«Mi ídolo es de derechas: ¿qué puedo hacer?»

Una foto de Oscar Isaac fechada en 2009 ha desatado la polémica y puesto en el candelero una vieja cuestión: ¿de verdad necesitamos que los héroes del fenómeno fan reflejen nuestras opiniones en todo, incluso en la política?

La culpa de todo la tiene una foto. Una foto tomada hace seis años, además, a causa de la cual internet ha estado a punto de perderle para siempre el cariño a Oscar Isaac. Porque, en ella, el actor nacido en Guatemala aparecía llevando una camiseta de Atlas Shrugged (La rebelión de Atlas), novela de la escritora Ayn Rand que ejerce como biblia oficiosa de cierta extrema derecha ultraliberal, tanto en EE UU como en el resto del mundo.

Desde el martes pasado, cuando una usuaria de Twitter hizo circular la imagen (declarando sentirse “muy traicionada” por ella), el discurrir del fandom en redes sociales y similares ha interrumpido por un momento sus divagaciones acerca de si los personajes interpretados por Isaac y por John Boyega en Star Wars: El despertar de la Fuerza se dan salami interestelar, deplorando el presunto ultraderechismo del intérprete. El mejor titular suscitado por la controversia proviene de The Mary Sue, medio al que nadie podría acusar de simpatías hacia el ideario randiano, y para el cual todo se resume en la frase “Los usuarios de Tumblr declaran problemático a Oscar Isaac”. Comentarios de similar jaez aparecieron en plataformas más mainstream, como The Daily Dot y una Salon a cuyo regodeo al abordar la controversia sólo le faltaba un “¡Muajajajajá!” de supervillano para resultar aún más perverso.

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La imagen de la polémica.

En general, muchas de las informaciones al respecto traslucían la habitual condescendencia hacia esos y esas nerds que malgastan el tiempo viendo películas de marcianitos, sino también hacia la subcultura internauta apodada Social Justice Warriors’ (‘SJW’) en la internet de habla inglesa. Un estereotipo que define al usuario o usuaria siempre con el dedo en el gatillo de la corrección política, dispuesto a estigmatizar cualquier artefacto cultural en cuanto éste contradiga su ideario. Una tribu que, se supone, puebla mayoritariamente los servidores de Tumblr y Twitter, y cuyos excesos a la hora de erigirse en paladín de las minorías sexuales, étnicas o culturales despiertan un supino choteo.

Observando las reacciones hacia Oscar Isaac y su camiseta, tanto los enemigos naturales de esta tendencia (admiradores de Donald Trump, gamergaters y demás) como aquellos para los que “postmoderno” es una mala palabra han tenido grandes ocasiones para la carcajada. Al fin y al cabo, podrían afirmar, esto no deja de ser una rabieta de niños mimados, capaces de perorar sobre temas que les vienen grandes mientras se tragan lo peor de la cultura de masas. Aun sin caer en tales descalificaciones, nosotros deberíamos admitir que esto es una tormenta en un vaso de agua, y que la incapacidad de según quienes para admitir un conflicto así no es digna de ningún análisis. ¿O sí lo es?

Desde aquí, pensamos que el asunto sí merece un vistazo. Porque la reacción ante un detalle tan nimio como la camiseta de Oscar Isaac da pie a observar los extremos a los que puede llegar la cultura de la problematización, por un lado, y por otro a fijarnos en un fenómeno hoy en día muy patente: la disonancia cognitiva que sufrimos cuando nuestros ídolos no responden a nuestras expectativas. Especialmente, a nuestras expectativas políticas.

Tal y como está el patio, cabe sospechar que parte del fandom de Star Wars (y de otros seriales, sagas o franquicias) coincide con Nacho Vegas en eso tan bonito de “cualquiera que se declare de derechas ha de ser un cretino o un cabrón”. Unas palabras derivadas, por su parte, de aquel “todo anticomunista es un perro” pronunciado por Jean-Paul Sartre en 1965. Con lo que no cuentan muchos de quienes suscriben este ideario es que tanto el ilustre francés enragé como buena parte de sus colegas muertos (Guy Debord, para empezar) o aún en vida (Alain Badiou, Giorgio Agamben o el Comité Invisible son los primeros que se nos vienen a la mente) les negarían el pan y la sal al verles tentados por el Satán del capitalismo y los caballeros Jedi. Desde esta perspectiva, la estampa de Íñigo Errejón y Rita Maestre comprando palomitas antes de ver El despertar de la Fuerza resulta toda una claudicación ideológica.

Aun advirtiendo de que todo esto es muy matizable, conviene recordar que cualquier obra generada en las entrañas del capitalismo es sospechosa, cuando no directamente condenable, si se la juzga desde la ortodoxia de izquierdas. Así, a quienes se llevan las manos a la cabeza con la presunta filiación ideológica de Oscar Isaac les vendría bien recordar aquella anécdota protagonizada por los hermanos Wachowski y Jean Baudrillard: cuando los directores contactaron con el autor de La transparencia del mal para que les echara una mano con el guion de Matrix, éste les mandó a hacer puñetas, sentenciando después que su filme era “la película que las propias máquinas hubieran producido”.

Así pues, contando con que Andy y Lana parecen contarse entre las pocas voces de Hollywood con convicciones sociales (véase la serie Sense8), ¿qué juicio ha de merecer, desde esta óptica, alguien que participa en un blockbuster con el sello Disney, y como mero actor además? El de “marioneta al servicio de la Sociedad del Espectáculo” en el mejor de los casos. En el peor, el de una pieza cuyo papel en una bestial maquinaria de dominación es tan minúscula, tan anecdótica, que no merece el mejor comentario. En ambos, el de alguien de quien no puede esperarse nada y cuyo sentir resulta, de todo punto, banal. Y, sí: eso también abarca sus opiniones (favorables) sobre el shipping de Finn y Poe Dameron. Lo sentimos.

