¿Mito o antimito? Una lectura de los mitos de Cthulhu desde la historia de las religiones

Los llamamos “mitos”, aunque seguramente estemos equivocados. ¿Son los relatos de horror cósmico del solitario de Providence, en realidad, construcciones míticas? Analizamos las principales definiciones de mito propuestas por la antropología y las ciencias humanas y probamos a aplicarlas a la obra de H. P. Lovecraft. ¿El resultado? No lo llames mito: llámalo antimito.

“Mito” es un término con múltiples acepciones sobre las que no acabamos de ponernos de acuerdo. Si, inicialmente, el griego mythos significaba “narración, historia, palabra pronunciada” (una manifestación del discurso hablado, en definitiva), muy pronto expandió su significado para acoger acepciones más sesgadas que incorporaban los sentidos “discurso falso” e “historia fantástica”. Un absurdo. Un balbuceo irracional, según los filósofos de la antigua Grecia, que se arrastra hasta nuestros días y se perpetua en esa “persona o cosa a la que se atribuyen cualidades o excelencias que no tiene” definida por la RAE.

El mito despierta en el yo contemporáneo la noción de aventura y maravilla, el vértigo de hechos insólitos protagonizados por dioses o seres sobrehumanos de un tiempo y un espacio que nada tienen que ver con las sociedades postindustriales. Eventos como la fundación de Roma por Rómulo y Remo, la entrada en el laberinto del minotauro y el descenso de Inanna a los infiernos. O como el advenimiento de los Primigenios y los Profundos. Solo que el mito, en H. P. Lovecraft, se transforma en paradigma del antimito. Te contamos por qué desde una perspectiva histórico-religiosa.

El mito: definiciones desde la antropología y la historia de las religiones 

Aunque ya en el siglo VI a.e.c. los filósofos griegos mostraran interés por definir qué era un mito, fue con el nacimiento y auge de las disciplinas etnoantropológicas cuando ese interés se disparó. Desde ese lejano siglo XIX de colonización y exploraciones geográficas, los estudiosos no han acabado de ponerse de acuerdo. Para algunos como Edward Burnett Tylor, el mito intenta explicar, con modos bastos e ingenuos, el mundo y los fenómenos que en él se manifiestan. Para otros, los mitos serían reacciones espontáneas y, por tanto, irracionales a los eventos de la naturaleza o vehículos alegóricos que encapsularían valores procedentes de la sabiduría antigua. Figuras como Émile Durkheim y Lucien Lévy-Bruhl, que en sus análisis introdujeron aspectos de análisis como el sentimiento y las creencias grupales, lo trataron como parte de la “mentalidad primitiva”. Los ritualistas, por su parte, vieron en el mito la explicación y justificación del ritual: en su visión, el ritual habría dado origen al mito. Para los evemeristas, las narraciones míticas son el producto de recuerdos de sucesos históricos del pasado remoto realmente acaecidos; mientras Claude Lévi-Strauss sostiene que “es un modo de comunicación humana”, producto del lenguaje y, como el lenguaje, poseedor de una gramática que debe ser, a ojos del autor de El pensamiento salvaje (1962), el objeto principal de estudio.

Centenares de autores, decenas de escuelas de pensamiento y millares de páginas escritas después, el problema persiste: ¿qué es un mito? En el análisis global que el filólogo Geoffrey Stephen Kirk realizase en 1970 se concluía que no existe una única definición del mito. Sus formas y funciones son múltiples y sirven a distintas necesidades psicológicas de la comunidad. De hecho, la mitología no tiene por qué narrar, forzosamente, eventos relacionados en exclusiva por figuras divinas, ni tampoco todos los mitos se relacionan con la religión, el culto o la performatividad ritual. Entonces, ¿hay esperanza? ¿Cómo podemos diferenciar un mito de lo que no lo es?

