Noches, aventuras y los 7 mejores hallazgos de Filmadrid 2018

Del 7 al 16 de junio y por cuarto año consecutivo se ha celebrado en la capital el festival Filmadrid. Una selección de más de 70 títulos, varias secciones paralelas y atención a todos los continentes, que combate con el entusiasmo de sus programadores los riesgos de llevar a las salas las películas más heterodoxas.

Entre la inauguración y clausura dedicadas a Hong Sang-sooThe Day After (2017) y La cámara de Claire (2017)-, en la cuarta edición del festival hubo lugar para otros grandes nombres (y reclamos) consagrados por la cinefilia –Chantal Akerman, Claire Denis, Frederick Wiseman o Eugène Green, quien impartió un curso-, pero Filmadrid es ante todo un festival de descubrimientos y encuentros inesperados. Más allá de la autocomplacencia, Filmadrid combina la emoción por una propuesta radical con la pulsión underground de quien ama la noche hasta lo intempestivo. En sus Focos procura recuperar maestros desconocidos -este año el veterano Tonino De Bernardi- mientras señala a jóvenes talentos como Khalik Allah (n. 1985); a los que esta edición se ha añadido un tercer foco bajo el nombre Endless Night, donde se recuperaron películas de todas las épocas y geografías con la noche como protagonista. No es de extrañar, por tanto, que en esta edición convivieran películas del naturalismo documental más extremo con las propuestas más exuberantes, el indie más marginal e incluso porno (de autor) protagonizado y presentado por la pornostar Valentina Nappi.

Si algo aunó propuestas tan diferentes fue el fondo político y militante que subyacía en todas ellas, aunque fuera desde formas distintas de concebir el cine y la política (tema al que el propio festival dedicó un curso impartido por Nicole Brenez). La realidad política de países remotos y la más cercana que queremos ignorar, la reivindicación de la diferencia y el potencial revolucionario del deseo fueron algunas de las constantes que marcaron esta edición.  Y aunque el máximo galardón recayó en uno de los productos más reconocibles de esta clase de festivales, la por otro lado excelente DRIFT, de Helena Wittmann, se justificó “por la representación sensual a la vez que hipnótica de la naturaleza”, y se otorgó una mención especial a la manierista y críptica Our Madness, de Joäo Viana, “por su original visión política del colonialismo como una enfermedad mental”.

Nueve días, por tanto, fuera de la zona de confort. Acompañados de películas desconocidas, a veces extrañas, a veces aburridas, a veces sorprendentes y, en ocasiones, auténticos hallazgos. CANINO ha estado allí y como muestra de la diversidad y riesgo de un festival os presentamos algunos de estos descubrimientos.

DRIFT (Helena Wittmann, 2017)

Una pareja de chicas en el Mar del Norte se separa: una debe volver a Argentina, la otra atravesará el Atlántico en un velero. Es la sencilla premisa argumental de la ganadora de Filmadrid 2018. El resto es una película contemplativa de planos fijos que mima el ritmo reposado y el diseño de sonido. Donde, poco a poco, el océano se va convirtiendo en el verdadero e inmenso protagonista. A pesar de ello la película continúa anclada en la experiencia de la protagonista y, más que de un retrato del mar, refleja la relación que establece con él.

Vista en pantalla grande y aceptando que se mueve a un ritmo distinto, DRIFT es inmersiva e hipnótica. Todo un viaje que a través de la tranquila y meditada puesta en escena y la agitación del mar, transmite otra manera de sentir las cosas en la que el océano se convierte en cura y consuelo de la soledad.

Trinta lumes (Diana Toucedo, 2018)

Trinta lumes, en gallego, quiere decir treinta fuegos. Los treinta hogares que quedan dispersos entre varias aldeas de la sierra del Courel (Lugo), viviendo como siempre se ha vivido: en la naturaleza. El resto de los habitantes hace tiempo que se marcharon, o han muerto y sus hogares se han apagado. De ellos quedan las casas abandonadas y el rastro de vidas pasadas por los que vaga Alba, de doce años, acompañada de su mejor amigo. A Alba le cautivan los relatos de meigas y la atmósfera misteriosa de los bosques gallegos que la rodean. Dice que puede ver y sentir a los muertos.

