Muerte a los ochenta: razones para poner fin al revival de nunca acabar

La década de Thatcher y Reagan, del sida y de la reconversión económica lleva ya demasiado tiempo siendo el epicentro de nuestra cultura popular. Ha llegado el momento de que quienes fuimos a EGB encontremos otras cosas de las que hablar (o sencillamente nos callemos la boca).

Es un hecho tan comprobado como desagradable que la cultura necesita epicentros. O “cánones”, si se prefiere. Ejemplos para la emulación, en todo caso, tomados muchas veces de épocas pasadas (e idealizadas), merced al argumento de que antes sí que sabían cómo hacer las cosas.




Desde la posguerra mundial, de hecho, el auge de la sociedad de la información ha hecho que estas recapitulaciones se vuelvan cada vez más frecuentes, y por lo tanto cada vez menos separadas en el tiempo de aquellos pretéritos a los que fagocitan. Por ejemplo, no se entiende del todo la revolución pop en la década de 1960 (rama swingin’ London, para más señas) sin fijarse en su interés por la estética de la Inglaterra eduardiana, por el Art Nouveau y otros fenómenos artísticos previos a la I Guerra Mundial. De la misma manera, quienes rememoran los setenta olvidan demasiadas veces preguntarse por qué dicha década anduvo tan pillada con la cultura de Entreguerras y el Art Déco, un revival que se percibe claramente tanto en Chinatown (Roman Polanski, 1975) como en la fijación por el fascismo de un David Bowie muy enfarlopado o en muchos ejemplos estéticos del movimiento Disco.

Apocalipsis ‘reaganomics’

Hasta aquí, todo más o menos normal: cada equis tiempo, el mundo se queda sin ideas y debe volver atrás la mirada. Nada demasiado distinto a los renacentistas y los ilustrados devotos de la Antiguedad o a esos prerrafaelitas enamorados de una Edad Media que nunca existió. Solo que más acelerado, más frívolo y más propio, en fin, de la sociedad de la información. Ahora bien: ¿qué ocurre cuando este ciclo se estanca? ¿Qué debemos esperar cuando una faceta del pasado (hipotético e ideal, siempre) sigue agarrada cual garrapata a la cultura pop para no soltarla ni a la de tres? Todos deberíamos saberlo: es lo que lleva pasándonos desde comienzos de este siglo con la evocación nostálgica de los ochenta.

En CANINO no somos los primeros en fijarnos en todo esto, claro. Los artículos que le hemos dedicado al hecho ochentero son legión, y su número probablemente aumentará en los meses por venir. Pero eso no es óbice para admitir que ese fetichismo por la década de marras tiene que acabarse.

Tiene que acabarse, para empezar, porque la fascinación por los álbumes de The Human League, las películas de John Hughes o las ilustraciones de Patrick Nagel (por poner algunos ejemplos: podrían ser más) puede llevarnos a olvidar el clima social y político en el que nacieron. Por ejemplo, un espectador de El club de los cinco puede olvidar que en 1985, el año en el que ese filme llegó a los cines, EE UU acababa de salir de una recesión económica salvaje, con las mayores cifras de paro de su historia desde la Gran Depresión. Aunque “salir” es, en realidad, un eufemismo, debido a que esa presunta recuperación tuvo su origen en las políticas carniceras del gobierno de Ronald Reagan. 

Debido al rodillo de las reaganomics, las familias más pudientes de la superpotencia (cuyo ejemplo en la película sería Claire, el personaje de Molly Ringwald) aumentaron sus ingresos en un 14% de media… mientras que aquellas que rondaban el umbral de la pobreza (representadas por el Bender de Judd Nelson) vieron como los suyos disminuían en un 24%. Si Hughes, un señor muy conservador y de derechas, no tuvo más remedio que plasmar este Apocalipsis en su obra (muy a su manera y con muchos paños calientes, sí, pero lo hizo) el espectador actual debería percatarse de ello también. El problema es que tenerlo presente puede acentuar el disfrute de la película, pero también hace que esta cobre un matiz deprimente que pone muy difícil salir del cine coreando el Don’t You Forget About Me. Es chungo, sí, pero es lo que hay.