Exigencias para que un mito sea mito

Malinowski en las Islas Trobriand en 1918

Decía Bronislaw Malinowski en su Estudios de psicología primitiva (1926) que “el mito no es una explicación que satisfaga un interés científico, sino la resurrección, en forma narrativa, de una realidad primigenia que se cuenta para satisfacer necesidades religiosas profundas, exigencias morales, y que expresa, estimula y codifica la creencia, salvaguarda y refuerza la moralidad, garantiza la eficiencia del rito y contiene reglas prácticas de conducta para el ser humano. El mito es, por tanto, un ingrediente vital de la civilización humana; no una fábula inútil, sino una fuerza activa construida en el tiempo”.

Esta definición contiene las claves identificativas básicas de un mito: se trata de una narración explicativa cuya acción se sitúa fuera del tiempo ordinario, y que funda, sostiene y justifica conductas humanas comunitarias. Los eventos del mito transcurren en un tiempo y un espacio que no son los mismos del presente en que se narra. No es una cuestión de distancia cronológica ni espacial, sino de naturaleza ontológica, pues el mito atestigua un cambio en el orden de la realidad. De hecho, el mito construye una nueva realidad que se opone al orden de las cosas tal y como existían con anterioridad a ese mismo mito fundacional.  “Cada mito” dice el historiador de las religiones Angelo Brelichnarra un evento (o una serie de eventos, en los ‘ciclos’ míticos) que se habría verificado en un tiempo distinto, siendo obra de personajes distintos de los actuales, tras el que algo que antes no existía se habría originado o algo que antes había sido diferente se habría transformado en lo que ahora es (…). El mito cuenta el origen de aquello que se considera importante”.

Una ceremonia Kwakiutl fotografiada por Edward Curtis

El mito, por tanto, explica el origen del cosmos, la humanidad, las instituciones sociales o la tecnología. “Los mitos fundan las cosas, que no solo son como son, sino que tienen que ser como son (…). El mito vuelve aceptable aquello que es necesario aceptar”, sostiene Brelich. Todo mito, por tanto, es etiológico. Pero ¿qué sucede con los llamados mitos de Cthulhu? ¿También ellos narran los orígenes, generan instituciones y establecen principios morales con los que guiarse?

Antes de los “mitos de Cthulhu”

Dejemos clara una cosa: Lovecraft, en vida, jamás acuñó la etiqueta “mitos de Cthulhu” para englobar esa parte de su producción dedicada a explorar la presencia cósmica de los Primigenios, los Profundos y los Dioses Exteriores. Lo que el maestro de Providence sí utilizó en su nutrida correspondencia fueron expresiones como Yog-Sothothery o circunloquios del tipo “ciclo mítico de Cthulhu, Yog-Sothoth, R’lyeh, Nyarlathotep, Nug, Yeb, Shub-Niggurath” para referirse a su visión cosmogónico-literaria. Existe incluso diversidad de opiniones sobre los relatos que constituirían los mitos, dado que Lovecraft nunca tuvo intención de crear un ciclo cerrado como tal. Interconectado, expandido y explorado en lo profundo, sí, pero nunca estanco ni circunscrito a un número limitado de obras de ficción. El invento de los “mitos de Cthulhu” fue cosa, aparentemente, de August Derleth, que dio con la etiqueta capaz de englobar esa parte de la producción lovecraftiana más claramente vinculada con la presencia de los Primigenios en el cosmos.

No obstante, Lovecraft amaba las historias míticas de la antigüedad, admiraba a Samuel Coleridge, Ovidio y The Age of Fable (1855) de Thomas Bulfinch y se deleitaba en su lectura. Desde la infancia, había sentido fascinación por las leyendas, los cuentos populares y, en especial, Las mil y una noches, de donde surge Abdul Alhazred, un nombre que Lovecraft, según apunta en una de sus cartas, habría inventado siendo niño. El Lovecraft infante se dejaba abrazar por el politeísmo y el paganismo salvaje que sus lecturas en la biblioteca familiar inspiraban. Así recordaba esa etapa de su vida en la memoria escéptica A Confession of Unfaith (1922): 

