Mutilación, sangre y masacres infernales: así es la ‘Hellboy’ que no vamos a ver en España

Gente partida por la mitad, decapitaciones, explosiones de sangre. El montaje original de la nueva Hellboy es un blockbuster chiflado de superhéroes dirigido por Conan el bárbaro. Sin embargo, en España solo veremos una versión cortada y editada que le quita toda la esencia que le da sabor. Explicamos por qué la versión sin cortes era tan necesaria y analizamos las modificaciones paso a paso.

La nueva versión de Hellboy es más una película de Neil Marshall que una adaptación del cómic de Mike Mignola, aunque también consigue ser una buena antología de muchos de los pequeños momentos e historias de los tebeos, tanto de Hellboy como de B.P.R.D. En resumen, es un buffet libre de monstruos, gore, criaturas, terror, ectoplasma grotesco, mitos, tiros, gente destripada y seres infernales que está rodado con la sensibilidad cafre de un director reconocido por su brutalidad, cuyo cine ha servido hasta de inspiración para el tono de Juego de tronos (2010-2019).

Las alarmas saltaron cuando en el pase de Hellboy en España se proyectó una copia diferente a la que se ha visto en pases previos, en Estados Unidos y países de Europa como Bélgica o Alemania. El material proyectado correspondía a una copia mutilada, sin la mayoría de planos de gore y sangre. Aunque no se avisó a los periodistas ni al público, posteriormente, Vértice, la distribuidora en España, confirmó que la versión que se estrena en España está censurada y mutilada. Mientras la R del estreno en USA se utilizaba allí como elemento promocional, como valor frente a otros eventos cinematográficos, en España el metraje ha sido alterado para llegar a un público más amplio, con promociones en el programa La Resistencia y canales de youtubers como Wismichu.

El blockbuster suicida

Todo forma parte de una operación que tiene como intención salvar las castañas que queden tras el fracaso en taquilla en Estados Unidos. Una maniobra mal hecha, rápido y con prisas que denota que normalmente, las distribuidoras ni siquiera conocen el producto que tienen entre manos. Hellboy es una adaptación de un tebeo para adultos. Una megaproducción de terror ideal para el otoño, vendida con su estreno en plena competición con los superhéroes de DC (Shazam) y Marvel (Vengadores: Endgame). Para redondearlo, España está censurando tanto en la copia doblada como la versión original subtitulada. La posibilidad de verla íntegra pasa por esperar a comprobar si el formato doméstico en España incluye el montaje americano con toda su violencia o no.

El resultado de esta operación comercial chapucera es que han acabado quitándole su carácter de blockbuster contracorriente y punk y gran parte de los mejores gags de la película. Todos los momentos gore se han esfumado o sustituido de forma vergonzosa, privando a la película de su poder transgresivo y su naturaleza ultraviolenta. Y es que el gore de Hellboy, contrariamente a lo que puedan hacer parecer las críticas, sí hace la película mejor. La inclusión de mutilación y brutalidad propia de un cine bárbaro es una declaración de intenciones que funciona como catarsis frente a la conformidad. Hay muchas críticas destructivas que se centran en su humor de tebeo que no parecen haber captado las intenciones de la película. Mientras tanto, películas mediocres, televisivas y chuscas como Bird Box (2018) se convierten en fenómenos en las redes.

La importancia de hacer la peineta de vez en cuando

Independientemente de que la película sea mejor o peor, lo que se va a ver en el cine en España no se corresponde a al tono descerebrado y visceral que tiene coherencia plena con la filmografía del inglés. Guste más o menos, Marshall ha hecho una peineta a la avalancha de películas de superhéroes para chavales que siguen las líneas y reglas de lo que se puede ver tanto en una sala de cine bajo la recomendación PG-13 como en el mercado chino. ¿No parece sospechoso que películas como MEG (2018), basada en una sangrienta novela de terror animal, se estrene con una bestia marina que no deja ni gota de sangre al alimentarse? ¿Que películas de acción basadas en clásicos ultraviolentos como La jungla de cristal (1989) se conviertan en medianías para llevar a la familia como El rascacielos (2019)? ¿Que sórdidas películas de terror creepypasta como Slender Man (2018) se conviertan en correctos productos para adolescentes sin las muertes que proponían sus propios tráilers?

