‘Noche de paz, noche de muerte’, la gran saga de terror de la Navidad

Para cualquier cinéfilo amante del terror, la Navidad es una invitación a revisar títulos como Gremlins (1984), en donde los villancicos y las luces de colores forman parte del telón de fondo sobre el que salpica la sangre, o bien otros no tan populares, pero en los que los símbolos asociados a estas fiestas cobran un mayor protagonismo, como Noche de paz, noche de muerte (1984).

Sin embargo, aunque la mayoría de aficionados al género tendrán en mente la imagen del Papá-Noel-con-hacha popularizada por esta última, no son tantos los que tienen igual de presente el resto de la saga. Y tampoco es que se les pueda culpar, tras una segunda parte que invertía la mitad de su tiempo en volver a contarte la película original… repitiendo metraje de aquella, o una tercera que trataba de crear un nuevo Freddy Krueger mientras ella misma te mataba de sueño.

Pero como trataremos de explicar a continuación, quienes expulsaron el videocasete a mitad de la primera secuela, o abandonaron la saga al despertar de la segunda, quizás se perdieron grandes cosas: astilladoras de madera funcionando a pleno rendimiento, antiguos cultos matriarcales, juguetes llamados “Larry la larva”. Que suenen los cascabeles.

Noche de paz, noche de muerte (Silent Night, Deadly Night, 1984)

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Antes de nada, una cosita sobre el título. Obviamente se trata de un macabro juego de palabras con la letra del villancico de origen austriaco Stille Nacht, heilige Nacht (Silent Night, Holy Night en inglés; Noche de paz, noche de amor en español). Bien, pues no fue el primero: Navidades negras (1974), clásico canadiense que ya fue reivindicado aquí como merece por nuestra Eva Cid, se estrenó en Estados Unidos como Silent Night, Evil Night ante el temor de la distribuidora de que el público la confundiese con una blaxploitation, pero enseguida recuperó su nombre original; y aún hubo otra antes, también curiosamente precursora del subgénero que hoy llamamos slasher: Silent Night, Bloody Night (1972). ¿Claro como la nieve? Entonces volvamos con Freddy.

El 9 de noviembre de 1984 llegaba a los cines Pesadilla en Elm Street, y a las puertas de las salas se agolpaban masas enfurecidas de padres protestando por el estreno… de Noche de paz, noche de muerte, el primer trabajo como director de Charles Sellier. Efectivamente, las dos películas se estrenaron el mismo día, pero fue la combinación de rojo y blanco más hacha, y no la de rojo y verde más garras, la que volvió locos a los papás y mamás de América (y a personalidades como el actor Mickey Rooney, que escribió una carta poniendo verdes a sus autores por haber “mancillado el carácter sagrado de la Navidad”). El escándalo contribuyó a que el Santa Claus asesino superase en recaudación a Krueger durante el primer fin de semana, pero por desgracia también hizo que la distribuidora TriStar Pictures retirase la película a los pocos días (según las malas lenguas, para no tener problemas con sus dueños de Coca-Cola). Aun así tuvo tiempo de recaudar más del doble de lo que había costado. Volvería a los cines bajo el auspicio de una nueva distribuidora en la primavera del año siguiente (haciendo una taquilla directamente proporcional al espíritu navideño de esas fechas) y, ya convertida en obra de culto, en diciembre de 2013, presentada por la revista Fangoria.

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Por un lado llama la atención que no hubiera habido movilizaciones de ese tipo antes, ya que esta no era ni mucho menos la primera película con maníaco vestido de Papá Noel: hasta donde nosotros sabemos, ese honor le corresponde a Condenados de ultratumba (1972), una producción de la británica Amicus compuesta por cinco adaptaciones de historietas de la EC en la que Joan Collins pasa de verdugo a víctima a manos de un loco fugado con disfraz de Santa Claus; y mucho más cerca del estreno que nos ocupa, en 1980, coincidieron Navidades infernales (“la mejor película de Navidad que jamás se ha hecho”, según John Waters) y Feliz Nochebuena (dirigida por David Hess, actor y compositor en La última casa a la izquierda de Wes Craven). Sin embargo, a diferencia de todas ellas, Noche de paz, noche de muerte llegó a los cines precedida por una impactante campaña publicitaria que demostró ser un arma de doble filo, como ese hacha que está a punto de bajar por la chimenea en el famoso póster de Burt Kleeger.

