No jurarás en nombre de Baroja: revisando la iconografía de la delincuencia española

La iconografía de la delincuencia patria del convulso inicio del siglo XX sufre un actual revisionismo con la obra de Pío Baroja como estandarte. Analizamos qué hay de mito, de real, y por qué es una excelente noticia que se debata al fin sobre aquellos años que marcaron la historia de Madrid y Barcelona. Un caleidoscopio que dejó de girar con la Guerra Civil y que ahora es rescatado: lo apasionante no siempre ocurrió a seis mil kilómetros de distancia.

«Es partidario de Nietzsche sin saberlo«. Dejemos retumbando de momento estas seis palabras, porque sin ellas probablemente no estaríamos ante el enésimo revival de Pío Baroja y la enésima demanda de su obra para filias y fobias personales. ¿Ha tomado usted partido en el runrún barojiano de la psicogeografía en los últimos meses? No se preocupe, reclamar la figura de este autor proclive al apropiacionismo resulta cíclico y natural como una buena crisis económica. Fuera de la ley. Hampa, anarquistas, bandoleros y apaches. Los bajos fondos en España (1900-1923) es el larguísimo título que marcó esta última tentativa desde su lanzamiento en septiembre de 2016. Y por supuesto que hay editoriales, como La Felguera, que se han ganado el derecho a influenciar discursos. La contraportada del ladrillo de libro -solo en términos físicos- advierte: «Este es el mundo de los bajos fondos descrito magistralmente por Pío Baroja, una mirada inaudita a nuestro propio pasado«.

La pregunta, tras meses de declamación sobre el nuevo Balzac de boina que no llegaba a chapela, es «¿Por qué no?» La apostilla: «…¿si a Pío Baroja le ha metido mano todo el mundo?«. En apariencia, la vida política de don Pío fue tan incoherente como sus ensayos y la teoría de la evolución novelística establece que no se puede culpar al autor de lo que opinen sus personajes. El tema ha quedado demodé con una verdad templaria: Baroja osciló ideológicamente igual que un péndulo. Así, su ciclópea producción literaria ha servido para que cualquiera pueda identificarse en alguna de aquellas confusiones entre dativo y acusativo. Sin embargo, lo que está ahora en la pomada es su rictus de flâneur psicogeógrafo cuando los padres de los padres del situacionismo todavía no habían nacido. Y la cuestión sigue agarrada por la discrepancia, marca natural del escritor.

Los apaches de Baroja

La trilogía de La lucha por la vida (1904) es la que provocó este movimiento telúrico 111 años después. Concretamente La busca, su primer libro, encaja cual guante de seda para los debates de alta estofa sobre cómo es posible que no refrendásemos antes la iconografía de la delincuencia patria de inicios del siglo XX, mientras hemos pasado media existencia fagocitando la imaginería de la Ley Volstead de la misma época, pero a seis mil kilómetros de distancia. Y no hay mejor estandarte que un autor clásico, de esos que creíamos anodinos en el temario de Literatura de B.U.P., que escribía sobre tipos tatuados y con pendientes en 1904.

Cuando nos contaron que Manuel Alcázar fue un zagal que lo tuvo difícil al llegar a Madrid en el verano de 1888 y que, cúmulo de fatalidades mediante, acabó en el golferío castizo junto a su primo Vidal, guardando un punto redentor que permite a Baroja esa narrativa aséptica que tan bien envejece. Mala hierba y Aurora roja completan el anhelo un tanto naif del protagonista por convertirse en un emprendedor industrial al margen del anarquismo, ideología de supuesto gusto del autor en sus inicios. Si la psicogeografía pretende entender los efectos del ambiente geográfico en el comportamiento de las personas, esta obra funciona como exponente. Y añado un argumento olvidado en el hype que sufrimos: Baroja dibuja con maestría la otra estampa del mismo espacio físico al caer la noche.

