos funciones básicas: ir al trabajo y gastarse el dinero en estas “tiendas conglomeradas” que se han adueñado del paisaje.

Ilustración de François Schuiten

Todo el mundo es capaz de leer libros (Pierre tiene que contener la risa, ¡una Francia alfabetizada! ¡De locos!), aunque nadie lee ya. El latín, el griego, la filosofía y la literatura han desaparecido de las aulas, y los nuevos centros educativos se rigen por asignaturas donde prima la practicidad en el mercado laboral.  En este París se describe un inmenso edificio llamado Sociedad General de Crédito Instruccional: “No había hijo de artesano ambicioso, de campesino desplazado, que no pretendiera un puesto en la Administración. El funcionarismo se desarrollaba bajo todas las formas posibles“.

Hemos hablado de que todo el mundo sabe leer y escribir. ¡Y vaya si lo hacen! La principal comunicación se basa en cortos mensajes de texto que se envían (Pierre no da crédito a la imbecilidad del asunto) de manera invisible por el aire, a través unas extrañas redes inalámbricas conocidas como La Red Global del Telégrafo. Esta red es usada sobre todo para las diferentes administraciones, que se comunican con cualquier país del globo en cualquier momento. Esta red es ampliamente usada por La Bolsa. “Las variaciones de los valores de cotización en el mercado libre aparecían escritas directamente en los paneles colocados en el centro de las Bolsas de París, Londres, Frankfurt” Gracias a estos mercados bursátiles ya no existen las guerras, ni  los conflictos armados. Los diferentes países ocupan con sus establecimientos diferentes territorios con sus tiendas y empresas.

Ilustración de François Schuiten

Y sin embargo, a pesar de toda la prosperidad (y esto es precisamente lo que más cabrea a Pierre) el retrato de la juventud es desolador. Incapaz de acceder a los servicios que ofrecen, la mayoría tratan de aprender inglés, ya que el francés prácticamente está desapareciendo y la lengua inglesa es el idioma de la burocracia. Los jóvenes deben abandonar los barrios de la ciudad y marcharse al extrarradio. “Conseguir casa era, en aquel tiempo difícil, en una capital demasiado pequeña para sus cinco millones de habitantes, así a fuerza de ensanchar las plazas, abrir avenidas y multiplicar los barrios, era una amenaza la falta de terreno para construcción de viviendas particulares. Y así quedaba era muy apropiada la afirmación que corría de boca en boca de que en París ya no hay casas, sólo calles”.

Este cambio conlleva a una gran mayoría de parisinos a abandonar viejas ideas del siglo pasado. “El interés privado de la empresa empuja a cada uno de sus miembros por caminos diferentes, en que la necesidad de enriquecerse mata los sentimientos del corazón. Hojeando viejos diccionarios quedarás asombrado al encontrar ahí palabras como hogar, casa, vida doméstica, interior, compañía de mi vida, etc., pero esas expresiones desaparecieron hace ya mucho tiempo con las mismas cosas que representaban”. Para más inri, el maldito Verne afirma que en los centros de las ciudades ya no se ofrecen alojamientos a los habitantes de la capital, puesto que sólo hay edificios administrativos y macrotiendas. “Los edificios han expulsado a las casas“.

Michel, de autónomo a funcionario (vaya por Dios)

Ilustración de François Schuiten

El protagonista de la novela, Michel (llamado así como el hijo del escritor), es un poeta que quiere vivir escribiendo sobre diferentes historias y sucesos, pero acaba fracasando al no poder adaptarse a los tiempos que corren. Los sectores en alza son las Ingenierías y Economía. Tras obtener unas prácticas en una empresa le critican su formación profesional. “No quiero talentos, quiero capacidades para emprender“. De este modo le asignan una extraña máquina que puede llevar en la mano para realizar diferentes operaciones matemáticas sobre una banda magnética, similar a las modernas calculadoras.

Michel comprende muy pronto que la única escritura que existe es aquella que funciona para contar noticias. Poesía elaborada en reuniones que sirve para empapelar las tiendas y captar la atención de los peatones, o simplemente para informar de diferentes acontecimientos culturales de escaso valor. Intentando rebelarse de este mercantilismo de la cultura, Michel y sus amigos acaban derrotados por el sistema. Las largas horas viajando de un extremo a otro de la ciudad le debilitan el cuerpo y lo hacen envejecer más deprisa. Además de todo esto, la contaminación devora el cielo de París, impidiendo que muchas veces se pueda ver el sol. Michel termina con depresión. “Este mundo ya no es más que un mercado, una inmensa feria, y hay que entretenerlo con numeritos de titiritero”.

