No sabemos qué hacer con los ‘youtubers’

Del escándalo de Wismichu en Tenerife a la entrevista de Elrubius con El Mundo: si algo prueban las recientes polémicas centradas en artistas del streaming, es que las instituciones y los viejos medios no tienen ni idea de cómo asimilar su trabajo. ¿Es una suerte?

Mamadas. Masturbaciones anales. Felaciones con niños. Chistes sobre gallinas sodomizadas y bebés que follan. Torrentes de leche (de vaca) precipitándose desde el escenario hacia la platea, pistolas de agua mediante. Como el lector canino ya se imaginará, no estamos hablando de una performance de vanguardia, sino de un evento que transcurrió en el Teatro Guimerá de Santa Cruz de Tenerife el pasado 5 de marzo, y frente a un auditorio lleno de niños: se trataba del espectáculo Hay un Wismichu en mí, protagonizado por uno de los youtubers de habla hispana más exitosos (casi cuatro millones de suscriptores en su canal, y subiendo) y contratado por la Sociedad de Desarrollo del consistorio tinerfeño para participar en su festival de nuevas tecnologías.

Los efectos del show, con sus tiernos infantes desorientados (o eso dicen) y sus padres y madres escandalizados (o eso dicen) fueron fulminantes: en cuanto la noticia se divulgó, a través de la web del periódico La Provincia, las reacciones airadas o solidarias se sucedieron sin parar en redes sociales, llevando el nombre del monologuista al podio de los trending topics en Twitter. Por fortuna, y que sepamos, la controversia no provocó arrestos preventivos, incautaciones de material o exigencias de dimisiones dentro del pleno del ayuntamiento, seguramente porque, de acuerdo con los testigos, el contenido político brilla por su ausencia en Hay un Wismichu en mí. Mucho ojo, no obstante: la ausencia de un “gora Alka-ETA” en la función puede ahorrarle unos días de calabozo a sus responsables, pero de lo que no le va a librar es de tuits como estos, a cuenta de la (presunta) gracia de uno de sus chistes más celebrados.

https://twitter.com/TheRealFJAP/status/707962894776967168

Ante la historia, y ante las reacciones que ésta despertaba, en CANINO se nos ocurrieron un par de cosas. La primera de ellas vino dada por el precedente en Madrid del ‘Caso Titiriteros’: al igual que la función La bruja y don Cristóbal, de la compañía Títeres Desde Abajo, Hay un Wismichu en mí no parece destinada en absoluto al público infantil. De esta manera, podemos pensar que las seseras de quienes calificaron al espectáculo como ‘para mayores de 12 años’ (según se lee en el texto de La Provincia) no carburaban del todo bien. Los responsables de un evento tienen la obligación de conocer el contenido de las actuaciones que tendrán lugar dentro del mismo, así como de indicar un margen de edades y un horario adecuado, caso de que esto sea necesario.

Por otra parte, la responsabilidad del propio Wismichu tampoco puede dejarse de lado. Y, para explicar esto, un servidor no tiene otra arma que la anécdota: hace ya bastantes años, unos actores amigos de quien suscribe descubrieron que la ‘genialidad’ de un concejal de cultura había emplazado en horario infantil (¡y en una plaza mayor!) un espectáculo que ellos interpretaban, y que incluía una o dos escenas muy subidas de tono. Espantados ante la previsible marimorena, dichos actores encontraron una salida en la improvisación, reemplazando las escenas de marras por otras igual de cafres, pero menos proclives al escándalo. El show salió genial, y la chiquillería del pueblo aplaudió hasta desollarse las manos. Lo mismo es mucho pedir, pero tal vez el youtuber podría haberse sacado de la manga algunas bromas menos agresivas, y con menos contenido lácteo, al ver que parte de su auditorio no superaba el metro cincuenta.

Claro que, si nos libramos de la inmediatez del trending topic (y más nos vale, porque, de acuerdo con los parámetros de internet, seguro que hoy ya se ha olvidado todo el mundo del tema), podemos buscar mensajes de gente que acudió al propio show. Gente muy joven, además. Y los tuits que encontramos son como estos.

https://twitter.com/EliPerezHdez/status/705836577654710273

¿Traumas? Ninguno. ¿Horror? Menos aún ¿Indignación? Del todo inexistente. Las autoras de los mensajes en cuestión fueron a ver a Wismichu al Teatro Guimerá sabiendo perfectamente lo que les esperaba: una versión en carne y hueso de los vídeos llenos de guarrerías y sobradas que habían visto ya en YouTube. Lo cual nos lleva a otra perla de sabiduría.

Efectivamente: que nosotros sepamos, no hay ninguna barrera infranqueable que impida a alguien de más de treinta años, o de más de cuarenta, acceder a las grabaciones del monologuista coruñés. Nosotros, sin ir más lejos, hemos puesto su nombre en el buscador de YouTube, y lo único que nos ha pasado es que hemos acabado tragándonos un vídeo paródico sobre el reggaetón (10.378.435 visualizaciones) muy poco ingenioso.

