[Opinión] ‘Los odiosos ocho’: Misoginia (no) encubierta

Desde su estreno en Estados Unidos, Los odiosos ocho se ha llevado alabanzas por su buen hacer y críticas por su no-saber-hacer con el único personaje femenino de peso en la cinta. Acusaciones de misoginia van y vienen en los medios (incluso la propia Leigh y los Weinstein han respondido) y en plena batalla no podemos más que alegrarnos de que preguntarse por el tratamiento de los personajes femeninos sea ya una cuestión obligada en cada producto cultural.

Ojo, este texto contiene spoilers.

Los odiosos ocho se estructura en cinco actos, y pasé los cuatro primeros deseando conocer de verdad a la Daisy Domergue que interpretaba Jennifer Jason Leigh. Es la gran asesina de la historia; una vil, fría y sanguinaria mujer que ha cometido crímenes atroces que en ningún momento se detallan. Es, además, el saco de boxeo de los restantes odiosos siete. Pero es Quentin Tarantino. Le flipa la sangre, no podían faltar esas tundas; ya dibujará sus propósitos y la redimirá de su sufrimiento, como siempre ha hecho con sus personajes femeninos. Imposible olvidar a la Beatrix Kiddo que salió de un ataúd, la Shosanna Dreyfus que acabó con la vida de Hitler cerilla en mano o la Zoë Bell que se agarró al capó de un coche a doscientos kilómetros por hora.

Las masacres de sus compañeros de pantalla no liberan a Domergue del tratamiento más salvaje del film. Su personaje solo existe para ser vejado y maltratado, y en cada golpe se revuelve como una fiera. Sus risas y escupitajos ensangrentados consiguen un doble efecto: muestran a una mujer (o un animal salvaje) que no se rinde, pero también invitan al espectador a ridiculizar su sufrimiento. Su vida y su muerte dependen exclusivamente de los caprichos de los hombres, y su escasa suerte está determinada por el estatus de hermana del verdadero líder del clan Domergue, Jody (Channing Tatum).

Antes de recibir la muerte que muchos estábamos pidiendo a gritos para Daisy, Chris Mannix (Walton Goggins) intenta meterle una bala entre ceja y ceja, pero el Major Warren (Samuel L. Jackson) le frena: “when the hangman gets you, you hang”. Y, en una estocada final a la representación femenina de la película, la muerte de Domergue le rinde un extraño tributo al cazarrecompensas John Ruth (Kurt Russell), colgándola y despojándola así de su redención y su lugar propio en la historia. No llegamos a conocerla, pero jaleamos sus golpes y en última instancia su muerte porque los mecanismos narrativos nos llevan ahí. Entre los evidentes y necesarios mensajes raciales (cada vez más interesantes en la filmografía de Tarantino y especialmente importantes tras un año devastador en Estados Unidos), hay otra desigualdad que aquí brilla por su ausencia. O por su excesiva presencia.

Esto no va de demandar un trato de favor para los personajes femeninos, aunque sean villanos, sino de exigir la misma profundidad y los mismos propósitos dentro de su funcionamiento interno. En Django desencadenado (2012), y al contrario que en sus películas anteriores, el viaje de la heroína y la cuestión feminista es más bien una omisión, pero Los odiosos ocho hace un acercamiento mucho más activo a esa misoginia interiorizada de la que todos pecamos. No es solo que Daisy sea linchada durante tres horas: es que de ella sólo conocemos ese abuso. Si Domergue es tan repugnante y merece un destino mucho más brutal que el resto de personajes, debería haberse ganado ese estatus, pero solo recibimos unas líneas sobre su vida cercanas al final de la cinta.

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La de “prisionera” es una etiqueta cien por cien adecuada para Daisy: no es nadie más allá de las cadenas que la definen. En el western, las mujeres no pueden representar la violencia, pero sí son testigos o víctimas de ella. Lo que me llama la atención en Los odiosos ocho es que, lo que podría haber sido una disección depredadora sobre la masculinidad (el escupitajo de Daisy a la carta de Lincoln o la aparición nada aleatoria de Zoë Bell como Six-horse Judy podrían haber sido el detonante) se convierte en un “go with the flow” pasivo y problemático que revuelve el estómago. En este universo, el horror y la violencia son crudas para todos, pero la representación femenina de los ocho odiosos debería haber estado a la altura de los demás personajes. En este universo, blancos y negros pueden dejar atrás sus diferencias solo si es para ahorcar a una mujer.

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