Mito y realidad de los cabarets en la República de Weimar

Cuando se piensa en la república de Weimar, las dos cosas que vienen a la cabeza inmediatamente a cualquier persona son los cabarets y la inflación. Las consecuencias de la segunda son bien conocidas por todos, pero de los primeros hay mucho más por descubrir que el mito perpetuado por el cine y la literatura.

¿Quién no ha soñado con viajar en el tiempo y pasar un par de noches en el Berlín de los años 20? En el imaginario colectivo no faltan las imágenes de cabarets en los que todo vale y un ambiente de generalizado de vive y deja vivir. Sin duda, la mayor aportación al mito es la de Cabaret (1972), inspirada en la novela Adiós a Berlín (1939) de Christopher Isherwood, y que inmortalizó las noches del Kit Kat Club. Aunque la obra de Isherwood es mucho más amarga que su adaptación cinematográfica, es fácil quedarse con las imágenes de flappers, libertad sexual y hedonismo que se asocian con la república de Weimar. La cara oscura (inflación, inestabilidad política, explotación sexual) es mucho más sórdida y en los cabarets de Weimar estaba muy bien representada.

El cadáver en el armario

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En 1930, Berlín era una megalópolis en la que había 4 millones de habitantes registrados (en 2013 la cifra no llegaba a los 3,5 millones) que atraía también a extranjeros que acudían en parte por su efervescente vida nocturna y cultural, y también porque resultaba barata. Con una inflación galopante, quienes acudían allí con divisas que no se devaluaban de un día a otro tenían garantizado el acceso a vivienda, comida y ocio por la hiperinflación de la moneda alemana (en 1923 circulaban en Alemania billetes de 100 billones de marcos).

Pese a la inflación y a la inestabilidad política, o tal vez por ellas, floreció en Berlín una vida cultural y nocturna como no lo hizo en ninguna otra ciudad alemana que tuvo en los cabarets su máxima expresión. Aunque el Kit Kat es el que todo el mundo conoce gracias a la cinta de Fosse, dos de los más famosos eran Eldorado (que abrió en el 27 en Schöneberg), Wintergarten y Residenz (“Resi” para los habituales). No eran los únicos. Los había a docenas, dedicados a hombres, mujeres, transexuales… y donde no había un cabaret, había un bar, un salón de baile (los nachtlokal en los que el dress-code era la desnudez absoluta) o un baile improvisado en cualquier barrio.

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Pero esa libertad escondía un problema (otro más de los que acuciaba a la república de Weimar): la prostitución. Con unas elevadas tasas de desempleo y unos sueldos exiguos y que se devaluaban a diario, prostituirse era la única solución para cientos de miles de personas, independientemente de su edad y sexo (la prostitución de menores era habitual). Las mujeres se distinguían entre sí por el color de las botas que llevaban (cada color representaba una especialidad), los chicos jóvenes solían encontrarse en el Tiergarten (organizados por bandas, quien quería formar parte de ellas era brutalmente golpeado y violado como parte del rito iniciático) y abundaban quienes se prostituían al fin de su jornada laboral para poder complementar su sueldo. La prostitución no era el único problema oculto bajo la alfombra: el incremento de las enfermedades venéreas (sobre todo la sífilis y la gonorrea) y los crímenes sexuales (“lustmord”) también estaban a la orden del día. Las pinturas de Georg Grosz y Otto Dix (que inmortalizó a la estrella del cabaret Anita Berber) aún son capaces de transmitir la sordidez oculta bajo las luces de los cabarets.

Más allá del sexo

"Daum" marries her pedantic automaton "George" in May 1920, John Heartfield is very glad of it - George Grosz

«Daum» marries her pedantic automaton «George» in May 1920, John Heartfield is very glad of it – George Grosz

Es una obviedad: los cabarets no se basaban únicamente en el sexo. En ellos se escuchaba jazz y los artistas aprovechaban la música para hacer critica socio-política. En Berlín hay un museo que no aparece en las guías de viaje y en el que se recuerda a todos los alemanes que se opusieron al nazismo. Entre ellos, hay muchos artistas de cabaret que aprovecharon los escenarios para criticar a Hitler y sus seguidores, que aunque no habían llegado al poder, ya eran percibidos como una amenaza y que terminaron perseguidos por el nazismo. Werner Finck es uno de los muchos actores y cabaretistas que usó el entretenimiento como plataforma para la crítica. En 1929 se trasladó a Berlín, donde abrió junto a Hans Deppe, Rudolf Platte y Robert A. Stemmle el cabaret Die Katakombe, que tuvo que cesar su actividad después de que Goebbels ordenara su cierre en 1935. Allí era normal escuchar críticas sutiles al nazismo y por su escenario pasaron el escritor Erich Kästner o el músico Hanns Eisler, colaborador habitual de Brecht y compositor del himno de la RDA. Aunque los anteriores lograron escapar de las garras del nazismo, otros cabaretistas, como Max Ehrlich, terminaron sus días en campos de concentración.

Aunque algunos de los mejores escritores y músicos escribieron obras para el cabaret, el autor alemán Max Herrmann-Neiße lamentaba la falta de interés del público en el contenido político del espectáculo: “en lugar de un cabaret intelectual combativo, Berlín está ahora dominado por todo tipo de sucedáneos de cabaret”, se lamentaba en 1924.

Berlín, siglo XXI

'Street scene at night' - Ernst Ludwig Kirchner

‘Street scene at night’ – Ernst Ludwig Kirchner

Del cabaret como se conocía en Weimar ya no queda nada, ni siquiera quedan en pie muchos de los locales de la época: el Clärchens Ballhaus se ha convertido en un punto de encuentro para los aficionados al swing y a la salsa (imparten clases de bailes de salón y también se puede comer pizza alrededor de la pista de baile). El Delphi, un teatro de la época que sobrevivió a la guerra y que estuvo cerrado a cal y canto durante años, ha abierto sus puertas y trata de recuperar el espíritu de la época con conciertos de jazz y fiestas de Nochevieja que tienen los felices años veinte como tema. Otros salones de baile, como del Grünau Ballhaus, que abrió en el siglo XIX, es pasto de la maleza, y sólo se aventuran a entrar en él los aficionados al urbex que no se dejan amedrentar por las vallas o las ventanas tapiadas. Y sí, hay un club KitKat, pero en él suena electrónica y el dress-code se puede resumir en cuanto menos ropa, mejor: quien vaya esperando encontrar actuaciones y maestros de ceremonias, se puede encontrar con una sorpresa en la puerta.

Lo que sí ha vuelto a Berlín es su frenética vida nocturna y la tolerancia sexual, aunque en esto aún les queda camino por recorrer: Alemania reconoce a los homosexuales el derecho a inscribirse como parejas de hecho, pero de momento, no a casarse.

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