Nando Cruz: «El ‘indie’ español optó por el ‘sálvese quien pueda»

¿Recuerdas cuando cantar en inglés era lo más? El periodista Nando Cruz disecciona el mustio panorama 'alternativo' de la España de los 90 en Pequeño Circo (Contra), un libro que recoge infinidad de testimonios y que ya ha levantado unas cuantas ampollas.

Estaba claro que después del hipster le tocaba el turno al indie español. Porque tras el repaso que Víctor Lenore dio a los eternos niños-reviejos de los noventa en su libro Indies, hipsters y gafapastas (Capitán Swing), surgía la necesidad de otra obra antipática que cuestionase lo que hemos sido y lo que nos han contado que vivimos, que nos tirase de alguna tripa en lugar de acariciarnos el lomo con las pegatinas habituales y un recopilatorio del que ya sabemos el orden de las canciones. Y era también preciso que la firmase alguien desde dentro, sin nostalgia ni vendettas, alguien que no retire la mano cuando la autocrítica muerde en hueso e inmune a la condescendencia generalizada: revisar el pasado debería permitirnos leer mejor el presente porque para lo otro ya está la maldita hemeroteca.

Con cerca de mil páginas y más de cien entrevistas, Pequeño circo. Historia oral del indie en España busca responder a lo primero y hurga sin tiritas en lo ocurrido en oficinas y fiestas populares a partir del testimonio directo de sus protagonistas, a los que prácticamente escuchamos respirar sobre la grabadora, desde el Xixón Sound y aquel “Córtate el pelo, cambia de vida” que recorrió Asturias en camiseta al efecto Dover que arrasó la península años después; del Espárrago Rock a la invasión de los modernos de provincia, que en Malasaña fuimos cientos, os recuerdo. A la segunda necesidad responde el periodista Nando Cruz (1968), colaborador de Rockdelux y El Periódico de Catalunya, que vivió esos días con la euforia y el optimismo reinantes y que hoy se muestra escéptico con lo que supuso el indie en España.

“Trescientos grupos practicando un hobby no suponen una alternativa a nada”, resume. “Había en muchas de estas charlas un interés por restar importancia a todo aquello y asumir que buena parte de la escena fue una burbuja”, burbuja que la prensa ayudó a inflar, así que entiende que “va siendo hora de apostar por análisis más críticos, por mucho que nos escuezan”. “Una escena que no ha legado ni media docena de éxitos intergeneracionales puede seguir considerándose a sí misma muy guay, pero veinte años después es normal preguntarse por qué no tuvo ningún calado social y considerar eso una derrota”.

Una recomendación para susceptibles y connoisseurs de pata negra: dejad de sufrir. Lo ideal es venir ya desahogado de casa, libre de los calentones de las redes sociales. Si han tenido que pasar 20 años para que editorial, público y autor muestren interés en meterle mano a los noventa, los meses transcurridos desde la publicación de Pequeño circo favorecen también una lectura en frío, lejos de un debate propio de fanáticos y viudos. Como historia oral repleta de referencias mesiánicas, Pequeño circo tiene algo de biblia, pero no hay en sus páginas un Único Relato Que Debe Ser Contado sino un laberinto de hilos y algunos dogmas asumidos que se tambalean si damos un tirón, desde la dictadura del buen gusto al papel de las reverenciadas listas.

En serio: ser un apasionado del pop no es algo demasiado especial. Las partes en las que Nando Cruz invita a sus entrevistados a recordar la presencia de la música en su infancia y juventud y cómo decidieron hacerla suya y convertirla en un aspecto vital es un anecdotario bellísimo, repetitivo y universal del poder del sonido para taladrarnos la cabeza, cavar un agujero, poner un huevo monstruoso y dejarnos majaretas para siempre, sin distinción del peinado. Resulta difícil no identificarse en tanta epifanía, al margen de tu colección de discos. Pero como don Quijotes tras un empacho de novelas, leyendo a algunos a veces pienso que el mayor peligro de escuchar mucha música no es quedarse sordo, sino ciego.