Es genial que tengamos un evento cinematográfico como las Guerras del Infinito y el enésimo spin off de Star Wars, pero negar que el cine de entretenimiento en pantalla grande está necesitado de un poco de mala hostia es querer vivir dentro de un huevo lechoso en el que nada nos haga daño y que los monopolios blanditos nos rocen suavemente por encima. Recientemente hemos tenido la oportunidad de ver el programa de estrenos de Disney hasta 2027. Mil secuelas de Avatar (2009) —la versión más domesticada de su director, un auténtico maestro en el blockbuster violento— se dan la mano con dos nuevas trilogías de Star Wars, fases interminables de cine de superhéroes y más y más versiones de películas de animación taxidermizadas en “acción real”. Fox, la casa que arriesgó con cine de terror de alto presupuesto como La cura del bienestar (2017) ha sido absorbida, y propuestas como la trilogía de El origen del planeta de los simios (2011) o su visión radical del cine de superhéroes Logan (2017) acabarán neutralizadas.

Por ello, cuando una película como Hellboy consigue lo que consigue con un presupuesto de 50 millones de dólares —6 veces menos que Vengadores: Endgame— su gran jugada maestra en EE.UU es plantar cara al cine amilanado y manufacturado con una explosión de creatividad en todos sus frentes, desatando la imaginería del cine de terror más suntuosa en lo que iba a ser tan sólo una película de superhéroes. Tienes una película de El Santo, Ghoulies, transformaciones licantrópicas, Cuentos de la Cripta, un minihomenaje a Depredador (1987), rituales de resurrección y el origen de Hellboy con una concepción propia del cine satánico, brujas rusas que dan miedo, una secuencia zombi, body horror que cita directamente a Brian Yuzna o Frank Henenlotter, el mito del intercambio, la secuencia de lucha que no vimos en Trollhunter (2010), un minitebeo pulp de los cuarenta en un flashback y todavía le da tiempo a replantear la clásica secuencia de desastre en las calles de la ciudad con la invasión de unos seres salidos que aterrarían a los cenobitas de Hellraiser (1987) o al Cabeza de Pirámide de Silent Hill (2006).

El fracaso de las alternativas

Sí, estirar el presupuesto para que todo esto tenga un acabado CGI perfecto es complicado, pero el resultado no está peor renderizado que la cara de Thanos o de Hulk en algunos planos del final de Vengadores: Endgame. Pese a ello, la crítica se ha cebado con la versión R también y no hay muchas posibilidades de redimir esta imagen negativa. Un poco a la manera del Predator (2018) de Shane Black, otro ejemplo de blockbuster valiente, macarra y vintage que fue repudiado por crítica y público. Que todo esto ocurra en un escenario en el que está programada la conversación cultural de la próxima década y que la pantalla grande cada vez va a tener menos posibilidades de diversidad y representación de presupuestos medios —siendo relegados seguramente a las plataformas, en donde el impacto cultural vive lastrado por el hashtag del día— la situación no está precisamente para despreciar ofertas como esta Hellboy.

HELLBOY llega a nuestras pantallas en una versión recortada y con la violencia suavizada. Hemos visto ambas versiones y te contamos en qué consisten exactamente las diferencias.

Tuitea esto

La película de Neil Marshall no solo se postula como una bocanada de aire fresco sino como todo un fuck you en plena cara, una peineta de disconformidad ante lo que es un horizonte plagado de aventuras recicladas, iluminadas como series de televisión y acabadas sin gota de sangre. Es algo sintomático que el primer plano de la película sea un cuervo comiendo el ojo de un cadáver purulento —casi una marca de agua del director—, mostrando a las claras que estamos ante un despiporre de horror grandguiñolesco desde el primer segundo. De hecho, es quizá el único blockbuster de acción pensado para los fans del terror que veremos en años. En su formato original, es una inaudita locura de gore monstruoso que recupera al Marshall desquiciado de Dog Soldiers (2002) borracho de heavy metal y tebeos de espada y brujería. Si no entras en su juego de matrioskas de pequeñas películas de terror y cómics dentro de la película —un poco a la manera que hacía en Doomsday (2008) con lo postapocalíptico, que adelantaba incluso imaginería de Mad Max: Fury Road (2015)—, enganchando una antología de relatos y flashbacks, es probable que la odies. Pero Hellboy juega con el grafismo sanguinolento para ofrecer un tebeo de 2000 A.D. grotesco y socarrón. El gore es gag. La sangre es discurso. Es parte de la experiencia como gamberrada pasada de moda, en la que los chistes malos sirven de contraste a la violencia.

