M. Night Shyamalan – El blockbuster existencialista

Revisamos la obra de M. Night Shyamalan, que acaba de estrenar Glass, y las constantes temáticas y visuales que vertebran su filmografía: de los reflejos y la subversión de géneros a la conexión con los clásicos de Hollywood. Así funcionan las películas de uno de los grandes creadores del cine actual.

En el interior de M. Night Shyamalan cohabitan dos miradas en constante pugna. La primera de ellas es la del niño maravillado por los géneros que le abrieron la puerta al arte del cine en su infancia. La segunda es la mirada adulta que percibe un mundo real hostil, gris y desesperanzador. El niño disfruta jugando con los géneros y el adulto hace uso de los mismos como puerta de entrada para propagar su discurso.




Por ello no es casual que en casi toda su obra exista una pugna entre la mirada infantil y la mirada adulta, que va desde El sexto sentido (1999) a su más reciente Glass (2019). Dos puntos de vista antagónicos, que cuando se complementan, suman y enriquecen significados (El sexto sentido o El protegido -2000-) dando como resultado trabajos sin aristas. En cambio, cuando una de las dos miradas se posiciona por encima de la otra (la mirada infantil en Señales –2002- o la mirada adulta en El bosque -2004)) el resultado depara trabajos tan interesantes y fascinantes, como también tremendamente desequilibrados.

La dualidad especular

Esas dos miradas antagónicas y la manera en la que Shyamalan introduce a los espectadores en su ideario también han servido para que se le haya considerado meramente un director de género donde el golpe de efecto, el giro final o la sorpresa de última hora son su alfa y su omega, su principio y su fin. Pero lo importante en la obra de Shyamalan es aquello que subyace bajo esa capa de artificio, lugar donde se encuentra un discurso cercano a Michelangelo Antonioni (la alienación del individuo en la sociedad moderna). Pero donde Antonioni concluía con una nota críptica y pesimista, Shyamalan -en la mayoría de ocasiones- abraza una conclusión lírica y positiva, basada en el salto de fe, donde los géneros y la ficción sirven como balsa de rescate ante la gris cotidianeidad.

Los protagonistas de estos relatos representan la alienación del hombre contemporáneo, el niño ahogado por un mundo adulto indescifrable, complejo y opresivo que no le permite avanzar. Individuos que añoran épocas pasadas, momentos previos por decisiones o acontecimientos que querrían reconstruir y transformar, atrapar en una burbuja y permanecer en ellos eternamente. Personajes que buscan una salida de una existencia pesarosa y gris y que en lo inusual, lo extraño y lo fantástico encuentran sorprendentes respuestas.

Dos mundos, espejos invertidos, reflejos que anidan en todos y cada uno de los trabajos del cineasta, desde los pomos y superficies reflectantes de El sexto sentido, a los reflejos del yo distorsionados en espejos de El protegido, el agua como camino a otros mundos en Señales o La joven del agua (2006), pasando por los rostros desenfocados y distorsionados, reforzados por la calidad del digital, en La visita (2015), que ocultan a plena luz del día las engañosas apariencias. Esos dos mundos que se ocultan a plena vista, lo cotidiano y lo extraño, lo real y lo fantástico, el mundo infantil y el mundo adulto, es la puerta de entrada a los géneros de los que hace uso Shyamalan.

Los géneros como excusa formal y asidero emocional

Géneros que van más allá del thriller en el que se le ha querido encajonar y reducir. El terror sobrenatural en El sexto sentido, los superhéroes en El protegido, Múltiple (2017) y Glass, la ciencia-ficción reaccionaria en Señales, el cine de época en El bosque, el cuento de hadas en La joven del agua, el cine de catástrofes en El incidente (2008) o el terror found footage en La visita. Shyamalan ha tocado todos los géneros, arquetipos de los que hace uso el cineasta para transmitir en la mayoría de las ocasiones un mensaje de esperanza en tiempos convulsos, donde la fe es un bien preciado y la redención se encuentra en la aceptación de lo extraño, de lo especial, de lo diferente.

Pero el camino hacia esa revelación, hacia ese conocimiento no está exento de violencia. El descubrimiento y la felicidad de David Dunn en El protegido acerca de su lugar en el mundo es contrarrestado por el horror de los sacrificios que Elijah Price ha tenido que perpetrar para alcanzar dicha epifanía; o el dolor por la absurda muerte de la esposa del pastor interpretado por Mel Gibson en Señales y su pérdida de la fe, que sirve para alcanzar un plan divino de amplia perspectiva.

Pero la temática y el trasfondo de la obra del director no ha permanecido inmutable en sus veinte años de carrera. El contexto socio-político provocado por el atentado de las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001, ha influido en trabajos como Señales, El bosque o El incidente. Tres películas donde el miedo es invisible, donde los enemigos se sugieren pero no se visualizan (exceptuando en Señales, quizá uno de los motivos por los que la cinta se tambalea en sus compases finales). Tres trabajos donde el mundo infantil y el adulto vuelven a hacerse presente. La América idealizada y rockwelliana de Señales, con ecos de David Lynch y los hermanos Coen, la población de finales del siglo XIX que pretenden recrear infructuosamente los líderes de El bosque para huir del dolor provocado por la inseguridad y el miedo de las sociedades contemporáneas y que la emparentan con títulos posteriores como La cinta blanca (2009) de Michael Haneke o La bruja (2015) de Robert Eggers o el terror cruel, nihilista e incomprensible de la que quizá es la cinta más infravalorada -junto a La joven del agua– de todo el cine de Shyamalan, El incidente.