En lugar de darle al lector una historia oficial del indie, el tipo de visión cerrada y académica que ofrecen muchos libros que se acercan de forma retrospectiva a la cultura pop y a movimientos musicales, has optado por una historia oral donde son los dejar que hablen los demás y defiendan sus posiciones. ¿Por qué la elección de este formato?

En la propuesta de la editorial Contra ya iba implícito el formato de historia oral. Y, tal vez por mi formación como periodista, no tengo demasiada tendencia a dar visiones académicas ni a escribir textos que propongan tesis cerradas. Me gusta más observar, preguntar y dar la voz a los protagonistas. Obviamente, al elegir hacia dónde miro, a quién entrevisto y qué le pregunto ya estoy, de algún modo, introduciendo mi mirada.

Me pareció buena idea armar esta historia con voces de los protagonistas y, aún más, que se contradijeran, porque veinte años después los recuerdos nunca son exactos y porque con el tiempo la gente cambia de criterio y redefine su visión de las cosas. Una de mis motivaciones al aceptar el encargo fue, justamente, explicitar lo mucho o poco que habían cambiado los protagonistas del indie de los noventa. Yo mismo he cambiado bastante respecto a la visión que tenía de todo aquello. He querido sugerir, alimentar y rebatir esta percepción mía, construyendo el relato a través de las declaraciones de todos los entrevistados, pero sin dirigir todas las voces en una misma dirección porque la disparidad de criterios es esencial en toda obra coral y porque un libro en el que todo el mundo opina igual no sería creíble. Esas contradicciones y visiones enfrentadas están ahí para dar riqueza, viveza y credibilidad al conjunto del relato.

Después del ruido generado por el libro de Lenore había una necesidad de acercarse al indie desde una perspectiva crítica. La visión de Víctor es que el indie no fue demasiado diferente de la Movida, que no supuso ninguna alternativa real a nada y que artísticamente fue inofensivo. Como periodista que participaste de aquello, ¿cuánto compartes de esta visión desencantada del indie y cuánto querías, precisamente, matizar?

La presencia de la música indie en los medios de comunicación y otros espacios desde los que se encauza el consumo cultural, como los festivales y la publicidad, es tan desmedido que vale la pena preguntarse cómo una música inicialmente tan marginal y minoritaria ha acabado ocupando un espacio teóricamente reservado a los grupos superventas. Y solo por eso creo que merece la pena acercarse al indie desde una perspectiva crítica.

Coincido con Lenore en que el indie es la versión in english de la Movida. Por mucho que al principio se presentase como su enemigo, acabó reproduciendo muchos de sus esquemas: el hedonismo, la anglofilia, el intento de asaltar los canales preestablecidos… El tiempo ha demostrado, y el libro lo refleja, que los proyectos colectivos entre artistas fueron pocos. Y coincido también con Lenore en que fue una música bastante inofensiva. La principal diferencia que veo es que los grupos de la Movida que triunfaron tenían una vocación popular y la mayoría de grupos indies tenían una actitud altiva e incluso despectiva respecto al público. Cantaban en inglés y si no se les entendía era problema del público. La voluntad comunicativa se perdió. ¡Tener pocos seguidores casi era algo positivo! ¡Te daba credibilidad indie![pullquote align=»right» cite=»La mayoría de grupos ‘indies’ tenían una actitud altiva e incluso despectiva hacia el público.» link=»» color=»» class=»» size=»»][/pullquote]

A lo que no le veo mucho sentido es a renegar de los gustos. Aunque en el gusto hay una importante influencia social, también tiene un componente íntimo e ingobernable al que es absurdo resistirse. Para mí el periodismo y el gusto son cosas distintas o deberían serlo. Me ha costado muchos años de mal periodismo aprender que lo que llamamos buen gusto es algo muy inconsistente que no debería centrar el periodismo musical de una medida tan exagerada. Y cuando entiendes eso, de entrada, asumes que puedes hacer una revisión crítica de una escena musical sin necesidad de quemar esos discos. Algunos me siguen gustando y otros no me gustaban ni entonces, pero nada de eso nos debería impedir reevaluar aquella escena: su origen, sus intenciones, sus valores sociales, sus grietas, sus verdades y mentiras…

El trabajo de la prensa diaria y mensual ha sido principalmente promocionar a los distintos géneros e ir maniobrando entre modas y tendencias de forma más o menos disimulada. Va siendo hora de apostar por unos análisis más críticos, por mucho que nos escuezan.