Y para concluir el despropósito, la novela hace hincapié en dos monstruosidades. Primero, una extraña pirámide de cristal que sobresale del patio del Museo Louvre (terminada de construir en realidad en 1989), y una gigantesca antena con forma de torre en el Campo de Marte (un tal Eiffel construirá un modelo parecido treinta años después) que sirve para contactar con otros países.

El libro perdido

Pierre no tarda en escribir una carta a Verne.  Empieza tranquilo: “Está a gran distancia, por debajo de Cinco semanas en globo. Si la lee dentro de un año va a estar de acuerdo conmigo. Es periodismo menor acerca de un asunto nada feliz”. Pero conforme va escribiendo va dejando aún más clara su opinión: “No veo nada que alabar en este caso, nada que aplaudir francamente. Siento tanto tener que escribirle, pero sería todo un desastre para su reputación el que se publicara este trabajo”.  Y sobre todo, lanza el dardo que más le asusta al escritor:. “Si publicamos esta novela, daría la impresión de que Cinco semanas en Globo fue una feliz casualidad”.

De este modo París en el siglo XX desaparece de la historia. A partir de ese momento vendrán otras novelas que sí se ajustarán al criterio del editor (20.000 leguas de viaje submarino, Viaje al centro de La Tierra, etc). Durante los siguientes años la relación entre Hetzel y Verne se irá agrietando, dado que el segundo siempre intentará hablar de diferentes temas sociales que Hetzel ocultará o editará de los manuscritos para mantenerlos dentro de su proyecto editorial.

Con el tiempo, Hetzel se preguntará cómo es posible que la imaginación de Verne creara algo como París en el siglo XX, algo tan triste, tan fuera de la realidad y de las promesas doradas de la tecnología del mañana. Cronológicamente París en el siglo XX podría considerarse la primera distopía, treinta años antes de La máquina del tiempo (H.G. Wells), cincuenta años antes de Nosotros (Zevgueni Zamiatin) o setenta años antes de 1984 (George Orwell) y, por supuesto, mucho antes de La máquina se para de E.M. Foster, como comentamos en su día en esta sagrada página. Elabora un discurso claramente anticapitalista, profetizando un mundo más allá de La Guerra Fría con una certeza aterradora. Anticipa Internet, la precariedad laboral y la gentrificación (y si quieres saber más, este artículo sobre distopías, desigualdades sociales y capitalismo es imprescindible)

Pero todo esto en 1863 Pierre Hetzel, quien solo quiere desarrollar su proyecto optimista y juvenil sobre la tecnología y el amor a la ciencia, no lo sabe. Su vida quedará unida por siempre a la de Verne y sus Viajes extraordinarios. Durante los siguientes años Hetzel nunca comprendió del todo cómo Verne pudo ser tan pesimista en aquel manuscrito. Nunca más le preguntó cómo fue posible que tuviera detalles tan precisos en sus relatos sobre avances de la tecnología. Nunca terminó de indagar en los extraños círculos en los que se movía su escritor más famoso en la capital. No sabrá nada acerca de aquellas misteriosas reuniones que mantuvo con un joven húngaro, Nikola Tesla, que trabajaba en la Continental Edison Company, ni de los surrealistas  sueños que el ingeniero le contó al escritor.

Pierre Jules Hetzel

No, Hetzel no tendrá tiempo para preguntarle ni siquiera por los enemigos que Verne se creó en Francia, Gran Bretaña y más allá. De este modo el editor se sorprenderá cuando en marzo de 1886 sepa que el escritor de Viaje a la Luna ha sobrevivido a un intento de asesinato en París. Un suceso difícil de explicar. Al parecer el primo del escritor tuvo un ataque de paranoia en mitad de una calle, cambiando de personalidad en un solo instante. Sacó un arma de su chaqueta y disparó dos veces contra el escritor mientras no paraba de gritar “nos están siguiendo, tío, ya vienen a por nosotros”.

Una semana después del intento de asesinato de Verne, Hetzel moría de manera espontánea en su casa. Falleció sin saber que Verne, al contrario de lo que le había sugerido, no destruyó el manuscrito de París en el siglo XX, sino que decidió enterrarlo junto con otras obras, “lejos de manos curiosas”, como escribió en una carta de una manera un tanto rimbombante. Sin embargo, cuando en 1994 (ciento treinta años después de aquella lectura en París) se encontró el manuscrito, muchos se preguntaron si aún quedan novelas ajenas a la mano editora de Hetzel ocultas por toda Francia. Como dirían en la sociedad secreta Plus Ultra, quién sabe. Cras es Noster. Larga vida a todos los libros de Julio Verne que aún están por descubrir.

¿Te ha gustado este artículo? Puedes colaborar con Canino en nuestro Patreon. Ayúdanos a seguir creciendo.

Artículos Promocionados

Loading...

Publicidad