‘Misión: Imposible’: revisamos la saga completa

Con el estreno de Misión: Imposible - Fallout, la saga producida y protagonizada por Tom Cruise se convierte en la franquicia de blockbusters de accción por excelencia. Su extraordinaria calidad y su espectacularidad en modo ascendente la han convertido en cita imprescindible para los espectadores devotos de la  adrenalina fílmica, las set-pieces grotescas y los diálogos escritos con la tecla de mayúsculas pulsada todo el rato. Así que le vamos a rendir homenaje.

Nuestro equipo de la MIF para la misión de hoy está compuesto por seis redactores de CANINO que han escogido cada uno una película de la saga y analizan cómo funcionan y por qué. Esta entradilla se autodestruirá, porque así es Internet: volátil y peligrosa.

Misión: Imposible (Brian de Palma, 1996)

De todos los cineastas de la nueva ola americana posiblemente sea Brian de Palma uno de los más olvidados por la crítica y el público. Su adecuación al thriller de los noventa, En nombre de Caín (1992), no tuvo ni una pizca el éxito de cosas como Instinto Básico o Acosada y el realizador cayó en un extraño limbo para la crítica. Esto no nos debe hacer olvidar la excelente realización de esta primera entrega de la franquicia. Fue el propio De Palma el que llevó a los guionistas a reescribir la trama previa, utilizando nombres de rigor (donde brilla Robert Towne, autor de Chinatown), y pergeñó un filme de acción enhebrado por las traiciones y contra-traiciones propias del cine de los setenta.

Con mucho la entrega más wellesiana de la saga, en el sentido de las máscaras, cada personaje parece ofrecer un rol que no es el suyo: Ethan Hunt no quiere ser un pelele de los poderosos; su jefe, Jim Phelps, tampoco… ¿será un posible aliado? ¿o un futuro enemigo?. Cada escena es un disfraz que articula una serie de equívocos enrollados en una madeja de traiciones. ¿Whodunit o filme de acción? Extraña mezcla, sin duda, en una década donde las escenas frenéticas dejaban poco lugar a aquellas donde los diálogos y las coartadas servían de ariete narrativo.

Filme tramposo y efectivo, de ritmo envidiable, es un excelente trabajo tardío de Brian de Palma. Con planos secuencia suntuosos y juegos de montaje propios de un Hitchcock menor -circa Topaz-, bien merece una revisión. Ninguna de sus secuelas volvió a poner los equívocos por encima de las set-pieces: ese fue el mejor disfraz de la película. Julio Tovar

Misión: Imposible II (John Woo, 2000)

John Woo tenía un trabajo difícil en Misión: Imposible II: tenía que replicar el éxito de una película irrepetible sin dejar de ser John Woo. Y si bien esto puede sonar a chiste, no lo es. La primera Misión: Imposible es, en muchos sentidos, una obra de autor, y John Woo, también un autor él mismo, no podría estar más lejos de la elegancia sobria y tensa, casi hitchcockniana, de Brian de Palma. Entonces, ¿qué hizo? Aceptar que si lo habían contratado era por algo y dedicarse a hacer lo suyo.

Lo suyo fueron duelos de caballería cambiando lanzas por pistolas y caballos por motos, procesiones nocturnas de Semana Santa salidas de una pesadilla de Francis Bacon, Tom Cruise disparando a cámara lenta contra enemigos fuera de plano con extremo dramatismo y, por supuesto, palomas volando hacia fuera de encuadre mientras se precipita la acción tras ellas. Eso es Misión: Imposible II. Una película de John Woo. Hiperbólica, absurda y excesiva, un auténtico pelotazo que intenta tapar todas las arbitrariedades e inconsistencias del guión a base del mayor poder del cine de alto presupuesto: la set-piece.

Por eso hay que amar Misión: Imposible II. Porque hasta el John Woo más enajenado sigue siendo mejor que la mayoría de directores de acción. Álvaro Arbonés

Misión: Imposible III (J.J. Abrams, 2006)

El desarrollo de la tercera entrega de la franquicia fue bastante accidentado. En su obsesión por encontrar un director capaz de imprimir su huella autoral en cada entrega, Tom Cruise se fijó en primer lugar en el ascendente David Fincher, pero su visión era excesivamente violenta para lo que Paramount y Cruise tenían en mente y terminó abandonando el proyecto. Poco después, el estreno de Narc (2002) puso a Cruise sobre la pista de Joe Carnahan, quien no dudó en criticar públicamente el trabajo previo de Woo y apostó por una entrega con un tono más socarrón (una Misión: Imposible “punk rock”, según sus propias palabras). Pero tras casi dos años de desarrollo, Carnahan salió del proyecto por diferencias creativas con Paramount y Cruise.