La polémica dio al traste con un proyecto de disco navideño obra de Morgan Ames del que ya se incluían algunos temas en la película, y que no llegaría a escucharse hasta su publicación en 2014 por parte de la siempre diligente Death Waltz Recording Company, junto con la banda sonora original de Perry Botkin. Verían así la luz, por fin, canciones como Slayrider (Slayride era el título original del film) o la trilogía Christmas PartyChristmas FluChristmas Fever, en una edición redondeada con una portadaza del británico Nick Percival que resulta más acojonante de lo que la película llega a ser nunca.

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Y que no se nos malinterprete: Noche de paz, noche de muerte tiene momentos de genuino mal rollo (empezando por toda la historia de origen que lleva al mozalbete traumado de turno, Billy interpretado en su versión adulta por Robert Brian Wilson a convertirse en un Papá Noel asesino y no en, yo qué sé, un justiciero disfrazado de monja). Y la escena en la que la reina del grito Linnea Quigley comparte protagonismo con unas astas de ciervo merece figurar en cualquier top ten de 1984. Pero también tiene mucho de sátira, como se encarga de dejar claro mientras abraza su condición explotadora de La noche de Halloween (1978) desde su frase promocional: “Has superado Halloween. Ahora intenta sobrevivir a la Navidad”. Como diría Ignatius Farray, “hay comedia ahí”, y habría mucha más en la primera secuela… solo que quizás no de forma intencionada.

Noche de paz, noche de muerte: Parte 2 (Silent Night, Deadly Night: Part 2, 1987)

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Nada es comparable a la experiencia de ver Noche de paz, noche de muerte: Parte 2 por primera vez, sobre todo si no sabes lo que vas a encontrarte y se te ocurre montar una doble sesión con la película original. Porque lo que te encuentras es un Ricky Caldwell el hermano de Billy ya crecido, encerrado en un manicomio y recapitulando los sucesos de la primera parte (no entraremos en cómo sabe él todo eso) mediante el socorrido recurso de colar secuencias enteras de aquella. Durante casi cuarenta minutos. Es como ver la misma película dos veces seguidas, pero sin el como. Según el director Lee Harry esa era la idea que los productores tenían para toda la película, pero él estaba decidido a contar su propia historia aunque solo tuviera presupuesto para media; Ricky se lo merecía, y no digamos ya el actor escogido para darle vida: Eric Freeman.

Ya durante esa primera mitad de puro refrito puede uno apreciar el poderío interpretativo de este titán, cuya musculatura y soltura ante las cámaras rivalizan con las del Van Damme de la época, pero es después de los primeros asesinatos originales (y de una visita a un cine en el que están poniendo… ¡Noche de paz, noche de muerte! ¡Argh!) cuando sobreviene la escena que lo convertiría en leyenda: una suerte de killing spree pocha que culmina en dos palabras mágicas, y cuya representación en YouTube acaba de superar los seis millones de visitas.

Ese “Garbage day!” arrastrado por la marejada de sus cejas y su risa maníaca convirtió a Freeman en un ídolo instantáneo para multitud de fans de la serie B, y su desaparición de la luz pública durante años (se intentó contactar con él en 2004 para el audiocomentario del DVD, sin éxito) terminó de elevarlo a la categoría de mito. No fue hasta una proyección de la película en 2013 que decidió volver a acercarse a ella, dispuesto a abrazar su legado con todas las consecuencias: en agosto de este mismo año anunció un proyecto de secuela directa titulado SNDN: Ricky Unhinged, a través de un vídeo en YouTube donde se presenta como un tal Damon Michaels que ha tenido la oportunidad de leer el “fantástico” guión de Eric Freeman. Genio y figura.

Su Ricky Caldwell llegaría a inspirar discos enteros, como el Ricky Lives! de NoMoHr, e incluso un videojuego de inminente aparición, Garbage Day, un sandbox gore-cuqui en primera persona que recrea la experiencia marmotesca de revivir la misma película infinitas veces devolviéndote a tu cama cada vez que te matan.

