Las siete mejores películas del Festival de Cine Aleman 2016

El Festival de Cine Alemán de Madrid echó el cierre a su última edición después de seis días de cine germano en la capital. Para el recuerdo queda su variada selección y su ciclo dedicado a la movida berlinesa.

El cine alemán ya es mayor de edad en Madrid: su festival cumple 18 años. Para celebrarlo, este festival organizado por el Instituto Goethe, German Films y los Cines Palafox, trae este año una selección de películas que cubre todos los géneros. La Sección Oficial la han dominado filmes como Fukushima, Mon Amour (2016), Ha vuelto (2015), Nosotros los monstruos (2015), o Yo y Kaminski (2015), mientras que existe una selección alternativa donde se celebra la cultura pop-rock del Berlín dividido. Entre cada una de estas cintas se han entretejido cortometrajes teutones, a los que se suma la proyección del clásico Las tres luces (1921) del maestro Fritz Lang. Una oportunidad de oro para reivindicar la maestría técnica de un director que llegó a serle olvidada su condición de judío por Joseph Goebbels -contaba Orson Welles– debido a su talento.

El festival duró seis días, del 7 de junio al domingo 12, y ahora CANINO os ofrece una selección de las mejores producciones teutonas. El cine continental europeo, de gran volumen, parece todavía necesitar un empujón de la crítica para tener salida en España a diferencia de lo que ocurre con producciones del Reino Unido, Francia o Italia. Así pues, estos son los siete títulos germanos que, esperemos, puedan verse con un estreno oficial en breve.

Fukushima, Mon Amour (2016)

La consagrada directora Doris Dörrie, autora de comedias de éxito como Hombres… (1985) y especialmente la galardonada Cerezos en flor (2008), inauguró el festival con este pequeño cuento moral ubicado en una Fukushima posterior al accidente nuclear. Una mimo de una ONG de payasos, Marie (Rosalie Thomas), visita la ciudad en la que trabará una improvisada amistad con una de las afectadas: una mujer de oscuro pasado que fascina a la comediante. Poco a poco Marie irá descubriendo sus secretos a través de una forzada convivencia en una casa arrasada por el accidente.

Película iniciática, en un cuidado blanco y negro, que ofrece una relación pupilo maestro que en los últimos minutos se invierte. Aunque la premisa podría dar a un filme dentro de los cánones de Haneke, su desarrollo es mucho más ligero y en ocasiones funciona como una extraña buddy movie. Una versión más avanzada, con más inteligencia y estética, de la reciente moda de historias femeninas con “renacimiento espiritual” (Caótica Ana –2007-, Come, reza, ama –2010-…).

Nosotros, los monstruos (2015)

Es difícil ver ya una producción à la Bresson, donde un ardiente secreto (parafraseando a Zweig), martiriza las conciencias de los protagonistas. Esta película de Sebastian Ko es menos minimalista y dura, pero enraíza su desarrollo e interés en los secretos ocultos que suceden al encubrir crímenes. La trama así resulta en inicio simple: la desaparición de una niña crea un dilema moral a la expareja Paul (Mehdi Nebbou) y Christine (Ulrike C. Tscharre). Estos buscarán ocultar cualquier implicación en el suceso y proteger a su hija.

Esta es solo la primera capa de cebolla de un thriller relativamente bien hilado, con más de una sorpresa, y que acaba en una tormenta de mierda que destruye cualquier atisbo de bien. Una historia notable que quizá habría sido más seductora de resultar menos accesible, pero que gracias a las excelentes interpretaciones, desarrollo y cebos mantiene en vilo al espectador hasta el final.

Esto no es California (2012)

Documental nostálgico, triste sin duda, sobre la escena del monopatín en el Berlín este. Siguiendo la memoria de un skater fallecido en la reciente guerra de Afganistán, de nombre Panik, el director engarza un filme elegiaco combinando testimonios sobre los aficionados al patín en la capital comunista.

Este marco deprimente, hormigón gris y racionamiento, no es óbice para que estos chicos se hagan improvisados patines con el respaldo de sus sillas escolares y cierta pericia con el serrucho. Como uno de ellos resume, luego de su encuentro con otros skaters de fuera en un campeonato, “…nosotros vestíamos de gris, hablábamos poco y comíamos menos…” ¿Cómo llegan a conocer lo que es un patín en medio del bloqueo mediático en el país de Honecker? Todo sucede después de ver una serie checa donde el benjamín protagonista tiene un kit completo de skater.

Entre el documental y la película, entre la no ficción y la ficción, no es solo un homenaje a la escena del patín en Berlín este, sino también a una moda que asaltó Centroeuropa y llegó a mover millones de jóvenes en ferias a lo largo de las dos Alemanias. Un trabajo honesto, quizá demasiado ficcionalizado, pero que rezuma melancolía.

Salvaje (2016)

Esta realización de la berlinesa Nicolette Krebitz, en su resumen más exacto, es una historia de amor -no precisamente platónico- entre una mujer y un lobo. La premisa, de la cual fue pionero Eloy de la Iglesia con el siniestro cuento gótico y social La criatura (1977), es en la deshumanizada interpretación de Lilith Stangenberg un descenso a la locura salvaje. La relación lleva a la protagonista, Ania, a una aceptación no solo del bestialismo, sino también a un rechazo de todas las categorías racionales. Abandonará su trabajo, a su familia e incluso el bipedismo para entregarse a su amante canino.

