Más allá de ‘Los Simpson’: la definición del humor según Matt Groening

(Des)encanto, la nueva serie del creador de Los Simpson, ha decepcionado a muchos espectadores. ¿Pero qué ocurriría si el dilema no estuviera en la serie, sino el público? Que éste se hubieran hecho una idea equivocada de cuáles son los intereses de su creador, Matt Groening. Hoy hablamos de cómo Groening siempre ha sido alguien más interesado en un humor tristón y existencialista que en hacerte reír a carcajadas.

Al conocer a una persona nos hacemos una idea de cómo debe ser prácticamente de inmediato. Nos basamos en su aspecto, lo que conocemos de él y de otras personas similares para decidir, en cuestión de segundos, que nos cabe esperar. Es algo normal. El problema es que esas primeras impresiones no dejan de ser un mecanismo puramente incidental; un prejuicio que necesariamente ha de ser cuestionado para llegar a conocer a la otra persona. Y generalmente, nunca llegamos a cuestionar nuestros prejuicios.

Como es lógico, tenemos muchos prejuicios respecto a Matt Groening. Dado que su obra más conocida, Los Simpson, ha marcado toda la vida de varias generaciones, es natural que los tengamos. Creemos que Groening y la totalidad de su genio se resume en Los Simpson. Y que no puede ser de otro modo.




Eso es un problema. Lo era cuando salió Futurama y se ha hecho aún más patente con (Des)encanto. Esperamos de Groening un tipo de humor que hemos visto en Los Simpson y que no se corresponde necesariamente con la clase de humor que ha desarrollado toda su vida como autor. O para ser más exactos, no coincide del todo con sus intereses. Aunque no lo parezca, Groening no empieza y acaba en Los Simpson. De hecho, para entender por qué (Des)encanto no está tan mal y por qué Futurama siempre fue un fracaso en su primera emisión, debemos entender qué hay detrás de Groening. Qué hay más allá de Los Simpson.

Inicios de un artista existencialista

Nacido en 1954 en Portland, Oregon, Groening comenzaría su vida laboral mudándose a Los Ángeles, en 1977, con la intención de abrirse camino como escritor. De ese modo, su primer trabajo profesional lo realizó para Wet Magazine, una revista de vanguardia, para la cual dibujó la tira Forbidden Words. Tras eso entró a trabajar como plumilla y telefonista en Los Ángeles Reader, donde su editor, James Vowell, al ver sus dibujos, le dio la oportunidad de hacer una tira cómica regular para la revista. Y así nacería, ahora en formato semanal, Life In Hell. “Ahora” porque, en realidad, Life In Hell ya llevaba unos cuantos años con vida.

Comenzando su autopublicación en 1977, pasando por la revista Wet bajo la cual publicaría un puñado de tiras —entre las cuales se encontraba, claro, Forbidden Words— y encontrando su lugar para una tira semanal finalmente en el Reader, Life in Hell es una serie sobre la alienación, la ansiedad, la muerte y el auto-desprecio protagonizado por conejos antropomórficos de número variable de orejas y una pareja de hermanos gays incestuosos con fez. Y a pesar de todo lo anterior, es una serie de humor.

Seamos justos: es algo similar al humor. Groening nunca ha ocultado que su mayor inspiración fue Crítica a la religión y la filosofía (1958) de Walter Kaufmann, un filósofo que introdujo las ideas de Nietzsche al público americano. Algo que se dejaría ver no sólo en Life In Hell, sino en la totalidad de Groening, mucho más preocupado en desarrollar un humor sutil, amargo, de sonrisa incómoda y reflexiones mordaces, que en la carcajada limpia y abierta de las comedias de situación.

En cualquier caso, rareza aparte, la tira fue todo un éxito. Llegando en su momento de mayor éxito a publicarse semanalmente en 250 periódicos diferentes, es un cómic de gran éxito y reconocimiento en EEUU. Groening la dio, al fin por concluida el 16 de junio de 2012.

Groening y su relación con la música

Life in Hell no es lo único que cabría destacar de sus trabajos previos a Los Simpson. Su trabajo en el Reader no era sólo dibujar, también era escribir, y eso acabó llevando a que le dieran su propia columna. Pero contra todo pronóstico, esta columna no fue de variedades o, al más puro estilo Javier Marías o Arturo Peréz-Reverte, de hombre le grita a nube, sino que decidieron hacer el más difícil todavía: le asignaron una columna musical.