Vale: no hace falta ser Víctor Lenore para saber que Wismichu lo ignora casi todo sobre el reggaetón, desde sus raíces en el dancehall jamaicano y en otras músicas afrocaribeñas hasta la costumbre, también heredada de Jamaica y del hip hop, de hacer circular las mismas bases (o riddims) entre una canción y otra. Pero, inculturas aparte, el clip está ahí, y este pureta de casi 40 años ha podido acceder a él sin electrocutarse, y sin que una horda de swaggers rabiosos irrumpa en su casa para hacerle comerse los piños. Sólo se nos ocurre un motivo por el cual los papás y mamás tinerfeños no hubiesen acudido al sitio de streaming más popular del mundo, a fin de informarse sobre aquello que sus pequeños iban a ver. Y ese motivo es… la maldita brecha tecnológica. Ese fenómeno merced al cual una persona de 16 años tiene ahora menos en común con una de 36 de lo que aquella tuvo, a la misma edad, con su padre.

Nosotros estamos afectados por esa misma brecha, no se crean: por más que nombres como los de Wismichu, AuronPlay y otros nos suenen, estamos poco puestos en su vida y milagros. Aun así, sí que entendemos fenómenos como el de esa niña de doce años (y citamos, una vez más, a La Provincia) que persuadió a su madre de llevarla al show “asegurándole que se trataba de un humorista ‘muy gracioso’ que iba a ofrecer un monólogo en el Guimerá”. Al menos, según reconoce acto seguido, la progenitora se molestó en ver unos pocos vídeos del sujeto para prevenirse de lo que iba a ver. Para aquella mujer, seguir a un youtuber estaba fuera de su experiencia inmediata. Para su hija, saber quién era Wismichu era tan natural como lo fue para su madre estar al tanto del Dúo Sacapuntas o de Ángel Garó tras haberlos visto en el Un, Dos, Tres.

¿Nos recuerda esto a algo? Sí: a la malhadada entrevista que Elrubius (si necesitan enterarse de quién es, a estas alturas, nuestro sentido pésame) concedió al suplemento PAPEL del diario El Mundo el pasado 7 de febrero. Seguro que recuerdan aquella charla: ofreciendo un modelo de mala praxis periodística, Pedro Simón acudió a ella sin haberse documentado apenas, luciendo un total menosprecio por el entrevistado… y, para colmo, alardeando de ello en el texto. Algo que, en nuestra opinión, no se debía tanto a la mala fe como a una diferencia de perspectivas: para el reportero, confeso analfabeto tecnológico, Elrubius no era el youtuber castellanoparlante más famoso, con cerca de 17 millones de espectadores siguiendo sus vídeos y unos 6 millones de followers pendientes de sus palabras en Twitter. Elrubius era un friki más de internet, ese canal de comunicación que no tiene ninguna trascendencia para aquellos que se precian de ‘serios’ y ‘maduros’. No la lleva teniendo (la trascendencia) desde hace al menos veinte años.

A raíz de todo esto, podemos sentenciar una cosa: que los medios mainstream y las instituciones juegan con fuego a la hora de abordar a las celebridades de YouTube. No porque éstas sean peligrosas per se, sino porque dichos medios e instituciones no tienen ni idea de qué hacer con ellas. Por más que el contenido del show de Wismichu nos parezca desagradable, debemos entender que YouTube es una puñetera jungla, y que recurrir a la humorada fácil y escatológica es una forma eficaz de hacerse un hueco en su candelero. Al fin y al cabo, hablamos de artistas cuyo target se compone, en su mayoría, de adolescentes. Y, ¿desde cuándo decir guarradas y portarse como un malote ha servido para congraciarse con ese sector del público? Máxime cuando dichas guarradas y dichos alardes se transmiten a través de un medio que se disfruta, generalmente, en soledad, y casi nunca en presencia de los padres de uno, al contrario que, pongamos, una función organizada por una autoridad municipal en un teatro abarrotado de gente. Enigmas de la vida moderna…

rubius

¿Dónde nos sitúan esta clase de polémicas? Pues en un presente en el que los youtubers son una presa cada vez más codiciada por los mastodontes de la comunicación. Hagan la prueba: sostengan una conversación con un profesional televisivo, preferiblemente de esos que se precian de juventud y dinamismo. Entonces descubrirán que la palabra que empieza con “y” no se le cae de la boca. Ahora que lo sólido se desvanece en el aire (pero no para extinguirse, sino para mutar en kilobytes por segundo), aquellos capaces de acumular atención en los nuevos canales se convierten en santos griales con acné, perseguidos por aquellos que ven cómo ‘lo de siempre’, lo que les ha dado de comer y (en algunos casos) les ha hecho ricos, corre que se las pela camino de la obsolescencia.

Por supuesto, la meta de dichos perseguidores es convertir el trabajo de los youtubers en dividendos y en popularidad para  sus empresas u organismos públicos. Y el problema es que, una vez atrapadas esas valiosísimas piezas, los captores no tienen ni idea de qué hacer con ellas sin que su singularidad les estalle en las caras. Está por verse en qué acaba todo esto. A nosotros, algo nos dice que esa singularidad, esa falta de domesticación y esa propensión a liarla parda (para mejor o para peor, para el éxito fulgurante o para el escándalo) es lo que, de momento, salva a estos artistas de un destino muy tenebroso. Aunque el artista en cuestión se llame Wismichu y tenga la gracia en salva sea la parte.

 

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