Por ello, tratar de eliminar o abreviar esas escenas, frames, planos y detalles le quitan actitud, degradan el festín visual y rompe la brújula de la obra. Es como un pulpo a feira sin pimentón o una hamburguesa de McDonalds sin ketchup. Si un cómic de La espada Salvaje de Conan le quitas la violencia, no será ni puede llamarse «salvaje». La impresión que deja es anecdótica. Deja expuestas sus costuras, se notan los cambios de edición, los arreglos son parches mal hechos. Hay una sensación de chapuza y se rompe el crescendo que hay hasta su gran final de imágenes infernales. Es la misma lógica que tendría remontar Toy Story 4 (2019) con escenas de violación y desmembramientos para darle un tono adulto y cambiar la calificación a un público maduro. Todo para llegar a una situación de descontento del espectador potencial y un grupo de chavales con el móvil dentro del cine que van a ver una versión low cost de las películas de superhéroes más caras que tienen a tiro cada fin de semana. Es un movimiento de torpeza sin límites. Se puede entender como un intento desesperado por hacer algo de caja tras el pinchazo en taquilla en EE.UU. pero igualmente no se entiende que existan tráilers específicamente violentos que no se correspondan a lo que se estrena aquí. Puede que en un mundo global estas cosas nos resulten más flagrantes, pero se antoja surrealista ver material promocional en la red que luego no tendrá correspondencia en el corte final.

Comparando las dos Hellboy

Para hacernos una idea de la sensación tan distinta que deja una copia frente a la otra, lo mejor es ir desgranando los cortes, cambios y diferencias que los que tuvimos la oportunidad de ver el montaje sin alteraciones podemos recapitular, al menos hasta que haya una oportunidad de verlo como es debido. A partir de este momento, entramos en un terreno de spoilers, por lo que te recomendamos seguir solo si la has visto y/o te apetece saber qué cambios se han planteado en cada secuencia. La mayoría de estos son reducción de frames, en algunos casos la sustitución de unos por otros.

La bruja de Pendle Hill  

El pequeño prólogo de Hellboy es un retorno de Neil Marshall al terreno medieval que ya tocó de forma tangencial en un pequeño episodio de Doomsday, reviviendo aquí los infames procesos a las brujas de Pendle con un prólogo que incluye mitos artúricos —su proyecto soñado— y recuerda a una versión alocada del prólogo de La máscara del demonio (1960), que sirve además como ensayo para The Reckoning, el proyecto actual del director, sobre la época de las brujas en Reino Unido. En este pequeño prólogo hay algunos fotogramas del cuervo comiendo el ojo a un cadáver putrefacto (que en la versión R echa un líquido purulento) y se ha omitido el corte del brazo y la cabeza de la bruja (Milla Jovovich), para saltar directamente al momento en el que el rey Arturo mete su cabeza en un cofre.

El Santo contra el hombre vampiro

De ese prólogo atmosférico, Hellboy salta a un espectáculo de lucha libre mexicana con un enmascarado que podría haber sido compañero de aventuras de El Santo. Otro detalle cinéfago que existía en el tebeo, que aprovecha para empezar mostrando a su Chico Diablo en un emplazamiento idóneo para una pelea de monstruos, un ring mexicano. El Hombre Murciélago contra el Demonio Rojo podría ser el título de cualquier secuela de la serie. En esta escena el corte es mínimo, tan solo algunos frames de la muerte del vampiro, clavado en uno de los palos del ring. En el montaje R se ve como atraviesa la madera, mientras que el cortado pasa directamente al monstruo empalado.