Es tan necesario ahondar y cuestionar lo que hemos leído hasta ahora de la escena indie como lo es cuestionar y ahondar en otras escenas de la música española. Lenore y yo nos hemos puesto con el indie porque es lo que más conocemos, pero más que acercarse al indie con una perspectiva crítica lo que hay es que acercarse a todas las música con esa misma perspectiva crítica. Hay mucho trabajo por hacer en ese sentido. Faltan libros que hagan una revisión crítica del hip-hop, de los festivales, del rock urbano, del punk, del rock radical vasco, del rock català, de la propia prensa musical española… Está todo por escribir, en realidad.

En los noventa, en publicaciones como Mondo Brutto ya se podían leer muchas de las críticas actuales al indie. El resto, medios especializados y generalistas, sellos, grupos y público, hemos tenido que esperar dos décadas para poder cuestionar el indie, a tiempo para coincidir con el actual revival de los noventa. ¿Cuáles son las ventajas de mirar aquella época desde la actualidad? ¿Qué nos permite todo este tiempo?

Veinte años es un tiempo ideal para tomar distancia de todo, hasta de ti mismo. Lo he notado mucho hablando con los protagonistas del libro. No creo que hace diez años hubiesen sido tan francos y tan autocríticos. Ni siquiera creo que yo, hace solo diez años, hubiese sido capaz de hacer según qué preguntas y enfocar el libro hacia donde lo he enfocado, con esta mirada más crítica y no solo estética de lo que significó el indie. Ahora, en cambio, muchos se ven a sí mismos como otras personas y las entrevistas han sido mucho más provechosas.

Había en muchas de esas charlas un interés por restar importancia a todo aquello y asumir que buena parte de aquella escena fue una burbuja. Por un lado coincide este revival de los años noventa, pero, por otro, vivimos un clima político en las antípodas del «España va bien» de los noventa, y el contraste entre la retromanía injustificada y un contexto social tan distinto hace que hoy muchas cosas no cuelen tanto. Lo que en los años noventa solo era pura inercia, en 2015 nos chirría mucho más. De repente, actitudes y discursos que entonces nos parecía lógicos ya no nos lo parecen tanto. Es normal, se nos ha caído la venda de los ojos. El contexto actual y madurar como personas provoca este cambio de visión.

Munster no tenía nada que ver con Siesta, ni el pop naif con el garaje. Puede decirse que lo que sirvió de paraguas a toda aquella generación fue la voluntad inicial de esquivar a la industria y buscar una alternativa. Antonio Arias (Lagartija Nick) recordaba, algo avergonzado, los discursos de “cambiar a Sony desde dentro”. Pero durante la lectura del libro tuve la sensación de que hoy no se subraya lo suficiente esta militancia como algo imprescindible para entender el indie. ¿Cómo fue de importante para valorarlo?

J de Los Planetas sí subraya mucho esa lucha por hacer algo de forma DIY y ese enfrentarse a las multinacionales, pero con la edad ha acabado asumiendo que esa era una batalla pequeña comparada con la verdadera lucha contra el capitalismo. Y me temo que el indie, más que luchar contra el capitalismo a menudo lo alimenta con unas prácticas de pyme cultural.

Si en el libro no está subrayada más esa militancia anti-multinacional o esas políticas DIY es porque en España duraron muy poco. El libro quería explicar los orígenes de esta escena, pero también su evolución, para así poder entender qué tiene que ver el indie de hoy con aquél. En 1995 el grupo indie con mayor potencial, Los Planetas, ya había publicado su primer elepé en una multinacional y la inmensa mayoría de sellos indies estaban recibiendo dinero de la editorial de Warner para sacar sus discos, ofreciendo canciones para publicidad y cine e intentando sonar en Los 40 o, en su defecto, en Radio 3; es decir, el indie español estaba valiéndose de los mismos canales que utilizaron los grupos de la Movida.

