‘Neo Yokio’ – Navidades en rosa millennial

Un supuesto anime de producción americano-japonesa con un reparto de voces de lujo, referencias por doquier, magia, mechas, reproches al capitalismo y Toblerones. Eso es lo que nos ofrece la peculiar serie de Netflix, que ha regresado a la plataforma de streaming con un interesante episodio festivo, lo que nos ha servido de excusa para pararnos a analizar de qué trata realmente, si es que trata de algo.

Este artículo contiene SPOILERS hacia el final.

En seis capítulos de veinte minutos, la primera temporada de Neo Yokio (2017-) demostró que su premisa aparentemente sencilla ocultaba muchas capas debajo de sus protagonistas superficiales, calaveras de diamantes parlantes y tonos rosados. Ahora, como los turrones, regresa a casa por Navidad, en un episodio que aúna toda la esencia de la serie, con esa mezcla de surrealismo y pseudo-crítica social que define al mundo creado por el músico Ezra Koenig y producido por los estudios de animación japoneses Production I.G. y Studio Deen. Pero, antes de adentrarnos en las profundidades de este universo, hagamos un repaso de sus orígenes, temas y trayectoria.

El lugar donde todo sucede

Neo Yokio es una moderna y gigantesca versión futurista de Nueva York, la ciudad más importante de Norteamérica, un diverso laberinto de innovación cultural donde la moda y las finanzas son lo fundamental, enmarcada en un mundo donde los avances tecnológicos y la magia conviven dentro de un sistema capitalista. Vamos, un poco como nuestra realidad, pero con superpoderes y robots mayordomos. En este lugar habitan los magistócratas, una poderosa élite que debe emplear sus poderes como cazadores de demonios para proteger la urbe y, así, conservar también su estatus dentro de la misma. Kaz Kahn (Jaden Smith) es un hedonista adolescente y el descendiente más joven de esta estirpe (vista por algunos ricos como ciudadanos de segunda), que se ve obligado a combatir las amenazas por orden de su estricta tía Agatha (Susan Sarandon), preocupada únicamente por mantener su buen nombre y por el dinero.




Pero Kaz no parece muy interesado en sus labores, sobre todo cuando está muy ocupado intentando superar su ruptura con la banquera Cathy (Alexa Chung), que acaba de mudarse a San Francisco. Y, además, prefiere pasar el tiempo en el bar que montan sus mejores amigos Gottlieb (The Kid Mero) y Lexy (Desus Nice) o enfrentándose a su némesis Arcangelo (Jason Schwartzman) para ver quién es el soltero más codiciado de la ciudad, uno de los acontecimientos más importantes y seguidos de la metrópolis. Todo esto acompañado por su fiel asistente, el robot Charles, que cuenta con la voz de Jude Law. Sin embargo, Kaz se verá obligado a investigar a un peligroso demonio después de que la influyente bloguera Helena Saint Tessero (Tavi Gevinson) sea poseída. De esta manera comienzan sus aventuras, en una sucesión de tramas poco conectadas entre sí.

Vampiros de la ciudad, eminencias del anime e influencers

La cabeza pensante detrás del proyecto es Ezra Koenig, líder de la banda neoyorquina Vampire Weekend, aunque también cuenta con la co-escritura de Nick Weidenfeld, guionista y productor de Axe Cop (2012-2015). Ya como parte del grupo el músico presentaba algunas de las inquietudes e intereses que también plasma en Neo Yokio. Por ejemplo, una de las más evidentes es la mezcla cultural -en el caso del grupo, de diferentes estilos musicales y, en el de la serie, de distintas tradiciones- y el empleo de música clásica, ya que los álbumes de la banda juegan con sonidos de esta inspiración, mientras que en los capítulos encontramos piezas de Vivaldi y Strauss, un elemento que a la vez encaja a la perfección con esa lujosa sociedad y desentona por momentos con la acción, creando un interesante juego de contrastes.

En la estética de estos vampiros de la ciudad se aprecia -desde el diseño de portadas hasta los videoclips- una combinación entre lo urbano y lo lujoso, que de nuevo aparece en la ficción de Netflix. Las letras de sus canciones están cargadas de frases aparentemente tontorronas, como escuchamos en los temas Horchata (que comienza con un In December, drinking horchata, I’d look psychotic in a balaclava”) u Oxford Comma (donde Koening se se pregunta “Who gives a fuck about an Oxford comma?”), pero que en muchas ocasiones tienen un interesante significado e historia detrás o van acompañadas de juegos de palabras y dobles sentidos, como ejemplifica la canción Diana Young, que habla de la madurez y la juventud con un título que, usando la paronimia, alude a morir joven (dying young). Por último, emplean guiños a elementos de la cultura pop, como la aparición de otros músicos como Santigold o Chromeo en el video musical del ya citado tema perteneciente al álbum Modern Vampires Of The City (2013), que puedes ver a continuación.