Finalmente J. J. Abrams llegó al proyecto y descartó la mayor parte del guión de Carnahan para realizar una entrega más fiel a sus orígenes televisivos y una nada disimulada influencia de la serie Alias (2001-2006), de la que M:I-III toma prestado su concepto base (la complicada vida privada del agente secreto) y la estructura narrativa de la misión central, con un montaje que muestra en paralelo la planificación y la propia ejecución del plan. Otras aportaciones marca Abrams son el uso casi paródico del macguffin, una pata de conejo que puede ser cualquier cosa pero en el fondo no tiene ninguna relevancia (aunque nos quedamos con la especulación conspiranoica acerca del “Antidiós” que hace el personaje de Simon Pegg).

En conjunto Misión: Imposible 3 no solo es una película de acción extremadamente sólida, con el mejor villano que ha tenido la saga y grandiosas set pieces, empezando por un adrenalínico rescate y huida en helicóptero y terminando por un robo en Japón narrado en forma de elipsis y persecución posterior con influencias del mejor Spielberg. M:I-III también marca la entrada de Bad Robot, la productora de J. J. Abrams, en la franquicia. Algo que se repetirá en todas y cada una de las entregas posteriores, dotándolas de una mayor cohesión argumental y aportando una leve continuidad de una entrega a otra, (al menos hasta el estreno de Fallout, primera secuela directa de la saga). Nacho MG

Mision Imposible: Protocolo Fantasma (Brad Bird, 2011)

Protocolo Fantasma es como ese hermano  que nace cuando ya no se le espera en casa. Cuando la saga parecía cerrada, tanto por la aparente retirada de Ethan Hunt al final de Misión Imposible III como por sus discretos resultados en taquilla, la trilogía se amplió con una deslumbrante cuarta entrega que superaba a sus predecesoras por un orden de magnitud: set-pieces aún más espectaculares, localizaciones más ambiciosas y una destreza técnica apabullante. El responsable de este salto fue Brad Bird, que había presentado sus credenciales en Los Increíbles (2004) como renovador del género de espionaje y que en esta su primera incursión como director fuera del cine de animación creó una perfecta máquina de entretenimiento.

Protocolo Fantasma supuso una reinvención de la saga de al menos tres maneras: La escena en Dubai o la de la infiltración en el Kremlin forjaron un nuevo estándar contra el que se han medido y medirán todas las demás entregas pero también cualquier otro film de acción o cualquier blockbuster desde entonces. Aunque la trama en ocasiones resulte muy confusa -pese a la reescritura postrera de Christpher McQuarrieProtocolo Fantasma también inauguró la idea argumental de que Ethan Hunt y la Impossible Mission Force ya no eran intocables y que estaban sujetos a los vaivenes de la política como cualquier otra agencia. Finalmente, la cuarta entrega demostró que Tom Cruise iba a dedicar su cincuentena a jugarse su millonario pellejo con el único propósito de divertir a las audiencias  de todo el mundo. Santi Pagés

Misión Imposible: Nación Secreta (Christopher McQuarrie, 2015)

Como suele ser habitual cada vez que la secuela de una saga célebre resulta tener algo más de calidad o ambición de lo que se esperaba, cuando en el verano de 2015 se estrenó la quinta aventura de Ethan Hunt hubo varios que la quisieron comparar con El Caballero Oscuro. Este caso concreto es especialmente gracioso dado que con el estreno de Fallout ha vuelto a repetirse ese mantra -extendiéndose la comparación a Mad Max: Furia en la carretera porque habiendo cumpliendo diez años, la peli de Nolan como que huele un poco ya-, y que, a la hora de la verdad, la película de Christopher McQuarrie sólo se distancia de las precedentes en que aquí los agentes del FMI deciden ir por libre en el minuto 10, en lugar de en el más habitual minuto 45.

Nunca ha habido ningún problema en que todas las películas de Misión Imposible sean básicamente iguales -franquicias algo más deshonestas pero igual de inteligentes, de Fast & Furious a Transformers, han incurrido en prácticas similares sin que nadie tenga muchas ganas de quejarse-, pero en Nación Fantasma hay incluso menos problemas que de costumbre. Librándose del lastre autoral que convirtió el conjunto de las tres primeras entregas en un hipnótico sindiós, esta vez ya nadie trata de disimular que nunca se ha contemplado la opción de poner a Ethan Hunt en apuros realmente serios, y así Nación Secreta toma cómodamente el relevo de Protocolo fantasma, sabiendo darle seguimiento al mayor hallazgo de ésta: la concepción de un FMI donde Hunt es la estrella, pero no el único profesional que hace su trabajo jodidamente bien.