https://www.youtube.com/watch?v=Rs97U5F4628

La historia de David contra Goliat es muy bonita, es la que nos gusta explicar porque es la que se contaba entonces, pero 20 años después está bien detectar las grietas y matices que hubo en el indie de los noventa porque no todo fue tan idílico y, desde luego, no se creó una alternativa real. Al menos, yo no lo veo así hoy. No dudo que en su origen hubiese un espíritu de militancia indie en varios sellos. Y muchos otros mantienen ese perfil, pero también es cierto que en cuanto se vio la posibilidad de aprovechar las estructuras ya existentes se abandonó la idea de crear una escena entre todos. El indie de los noventa pudo crear un tejido verdaderamente independiente y al margen del circuito oficial, pero muy pronto optó por el ‘sálvese quien pueda’.

Cada sello se buscó la vida y por eso hoy apenas existe un puñado de empresas que viven de proveer a los ayuntamientos y marcas de grupos para sus eventos. Y los grupos y sellos que se mueven al margen de estas estructuras heredadas del indie lo tienen aún peor que los que empezaban en los años 90 porque el circuito está mucho más viciado por agentes externos y si los grupos no entran en ese juego de patrocinios se ven abocados a una marginalidad aún más oscura. En este sentido, el indie español de los 90 repite la evolución de la escena independiente española de final de los 70 que derivó en la Movida y en ese pop-rock nacional anodino que es prácticamente un equivalente al indie-mainstream que triunfa hoy.

¿Acabó pasando factura esta actitud anti-industria, anti-público y anti-todo? Según algunos entrevistados, desembocó en una alarmante falta de himnos y en una música que muchos consideran no sólo ensimismada y aburrida, sino que ni siquiera se puede considerar pop. El bofetón de Luis Landeira (Mondo Brutto): “Si hubiera sido pop de verdad, habría entrado en las listas de éxitos. Así que, si el indie era pop, era un pop de mentirijillas”.

No creo que hubiese una actitud anti-industria generalizada en el indie porque muchos grupos intentaron dar el salto. Aquí lo que pasó fue que la industria apenas tuvo interés en el indie más allá de RCA y Warner. Y no es casual que, en ambos casos, fuese por insistencia de las mismas dos personas: Javier Liñán y Álvaro de Torres. [pullquote align=»right» cite=»Creer que puedes triunfar en Berlín cuando no te van a ver 70 personas en Ávila muestra una descomunal falta de conexión con la realidad.» link=»» color=»» class=»» size=»»][/pullquote]

Lo que sí había era un desprecio por lo popular. Se creó esa falacia de que si los grupos estadounidenses hacían ruido, cantaban en inglés y vendían millones de copias, en España también sería posible. Pero, claro, trasladar el modelo de un país con una tradición tan dilatada en el rock ¡e incluso su idioma! a un país como España no tenía por qué funcionar. Es increíble recordar hoy a grupos que en 1994, cantando en un inglés infame, creían posible triunfar en Europa. Creer que puedes atraer al público de Berlín y Manchester cuando tocas en Ávila y no te van a ver ni setenta personas muestra una descomunal falta de conexión con la realidad.

Pero así eran las cosas: la prensa halagaba a esos grupos, esos grupos apenas tenían fans ni ventas pero se sentían validados para grabar una música que apenas tenía voluntad de comunicarse más allá de su círculo de iniciados. Si no tienes en cuenta la opinión del público, si te parece una derrota gustar al público, acabas haciendo una música hermética y vanidosa que puede seducir a los periodistas indies, pero que en una radio comercial o en una televisión no tiene la más mínima posibilidad de encontrar hueco en el prime time.

Y, en efecto, a diferencia de la Movida, el indie de los noventa apenas ha dejado canciones populares. Una escena que no ha legado ni media docena de éxitos intergeneracionales puede seguir considerándose a sí misma muy guay, pero 20 años después es normal preguntarse por qué no tuvo ningún calado social y considerar eso una derrota. Como dice Luis Landeira: si el indie pretendía ser pop, no lo consiguió. Por otro lado, hay músicas tremendamente experimentales y radicales que tampoco han calado socialmente, pero el indie español no era muy radical ni experimental, así que ni siquiera esta excusa valdría.