En la dirección de Neo Yokio encontramos a Ben Jones, que ha trabajado en varias comedias de animación, como las series Lucas Bros Moving Co (2013-) y Stone Quackers (2014-2015). Junto a él, el proyecto cuenta también con la participación en la dirección de cinco capítulos de Kazuhiro Furuhashi, responsable de animes tan populares como Ranma ½ (1989-1992), Rurouni Kenshin (1996-1998) y Hunter × Hunter (1999-2001), así como una pequeña colaboración de Junji Nishimura, director de Lum, la chica invasora (1982-1985) o Simoun (2006), entre otras.

Por tanto, no es de extrañar que aparezcan multitud de referencias a famosos productos de origen japonés. Al fin y al cabo, Koening es un hijo de los noventa y ha crecido rodeado de los míticos animes que poblaban la pequeña pantalla en aquella década, motivo por el que ha decidido honrarlos contando con el talento y la colaboración de grandes nombres del sector. Además, en Neo Yokio hay múltiples guiños, desde elementos típicos del anime (cabellos de colores fantasía, caras caricaturizadas en momentos puntuales, narices sangrantes ante la excitación sexual, etc.) hasta referencias directas, como el propio título, un claro homenaje al Neo Tokyo de Akira (1988), la famosísima historia cyberpunk. Además, una de las protagonistas -que busca ser una mezcla entre Taylor Swift, Katy Perry y Miley Cyrus– se llama Sailor Pellegrino (Katy Mixon) en honor a Sailor Moon (1992-1997), Kaz utiliza una técnica mágica muy similar a la Onda Vital de Dragon Ball (1986-1989) e incluso hay un capítulo entero que parodia Ranma ½.

Guiño a Ranma ½ en el capítulo Magia acuática en los Hamptons

Otro aspecto fundamental de la serie es su reparto, conformado por actores reconocidos como los ya citados, a los que hay que sumar Steve Buscemi como el Recordador, un inspector del Gobierno que se dedica a vapear; Stephen Fry encarnando al director de la escuela en la que estudió Kaz; Annet Mahendru dando vida a una piloto rusa de carreras; Frank Vincent en la piel del tío Albert; Ray Wise como un anciano; las jóvenes estrellas Kiernan Shipka, Willow Smith y Amandla Stenberg en el papel de tres fervientes admiradoras de la influencer Helena; y Richard Ayoade y Peter Serafinowicz prestando su voz a muchos de los personajes secundarios.

Pero también es esencial la colaboración de personalidades relevantes en las redes sociales, empezando por los propios Koening y Smith, que cuentan con una legión de fans online que siguen sus peculiares publicaciones en Twitter e Instagram. Además, la bloguera de moda Tavi Gevinson interpreta a un personaje con quién comparte profesión, y aparecen otras figuras destacables de la industria, como la modelo Alexa Chung como la ex del protagonista o el polifacético influencer The Kid Mero y el cómico Desus como sus mejores amigos. Es decir, personas más bien acostumbradas al ambiente que podemos ver en la serie. Y es interesante destacar las conexiones que existen entre Kaz y el hijo de Will Smith, pues ambos tienen la vida resuelta al provenir de una familia privilegiada y emplean un lenguaje similar (e igualmente desconcertante por momentos), como demuestran las similitudes entre los mensajes que encontramos en el perfil oficial de Twitter de la serie y el del actor. Por eso, hay espectadores que aseguran que el protagonista es claramente una parodia de su intérprete. Pero ¿es así? ¿De eso trata Neo Yokio?

Kaz junto a su mayordomo y sus mejores amigos

Entonces, ¿de qué va esto?

De acuerdo, ya conocemos la premisa, el equipo creativo detrás de la serie y algunos de sus aspectos fundamentales. Pero… ¿qué cuenta? ¿Realmente habla de algo? ¿Se toma en serio alguna de las críticas que realiza o es autoparódica? ¿La animación y el diálogo son de esa manera por decisión propia o por accidente? ¿Merece la baja puntuación que ha cosechado en portales como Rotten Tomatoes? Profundicemos en estas cuestiones y, aquí sí, lo haremos con spoilers.