El monstruo en la abadía

En una pequeña escena de terror en medio de la acción, el hombre-jabalí que trata de revivir a Nimue ataca una abadía gótica en una escena propia del cine de terror más clásico que no chirriaría en La monja (2018). Es una escena corta, pero el ataque del monstruo se produce a lo bestia, aplastando a uno de los monjes con la puerta —hay un corte de un plano de la sangre y el cuerpo aplastado y la matanza dura más— y luego le arranca a otro la mandíbula para comerse su lengua. En la original se ve perfectamente cómo destruye la cara del monje, con plano a la lengua arrancada y al cadáver borboteante. Este momento horripilante tiene más efecto de comedia cuando la criatura dice las palabras con la voz del monje, pero la secuencia abreviada hace que se pierda el efecto.

Los Cazagigantes

Tras una pequeña escena de los años cuarenta en la que el caza nazis da algún tito a bocajarro que ha podido sufrir alguna variación de sangre digital, pasamos a una de las secuencias más delirantes de la película, cuando Hellboy acompaña a un grupo de matagigantes —descacharrante momento con los cascos de ciervo, por cierto— y se encuentran los restos de la matanza de un grupo de gigantes. Los cadáveres destripados más o menos se mantienen, salvo algún frame de duración, pero los grandes cambios están en los golpes que propina Hellboy a los cazagigantes cuando le emboscan, que en la versión R son muy gráficos y sangrientos, así como los daños que él recibe. La batalla con los gigantes se ha respetado, pero en el último espadazo, el borbotón de sangre que sale de la cabeza del gargantúa es rojo en vez del verde que tiene la versión censurada.

El club Osiris

La entrada en el club Osiris no tiene el mismo impacto en la versión estrenada en España. La entrada al club con todos los muertos es más atmosférica y menos “de paso”, con Hellboy deteniéndose a mirar los restos de uno de los miembros que ha sido machacado, con un plano a su cabeza partida en dos tremendamente gráfica. La entrada en otra sala tenía una cabeza cortada encima de una mesa y hay planos directos a otro cadáver desgarrado. No hay mucha diferencia de tiempo, pero la falta de detenimiento en los efectos acelera el ritmo y la escena queda más desdibujada. La aparición de la reina a Hellboy es igual, pero en los tráilers hay un momento de sexo bajo una ducha de sangre que puede ser una visión correspondiente a este momento o más adelante. Tampoco estaba en la versión R, así que será o bien una escena eliminada o bien un aporte para una improbable versión unrated.

El retorno de las brujas

La escena en la que las brujas cosen a Nimue se conserva, pero el nivel de detalle de las puntadas y los planos a las caras de las mismas puede estar minimizado. La escena con bruja que sí que tiene dos variaciones importantes es la de la casa de Baba Yaga. En la escena se comenta que esta tiene un guiso hecho de niños que ofrece al demonio, pero en la copia sin cortes se ve realmente el estofado gelatinoso de manitas, al que se acompaña una mirada de Hellboy a la despensa de la bruja, en donde cuelgan los cadáveres a medio comer de unos infantes. En el nuevo montaje se deja ver un salto que genera un lapso que se nota demasiado, además de eliminar el aire de amenaza de toda la escena, ya que en el instante que Hellboy mira se da cuenta del peligro real de la bruja.

Depredador

Durante el vuelo en helicóptero a Pendle Hill, Ben Daimio relata cómo su equipo fue diezmado por una criatura en la jungla, en una especie de recapitulación minúscula de cómo fue contagiado por un hombre-leopardo. La escena es un minihomenaje a Depredador, con un cuerpo colgante sangrando que también está ausente en el corte censurado, dejando ese pequeño capítulo cojo y haciendo que se rompa la lógica de pequeños flashbacks con contenido propio que hacen que el conjunto sea una especie de antología. Su relato queda en una anécdota sin interés, no por la falta de un plano gore, sino porque se reduce el relato a las bravas.

Regreso a Pendle Hill

En la tremenda secuencia en la que la reina Nimue recupera su sangre, hay apariciones de zombies y criaturas de todo tipo que parecen salidas de algún título perdido de la Empire. Ghoulies, rremlins y seres de la oscuridad aparecen en un festín monstruoso en el que algunos de los planos más desagradables —algún primer plano a zombies con gusanos— son eliminados, pero hay un momento más flagrante, puesto que altera la narración en una y otra versión. Hellboy irrumpe en la escena con un disparo a la cabeza de Nimue que, literalmente, le revienta el cráneo y le deja un ojo colgando, y es en ese momento en el que las criaturas comienzan a huir, hasta que se recupera y doblega a Hellboy de nuevo.