Fran Fernández (Australian Blonde) considera el indie “una ideología de confrontación”, una forma de expresión basada en rechazar lo anterior (y en gran medida, lo español). Pensemos en dos rasgos del músico indie: el rechazo a la profesionalidad del rockero tradicional, tocar “sin creerte nadie” (Javier Sánchez, de La Buena Vida). Ambas cosas parecen un intento de matar al padre, de no identificarse con grupos como los Rolling Stones ni “convertir el grupo en un trabajo de oficinista” (Tito Pintado, de Penelope Trip). ¿Cuánto de político hay en estas elecciones?

Por supuesto, el amateurismo es una oposición a la profesionalización del rockero que les precede: renuncias al perfeccionismo, al academicismo, al ser experto, al protagonismo de la estrella de rock, ocupas el escenario sin tener cualidades técnicas… No tengo claro, sin embargo, hasta qué punto esto es político o simplemente un rechazo generacional, estético. Tampoco tengo claro que si no eres amateur acabas como los Rolling Stones. Es una visión un pelín estricta, fruto de la edad y el momento, pero se puede ser amateur o profesional de muchas formas. La Casa Azul es tan profesional como los músicos de orquesta que tocan cada verano en las verbenas. Y tan amateur es Patrullero Mancuso como un acordeonista que toca siempre que hay fiesta con los amigos y eso no convierte su música en exclusiva ni rara.

Tengo una teoría, muy poco elaborada, pero que lanzo, pues entiendo que podemos hablar largo y tendido. La música, en muchos momentos de la historia, ha sido una reacción ante el momento histórico. Lo fue el primer rocanrol, la psicodelia, el soul, el punk, el hip-hop… Pero llega un punto, que yo intuyo que sucede en algún momento de los años ochenta, en el que los sucesivos géneros musicales pasan a ser solo una reacción al movimiento musical que les precede. Hay voluntad de ruptura, sí, pero solo es estética y para enterrar al sonido predecesor. Para mí, «matar al padre» no algo es tan político como cuestionar tu entorno. Porque matar al padre en música se puede traducir fácilmente como cambiar de moda.

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Asumo que mi teoría aún está algo verde, pero en las últimas décadas he tenido la sensación de que los distintos géneros más que cuestionar su momento histórico lo que cuestionaban era la música que sonaba entonces. Y el indie español, o por lo menos la inmensa mayoría de gente a la que entrevisté, decía hacer música porque no le gustaba la música que oía, no porque no le gustaba el país en el que vivía. ¡O quizá lo que no les gustaba era el idioma español!

Por otro lado, y aquí sí que he cambiado radicalmente de opinión en estos veinte años, aquella forma de presentarse ante el público de los grupos indies tenía tanto de timidez como de desprecio. Ese “yo voy a la mía y me la suda el público” no lo veo nada punk, sino más bien despectivo en un sentido elitista. Y cualquier música que no tenga una vocación comunicativa y sinceramente popular, que no busque un contacto de igual a igual con el espectador, cada vez me interesa menos. Lo puedo disfrutar puntualmente como oyente, pero prefiero destinar mi tiempo y mi trabajo como periodista a músicas más inclusivas y menos exclusivas. Y añadiré que aunque algunos grupos indies empezasen con aquel aura de chicos normales, a las primeras de cambio se transformaron en estrellas del rock igualitos que los rockeros de los ochenta. Y lo mismo puede decirse de la prensa, claro. Todos jugamos a lo mismo: a ser importantes en nuestro pequeño gueto indie. Estrellitas de Segunda División.

“Uno de los puntos por los que abogaba el ‘indie’ era porque el gusano del que todo el mundo abusa en la clase tiene derecho a hacer su grupo”, te contaba Jaime Gonzalo de Ruta 66. El indie incluyó muchas mujeres en sus formaciones. Beatriz Concepción, de Nosoträsh, asegura que aquellos años “notamos actitudes machistas en el negocio de la música, pero no en el entorno indie, donde más bien fue todo lo contrario”. ¿Supuso el indie alguna diferencia en este sentido?