«Cuando tenía siete u ocho años era un pagano auténtico, tan embriagado por la belleza de Grecia que casi había llegado a creer en los viejos dioses y los espíritus de la naturaleza. Llegué a construir, literalmente, altares dedicados a Pan, Apolo, Diana y Atenea, y busqué dríadas y sátiros en los bosques y campos durante el ocaso. Creo firmemente que, una vez, observé a algunas de estas criaturas silvanas que bailaban bajo los robles de otoño. Fue una especie de “experiencia religiosa”, tan real en sus formas como el éxtasis subjetivo de cualquier cristiano. Si un cristiano me dijese que ha sentido la presencia real de Jesús o de Yahvé, le podría responder que yo he visto las pezuñas de Pan y las hermanas de la hespéride Faetusa«.

Las mil y una noches

Fascinado aún por la exuberancia narrativa de los cuentos, las leyendas y baladas del pasado, la adolescencia da paso a una paulatina incredulidad en lo referente al destino de la humanidad. Con trece años, Lovecraft se reconoce impresionado por la impermanencia e insignificancia del ser humano, por la futilidad de la existencia y la falacia de la idea de progreso que, a la luz de los avances teórico-científicos de la época, terminarán cristalizando en los fundamentos del horror cósmico.

Cínico, escéptico y epicúreo”: así se define Lovecraft a sí mismo en una carta a Bernard Austin Dwyer fechada el 3 de marzo de 1927. Interesado siempre en las ciencias, la astronomía, la biología y la filosofía de corte materialista, Howard Philip entiende el mundo como una entidad sin objetivos ni metas, desprovisto de la presencia de cualquier dios o mistificación. Los descubrimientos científicos de la época y la formulación de nuevas teorías físicas, así como “la Conferencia de Paz, Friedrich Nietzsche, Samuel Butler, H. L. Mencken y otras influencias” perfeccionan, según las palabras del maestro, “su cinismo” y lo ratifican en su visión vacía de la vida y el cosmos. Las cosas de los hombres no tienen validez en un cosmos infinito, son pura ridiculez y pretensión vacua. “Hasta el éxito es algo vacío”, dice el de Providence. “El éxito es algo relativo, y la victoria de un niño a las canicas equivale a la victoria de un Octaviano en Accio en la escala de la infinidad cósmica”. 

Friedrich Nietzsche

Cómo funciona el (supuesto) mito lovecraftiano

En término generales, los relatos de Lovecraft operan como testimonios aislados de una verdad cósmica terrible. A menudo se construyen como declaraciones de viajeros, científicos, exploradores y estudiosos que, en el curso de sus actividades, se encuentran con fenómenos extraños e inauditos a los que intentan poner orden o dar explicación, sin éxito. En Dagon (1919), un soldado a la deriva llega a las costas de una pequeña isla que emerge en el océano y que alberga representaciones de extraños signos junto a un ídolo monstruoso. En La ciudad sin nombre (1921), nos adentramos en unas ruinas en mitad del desierto, cuyos angostos espacios subterráneos albergan relieves que apuntarían a la existencia de criaturas reptilianas. La verdad se entrevé a medias, no se comprende y, sobre todo, nunca trasciende. Lo intuido por los estudiosos nunca se revela a la opinión pública ni se utiliza para elevar a la humanidad por encima de su nulidad existencial, como queriendo ahondar en el vacío al que estamos abocados.

Estos primeros intentos literarios de mostrar las bases de su filosofía materialista se vuelven cada vez más complejos y articulados. En relatos como La llamada de Cthulhu (1926), Lovecraft utiliza tanto la técnica del manuscrito encontrado como la voz de un narrador en primera persona para presentarnos la investigación del profesor George Gammell Angell. Junto al manuscrito “El culto de Cthulhu” compuesto por Angell, un bajorrelieve de arcilla que se acompaña de una escritura indescifrable y un fajo de recortes de periódico sirven para que Lovecraft, a través de una narración-puzle, presente un retazo de esa historia subjetiva que los humanos han tejido para explicarse el universo y el contacto con la Otredad. A partir de las notas manuscritas de su antepasado (notas que, además, contienen a su vez informes realizados por terceras personas), el heredero de Angell retoma la investigación, interroga a los supervivientes de cultos de Nueva Orleans que adoran al Gran Cthulhu y a los venidos del cielo y consigue añadir nuevo material a la pesquisa. Lo que logra con su esfuerzo investigador, sin embargo, apunta a una realidad monstruosa capaz de robarle al ser humano la fuerza de seguir viviendo. “He visto todo el horror que existe en el universo, y hasta el cielo de primavera y las flores estivas son ahora un veneno para mí”, declara nuestro narrador. Ha entrevisto lo que se cierne sobre nosotros y ahora preferiría seguir ciego.