Para empezar, y aunque Neo Yokio ha sido catalogada en diversas ocasiones como un anime, se podría considerar más un amerimanga, esa mezcla de animación estadounidense que presenta una estética o determinados elementos asociados a la producción japonesa, como es el caso de Avatar: la leyenda de Aang (2005-2008). La serie y su creador son conscientes de esto, motivo por el cual emplea tantos guiños a los clásicos mencionados, aunque sin llegar a convertirse en una subversión de los tropos nipones. Y esta falta de categorización es uno de sus mayores problemas. ¿O aciertos?

Helena recluida en su habitación tras renegar del capitalismo

La ficción cuenta con un claro tono de comedia, escenas de acción, romances, un toque de intriga y lo que parece un ácido análisis social. Pero nunca llega a decantarse de manera clara por ninguno de estos caminos, siendo prácticamente inclasificable. Eso lleva a la audiencia a preguntarse constantemente qué está viendo, a la vez que puede causar frustración por la falta de cohesión en la trama, por lo confuso de las situaciones que presenta o por lo antipático que resulta el egoísmo infantil de sus protagonistas, que en general carecen de arco de transformación. Esto, sumado a su imperfecta animación -algo ortopédica, simple y con fondos planos- y al tono monótono con el que hablan gran parte de los personajes, ha llevado a multitud de espectadores a considerar el producto un absoluto desastre.

Es cierto tanto que hay cierta frialdad y falta de expresividad en las voces originales como que se echa de menos una puesta en escena más contundente. Sin embargo… parece algo intencionado, como si estas carencias y disonancias formaran parte de un absurdo universo en el que los hombres adinerados compiten por ver quién es el mejor soltero y los demonios habitan calaveras de diseño. Neo Yokio se convierte en una sucesión de disparates mientras que la trama se diluye en un segundo plano, pero eso no es algo necesariamente negativo, sobre todo cuando lo compensa con secuencias tan divertidas como el vídeo promocional con el que abre la serie, el momento en el que descubrimos que Charles está pilotado por la diminuta Sadie o frases como el “no mereces este Toblerone” que le suelta Kaz a Helena, que perfectamente puede simbolizar en forma de chocolatina gigantesca la aceptación social a través de lo material si sigues las reglas preestablecidas del sistema.

Por otro lado, hay quienes plantean que Neo Yokio, más que una parodia de productos como Gossip Girl (2007-2012), es en realidad una feroz crítica al capitalismo y a nuestra forma de vida neoliberal actual, como ejemplifica el personaje de la blogger Helena, quien se ha labrado un nombre gracias a escribir sobre la alta costura pero que, tras ser poseída por un demonio, comprende la superficialidad del sistema y decide darle de lado, convirtiéndose -supuestamente- en una hikikomori. A pesar de todo, el personaje no va mucho más allá, ni utiliza su influencia para cambiar realmente algo, al menos hasta que decide explotar la torre que muestra el listado de los solteros más deseables, aunque posteriormente esta vuelve a ser reconstruida. Por su parte, su legión de admiradoras, las “helenistas”, toman su decisión de renunciar a la moda como algo insustancial, una nueva pose que imitar y seguir. Es decir, que el sistema se acaba apropiando de la misma censura a sus cimientos.

Entretanto, Kaz es un materialista que da más importancia a las apariencias que a sus amigos, pero la serie tampoco incide en eso, ni alabándolo como virtud ni criticando su forma de actuar. Además, al final de la primera temporada no queda claro que haya aprendido ninguna lección, aunque al menos sí parece albergar ciertas dudas, ya que comienza a pensar que “Neo Yokio no es la ciudad más genial del mundo”, aunque no sea capaz de renegar de ella porque forma parte de su cultura.  

La riqueza y los privilegios son temas recurrentes en la serie, pues por su estatus de magistócrata Kaz es visto con condescendencia por la burguesía tradicional, de la que forma parte su adversario Arcangelo, quién decide que deben volverse amigos -de manera bastante arbitraria- después de que la competición entre solteros desaparezca, como si esa rivalidad fuese el único impedimento para congeniar. Juntos emprenden un viaje entre los garitos más exclusivos de la ciudad, donde encuentran tigres encadenados y plantaciones de cocaína, que ven como un elemento normal dentro de su alto nivel de vida.

Kaz y Arcangelo, de rivales a enemigos tras compartir un vino

Se produce esta alusión constante pero tenue al elitismo, como demuestra que el profesor de música de la escuela de Kaz, el señor Muhly -interpretado por el también compositor de música clásica Nico Muhly– se avergüence de estar saliendo con un simple DJ. Además, la piloto rusa Mila decide fugarse entre las calles de la ciudad, anhelando formar parte de ese mundo que tan alejado está del comunismo del cual proviene. Por otro lado, el abuso de poder también cobra otros matices relacionados con el consentimiento. Esto lo vemos cuando Kaz intenta forzar a su amigo Lexy -que por culpa de una piscina mágica ahora posee un cuerpo de sexo femenino- a que haga cosas con las que él no se siente cómodo. Pero esta crítica cae en saco roto cuando el propio Lexy previamente había utilizado esta situación como excusa para poder besar a una mujer lesbiana, que desconocía que él es en realidad un hombre.