Si alguna escena visibilizó al colectivo gay fue la Movida, no el indie. Pero ese rechazo a lo rockero-machote que caracterizó al indie sí hizo que sus conciertos fuesen espacios más acogedores para mujeres y gays. No había tanta violencia en el ambiente, eso desde luego. Y recuerdo que en los primeros años del indie español habían muchas mujeres en grupos: en El Regalo de Silvia, Iluminados, Usura, Penelope Trip, Aventuras de Kirlian, Alias Galor, The Faded Flower, La Buena Vida… Seguramente era así porque veían que en Inglaterra y Estados Unidos grupos de referencia como Pixies, Sonic Youth, Throwing Muses, L7 o My Bloody Valentine también las incluían. A finales de los años ochenta era muy habitual ver grupos en portada en el NME y el Melody Maker con componentes femeninos.

Es cierto que varias mujeres explican en el libro que percibieron más machismo en los técnicos de sonido, con periodistas y con multinacionales que en el propio entorno indie; es decir, lo abiertamente machista eran los actores que ya existían en el sector musical y con los que el indie tuvo que lidiar. En Pequeño circo, por desgracia, no ahondé lo suficiente en el tema del machismo como para dar el asunto por zanjado. Me temo que el indie es terreno abonado al micromachismo y, en cualquier caso, que no tan fuese hostil con la mujer como el rockerío que lo precedió no significa que el indie hiciese ningún esfuerzo por combatir la discriminación ni la invisibilidad de la mujer. No lo hizo a nivel industrial (donde todos los dueños de sellos eran hombres), ni en la prensa (copada por hombres), ni en el escenario, donde poco a poco también fueron desapareciendo las mujeres… hasta que llegó el tonti-pop.

Dicho de otro modo, no veo relación entre el feminismo y el indie español como sí la veo entre feminismo y post-punk inglés, por ejemplo. Y cualquier género musical que no se defina como abiertamente feminista acaba, por inercia de la sociedad, asumiendo conductas machistas.

Con relación al momento político y social en España en la década de los noventa, ¿qué es lo que hace del indie español algo propiamente español? En tu libro se habla de unos años donde había dinero público para invertir en música sin muchasas explicaciones, con referencias a la cultura del pelotazo, y hasta su relación con la burbuja inmobiliaria. ¿Fue el indie otro reflejo de la España de una época?

Esto… ¡el indie español es propiamente español! No es distinto al yanqui en el sentido que allí también hubo un momento en que las multinacionales vieron negocio y ficharon a muchos grupos, pero en España, donde el peso de la financiación pública de conciertos en pueblos y ciudades distorsiona el hipotético circuito de conciertos ya desde los años ochenta, los cabezas de cartel del indie pasaron pronto a quitar la silla a los rockeros de los ochenta. Y eso, que pudo ser una anécdota pasajera, permitió construir un entramado de festivales (algunos privados, otros con financiación pública y otros pagados por marcas) que es lo que hoy se entiende como circuito indie. Y ese circuito ha mutado hoy en ese sinfín de festivales en los que cada año tocan los mismos grupos.[pullquote align=»right» cite=»La relación entre la burbuja inmobiliaria y el auge de los festivales ‘indies’ es digna de estudio.» link=»» color=»» class=»» size=»»][/pullquote]

La relación entre la burbuja inmobiliaria y el auge de festivales indies es digna de estudio. También habría que estudiar como los festivales ejercen de agentes gentrificadores en las grandes urbes. Pero todo esto es algo más marcado a partir del año 2000, una década en la que mi libro ya no ahonda. Aun así, en Pequeño circo sí se mencionan casos de blanqueo de dinero a través de conciertos. Ahí hay un hilo. Sólo hay que empezar a tirar de él.

