Adiós a los 70 insumisos: han muerto Michael Cimino y Robin Hardy

Michael Cimino, autor de La puerta del cielo, y Robin Hardy, responsable de El hombre de mimbre, murieron ayer con horas de diferencia. Recordamos a dos autores de obra escasa e irregular, cuyo trabajo sirvió para definir una época.

El italoamericano Michael Cimino y el británico Robin Hardy tenían varias cosas en común: ambos eran directores de cine, ambos filmaron muy pocas películas (siete largometrajes en el caso del primero, tres en el del segundo) y ambos nacieron, qué cosas, con una década de diferencia (Hardy vio la luz en 1929, mientras que su colega llegó al mundo en 1939). Desde ayer, ay, también podemos añadir una similitud más a la lista, porque los dos fallecieron el 2 de julio de 2016. Claro que, como en todo, aquí hay clases: mientras que el fallecimiento de Hardy sólo fue noticia para las webs especializadas en cine de terror y fantástico, la prensa generalista tuvo la cortesía de informar sobre el de Cimino, siempre en términos muy específicos. La historia del hombre que, tras hincharse a ganar Oscar con El cazador (1978), se la había cargado con todo el equipo en 1980 con La puerta del cielo (¡el film que arruinó a la United Artists y sentenció al western! ) era demasiado golosa como para dejarla pasar.

Aquí, sin embargo, nos interesa más otra faceta de su historia. Porque, está claro, ni la única película memorable de Robin Hardy ni los, al menos, tres filmes magistrales que Cimino logró rodar (a los citados hay que añadir Manhattan Sur -1985-) podrían haber nacido de no ser en un momento y un lugar muy concretos. Hablamos de esos años setenta que generaron, a la vez, el Nuevo Hollywood de Scorsese, Coppola, Hal Ashby Dennis Hopper, y esa corriente insumisa del cine británico por la cual pulularon Nicolas Roeg, el Ken Loach primerizo (el de Kes, por favor, no el de Tierra y libertad) y otros herederos del ‘Free Cinema’. Asimismo, no deja de ser digno de mención que el triunfo y la condena de ambos cineastas llegase con cintas que expresaban, cada una a su manera, sendas visiones muy incómodas de la historia de sus países, reflejando hechos y pulsiones que no figuran en los libros de texto.

Empecemos por lo más esotérico. Con un guion del dramaturgo Anthony Shaffer (autor literario del Frenesí de Alfred Hitchcock, de La huella de J. L. Mankiewicz y, atención, ‘asesor creativo’ para Paul Verhoeven en Los señores del acero), Hardy usó El hombre de mimbre para pinchar en el hueso de la Gran Bretaña rural, aquella cuyas fiestas populares y pintorescas tradiciones evocan todavía el eco de los druidas y sus sacrificios de sangre. A medias nostálgica, a medias vehículo de un horror cósmico, pero sin tentáculos, la película fue un mediano fracaso de taquilla. Pese a ello, queda como una de las producciones más originales de su época Christopher Lee (quien interpreta a Lord Summerisle, enigmático terrateniente con una visión particular de la antropología) la consideraba el mejor trabajo de toda su extensísima carrera. Ahí es nada.

El guión de La puerta del cielo no tiene nada de místico ni de pagano, pero coincide con el trabajo de Hardy en su empeño por hurgar en llagas mal cerradas. Ahí donde el director británico puso su mirada en el caciquismo, la superstición y la fe ciega, Cimino volvió a narrar la llamada ‘Guerra del Condado de Johnson’, un suceso tan bochornoso como sangriento acaecido entre 1891 y 1893: a fin de asegurar su control sobre las tierras de pasto en Wyoming, las grandes compañías ganaderas armaron un ejército privado de 200 pistoleros, quienes se dedicaron a masacrar pequeños propietarios, en su mayoría inmigrantes pobres como ratas. Si bien su respeto a los hechos registrados fue tirando a nulo, Cimino armó una hermosa historia en torno a un sheriff que se solidariza con los más pobres (Kris Kristofferson), un asesino a sueldo (Christopher Walken) y una madame que, a su manera, los quiere a ambos (Isabelle Huppert). La cual se interpreta como el discurso final de Brad Pitt en Mátalos suavemente («América no es una comunidad, es un puto negocio»), sólo que dicho discurso no dura tres horas y media en su versión más o menos completa.

Elevar a Hardy y a Cimino a la categoría de mártires es fácil. Demasiado fácil, de hecho. Mientras que uno trabajó en el ocaso de un sistema (su concepto más o menos ‘tradicional’ del horror estaba ya pasando de moda) y no volvió a rodar una película estimable tras su soberbio debut, Michael Cimino tensó hasta el límite la liberalidad que los estudios habían mostrado hacia los movie brats de los setenta realizando (en palabras de la crítico Manohla Dargis) «la película sobre la lucha de clases más cara de la historia». El director tomó decisiones de difusa racionalidad, prohibió las visitas de la prensa al rodaje (lo cual le granjeó la enemistad de muchos críticos antes del estreno) y, todo hay que decirlo, se gastó una parte significativa de su presupuesto (44 millones de dólares, sin ajustar a la inflación) en generosas cantidades de cocaína para sí mismo y para su equipo. Súmense a esto una premiére desastrosa y un segundo montaje casi ininteligible, destinado a las salas comerciales, y se tendrá la receta del desastre perfecto. El Nuevo Hollywood podría haber reventado por culpa de Apocalypse Now (1979) o de Rojos (Warren Beatty, 1981), pero fue La puerta del cielo la que pagó el pato. Con tanto director y productor perpetuamente engorilado, que alguno metiese la pata era sólo cuestión de tiempo.

Y el tiempo, a su vez, ha sido el que ha puesto en su sitio a estas dos obras maestras. Alabada durante muchos años por críticos de izquierdas como Robin Wood dada su explícita ideología, La puerta del cielo fue canonizada por fin en 2012, cuando un montaje restaurado de 216 minutos recibió una ovación histórica en el Festival de Venecia, frente a un Cimino cuya actitud era un enfurruñado «a buenas horas». La vindicación de El hombre de mimbre, por su parte, ha resultado más insidiosa: si bien los fans del cine de género han tenido siempre un hueco para este filme en sus corazones, y si la obra de un titán moderno como Ben Wheatley (High-Rise) sería inconcebible sin su influencia, últimamente se lo ha mencionado mucho (y se ha recordado mucho la figura caciquil de Lee como Lord Summerisle) en relación al Brexit y al auge de la extrema derecha en el Reino Unido. Ojalá los filmes que mejor perduran no fuesen aquellos que nos enfrentan contra nuestro lado más injusto y sórdido, pero el caso de estas dos películas apunta a que eso es lo que hay. Una pena que sus directores no pudieran gozar de ese mérito estando en vida.

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