Es difícil saber si el escaso desarrollo de estos temas es por falta de ganas o de saber hacer, de si simplemente se busca realizar una sátira ligera que se ríe de todo sin profundizar o si en realidad con esta exageración se pretende demostrar el absurdo del mundo en el que vivimos, donde todas las opciones (capitalismo y comunismo) parecen malas y las clases más altas (como la influencer o el propio protagonista) siguen en un ciclo de constante decadencia y privilegios del que no desean o pueden salir.

Quizá Neo Yokio no sabe lo que quiere, o tal vez el público no lo comprenda del todo debido a que la serie se encuentra a medio camino entre la broma total y el significado profundo, siendo difícil dilucidar dónde acaba la parodia y dónde empieza el juicio. ¿O estamos leyendo demasiado en una ficción que, en realidad, no tiene pretensiones? ¿La convierte eso en un mal producto? ¿De mala llega a ser buena? Es posible que el especial de Navidad aclare algunas de estas dudas.

Las “helenistas”, seguidoras acérrimas de la influencer, quieren saber la respuesta

Oh, rosa Navidad

Desde que la primera temporada llegó a Netflix en septiembre de 2017, pocas noticias han existido en torno a un hipotético regreso, por mucho que se especulase con la posibilidad y los fans pidieran su renovación. Por tanto, pillaba por sorpresa la confirmación de Pink Christmas, el especial de Navidad estrenado el pasado 7 de diciembre. ¿Y qué podemos esperar de él? Más de lo mismo, en el mejor de los sentidos.

Para empezar, es interesante destacar la manera en que se realizó este anuncio. En Twitter, la cuenta de la marca Toblerone escribió un mensaje en el que consideraban merecer más capítulos de Neo Yokio. Unos minutos después, el perfil de la serie respondía con el teaser del capítulo festivo, en una interesante estrategia publicitaria estrechamente relacionada con el mundo ultra consumista que refleja la ficción y que, inevitablemente, conecta con el nuestro. Después, a una semana de su lanzamiento, veía finalmente la luz el tráiler definitivo.

En cuanto a la trama, tampoco se había desvelado nada oficial al respecto, más allá de lo mostrado en sus adelantos, que dejaban entrever nuevos discursos sobre el capitalismo, otro enfrentamiento entre los solteros más deseables, discusiones familiares y demonios navideños. El final de su primera entrega dejó algunos cabos sueltos, pues terminaba con Kaz asegurando que, a pesar de todo lo vivido y con Helena dada a la fuga en la estructura robótica de Charles, la vida en la ciudad había vuelto a la normalidad; sin embargo, él sentía que todo estaba a punto de explotar. Con ese desenlace, parecía que este episodio iba a continuar con la trama y resolver algunos de los enigmas… Algo que no ha hecho, al menos no de una forma tradicional. En su lugar nos encontramos con un cuento de Navidad que Charles II -de nuevo con la voz de Jude Law- le narra a un enfermo Kaz que debe pasar las fiestas en cama a causa de un resfriado.

Con esta premisa -y una alusión a lo poco entretenida que es la historia que cuenta el Nuevo Testamento– comienza este episodio de 65 minutos, en el que volvemos a la lujosa Neo Yokio para seguir las desventuras del joven magistócrata a medida que se enfrenta a su archienemigo en la competición por ver quién hace el mejor regalo de Secret Santa entre los solteros más populares. Por si no fuera poca presión, su tía, la escritora autobiográfica Angelique (a quién presta voz la cantante Angelique Kidjo), ha regresado de París durante las fiestas, desatando un conflicto con su hermana gemela Agatha, quien no deja de presionar a su sobrino para que cumpla con su trabajo de cazador. Ambas chocan debido a su diferente manera de ver la vida, pues la rigidez de la segunda contrasta con la supuesta bohemia de la primera, quien incluso está a favor de usar el transporte público para observar a la gente y luego poder escribir sobre ella, aunque lo hace desde la condescendencia del privilegio, en ese fino equilibrio de ironía que caracteriza a la ficción. Lo más importante es que, tras dejar la ciudad, Angelique revela al joven protagonista el secreto más oscuro de la familia: su procedencia demoníaca.