Lo mismo sucede con El que susurra en la oscuridad (1930) o En las montañas de la locura (1931). En este último caso, de nuevo nos encontramos ante un relato de contenido cientifista en la superficie que se construye a través de informes científicos y diarios de expedición. Durante una exploración antártica, un equipo científico halla una cueva de fósiles con varios ejemplares de una criatura que desafía cualquier sistema de clasificación biológica. Esta nueva especie comparte características de los animales y las plantas, combinando el primitivismo en la forma exterior con la sofisticación de la capacidad de pensamiento (posee un cerebro desarrollado y más de los 5 sentidos propios del ser humano). Cuando Lake no responde a las llamadas de radio, el biólogo y su equipo fletan un aeroplano para comprobar que todo esté en orden. A medida que se acercan al lugar de aterrizaje, desde el vehículo observan una ciudad ciclópea entre las montañas que alberga estructuras inusitadas: grandes lastras de piedra, aberturas, cavernas, ciudades-laberinto, torres, murallas, casas que forman ángulos imposibles y, una vez en tierra firme, decoraciones que describen la llegada de las criaturas al planeta antes de que se formase vida humana en él. Criaturas que vuelan con sus propias alas por el espacio y que, una vez llegadas a la superficie terrestre, se instalan en el fondo del mar. Criaturas que experimentan para producir comida y crear “masas protoplasmáticas pluricelulares” a partir de las cuales fabricar esclavos (los Shoggoth) que los sirvan. Criaturas que, en definitiva, crean por error unos mamíferos primitivos que les habrían servido de alimento y diversión bufonesca. Nuestros antepasados homínidos. Somos fruto de experimentos incontrolados, una gran broma cósmica. Literalmente.

Los seres humanos, por tanto, no figuran en el centro de la creación, y los Primigenios y los Profundos no son sino seres de origen extraterrestre y extrahumano (y, por tanto, incomprensibles para los mortales), deificados por la ignorancia humana. En nuestra incapacidad y vacuidad, solo alcanzamos a manejar evidencias fragmentadas que llegan al ser humano de manera dispersa, con cuentagotas. Nuestras vidas humanas son demasiado cortas para que podamos obtener un cuadro general de los hechos: la muerte trunca las investigaciones y búsquedas, que casi siempre se llevan a cabo de manera individual y aislada. La locura llega cuando se consigue establecer correlaciones entre todas esas visiones locales, cuando esos apuntes hechos individualmente comienzan a relacionarse y a encajarse, cuando proporcionan los primeros rasgos distinguibles de un cuadro mayor. Y, en este contexto, la explicación mitológica es una explicación local de realidades cosmológicas solo atisbadas, una especie de mentira piadosa hecha a medida para mantener una pizca de cordura.

No es mito si no construye: la noción del antimito en Lovecraft

Lovecraft construye sus relatos teniendo en mente la absurdez de la existencia. Las entidades primigenias, que los seres humanos toman por divinidades, no son más que falsos dioses cuya naturaleza extraña, ajena y alienada los vuelve incomprensibles. Creación accidental, la humanidad no tiene misión ni función específica en el universo. Para esos seres primigenios, no somos ni valemos nada. Este es uno de los primeros y fundamentales elementos que contraviene la aplicación del término “mito” para definir la creación literaria de Lovecraft. El mito explica, sí, pero su función principal es fundacional: crea una realidad nueva, opuesta al orden previo, y proporciona herramientas de comportamiento, las reglas que cohesionan el grupo humano. En el mito, el ser humano se tiene en cuenta implícitamente, pues los eventos que el mito narra miran a integrarlo en lo creado y a darle pautas para que la realidad que el mito funda se mantenga. El mito lovecraftiano, sin embargo, niega todo esto: explica los orígenes, pero estos son tan desesperantes, vacuos y terribles que le niega a la humanidad la posibilidad de integrarse en ese orden divino, sobrehumano, venido de más allá de las estrellas.  