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Entonces, ¿por qué no? Porque Pío Baroja, licenciado en medicina, era partidario ―y lo sabía― de Cesare Lombroso y su L’uomo delinquente (1876). Si en algún momento semejó un pionero de la psicogeografía para tratar la criminalidad, fue por exclusivo e inconsciente error. «Es partidario de Nietzsche sin saberlo» es un aforismo de su artículo Patología del golfo (1899), cuyo lenguaje forense no sorprende atendiendo al contexto. A principios del siglo XX las tesis lombrosianas todavía tenían patente de corso a pesar de los notorios corta y pegas que maquillaban la obra seminal. El médico italiano creyó ver una serie de rasgos físicos atávicos con sus «criminales natos» en lo que es, probablemente, el mayor exponente de positivismo biológico del ser humano hasta que décadas más tarde apareció un alemán de estrambótico bigote. Pueden elegir: frente hundida, gran capacidad orbitaria, mayor diámetro malar o todo lo que se refiere a deformidades del occipital, su hueso fetiche. Tal vez por disponer de ella, mi preferida sea la protuberancia occipital externa, ese espolón craneal que padecemos algunas personas en la parte baja de la nuca y que me hubiera hecho candidato a la moda eugenésica estadounidense de aquel entonces. En mi Galicia natal se le llama «el hueso celta». Así está el patio.

Si la trilogía de La lucha por la vida predica el nuevo apropiacionismo barojiano, su más conocida trilogía de La raza (1908-1911) debería rebatirlo. El árbol de la ciencia (1911) es una novela demasiado célebre para ignorar las cuestiones frenológicas con el sello del autor que reconoció en sus memorias, Desde la última vuelta del camino (1944-). En Familia, infancia y juventud (1945) decía que «en todas partes había un pequeño Lombroso«. Un pequeño cualquiera que creyó que la naturaleza física del individuo lo hacía delinquir y no su entorno geográfico y consecuente psique. Agua y aceite.

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Lo expuesto no es óbice para, tal como hace La Felguera en Fuera de la ley, exhibir el poder iconográfico de la delincuencia local en esos años, vinculada ad eternum con el anarquismo que también fue objeto de lastimeros estudios sobre determinismo fisiológico. El recurso a Baroja es de manual: de los literatos reconocidos, fue el que mejor divulgó un periodo de absoluto drama nacional derivado de la pérdida de las últimas grandes colonias: Cuba y Filipinas. Aquello constituyó una suerte de Vietnam para la sociedad española y, sobre todo, para los soldados que volvieron en un trauma tautológico que él se encargó de situar en las esquinas de la capital.

Portada de "Que sean fuego las estrellas"

Pero si esa época convulsa de Madrid no se conoce como merece, el olvido de Barcelona resulta aún más flagrante. Que sean fuego las estrellas (2015)de Paco Ignacio Taibo II, es el último ensayo con estilo novelesco que ilumina un tiempo de inexplicable penumbra, reducido en la obra al periodo entre 1917 y 1923. Años después de La Semana Trágica, la ciudad seguía sangrando con disparos de anarquistas y pistoleros de la patronal en el escenario caleidoscópico de las tabernas del Paralel que ambos bandos frecuentaban, mezclándose, tal y como explicó Luis González de Linares en su artículo ¡Barcelona a la vista! rescatado por La Felguera, «en un alucinante cocktail, policías, bandidos, revolucionarios místicos, pistoleros, mujeres maquilladas, indicadores, espías…«.

Sobre la Avenida del Paralel de 1894 a 1939, nos queda en la retina la asombrosa exposición que inauguró el museo CCCB a finales de octubre del 2012 con el sugestivo subtítulo de Barcelona y el espectáculo de la modernidad. Aquel teatro echó el telón cuando acabó la Guerra Civil. Esa de resultado condescendiente para Pío Baroja. Un autor incómodo y, por ello, necesario. Un autor que, contrariamente a sus compañeros de generación de 1898, sigue hablando de temas que hoy nos interesan.

Lean a Baroja, pero no juren en su nombre. Cualquiera saldría escaldado.

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