El posible resultado de este bajón sería asumir que la iconografía ochentera que ahora conocemos y amamos puede ser bonita y estimulante, pero no es inocente: es la imagen de una era de reconversiones económicas que excluyeron cualquier noción de solidaridad, de codicia mortífera (a poco que uno lea sobre el boom del mercado financiero en estos años, acabará pensando que el Oliver Stone de Wall Street -1987- se quedó muy corta) y de aumentos vertiginosos en las brechas sociales. Lacras todas estas que, créanlo o no, llegaron a ser vistas como algo positivo. Sin ir más lejos, y puestos a poner un pie en Europa (o en sus alrededores) está muy bien reconocer que Duran Duran eran un pedazo de banda, y también ver Retorno a Brideshead (1981) como la serie morrocotuda que es, pero también conviene recordar cómo ciertos sectores de la clase alta británica adoptaron a ambos (el show y el musicón de Simon Le Bon y sus muchachos) como emblema de ese revival que, a base de privatizaciones masivas y subidas de impuestos, les otorgaba la buena de Margaret Thatcher. 

Sangre sabia: el sida y la homofobia institucional

Ya que ‘Maggie’ sale a colación, podríamos centrarnos en un sector industrial que fue muy mimado tanto por su gobierno como por el de Reagan: el de los microordenadores personales. Y, si lo hiciéramos, también se nos caería otro mito, porque cualquiera que los sufriera durante aquella época sabe que el Commodore 64, el Amstrad CPC o el Sinclair Spectrum eran máquinas antipáticas y rudimentarias cuyos juegos, hoy en día y en su mayor parte, solo pueden disfrutarse con el velo de la nostalgia bien apretado frente a los ojos y gracias al plus de comodidad que les dan los emuladores. Pero dejemos aparte los joysticks (sí, esos joysticks que siempre se acababan rompiendo y costaban un dineral) y vayamos a un tema más fúnebre: el de la homofobia.

Porque, aunque a muchos se les olvide, los ochenta fueron también los años del sida, un síndrome que se diagnosticó por primera vez en EE UU en 1981 (en España, el primer caso identificado data también de ese mismo año) y cuyas cifras de víctimas ponen los pelos de punta: llegados ya los 90, y solo en la superpotencia, se llegó a rondar los 50.000 muertos al año. Y los gobiernos ¿qué medidas tomaban? Pues pocas o ninguna, porque el ‘cáncer gay’ (así se lo llamaba, lo crean o no) les ponía en bandeja una oportunidad para reprimir a las minorías no hetero tras el auge de sus movimientos de liberación durante las décadas anteriores. Algo que se sumaba a un rechazo social contra dichas minorías que, si ya es ominoso actualmente, llegaba entonces a unos extremos inimaginables para quienes no los han padecido.

Larry Speakes, portavoz del Gobierno de EE UU, llegó a reírse públicamente del sida y sus víctimas en la sala de prensa de la Casa Blanca. En cuanto a Gran Bretaña, altos cargos del Partido Conservador llegaron a mencionar extraoficialmente la posibilidad de internar a las víctimas de la pandemia en campos de concentración. Y en cuanto a la Europa continental… pues mejor se ven 120 pulsaciones por minuto (2017), que es un peliculón y explica muy bien el tema. Dejémoslo en que, desde este punto de vista, una reivindicación de los ochenta en clave LGBT resulta solo tolerable si se lleva a cabo recordando la resistencia contra esta atrocidad: en caso de que se lleve a cabo desde un punto de vista puramente estético, es sencillamente irresponsable.

Claro que el sida no solo se cebó en la gente LGBT. Dejando de lado el dantesco panorama de sus primeros años, cuando la falta de controles podía llevarte a contraerlo mediante una transfusión de sangre, debemos tener presente que quienes consumían drogas por vía parenteral (lo que comunmente se viene a llamar “los yonquis”) formaron una proporción importante de sus víctimas. En España, sin ir más lejos, la mayoría de muertos a causa de la pandemia no se habían contagiado por follar sin condón, sino por haber compartido jeringuillas. Algo que, de rebote, mantuvo al sida al margen de los rincones más glamourosos de nuestro mundillo pop: el afán de Madonna por convertirse en mesías arcoíris durante esta época da un poco de grima, pero ¿alguien recuerda declaraciones sobre el sida de Alaska, Marta Sánchez u otros presuntos iconos gay españoles durante los años duros del cataclismo, antes de que este se convirtiera en causa célebre y ‘aceptable’ durante los noventa?

Esto debería recordarnos también lo presente que estaba la heroína en aquellos años, no solo en el imaginario popular, sino también en la vida cotidiana: puestos a citar anécdotas, uno puede señalar que, en el bar donde desayunaba la madre de una conocida suya residente en Molina de Segura (Murcia) antes de ir al trabajo, las cucharillas de café estaban agujereadas. ¿Por qué? Pues porque eso las convertía en inútiles para cocinar un chute, lo cual evitaba que los heroinómanos locales las robasen. Y eso en un pueblo que en 2018 ronda los 70.000 habitantes: imagínense cómo estaría el panorama en según qué barrios de Madrid o Bilbao, donde la proliferación de adictos llegó a extremos de pesadilla.

