Miedo a un planeta negro, pero menos: Deafheaven y el black metal para las masas

En plena resaca del regreso (a las tiendas) de la banda de George Clarke y Kerry McCoy con su nuevo disco, New Bermuda, echamos la vista atrás hacia el año en que el black metal abandonó definitivamente el gueto de lo avténtico.

El 11 de junio de 2013 se publicaba Sunbather, el segundo larga duración del grupo americano Deafheaven. Escrito al alimón por sus dos fundadores, el cantante George Clarke y el guitarrista Kerry McCoy (después de que los restantes miembros abandonaran el barco ante la rigidez del trabajo y la escasez de dividendos), el disco ofrecía una versión perfeccionada de la fusión de rabia y belleza que ya habían presentado dos años antes en su debut Roads to Judah. Nada nuevo esto de dejar las labores de composición en manos de Ira y Alegría (con una importante ayuda de Miedo y Tristeza), de no ser porque la primera llevaba la cara pintada como un cadáver y la segunda no levantaba la suya de los pedales de efectos.

El azúcar de la mezcla lo ponían el shoegaze de formaciones como My Bloody Valentine o Slowdive (el propio nombre de Deafheaven parece ser en parte un homenaje a estos últimos) y el post-rock de Mogwai (a quienes de hecho han versionado) o, por citar algunos nombres de nuestra espléndida cantera, Toundra, Kaufer y El Altar del Holocausto. La parte cafeinada, la de los gritos desgarrados y los endiablados ritmos de batería, tendría su esencia en los primeros discos de bestias pardas noruegas como Mayhem o Darkthrone, pertenecientes a la llamada segunda ola del black metal. Este es el sonido que tradicionalmente se asocia con la etiqueta, frente al de las seminales bandas de la primera ola, y el único elemento que Deafheaven tomó de la cultura black: ni su temática, generalmente pagana o directamente anti-cristiana, ni desde luego su estética. Los cuellos abotonados de Clarke y la portada rosa de Sunbather despertaron el Asco de los puristas casi tanto como su contenido.

deafheaven-sunbather-cover-best-album2

No era la primera vez que el black metal se combinaba con otros estilos (de hecho, como acabamos de relatar, ni siquiera era la primera vez que ellos lo hacían), y hasta podríamos decir que aquel año tenían unos serios competidores por el título de mejor disco de black-mezcladito: en 2013 se editó también Meir, de los noruegos Kvelertak, maestros en aderezar la música extrema de su tierra con efectivísimas dosis de punk y rocanrol. Sin embargo, fue la fórmula cargada de emoción de Deafheaven la que se ganó el favor de la crítica y el público, acaparando titulares en los medios y puestos en las listas retrospectivas de diciembre.

Curiosamente aquel mismo año (el 13 tenía que ser) presenció más incursiones del género fuera de sus habituales dominios. En su película The Lords of Salem, Rob Zombie introducía una banda ficticia de black metal llamada Leviathan The Fleeing Serpent para la que compuso un tema completo junto al guitarrista John 5 (autor también de la banda sonora de la película) y grabó un vídeo. Según unas declaraciones de Zombie a la revista Revolver, tuvo que pasar mucho tiempo desde sus primeras aproximaciones al estilo hasta que algo hizo clic en su cabeza y empezó a comprenderlo y amarlo.

También fue el año del estreno de la película islandesa Málmhaus (Metalhead), de Ragnar Bragason, un drama que consigue tocar la fibra de cualquiera que se sienta identificado con su título (posiblemente, también la de muchos que no). Aunque en la banda sonora predomine el metal de corte más clásico, el elemento black juega un papel fundamental en la historia (y en el póster), y de hecho el clímax de la película *spoiler* enlaza directamente con esa apertura hacia el gran público de la que venimos hablando.

metalhead-poster2

Incluso en nuestro país hubo señales claras de que el género estaba extendiendo sus ramas más allá de las portadas de sus discos. A mediados de 2013 el sello Monocromo lanzó un proyecto denominado Negro Metal en el que diversos artistas crearon logos para iconos de la canción española (de Los Chunguitos a Mocedades, pasando por Mari Trini) siguiendo la estética de las bandas de metal extremo, sobre todo black, y que culminó en un precioso fanzine que los recopilaba. También a finales de año Es Pop Ediciones publicó el libro Señores del caos, de Michael Moynihan y Didrik Søderlind, un concienzudo estudio centrado en la historia del black metal noruego y su crónica negra (valga la redundancia).

Seguramente muchos de los que se molestaron en escarbar en las raíces sacaron las manos llenas de arañazos, pero si no les quedaban ganas de seguir profundizando en los orígenes, siempre podían hacerlo en los antecedentes de esa unión con sonoridades más apacibles. Una de las sendas más transitadas en ese sentido es la que conduce a los primeros Alcest, la banda de Stéphane «Neige» Paut, quien colaboró en Sunbather leyendo un fragmento de La insoportable levedad del ser para uno de sus interludios (y que ahora mismo se encuentra de gira por Norteamérica junto a Emma Ruth Rundle, conformando un doble cartel que recuerda a aquel que unió a Deafheaven con la embrujadora Chelsea Wolfe). Tampoco han faltado alternativas después, como los enigmáticos Ghost Bath (seguramente el plural esté de sobra ahí) o Myrkur, el proyecto de la danesa Amalie Bruun, en donde la parte amable de la mezcla viene dada por su habilidad para conjugar aullidos de loba norteña con voces angelicales, integrando el metal en una amalgama de folclore y clasicismo que la convierten en una de las iniciativas de este tipo con más opciones de calar en un público amplio.

Y la rueda de pinchos de Lego no tiene pinta de detenerse. Tras una exitosa campaña en Kickstarter, el próximo mes de diciembre se publicará Slain!, un videojuego de estética pixelada y blackmetalera que rinde homenaje a la primera ola del movimiento desde el nombre de su protagonista, Bathoryn, hasta por supuesto su banda sonora, compuesta por Curt Victor Bryant, quien fuera miembro de Celtic Frost durante un par de años.

Pero eso será entonces, y New Bermuda es ahora. Hablábamos al principio de un regreso a las tiendas porque Deafheaven no ha parado desde la publicación de Sunbather, y porque su nuevo disco podía escucharse desde hace más de una semana en la web de NPR. La canción que grabaron entre ambos trabajos para la cadena de televisión Adult Swim (From the Kettle Onto the Coil) no hacía temer nada malo y, tras los primeros adelantos de New Bermuda (Brought to the Water y Come Back), prácticamente podía darse por amortizada la pre-compra aunque el resto de los temas hubiesen terminado siendo más lecturas de Milan Kundera.

La banda continúa deshilando melodías que ya estaban presentes en el black metal primigenio, por debajo de las voces chirriantes y los blast beats de batería, y engarzando momentos de doliente oscuridad con brillantes explosiones en el cielo. Todos los ingredientes están ahí, reducidos en ocasiones a sus componentes esenciales: abundan los pasajes de glorioso thrash ochentero, y no pocas veces el post-punk consigue imponerse a sus retoños; y aunque todas las influencias ajenas al metal que el grupo cita para este disco (Wilco, Red House Painters, ¡Oasis! en el final de Gifts for the Earth) resultan reconocibles cuando te las señalan, el resultado sigue sonando a Deafheaven. Música para conducir hacia la puesta de sol, alternando autopista y pueblos en llamas.

Publicidad