Muere Leonard Cohen: el canadiense ya sabe quién llama

El que seguramente es el canadiense más duro de la historia, ex aequo con Lobezno, nos dejó ayer con 82 años cumplidos y más belleza en el bolsillo de la que cualquiera de nosotros podría cargar. Nos despedimos de Leonard Cohen recordando por qué tiene un piso reservado en la Torre de las Canciones.

Mi primera cinta de cassette con canciones grabadas fue una de The Beatles. La segunda, otra en la que alguien había grabado, por una cara, el Tales of Mystery and Imagination de The Alan Parsons Project, y, por la otra, ese Leonard Cohen: Greatest Hits lanzado en 1975, que recopilaba temazos del canadiense más tenebroso desde su primer álbum hasta New Skin for the Old Ceremony (1974). Imbécil de mí (en fin, era la edad) dediqué más horas a escuchar todo aquello de Edgar Allan Poe a ritmo de prog rock para principiantes… hasta que un súbito chispazo de pubertad me llevó a darle la vuelta al artefacto, descubriendo algo muy oscuro, y también muy tenebroso: la música y las letras de alguien que habría podido ser un escritor reconocido y valorado, pero que renunció al trono literario en favor de metas que entendería cualquiera: la fama, follar, drogarse, partir corazones. Ahora, el responsable de todo aquello ha estirado la pata, a los 82 años, y toca recordar por qué su obra, y su vida, importan tanto.

Nacido en la quebequense Montreal (pero eligiendo el inglés como su lengua de expresión, algo que sus paisanos nunca terminaron de perdonarle), Cohen descendía de un linaje religioso: su abuelo materno era un prestigioso erudito talmúdico, y su apellido (en la forma original «Kohen») le señalaba como descendiente de Aarón, y, por tanto, miembro de la antigua casta sacerdotal judía. Pero los vetustos textos en hebreo le importaban menos que la poesía moderna, de modo que sus primeros pasos tuvieron lugar en el mundo literario, siempre con un saludable afán de tocar las narices: su segunda colección de poemas, sin ir más lejos, se tituló Flores para Hitler, y sus dos novelas (El juego favorito -1963-, y Los hermosos vencidos -1966-) abundaban en vicio, fornicio (bisexual, en el caso de la segunda) y disipaciones diversas.

Harto de las buenas críticas y los nulos ingresos, Cohen marchó de Canadá, primero hacia la isla griega de Hidra, en compañía de su pareja Marianne Ihlen, y, después, hacia Nueva York (donde frecuentó la Factory de Andy Warhol y admiró tempranamente el arte musical de Nico). Una de sus primeras composiciones, Suzanne, tuvo una memorable versión a cargo de Judy Collins, lo cual le granjeó un contrato discográfico: la trilogía formada por Songs of Leonard Cohen (1967), Songs from a Room (1969) y el espeluznante Songs of Love and Hate (1971) le sirvieron tanto para retratar un tremendo declive personal como para definir un sonido marcado (en lo musical y en lo literario) por la fascinación con la muerte y con la religión, la austeridad y, también, por una compasión que podía volverse venenosa de un verso a otro, o incluso de una palabra a otra. No es extraño que Robert Altman recurriera a varias canciones de Songs of Leonard Cohen para musicar un filme tan desencantado como Los vividores (1971), ni que una de esas canciones (Sisters of Mercy) acabase bautizando a uno de los grupos góticos por antonomasia.

Convertido ya en un referente de la canción de autor, Cohen se tiró a la piscina: tras el relativamente conservador New Skin… hizo aquello que ningún grupo o solista en sus cabales debería haber hecho: dejarse producir por Phil Spector. El productor se portó como cabía esperar, convirtiendo la creación de Death of a Ladies Man (1977) en un grandísimo infierno, y el álbum resultante en un disco que, si bien muy valioso, fue detestado por casi todo el mundo en el momento de su aparición. Después de un retorno a lo acústico en Recent Songs (1979), el canadiense dio otro salto mortal a la altura de Various Positions (1984). Con un título («Varias posturas») de ácido doble sentido, el álbum no sólo contenía Hallelujah, la canción más famosa y versionada del autor, sino también arreglos basados en cajas de ritmos cutres y teclados caseros, que tomarían el primer plano con I’m Your Man (1988). El disco de First We Take Manhattan, de Everybody Knows («Todo el mundo sabe que los dados tienen trampa / Todo el mundo los tira cruzando los dedos») y, en definitiva, la BSO perfecta para el final de la Guerra Fría, al igual que el siguiente The Future (1992). «He visto el futuro, hermano, y es un asesinato».

Desde entonces, los álbumes de Cohen se sucedieron de forma intermitente, al igual que los retiros del músico en monasterios budistas, hasta que, en 2004, estalló la bomba: Kelly Lynch, su manager, le había estafado quedándose con una buena porción de sus ahorros. Sin inmutarse, Cohen volvió a ponerse el sombrero y se lanzó a la carretera en giras extenuantes que llegaron a costarle algún disgusto sanitario. Y, aunque sus discos (Ten New Songs, 2001, Dear Heather, 2004, Old Ideas, 2012, Popular Songs, 2014) fuesen, hasta cierto punto, irrelevantes en lo musical (porque las letras seguían haciendo pupa), los conciertos resultaban apoteósicos, y su reputación como artista señorial y magnético permanecía intacta. Claro que, siendo quien era y como era, la mejor broma llegó al final: de la misma manera que ese David Bowie que compuso Dark Star con toda la intención de dejar una obra póstuma, el último elepé de Cohen, publicado este mismo año, se titula You Want It Darker. «Lo querías más oscuro». Por supuesto que sí, señor Cohen: de la sangrienta cruz del Calvario hasta la playa de Malibú, nunca lo hubiésemos querido de otra forma.

¿Te ha gustado este artículo? Puedes colaborar con Canino en nuestro Patreon. Ayúdanos a seguir creciendo.

Publicidad