Con mucha influencia del Polanski de Repulsión (1965) y gracias un fastuoso trabajo visual, la trama avanza en la locura de la protagonista hasta salvajismo final. Esta locura supone la ruptura con las normas sociales y la consecución de una añorada felicidad. La naturaleza, en fin, se torna menos siniestra que en el cine de Lars Von Trier y acaba en una suerte de emancipación. Y todo empezaba con un aullido…

Ha vuelto (2015)

¿Qué pasaría si el Führer, el gran icono pop del siglo XX, vuelve a la vida? Tanto la novela de Timur Vermes como esta cinta de David Wnendt revolotean con su posible triunfo como estrella mediática. Ha vuelto, entre el documental falso y la comedia disparatada, reconstruye con tino y a través de la cuidadísima recreación del dictador por Oliver Masucci, sus consecuencias cómicas.

Si bien la parte convencional, narrativa, tiene menos riesgo y linda en ocasiones con lo más flojo del landismo (el de John Landis), las escenas de cámara oculta son terroríficas y no tienen nada que envidiar a Borat (2006). Una al azar: Hitler hablando con jubilados alemanes de cómo el coeficiente intelectual de esta nación aria descendería por la inmigración masiva. Ellos asienten al líder nazi sin ningún tipo de ironía; he ahí el huevo de la serpiente vía jubilados alemanes de los que abundan en Mallorca.

Ha vuelto

A medida que avanza el metraje, precisamente, la película gana en peso político y crítica social, como una especie de mezcla entre la seminal Network (1976) y El gran dictador (1940). Poco antes del final un Adolf revivido hace un juicio devastador en el cual afirma, con toda la razón, que ningún dictador es nadie sin su pueblo. Dado el ascenso de los populismos de extrema derecha en el continente podemos considerar este juicio como profético.

La risa, en fin, que queda congelada por la responsabilidad moral. Una propuesta audaz y que merece estreno masivo por su humor de riesgo; vástago menor de la negra Four lions (2010).

En la casa de las telarañas (2015)

La escuela de André Breton, el grupo surrealista, tiene claro en sus manifiestos que el fantástico, ese mundo onírico y surreal, es una evolución de la propia realidad. Esta divisa, que es la raíz del mejor cine de Luis Buñuel, es la base del filme de Mara Eibl-Eibesfeldt.

Teniendo como medio a un grupo de niños inexplicablemente huérfanos, con un padre ausente y una madre aquejada de “…demonios”, la directora narra un cuento social que no se queda en el panfleto loachiano y deviene en género fantástico. Así, el mayor de los hermanos, Jonas (un excepcional Ben Litwinschuh), ejerce como espontáneo padre de familia; carcelero y guardián de la puerta de una mansión encantada dominada por telarañas. ¿Su única ayuda? Un excéntrico conde-vagabundo, dentro del siniestreo germano, con el cual roba en el supermercado más cercano para mantener a sus hermanos pequeños.

Pequeña y brillante subversión de un género tan caduco como maniqueo, la directora engarza a través de la introducción de elementos de fábula en lo cotidiano (las telarañas, el atuendo de hada de la niña, el conde…) un relato fantástico excepcional. Y su triunfo, precisamente, se debe a la nula impostura de este discurso encantado, el cual emana del realismo de las situaciones gracias a unos actores infantiles en estado de gracia. La mejor ficción pura del festival y un clásico que evoca a otros de fantastique naturalista como El espíritu de la colmena (1973) o la infravalorada Tideland (2005).

B-Movie: Lust and Sound in West Berlin (2015)

En algún momento de este documental (del que ya hablamos aquí por su estreno alemán), evocador del Berlín entre el krautrock, el punk y la cultura raver, aparece un concierto homenaje a un imitador de Heino. El original, una especie de Manolo Escobar tudesco, denunció a este doppelgänger ganando con éxito la querella.

Los amigos, conscientes de que el imitador era un tirado de Berlín, hicieron un evento donde recaudaron el dinero para pagar la demanda y en este se reunieron todos los marcos necesarios. Fuera de las grandes bandas punk del lugar, el instante cumbre en el escenario es cuando este clon de Heino interpreta con pedos el himno de Alemania. Esta anécdota, en fin, resume el documental y también una ciudad “pobre, pero sexy” en inmortales palabras del alcalde del SPD Klaus Wowereit.

Entre los edificios derruidos, los espías de la stasi y la fantasmagoría nazi, la capital de Alemania fue la meca del vagabundeo punk en los setenta y ochenta. David Bowie, Lou Reed o Nick Cave homenajearon a esta polis de extremos absurdos, donde convivían los punkis más tarambanas con artistas sadomasoquistas separados en apartheid ideológico de ese perfecto show de Truman brutalista que era la Alemania del este.

Cine alemán 2

La legendaria Christiane F, inspiración de ‘Los niños de la estación del Zoo’, con Mark Reeder

A través del relato en primera persona de Mark Reeder, expatriado británico (Manchester, claro), se suceden las olas, modas y tendencias de una ciudad agónica, tan desesperada como atractiva. De los conciertos de grupos que dedican canciones a Eva Braun, a los últimos ribetes del post-punk (incluidas imágenes de conciertos donde se usa la chatarra como batería), y finalizando en el mundo raver, este documental es un repaso honesto de factura envidiable. Quizá pueda verse, de hecho, como una versión punk del clásico Berlín, sinfonía de una ciudad (1927) sesenta años más tarde… con las inevitables gotitas de la influyente 24 Hour Party People (2002) de Michael Winterbotton.

Y es que uno no puede negar espíritu subversivo a un documental sobre esta ciudad donde se hurtan las imágenes de la caída del muro, las más icónicas del final del siglo XX. Éstas se sustituyen, nada menos, por un concierto multitudinario de David Hasselhoff en 1989. Su chaqueta con lucecitas, que sería la envidia de unos Modern Talking, es la mejor metáfora posible de la llegada del capitalismo a Alemania: mantenerla iluminada en el viejo Berlín comunista la habría dejado sin luz eléctrica durante semanas.

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