Todo acabó como cabía esperar: como el rosario de la aurora. Groening, con poco o ningún interés por escribir sobre música, aprovechó la columna para hablar de sus movidas. Cosas que le obsesionaban, sus problemas o sus intereses en general, rara vez o nunca directamente relacionados con la música. Pero su editor se lo hizo notar y él decidió hacer lo segundo que mejor sabe hacer, después de ponerse existencialista: salir del apuro inventando algo sobre la marcha. De ese modo, empezó a hacer reseñas de grupos inexistentes que habían publicado en sellos que nunca existieron hasta que su editor, hastiado, le retiro la columna, sintiéndose incapaz de que hiciera aquello que le había pedido.

¿Cuál es la parte irónica de todo esto? Que es vox populi que Matt Groening es un gran aficionado a la música. Es un fan declarado Frank Zappa and The Mothers of Inventio, hizo la portada de Frank Zappa Plays the Music of Frank Zappa: A Memorial Tribute, fue el curador del festival All Tomorrow’s Parties de 2003 e incluso toca la batería en un grupo, The Rock Bottom Remainders. Aunque bien pensado, en los discos de The Rock Bottom Remainders no sale acreditado como batería, sino como intérprete de cencerro, algo que nos debe dar una ligera pista de porqué abordó como lo hizo su columna musical.

De Life in Hell a Los Simpson

Columna musical aparte, para entender el éxito de Life is Hell es necesario entender cuáles fueron las dimensiones de su éxito: en 1985, el productor James L. Brooks se acercaría a Matt Groening con una propuesta bajo el brazo: hacer una serie de pequeñas escenas animadas para el show de Tracey Ullman. Para ello, se dice, querían adaptar Life is Hell. Al principio Groening aceptó encantado pero, y aquí hay dos versiones de la historia, unos dicen que fue por el miedo de perder los derechos sobre sus personajes y otros porque los gerifaltes del estudio se negaron a adaptar una serie tan problemática como Life is Hell, pero la cuestión es que él se sacó de la bragueta toda una familia para protagonizar la serie de animación más famosa de la historia. Los Simpson.

Y como cabía esperar, no fue un éxito.

Como parte de The Tracey Ullman Show, el corto Buenas noches tuvo un éxito moderado. El diseño era tosco y aún no tenían las personalidades definidas que conocemos hoy, pero ya eran Los Simpson. Y por una carambola del destino, FOX decidiría darles una oportunidad. De ese modo, el 17 de diciembre de 1989, Los Simpson estrenaron su primer episodio: Sin blanca Navidad.

Detrás de las cámaras: Los Simpson como nunca antes los habías visto

Los Simpson nació como una obra genuinamente propia de Groening: los miembros de su familia se mimetizan entre los reales y los amarillos. Su madre se llamaba Margaret, su padre Homer y dos de sus hermanas pequeñas Lisa y Maggie, al igual que el nombre de su abuelo es Abraham. El nombre de Bart es el único que surgió de una espontánea génesis creadora, pues usó el nominativo brat, mocoso en inglés, y cambiando el orden de las dos letras centrales, llegó al nombre de Bart. Es decir, en origen, Los Simpson no eran una familia creada por Groening, eran la familia de Groening.

Esto es algo que se aprecia en sus cuatro primeras temporadas, aunque especialmente en la primera. Con mucha crítica social, reflexiones existencialistas y un humor más amargo y sangrante, ya es Los Simpson, pero todavía no es Los Simpson. Es Matt Groening, pero no es lo que será después.

Según fue creciendo la serie, implicando más guionistas y más directores, la voz de Groening fue diluyéndose en favor de una identidad diferente. Durante doce o catorce temporadas se podía apreciar ese humor más cercano a Life In Hell entremezclado con chascarrillos y mucho humor slapstick, es decir, de porrazos y mamporros, pero a partir de cierto punto la serie empezó a transformarse, convirtiéndose en otra cosa. Con cada temporada que pasaba Homer se hacía más estúpido, Lisa pasó de inteligente a meramente irritante y Bart, como Marge, se convirtió en un lienzo en blanco donde se podía proyectar cualquier cosa que le apeteciera al guionista de turno.

De ese modo Los Simpson no han desaparecido, ni parece que vayan a hacerlo pronto con una nueva película en el horizonte, pero apenas sí queda nada del espíritu de Groening en ellos. Algo producido, en parte, porque este encontró pastos más verdes. Al menos en lo que a posibilidades creativas se refiere.