Posesión alucinante (Silent Night, Deadly Night 3: Better Watch Out!, 1989)

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Santa Claus Is Comin’ to Town es una canción navideña de 1934 con una letra sorprendentemente siniestra (la versión en español de Luis Miguel rebaja un poco el tono amenazante durante los primeros versos, pero lo compensa añadiendo un 100% más de, bueno, Luis Miguel), de la cual se extrae la frase que sirve de subtítulo en el original a esta tercera parte: ese ”Mejor ten cuidado” que a posteriori podría interpretarse como una advertencia al espectador contra la propia película.

El villano de Posesión alucinante (!) vuelve a ser Ricky, pero como ya te habrás olido por los comentarios sobre la desaparición de Freeman, se trata de un Ricky muy distinto al que conocíamos: no solo cambia el actor, Bill Moseley, recién llegado de encarnar a Chop Top en La matanza de Texas 2 (1986), sino que tras los acontecimientos de Noche de paz, noche de muerte: Parte 2 el hermano pequeño de Billy ha sido sometido a una intervención que lo ha dejado con el cerebro a la vista (!!), protegido por un casquete transparente (!!!). Ciencia loca desbocada.

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Las pretensiones de crear un nuevo icono para el género son obvias, e incluso se intenta acercar la historia a la de Pesadilla en Elm Street, o la por entonces reciente Viernes 13 VII: Sangre nueva (1988), introduciendo una heroína con poderes mentales (Samantha Scully) y un científico chiflado amante de los experimentos oníricos (Richard Beymer, el Ben Horne de Twin Peaks). La web iHorror publicó hace poco unos diseños de producción encontrados en eBay, obra de Philip G. Thomas, que demuestran la atención que se le dedicó al gimmick del personaje.

Desafortunadamente, ni siquiera el buen oficio del realizador Monte Hellman (discípulo de Roger Corman, y uno de los directores no acreditados de su película El Terror de 1963, que aquí aparece emitiéndose por televisión) impide que Posesión alucinante se vaya a pique por culpa de un desarrollo aburridísimo y un aspirante a Pinhead que no da una puntada de carisma hasta el último segundo, justo antes de que entren los títulos de crédito.

¿”Mejor ten cuidado”? Desde luego: porque si decides bajarte del trineo en este punto, es posible que te pierdas lo mejor del viaje.

Ritos satánicos (Silent Night, Deadly Night 4: Initiation,1990)

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En 1982, John Carpenter y Debra Hill decidieron convertir la serie iniciada con Halloween (1978) en una colección de relatos independientes, con el único nexo común de las calabazas y el truco-o-trato. El resultado fue Halloween III: El día de la bruja, una encantadora historia que decía adiós al asesino enmascarado Michael Myers en favor de dioses antiguos y robotos de aspecto humanoide, bastante bien considerada entre los fans hoy día, pero que en aquel entonces constituyó un fracaso de crítica y público. Como consecuencia se desechó el nuevo enfoque y el hijo de la señora Myers volvería a estar presente en todas las secuelas posteriores.

Todo esto viene a cuento porque esa misma idea de la serie de películas de miedo, relacionadas solamente por la época en que transcurren, fue la que abrazó Silent Night, Deadly Night durante sus partes cuarta y quinta, y lo hizo además ofreciendo unas magníficas pesadillas de Nochebuena. Es una lástima que dos pequeñas joyas como estas hayan quedado enterradas bajo la numeración de la saga, por no hablar de la sosísima portada con la que se presentó la primera en el mercado americano. La carátula del VHS japonés, en cambio… esa sí la representa.

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Ritos satánicos (el título español casi acierta) es la tercera película del equipo formado por el director Brian Yuzna, el guionista Woody Keith y el mago de los “efectos especiales surrealistas” (así le gusta aparecer en los créditos) Screaming Mad George, tras las mucho más reconocidas Society (1989) y La novia de Re-Animator (1989). A nadie debería extrañarle pues que funcione como una máquina perfectamente engrasada con fluidos viscosos y coloridos; lo realmente raro es que no sea tan popular como sus predecesoras. Lo achacaremos a problemas de distribución que esperamos compensar en parte con esta loa.