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«Me quiere, le quiero, me prende la mecha: qué le voy a hacer si mi Poe es de derechas».

En esta era de hibridaciones y subjetividades, aquello de retirarse al desierto, huir de la alienación y asimilar sólo los mensajes formulados desde la conciencia de clase (aquello de “trabajar de lunes a sábado y los domingos leer versículos de Marx”, que decía Makinavaja) parece difícil. Máxime habiendo internet, con lo que distrae. Hace falta mucho ojo, mucha erudición y un juicio crítico muy agudo (tres cosas de las que aquí no estamos por la labor de presumir) para sacar de paseo los nombres de T. W. Adorno, Antonio Gramsci (el de la pegatina en el portátil de Monedero), Walter Benjamin, Gyorgi Lukács y compañía a fin de disertar sobre si uno puede sostener según qué idearios y, a la vez, zamparse del tirón media temporada de Jessica Jones. Pero eso no nos impide observar la otra cara de la moneda: en el fondo, si el fandom de izquierdas no soporta ver a uno de sus iconos portando iconografía del bando contrario es porque se ve incapaz de asumir que dicho icono no responda a sus expectativas.

Sin ir más lejos, el vitriólico informe de Salon relacionaba la ‘crisis Rand-Isaac’ con esas figuras apodadas “novios de internet” por un columnista de The New York Magazine. Con un origen étnico no anglosajón (su padre es cubano, y su madre guatemalteca), un atractivo físico fuera de duda, gran simpatía personal y la credibilidad artística devengada por su trabajo junto a los hermanos Coen en A propósito de Llewyn Davis (2013), Isaac viene que ni pintado para convertirse en uno de estos “parangones de la masculinidad ilustrada,” construidos “de forma asamblearia” por la mirada del fandom.

Si Jeremy Renner y Chris Evans están siempre a un paso de quedar como un par de gañanes, si Ryan Gosling demostró que no era perfecto al estrenar Lost River (2013), si Benedict Cumberbatch no deja de ser un inglés pijo (encantador, sí, pero pijo) y si las fotos de Tom Hardy en gayumbos te provocan un facepalm automático, allí está Oscar para ajustarse a tus fantasías más o menos tórridas, bien como novio perfecto, bien como colega ideal o como sueño húmedo. No en vano el artículo en cuestión equipara su imagen con la de Jennifer Lawrence, “la eterna novia de internet”.

Pero nada es perfecto en esta vida, e incluso la hasta ahora intocable ‘J-Law’ se ha llevado una buena somanta en fechas recientes: resulta que a nuestra Katniss de Los juegos del hambre le gusta tener la pinta de una “slutty power lesbian”, según declaró a la revista Glamour. Una declaración de gusto muy dudoso que le ha costado una severa reprimenda por parte de numerosas fans (o ex-fans) desde que se hizo pública la semana pasada. El caso de Lawrence es, desde luego, más grave que el de Isaac, pero un exceso de contundencia al juzgarlo tal vez sea un error: las palabras “lo siento mucho, me he equivocado, no volverá a ocurrir” obran maravillas en casos como este, y todo el mundo (salvo los jefes de estado o gobierno) deberían tener derecho a pronunciarlas. Sobre todo cuando la persona en cuestión es, como Lawrence, una bocazas de campeonato.

De la misma manera, los fans de Oscar Isaac que renegaron de su ídolo por verle llevar una camiseta (insistimos: ¡una camiseta!) no parecieron plantearse que tal vez Oscar no haya leído La rebelión de Atlas, o que sus conocimientos de economía política y filosofía sean lo bastante justitos como para hacerle creer que Ayn Rand fue una gran pensadora. O que tal vez jugara al Bioshock y lo interpretase de aquella manera, quién sabe. Y, aunque ninguno de los enunciados anteriores fuese cierto, parece que el público internauta olvidó que Isaac es un actor, primero, y una persona responsable de sus propias opiniones, después. Exigirle que sea un icono de las creencias y opiniones de su público, en todo momento y en todo lugar, es degradarle a la condición de fetiche. Un fetiche cuyos atributos serían, en este caso, el buen rollito y la inclusividad. Y, de acuerdo con el propio Marx, el fetichismo de la mercancía es uno de los efectos más deletéreos del modo de producción capitalista: a fuerza de ver valor en las cosas, olvidamos que quienes las fabrican son seres humanos.

Aun así, y para ir terminando, estas controversias no nos parece negativa en absoluto. Tonta, seguramente, y también exagerada, pero no negativa ni censurable. ¿Por qué? Pues porque, si bien pone de relieve los extremos más estultos del fandom, también nos recuerda lo que es éste en sus momentos más nobles: una comunidad que, a partir de afinidades comunes, crea, reflexiona y comparte de forma desinteresada. Y que está cada vez más abierta a la discusión política entre sus integrantes, por mucho que éstos gusten de romperse la cabeza con nimiedades.

Si queremos saber por qué ésto es importante, no tenemos más que visitar esos otros espacios de debate (¿hace falta mencionarlos?) donde los ‘hombres de verdad’, esos que viven vidas ‘sanotas’ sin espacio para obsesiones de gente rara, expresan opiniones casi unánimes sobre las mujeres, los miembros de minorías étnicas o aquellos que sostienen ideas fuera del sistema. O, ya que estamos, sobre aquellos y aquellas para quienes un caza Ala-X importa más que un penalti. Entonces concluiremos que pese a todo (y por paradójico que resulte) las discusiones desaforadas sobre la leyenda de una camiseta pueden ser síntomas de buena salud.

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