Por lo tanto, ¿qué tiene de especial el indie español? Que se ha integrado en el circuito oficial de una forma pasmosa, teniendo en cuenta que nació para ir a la contra. Que, a diferencia de otros géneros que vienen, van y se extinguen a los cinco años, el indie español se ha convertido en la música española más longeva que puedo recordar. ¡25 años y aún aguanta! ¿Cómo puede sobrevivir tantos años un género musical en un país con tan poco consumo musical? Mutando, aprendiendo a nadar en la dirección de la corriente y no poniendo problemas a quienes vayan a darles de comer: que no es el público sino las instituciones y las marcas de cerveza, telefonía, ropa, gafas… Integrándose en la cadena de consumo y moderando cualquier intención contracultural.

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El dinero centra gran parte de tus conversaciones, el que nunca se pagó y el que nunca fue reclamado por los propios grupos. Javier Sánchez de La Buena Vida te decía: “No es que quiera ser engañado, es como cuando empiezas a revivir facturas en tu casa y dices, ¿qué hago yo con esto en la mano? ¡Esto era cosa de mis padres! […] ¿Contratos, royalties, distribución? ¡Déjame en paz! No he venido para eso”. Parece el argumento definitivo para marcar al indie como música hecha por niños de papá, de pijos, aunque Fran Fernández (Australian Blonde) asegura en Pequeño circo que para él “el ‘indie’ es música de gente que proviene de clase obrera o de clase media y que ven la cultura como algo aspiracional”. De nuevo, ¿hasta qué punto esta actitud deslegitima la música y el legado? ¿Era la música indie también algo aspiracional para los que decidían montar un grupo?

Esa actitud no deslegitima en absoluto las canciones ni los discos. En todo caso, desmiente la presunta relación de colegueo entre sellos y grupos. Y, sobre todo, deslegitima la tesis del “todos vamos a una” o la de “tenemos que construir una escena nueva”. Con muchas de esas anécdotas pretendo poner de manifiesto que no existió una voluntad real de construir nada, que no hubo un espíritu colectivo más allá de contados y voluntariosos esfuerzos. Que para muchos todo eso fue un hobby y que 300 grupos practicando un hobby no construyen una alternativa a nada.

Entender la música como un hobby pasajero no es nada malo, pero de ahí no se puede deducir que se diera una contracultura. Y, en muchos casos, ni siquiera se puede hablar de rebelión estética sino de dar un barniz distinto a una música muy poco distinta a la que ya existía. En esa época, los medios y la escena utilizamos términos como radical, experimental, ruidista, alternativo, rebelde o contracultural muy a la ligera. Y, a menudo, lo hacíamos para justificar el interés por unos grupos que no merecían ninguno de esos calificativos.

Respecto a lo que dice Fran Fernández, quiero entender que él se refiere a que, como consumidores, muchos de nosotros, jóvenes de clase media o clase obrera con acceso a estudios universitarios, utilizamos la música o la cultura como algo aspiracional, como un falso ascensor para ascender socialmente, pero no estoy seguro de que se refiriese a los grupos. De hecho, muchos músicos tenían una posición social superior a la que denotaba la música que practicaban y la ropa que vestían. En este sentido, veo formar un grupo indie más como unas vacaciones de sí mismo (de su familia, de su entorno) que como una forma de ascender socialmente. Muchos de ellos dejaron el grupo y se reincorporaron a su hábitat social y laboral de clase media-alta. Pero coincido con Fran en eso del punto aspiracional del consumidor: escuchar una música minoritaria para sentirte especial y distinto a tu entorno social.

Tras terminar Pequeño circo, pensé: ¿Qué es indie hoy? Grupos como Amaral, Vetusta Morla, Love of Lesbian, La Habitación Roja, Dorian, Xoel López o Iván Ferreiro son los cabezas de cartel de ese indie que es “el nuevo mainstream”. Otros, como Triángulo de Amor Bizarro, El Columpio Asesino, Los Punsetes, Alborotador Gomasio, Disco Las Palmeras! o El Pardo me parecen herederos de distinta forma. Y sellos como Limbo Starr, La Castanya, Canada, Discos Humeantes o Ayo Silver!, muchos de los cuales trabajan también como promotoras o en otras actividades relacionadas con la industria, evocan hoy los esfuerzos de aquella época. ¿Qué diferencias ves entre estos grupos y sellos y los de hace veinte años?