Así, tenemos más Jeremy Renner, más Ving Rhames y, sobre todo, más Simon Pegg, y el guión insiste en distanciarse discretamente del one man show canónico con la acertadísima incorporación de Ilsa Faust. El personaje de Rebecca Ferguson está tan bien interpretado y escrito que resiste incluso los intentos más denodados de la cámara por cosificarla, y por supuesto que si ella no se merecía una secuela directa por primera vez en la saga, nadie se la iba a merecer nunca. Una contrapartida para Ethan Hunt, y un engañoso revulsivo para su (inexpugnable) zona de confort, que no sólo provee a la película de un rollo trágico a lo Casablanca realmente cachondo, sino que también sabe entender perfectamente de qué va la movida, y de que todo ha de seguir contando con un orden en su previsible (y maravillosa) sofisticación. Lo mejor es que tampoco Fallout ha querido desviarse de la fórmula lo más mínimo, y es que, ¿para qué iba a hacerlo, maldita sea? Alberto Corona

Misión Imposible: Fallout (Christopher McQuarrie, 2018)

Sexto asalto en la interminable pelea de Ethan Hunt contra el mal y las leyes de la física, que se siente, por primera vez en la saga, como una continuación natural de la película inmediatamente anterior. Algo lógico, por otra parte, puesto que se trata de la única ocasión en la que repite el mismo autor tras las cámaras y guion. Christopher McQuarrie se encarga de encadenar esta nueva entrega con lo narrado en Misión imposible: Nación Secreta (2015), de manera que esta se puede considerar como una especie de clímax, pese a que la intensidad emocional era más potente en aquella, puesto que teníamos a Hunt como un auténtico proscrito. Sin embargo, a nivel de excitación puramente cinemática, MI: Fallout es una doble pirueta para ofrecer un salto mortal en sus tremendas escenas de acción, por lo que, pese a ser continuista y sin factor sorpresa, tiene un valor añadido en su concepción del espectáculo como fin y no como medio.

Conviene señalar que no, no llega a ser la descarga de adrenalina en vena, a causa de la concatenación de escenas de acción sin pausa, que era Mad Max: Furia en la carretera, con la que se la ha comparado en sus primeras reseñas, ni siquiera se queda cerca. Fallout no cambia la estructura de las anteriores; es más, se acomoda más a las líneas rectas más clásicas y menos arriesgadas de la serie. Esto es, una académica fórmula de subidas y bajadas, set-pieces alternas con bloques de diálogo, planificación, y juego de espías canónico, con sus descubrimientos, secretos, trucos y engaños de unos y otros. Nada que objetar a esto, por otra parte, si nadie espera una propuesta disruptiva con lo ya visto. McQuarrie juega con la etiqueta negra de convertir Misión Imposible en una alternativa elegante a 007 y logra, de hecho, formular un film más Bond que la mustia Spectre (2015), pero por el camino muestra signos de agotamiento de un sistema de revelaciones y giros que resultan un poco previsibles.

Sin embargo, en esa voluntad, la película acaba ganando en una gracilidad intachable en la puesta en escena, con una soltura y fluidez de movimientos de cámara que hacen que no solo sea una estupenda muestra de escenas de acción, sino que su acabado visual sea realmente bonito, puede que la más interesante estilísticamente desde Missión: Imposible II. Otras decisiones juegan a su favor, como la bajada a la realidad de Hunt/Cruise, haciéndole más humano, incluso torpe. En Fallout los héroes fallan, improvisan y ponen más en juego, con lo que las secuencias de acción ganan en suspense, lo que sumado a la fisicidad palpable del ya casi obligado “Tom Cruise jugándose la crisma porque la Dianética obra milagros”, tenemos un más difícil todavía que se me antoja difícilmente superable. El añadido de Henry Cavill es también un éxito y, además de ser su mejor personaje, logra valorizar cada pequeño pelo de su mostacho robado a DC componiendo a un gilipollas de manual que le sienta tan bien que difícilmente podremos creérnoslo de nuevo como el Hombre de Acero. Puede que ya se note cierta monotonía acomodada, que debamos ir contemplando el cierre, pero al final de sus más de dos horas nos deja otro episodio estupendo, y una oportunidad, eso sí, para dejar la saga a tiempo y en alto. Jorge Loser

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