Solo pensar en mi familia me hace querer beber”, afirma Kaz en el capítulo

Los demonios vuelven a ser quienes critican la vanidad de los seres humanos. Se revela que ellos una vez fueron los verdaderos moradores de lo que ahora es una gigantesca metrópolis y que Kaz desciende de ellos. Mientras el magistócrata se enfrenta a una crisis de identidad, su ciudad se encuentra en plena vorágine anticonsumista debido a Arcangelo, quién decide hacer en prime time un discurso en contra del materialismo -del que la serie se apropia para su campaña publicitaria– especialmente asociado a esta época del año y, a cambio, regalar a Kaz como parte de su Secret Santa una canción (co-escrita e interpretada por Koening) sobre la amistad. Pero este cómico giro es solo una estrategia de marketing, pues en su podcast -sí, la serie es consciente de que ahora mismo todo el mundo tiene uno- afirma que esta “generación no quiere comprar cosas, quiere comprar experiencias” antes de promocionar su concierto especial de Navidad, que agota entradas rápidamente.

A su vez, esto lleva al despido -a través de un adorable avatar digital y debido a la falta de clientela- del complaciente dependiente Herbert (Richard Ayoade), que vive en la pobreza y se dedica con pasión a vender productos de alta gama, trabajando mucho para evitar tener tiempo libre que le permita reflexionar sobre su miserable vida. Sintiendo que ahora su existencia carece de sentido, intenta suicidarse. Con esta dura muestra de las diferencias de clases y la explotación laboral pasamos al clímax, en el que el vendedor ha sido poseído por el mismo demonio que ya había atacado a Helena. Su objetivo: que Kaz acabe con la vida de su recipiente para que se libere todo su poder. Pero el joven es incapaz de hacerlo. Agatha, antes de asesinar al demoníaco Herbert, se enfrenta a su sobrino, acusando a Kaz de hipócrita debido a que no es capaz de actuar cuando es necesario a pesar de que lleva toda su vida ignorando la peor parte de Neo Yokio en beneficio propio. Entonces Kaz se rinde y acepta su destino: ser destruido junto al resto de la ciudad, que es arrasada por una diabólica masa rosa.

Kaz en el plano demoníaco rosa

Pero esto es solo una historia, un relato contado por un mecha mayordomo a un muchacho caprichoso que prefería que el cuento tuviera más chistes de Toblerones. Con este socarrón y meta capítulo dirigido por el experto en animación Anthony Chun, Neo Yokio vuelve a hacer gala de la multiculturalidad, surrealismo y estética kitsch que la definen, a la vez que nos deja dudando sobre si alguna parte de la narración era cierta. Por su parte, Kaz sigue empleando un lenguaje en ocasiones forzado, con frases pseudo-profundas y deprimentes, y actuando de manera exageradamente dramática, como si de una encarnación de Twitter se tratara. Con guiños a la “trama canon” (como que la bata de hospital que llevó Helena se haya convertido en la última tendencia), planteamientos tan interesantes como que el destino final de Neo Yokio fuese más una restauración que una destrucción, rupturas de la cuarta pared, comentarios sobre la fantasía en la que viven los burgueses -que, como Kaz, deben despertar- y una animación más cautivadora y dinámica que nunca, Navidades rosas acaba preguntándose con mucha ironía por qué (no) dejar margen a la interpretación en una caricaturesca serie en la que todo es posible.

Al final, Neo Yokio es, ni más ni menos, un fruto de su época. Esta afirmación, que podría parecer tan vaga, en realidad esconde -como la serie- cierto calado, pues demuestra la aparición de un nuevo tipo de ficción, cargada de referentes que no toda la audiencia va a captar y de un humor difícil de comprender e incluso de definir. Así, se trata claramente de un producto millennial, estrechamente relacionado con las costumbres, gustos e inquietudes de aquellos crecidos en los noventa, en plena cultura de consumo que empuja a esta generación a la superficialidad a la vez que luchan de forma individual por encontrar su lugar en un mundo confuso.

Por eso, aunque es difícil estar seguro de nada durante el visionado de sus capítulos, lo cautivador es entrar en esa vorágine de sinsentido y abrazarla, mientras a su vez nos vemos reflejados en un universo neoliberalista plagado de personajes que intentan construir una identidad dentro de un sistema que no siempre entienden o defienden. De esta manera, aunque no haya certezas absolutas, la ciudad más glamurosa de Estados Unidos nos habla -desde la esfera de los más privilegiados- del desafío que supone convivir dentro de unas determinadas reglas dentro del ordenado desorden que es nuestra sociedad. O quizás no.

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