Todos los nombres que mencionas son hijos de aquella escena; lo cual no significa que se sientan herederos de ella. A veces los hijos repudian a sus padres o, como mínimo, son capaces de cantarles las cuarenta, como hace El Pardo en ¡Son los 90! Por otro lado, los grupos más exitosos de hoy solventaron el gran obstáculo de la desconexión social pasando del inglés al castellano, lo cual, en muchos casos les llevó a ser repudiados como indies de pura cepa. Estoy convencido de que muchos grupos de sellos como La Castanya, Canada, Discos Humeantes, etcétera, jamás escucharon a los grupos de los que se habla en Pequeño circo, o lo hicieron de rebote, pero eso no significa que no repliquen sus hábitos. Muchos están volviendo a cantar en inglés (lo cual demuestra que cada generación debe cometer sus propios errores), muchos tienen esa actitud de “yo solo toco para mis amigos”, ese “yo soy moderno y lo vais a notar”, ese rechazo obtuso a todo lo anterior, esa anglofilia galopante… En vez de tener el NME como su biblia tienen a Pitchfork, en vez de soñar con tocar en el FIB a las seis de la tarde sueñan con ir a tocar en el South By Southwest de Austin en un bareto ante seis personas… Y los medios, por supuesto, siguen también con sus mismos vicios: entender el periodismo musical como un escaparate de novedades cuyo objetivo es consolidar el mercado independiente sin cuestionarse nada.

Algunos de tus entrevistados son implacables con el tiempo y les cuesta encontrar discos buenos de aquella época. Mientras leía Pequeño circo yo también hice mi lista con los que estaría dispuesto a defender. ¿Qué discos del indie español salvarías en caso de holocausto nuclear? Si pudieras mandar una selección de música española de los noventa a una cultura extraterrestre para que se hicieran una idea de lo que fue, ¿qué les mandarías?

En caso poder mandar discos a una cultura extraterrestre, antes que cualquier disco del indie español mandaría un buen disco de música cubana o brasileña. Pero en mi lista del indie estaría Color hits In Bitter pink de Los Bichos; Hunted by the snake y Moor room de Cancer Moon; todos los de Surfin’ Bichos; Hipnosis e Inercia de Lagartija Nick; Un soplo en el corazón de Family; El escarabajo más grande de Europa de El Niño Gusano; Súper 8, Una semana en el motor de un autobús y Unidad de desplazamiento de Los Planetas; Fantasía de Patrullero Mancuso; Aquí vivía yo de Le Mans; Soidemersol de La Buena Vida; Politomanía de Penelope Trip y una veintena de canciones sueltas. Y mucho me temo que del año 2000 en adelante quizás salvaría aún más discos.

Me resistí a cerrar Pequeño circo con una lista de obras imprescindibles del indie porque no quería desviar la atención hacia ese terreno y porque la única literatura valorativa que tiene el periodismo musical español es justamente esa: listas, listas y más listas. Hay muchas otras consideraciones a hacer para determinar si una escena deja un buen legado. El legado de una escena es también su calado social, su capacidad de transformación del contexto… Hay que valorar en qué medida fue una escena seguidista o contestataria, si propició algún cambio en la manera de entender la música y la cultura y si creó algo que generaciones venideras pudiesen utilizar: un circuito de salas en los que se puede tocar todo el año sin perder dinero, un público fiel e interesado, un espacio desde el que expresar las contradicciones de la sociedad, donde poder subsistir sin necesidad de mendigar subvenciones o patrocinios, una red de sellos que tratan a los artistas de forma honesta e igualitaria, una música abierta a todo el mundo y no cerrada a una secta de iniciados…

Lo podríamos resumir en tres preguntas: ¿qué puede agradecer la escena verdaderamente independiente que surge en 2015 a aquellos grupos del 91? ¿Qué puede agradecer la sociedad española en su conjunto a la escena independiente de los 90? ¿En qué ha mejorado este país gracias a la escena indie de los noventa? En las respuestas está el verdadero legado del indie español. Si el legado son diez discos que salvaríamos del holocausto, poco legado es. Porque, una vez superado el holocausto, poco podríamos construir con esos diez discos.

 

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