Además de reincidir en su querencia por las ilusiones ópticas, los cuerpos retorcidos (de placer o de dolor) y las cosas que se arrastran, Yuzna y compañía aprovechan la ambientación navideña para contarnos una historia sobre brujas y poderío femenil en torno al solsticio de invierno (¿a qué nos recuerda esto?) que seguramente promoverá animados debates sobre cuestiones de género entre quienes decidan celebrar con ella el nacimiento del Dios Sol/Niño Jesús, y que no desentonaría nada en un programa doble con La posesión (1981) de Zulawski. Sin ninguna duda, la entrega favorita de quien esto suscribe.

Juegos diabólicos (Silent Night, Deadly Night 5: The Toy Maker, 1991)

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A Quentin Tarantino le gusta recordar (se lo hemos leído en más de una entrevista) cómo su supervisor de continuidad, mientras rodaban la secuencia inicial de Malditos bastardos (2009), le dijo: “Quentin, este es tu primer western”. El nombre de ese script, con el que ha trabajado en todas sus películas, es Martin Kitrosser, y a él tenemos que agradecerle también esta quinta parte de la serie.

Kitrosser dirige y comparte la autoría del guión con Brian Yuzna, que regresa para ejercer además de productor en esta historia de juguetes asesinos protagonizada por Jane Higginson y William Thorne como una madre y su hijo. La temática no debió de resultarle extraña: Yuzna ya había producido Dolls (1987) mano a mano con Charles Band para su colega Stuart Gordon, aunque en aquella el poder de los muñecos tenía un origen sobrenatural, y en esta proviene exclusivamente de las habilidades ingenieriles del juguetero del título. El personaje en cuestión responde al nombre de Joe Petto (padre de un joven llamado Pino, para más señas) y está interpretado por, esto te va a encantar… Mickey Rooney. Contemplad al hombre que llamó “escoria” a los responsables de Noche de paz, noche de muerte enganchando a un pobre niño con el saco de su disfraz de Santa.

Con Yuzna regresaron también varios actores de la cuarta parte (su hijo Conan Yuzna , Clint Howard y la protagonista Neith Hunter, interpretando personajes que podrían ser o no los mismos que en Ritos satánicos) y su inseparable Screaming Mad George, que entre otras maravillas ejecuta ese sangriento asalto juguetero al catre del tráiler. Incluye un brazo mecánico con afición por los ojetes distraídos.

Silent Night (2012)

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La última entrega hasta la fecha no es ni una secuela ni un remake… o quizás es ambas cosas a la vez. Silent Night (así, a secas) recupera la figura del Papá Noel asesino entre reescenificaciones de la película original y guiños a los fans de la segunda parte, pero también introduce un novedoso repertorio de muertes (¿recuerdas la astilladora que mencionamos al principio?) y una historia de origen ajena a la de Billy y Ricky, basada en hechos reales; concretamente, en la masacre de Covina, un terrible suceso acontecido en la Nochebuena de 2008 durante el que un hombre disfrazado de Santa Claus asesinó a nueve personas, armado con varias pistolas y un lanzallamas de fabricación casera.

Pero el tono de Silent Night no puede estar más alejado del de un frío documental, y aunque en su arranque se percibe cierta influencia del “porno de torturas” de los primeros 2000, enseguida se descubre como un slasher moderno, salvaje y divertido. En ese sentido solo podemos aplaudir las interpretaciones de Malcolm McDowell y Jaime King en sus respectivos papeles de sheriff cuñao y ayudanta echapalante, y desear un pronto regreso del director Steven C. Miller al género que lo vio crecer, tras sus actuales proyectos de acción con Bruce Willis. ¡Queremos ver Automaton Transfusion 2, Steven!

Y hasta aquí el recorrido por la que, si hemos hecho bien nuestro trabajo, será tu nueva saga de terror favorita, aunque nos conformamos con haberte animado a descubrir o revisar alguna entrega esta Nochebuena. Acabamos igual que de momento acaba ella: con la perversión del villancico austriaco de marras que la serie siempre se había merecido, y que suena durante los créditos finales de Silent Night, a cargo de White Coffin Terrors.

¡Feliz Navidad, mortal Navidad!

 

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