Futurama, o “la última temporada siempre es la peor”

Dejando aparte que el éxito de Los Simpson le granjeó el capital suficiente para crear su propia editorial, Bongo Comics, que cesará de publicar en octubre de este año, la siguiente parada en el trabajo de Groening fue una serie completamente diferente. Ya no sería ni costumbrista ni, guardando las distancias, realista. Esta vez apostaría por la ciencia-ficción. Y esa serie se llamaría Futurama.

Aunque las aventuras de Fry, Lila y Bender son hoy de culto y bien recibidas por el público, lo que se suele olvidar es que su recibimiento ha sido siempre, en el mejor de los casos, tibio. Al principio porque no eran Los Simpsons, después porque la última temporada emitida siempre había sido la peor: la serie fue cancelada y rescatada varias veces, en diferentes formatos, generando siempre un gran éxito… cuando ya era tarde.

¿A qué se debe este (des)encanto con la serie? Principalmente, que Futurama no manejaba la misma clase de humor que Los Simpsons. Poniendo un gran énfasis en el desarrollo de personajes, haciendo que el humor fuera más situacional que basado en los chascarrillos y, según avanzaba la serie, con menos miedo a no ser graciosa para adentrarse en el terreno del drama, en Futurama hay un mayor peso de la narrativa sobre la comedia. Es decir, entre hacernos reír o contarnos una historia, siempre eligen contarnos una historia.

Eso produjo un eterno distanciamiento entre las intenciones creativas de sus creadores y el público, que esperaban un humor más directo y paródico, en la línea en lo que fue transformándose Los Simpson o lo que siempre fueron South Park o Padre de Familia. Algo que Futurama nunca había sido y que sólo lo fue, en momentos muy puntuales, a causa de un quizás en exceso creativo doblaje al español.

Más allá del (Des)encanto

Tras un tiempo en barbecho, Groening volvió con una serie para Netflix, está vez prescindiendo del futurismo o del realismo para adentrarse en un nuevo terreno: el de la fantasía. Y como es costumbre en él, eso le ha servido para dar otra vuelta de tuerca a su estilo.

(Des)encanto no ha hecho sino potenciar todos los elementos que ya encontramos en sus trabajos previos. En términos de humor sigue la estela del ácido existencialismo pesaroso de Life in Hell, en continuidad sigue los principios de Futurama a partir de su tercera temporada y toda su atención se lo llevan unos personajes brillantemente construidos, de los cuales es difícil no enamorarse. Y así y con todo, parece que la serie no ha gustado entre los fans de Groening.

¿Cuál es su problema? El de siempre: que no es Los Simpson. No te hace reír a carcajadas. No parodia nada. Es cruel, pero sólo con quien representa al espectador. No hay leñazos y cuando hay violencia siempre tiene un regusto amargo. Dramático incluso. (Des)encanto no quiere que te carcajees: quiere que te rías mientras te vas enamorando lentamente de sus personajes.

Pero eso no es algo nuevo. Groening siempre ha sido así. Las primeras temporadas de Los Simpson no son descacharrantes. Son graciosas, vitriólicas y muy inteligentes, pero no te hacen doblarte de la risa. Tampoco Futurama. Los grandes momentos de Futurama son romances, demostraciones de amistad y comprensión, el cómo, incluso en un universo sin sentido ni significado, siempre hay una mano amiga que nos recuerda el valor de estar vivos. Y eso es (Des)encanto: una mirada ambigua, dramática y oscura a la existencia, a su futilidad y sin sentido, y cómo el mayor drama posible es comprobar que al mundo le da exactamente igual que no seamos capaces de encajar ni encontrar la posición o la identidad donde podemos llegar a ser la mejor versión de nosotros mismos.

Groening es Groening no es Groening

Matt Groening puede tener una fortuna estimada en 500 millones de dolares, pero sigue siendo el mismo chico provocador y de ideas liberales -en el sentido americano, no en el de Albert Rivera– que era cuando comenzó Life in Hell. Por eso es absurdo buscar en él sátiras crueles, reflexiones de alto copete o carcajadas de hacerse daño en la mandíbula. Él quiere contar historias amargas sobre gente fuera de contexto que encuentran su lugar en sus amigos y su familia, en la gente que les rodea y les ayuda y les protege, incluso cuando todo va mal, e incluso si en el fondo querrían arrancarse la cabeza mutuamente mucho más que de vez en cuando.

Eso es lo que hace Groening, y (Des)encanto no es la excepción. Por eso es absurdo pretender que sea Los Simpson, la idea que nos hemos hecho de lo que es Los Simpson. Groening, por suerte o por desgracia, nunca fue otra cosa que el último existencialista.

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