Un trabajo donde el cineasta hace uso del género de catástrofes y de sus acartonados estereotipos, para desarrollar un discurso existencialista donde ni siquiera el salto de fe es posible como tabla de salvación. Un trabajo cuyo punto de partida se acerca a Los pájaros (1963) de Alfred Hitchcock, pero donde el vaciado emocional y formal de la propuesta le emparenta aún más si cabe con el anteriormente mencionado cine de Antonioni, en especial con títulos como La aventura (1960) o la secuencia final de El eclipse (1962). El terror de lo inexplicable. Una película, además, cuya crueldad hacia los espectadores y sus protagonistas, incapaces de agarrarse a ningún asidero de esperanza, pudo venir provocado por el demoledor recibimiento hacia su anterior trabajo, La joven del agua.

Este trabajo se encuentra en las antípodas de El incidente. Si esta última es la visión cáustica de un Shyamalan desbordado por ocho años de la guerra contra el terror del gobierno de George Bush Jr. y la incomprensión de su obra por parte de la crítica y el público, La joven del agua es todo lo contrario. Un canto a la esperanza, a la fantasía y a la unión comunal entre individuos diferentes para sobrellevar el dolor y la desesperanza plena. Oculta tras el tono de un cuento infantil -cuento que Shyamalan creó para leer a sus hijos- La joven del agua oculta en su interior un trabajo de deconstrucción de las formas de la ficción, de la construcción de los relatos, que la emparenta tanto con su tríptico superheroico –en especial con la tesis en la que se transforma Glass, como con La visita, una aparente película de terror estilo cámara en mano y found footage. En el interior de esta última subyace un lúcido ensayo sobre los mecanismos manipuladores de lo audiovisual y las nuevas maneras de realización, reproducción y consumo de los mismos, revelando su carácter intrínsecamente manipulador, incluso cuando aparentan estar desnudas de artificio.

La conexión hitchcockiana

Un artificio, un juego de falsas apariencias que comenzó con El sexto sentido. Un trabajo que arrancó pero también marcó la trayectoria del cineasta. Una perfecta conjunción de forma y fondo, de guión y puesta en escena, donde todos los elementos funcionan como un mecanismo de relojería y donde se encuentran todas y cada una de las propuestas formales y temáticas del cineasta. La colisión entre la mirada cínica del mundo adulto y el mundo infantil, este último capaz de encontrar las respuestas más allá de la razón, a la utilización del género y el mcguffin como elemento de partida, que le emparenta con el cine de Hitchcock y trabajos como Psicosis (1960), Marnie la ladrona (1964), Los pájaros o Con la muerte en los talones (1959).

Shyamalan utiliza el punto de partida del cineasta británico que se sirve de un punto de partida que sirve para atrapar al niño que todos llevamos dentro y nuestra predilección por los códigos de los géneros, para alcanzar al adulto descreído. Pero si Hitchcock envolvía su discurso a través de una puesta en escena dinámica, sin tiempos muertos y ritmo frenético, Shyamalan llega al mismo resultado a partir de elementos formales contrapuestos, donde los largos planos generales, el tempo dilatado y el vaciado de la superficie emocional de los personajes protagonistas de sus relatos no se lo ponen fácil al espectador, deseoso de una experiencia más superficial y menos exigente.

No es casual que cuando Shyamalan ha caído en los abismos de la incomprensión, haya abrazado como tabla de salvación el cine de gran presupuesto, como en Airbender: El último guerrero (2010) o After Earth (2013) -vehículo al servicio de Will Smith y su hijo-, y los resultados hayan sido nefastos para el realizador. Trabajos de encargo que de nuevo demuestran la incompatibilidad de Shyamalan con el high concept o el blockbuster en serie del Hollywood contemporáneo, demostrando que el resto de sus trabajos, ya sean más o menos efectivos, nacen no como experimentos revientataquillas manufacturados, sino que en su interior anida una verdad, un discurso y unas temáticas que adentran a su obra en un terreno único e inimitable. Shyamalan es un cineasta que ha sabido equilibrar con inteligencia su alma infantil y su amor por los géneros que le descubrieron el cine, pero a su vez, transformarlos y utilizarlos para representar y reproducir su muy particular manera de observar y sentir el caótico y a veces inhóspito mundo en el que vivimos, donde solo la creencia en ese algo más -ya sean los superhéroes, la existencia de un plan global, el más allá o los cuentos de hadas- será capaz de provocar las transformaciones necesarias para rediseñar la encorsetada, cruel y a veces asfixiante realidad.

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