Las visiones de apocalipsis

Hellboy es un carrusel de escenas visualmente pensadas para los fans del cine de terror, la estética heavy metal y el horror gótico. Uno de los grandes momentos tiene lugar cuando agarra la espada Excalibur y ve su futuro como comandante a lomos de un dragón infernal, en modo Khaleesi, pero con una espada de fuego comandando a otros demonios que llevan el apocalipsis a una tierra que parece el infierno, con masas de gente que parecen almas condenadas. En la visión, Hellboy cae en medio de todos ellos y en la versión uncut comienza a segar a hombres como si fueran ganado, con pases de la espada que decapita a varios de una vez y planos de chorros de sangre que, de nuevo, se pierden en la edición española, creando otro impasse en la miniescena, como si le faltara el clímax a un final real.

Panic in the Streets of London

Quizá el momento más flagrante es que el clímax real de la película es la culminación de una serie de pistas y momentos de oscuridad cómplice con el espectador y que en su versión limpia queda como una escaramuza sin calado. La parte final de Hellboy se compone de dos momentos que conectan con el cine de catástrofes. En primer lugar, la reina de Milla Jovovich llevando la plaga por las calles deja estampas de gente escupiendo líquido negro y caras con pústulas —de la misma forma que en Doomsday— que se pierden en el remontaje. (También hay momentos de escenas rodadas con Nimue siendo disparada que no están tampoco en la versión R).

En la confrontación final, la transformación en leopardo tiene pequeñas modificaciones digitales para quitarle la sangre sobre los dedos y uñas que incluso se dejaba ver en el tráiler. El efecto es mucho más irreal y menos traumático para el personaje, dejando en evidencia el CGI modesto de forma más obvia. Además, en la muerte del hombre jabalí, la explosión de sangre llega a salpicar a la cámara.

Finalmente, la aparición de esos cenobitas kaiju, esas criaturas de diseños maravillosamente extrañas, llevan a un momento de destrucción que sirve hasta de parodia de los clímax destructivos de otras películas de superhéroes. Es como la contrapartida oscura, sangrienta y pasada de vueltas del clímax de X-Men: Apocalipsis (2016) en la que la gente es lanzada al aire y cortada con cuchillas, ensartada en patas como pinchos morunos, serrados con instrumentos de tortura masiva, partidos por la mitad por demonios voladores o desollados con las manos. Un auténtico momento de horror surreal épico, de visiones infernales propias de portada de death metal o del Bosco poseído por Clive Barker que se queda en una pequeña aparición en la que los segadores no hacen nada. Un anticlímax que no se arregla con la decapitación a medio gas de Nimue, cuya cabeza caía sangrando en otro plano desaparecido, o la reducción de la sangre en el clip final a ritmo de Mötley Crüe.

No hay mucho más que añadir a toda esta acumulación de cambios, que alteran el tono, la textura y el espíritu de la bomba de Neil Marshall. El todo es más que la suma de las partes y funciona casi como manifiesto de amor al cine de terror en todas sus variantes. No es solo una adaptación de un tebeo de Mike Mignola más sucia, ligera y efectiva que las de Guillermo del Toro, sino que realmente sabe integrar el conflicto paternofilial y el dilema de la atracción de su propia naturaleza sin dar muchas vueltas alrededor y planteándolo como una consecuencia lógica, muy alejado de los dramas de las anteriores encarnaciones. Hellboy es una verbena de oscuridad y humor chabacano, no para todos los gustos, pero una joya de culto absoluto para el que logre conectar con el juego que propone Marshall, que proyecta aquí todos los anhelos cinematográficos de prolongada ausencia en la pantalla, comprimiendo cada minuto para poder ofrecer más y más. La pena es que no podamos disfrutarlo en su concepción genuina hasta la llegada del formato doméstico y que la incomprensión de crítica y público la releguen a los abismos, aniquilando cualquier idea de secuela.

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