David E. Schultz, estudioso de la obra de Howard Philip, propuso en su día interpretar la construcción cósmica lovecraftiana como una antimitología. En su artículo From Microcosm to Macrocosm: The Growth of Lovecraft’s Cosmic Vision (1991), Schultz acuñó el término para aludir a los relatos que tradicionalmente se agrupan bajo la etiqueta “mitos de Cthulhu”. En esta antimitología, Lovecraft se habría preocupado por mostrar cómo nuestros antepasados usaron los mitos para explicar de manera ficticia y falsa aquello que les resultaba incomprensible. Schultz recurre a esa definición del mito como historia falsa y malinterpretación supersticiosa y su argumentación, por tanto, simplifica de forma excesiva la definición y función sociocultural del mito. 

La noción de antimitología se ha introducido en los estudios lovecraftianos por esa idea de base que apunta al mito como historia falaz e inexacta, producto del falible entendimiento humano. Sin embargo, si se aplica una perspectiva histórico-religiosa al análisis, la filosofía de Lovecraft es más antimítica que nunca. Aceptemos que, en Lovecraft, el mito sea una interpretación errónea de hechos incomprensibles. El que la explicación en clave mitológica se considere falsa no invalida, sin embargo, la existencia de poderes terribles fuera de lo humano: Cthulhu, Yog-Sothoth, Nyarlathotep, las ruinas monstruosas que William Dyer explora en En las montañas de la locura, los híbridos humanos que sobreviven en pueblos aislados: todo esto sigue existiendo. Y el mito, ahora, ya no sirve para mitigar la realidad de una existencia humana irrelevante, ni explica, ni funda, ni sugiere estrategias para mantener un statu quo favorable para el individuo y su comunidad. Ya no hay dioses, tan solo queda una realidad brutal, la del ser humano como producto accidental de un universo que lo ignora.

En la perspectiva lovecraftiana, la investigación sistemática en las áreas de la física, la astronomía, la arqueología, la geografía y otras disciplinas apunta a la posibilidad de llegar, finalmente, a la verdad. Esa verdad es en Lovecraft desesperante y vacua en esencia: presenta al ser humano como una raza secundaria, nacida por accidente y sin relevancia alguna en el orden cósmico, que es oscuro, maligno e incomprensible. El mito, que, en la antigüedad, en las sociedades politeístas y en las comunidades etnográficas sustanciaba la realidad, explicándola, ordenándola y manteniéndola, se transforma en antimito en Lovecraft. No solo porque, en la lógica de Lovecraft, la ciencia consiga explicar de manera unificada los fenómenos percibidos e interpretados en clave mítica, invalidando así el mito; sino también porque la visión cosmológica materialista y profundamente nihilista de Lovecraft desecha la utilidad del mito. Si en el universo no hay orden, si el ser humano es un absurdo que no debería existir, ¿qué sentido tiene mantener la realidad y sustentarla a través de justificaciones míticas? ¿Cómo se podría mantener una realidad (repito, incomprensible y completamente ajena) en la que los seres humanos no tienen cabida? 

Máscara de ceremonia numhlim fotografiada por Edward Curtis

Si no hay realidad ordenada y si, por tanto, no hay necesidad de estructurar y gestionar el comportamiento humano porque somos una mota de polvo en la infinidad del universo, entonces, no hay mito. La configuración misma del universo niega tanto la eficacia del mito como su necesidad de existir. No es tanto que el mito sea falso, sino que su capacidad ordenadora se desvanece en cuanto aprehendemos que el ser humano gravita en la periferia de la existencia.

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