España: aquella bola no molaba tanto

Este último recuerdo nos lleva a otro tipo de conclusiones. Por ejemplo, a que la España de entonces estaba más cerca de El pico 2 (Eloy de la Iglesia, 1984), los tebeos de Gallardo Mediavilla o aquel memorable videoclip que Obús grabaron para TVE en el Puente de Vallecas que de cualquier imagen en colorines que nos hayan querido vender a posteriori. Siguiendo esta misma línea de pensamiento, no cabe otra cosa que abominar del resultado que siempre sale cuando uno suma los términos “español” y “ochentero”: la maldita ‘Movida Madrileña’.

Al autor de esto, fan de Pegamoides Dinarama hasta extremos fanáticos, le jode infinito meterse en estos jardines más propios de un Víctor Lenore. Pero, aunque duela, hay que soltarlo: lo que suele conocerse como ‘Movida’ fue la degeneración de algo que en su momento recibió el nombre de ‘Nueva Ola’, que ocurrió en más sitios que en Madrid y que sí dejó canciones maravillosas (mal grabadas y mal tocadas en su mayoría, pero maravillosas) antes de convertirse en la sombra de sí mismo dejándose cooptar por el poder establecido. Y aquí quien dice “poder establecido” en realidad quiere decir “el PSOE de Felipe González”, el mismo que nos metió en la OTAN, financió los GAL y llevó a cabo una reconversión económica que dejó temblando al proletariado.

Antes de entonar suspiritos de nostalgia hacia La bola de cristal (programa cuyas mentes maestras, como Santiago Alba Rico, miraban con el ojo revirado a las estrellas del pop que lo presentaban) necesitamos admitir que todo aquello fue una gran mentira. Aunque aquello de CT o la cultura de la Transición fuese un bestseller muy circunstancial, necesitamos también dejar claro que la España de los 80 no se dio aquel lavado de cara (necesario, por otra parte) a fin de remediar injusticias históricas, sino sobre todo para proyectar una imagen competitiva de cara al mercado internacional. Y antes de preguntar que sí, pero que qué otra cosa teníamos, a lo mejor deberíamos seguir los pasos de Jordi Costa señalando que, a pesar de los pesares, en España se había gestado ya una cultura de la resistencia. Durante los noventa, terremotos como las Jornadas Libertarias Internacionales (Barcelona, 1977) parecían no haber ocurrido nunca, pero ahora no hay excusa: a googlear se ha dicho.

Moraleja: no mires atrás

Todo lo anterior ha quedado un tanto deslavazado y lleno de generalidades, pero esperamos que nuestra idea se vea clara: los ochenta fueron una década en la que ocurrieron muchas cosas nefastas, tanto en el mundo como en España, y la asimilación de sus rasgos más superficiales como fetiche pop es una tendencia que ya dura demasiado y conviene revisar cuanto antes. Pero lo más irónico de todo, aquello que le pone la guinda la tarta, es constatar que mucha de esa cultura pop ochentera que tanto se reivindica ahora fue gestada precisamente en contra de sus circunstancias.

Como hemos señalado otras veces en esta misma web, resulta pasmoso lo comprometidos políticamente que estaban muchos astros del pop en los ochenta. Y lo decimos de verdad. Por sacar ejemplos del mundillo musical, la boutade de los antedichos Duran Duran sobre ser “el grupo que sonará cuando caiga la bomba [atómica]” era en realidad una ironía amarga sobre el calentamiento de la Guerra Fría en unos años en los que el Apocalipsis era una amenaza palpable. Un presunto primaveras como Boy George (figura extremadamente reivindicable por lo demás, pero esa es otra) se posicionaba sobre la cosa LGBT en términos que, comparados con los de más de un artista actual, parecen propios de unos Negu Gorriak. Y eso solo si nos fijamos en el mainstream: la perspectiva sobre lo ochentero que ofrecen hoy las canciones de artistas como Hüsker Dü, Sonic Youth McCarthy dan ganas de examinar los ochenta, sí, pero sobre todo para que estos no vuelvan a repetirse. Es hora de que quienes fuimos a EGB encontremos otras cosas en las que pensar o, sencillamente, nos callemos la boca.

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