Hacer hoy una película sobre estas aldeas de la Galicia interior -la España vacía-, es hacer una película sobre desapariciones, su búsqueda y el intento de traerlas de vuelta. Diana Toucedo lo hace mezclando ficción y documental con actores no profesionales que interpretan versiones ficticias de sí mismos. Fantasía y realidad. El día a día de estos hogares; las rutinas y labores en la granja o en la fábrica de sus gentes, retratadas a partir de los rostros y las manos; las leyendas locales; y la naturaleza filmada a la manera de paisajes románticos, con sus brumas, lluvias y hermosos rayos de sol que, de pronto, iluminan una escena, muestran la coherencia entre cotidianidad, naturaleza y folclore de una vida que se resiste a desaparecer.

Inferninho (Guto Parente y Pedro Diógenes, 2018)

En el coloquio posterior a la proyección, Guto Parente presentaba su estética teatral como una respuesta a la tradición realista que impera en el cine brasileño (y en tantas otras partes). En algún lugar entre el melodrama de Arturo Ripstein y el de Rainer Werner Fassbinder, Inferninho es una celebración de lo freak que habría gustado a Tod Browning. El título hace referencia al bar ruinoso en que sucede la acción. Lo regenta la travesti Deusimar junto a una cantante, una empleada de la limpieza y un hombre disfrazado de conejo al que llaman, claro, Conejo. La clientela habitual incluye grotescas y enternecedoras versiones de Spider-Man, Lobezno, Marilyn Monroe, Mickey Mouse y otros tantos iconos de la cultura pop que fueron a parar allí, como abandonados. Y todo ello está encuadrado de frente, sin recreaciones miserabilistas ni pudor.

Entre toda esta realidad desembarca Jarbas, un misterioso marinero que comienza un romance con Deusimar. La historia que sigue incluye agentes del gobierno interesados en comprar el local y excompañeros del “marinero” que retornan del pasado. Una historia bastante boba pese a su enigmático giro final, pero que otorga momentos poderosos e imaginativos, en los que un conejo puede emocionarnos con destartalados discursos sobre el sentido de la vida y la actriz trans Yuri Yamamoto conquistarnos en una historia de excesos y melodrama que desafía al realismo para incluir en lo real, más allá de todo juicio,  los sueños.

The Wild Boys (Bertrand Mandico, 2017)

Más cerca del cine mudo que del contemporáneo, en un exuberante blanco y negro y a medio camino del expresionismo alemán y el surrealismo francés, The Wild Boys recuerda a la mezcla de cine experimental y explotation de F.J. Ossang. Atmosférica, onírica, filmada en 4:3, repleta de sobreimpresiones y con estallidos de color cuando se adentra en el mundo de los sueños, es difícil imaginar una película más alejada del realismo que esta. Y, si no la mejor, fue sin duda la más inclasificable de la Sección Oficial.

Comienza como un relato de aventuras marinas. Una banda de cinco chavales de la alta sociedad, vestidos con los tirantes de La naranja mecánica y máscaras a imagen de Saw, violan y provocan la muerte de su profesora de literatura inglesa. Primer signo de extrañamiento: los chavales están interpretados por mujeres y su aspecto andrógino e infantil contrasta con su brutalidad. Aunque mienten en el juicio y acusan a la profesora de haberlos pervertido, sus padres los confían a un capitán holandés para que los embarque con él, los civilice y los alimente con una extraña fruta velluda. Tras llegar a una isla paradisiaca en la que la vegetación tiene apéndices fálicos de los que brota el néctar con que saciar la sed y arbustos con formas de mujer donde saciar los impulsos, la película se abre, vía El señor de las moscas, a la fantasía y la ciencia-ficción, con presencia incluida de originales mad doctors y un diseño de producción digno de los mejores cómics del género. Y despliega entonces todo un discurso que cuestiona los roles de género, apostando abiertamente por el transformismo y la hibridación.

Classical Period (Ted Fendt, 2018)

Los personajes de Classical Period hablan, entre otros grandes temas, de Dante, de La divina comedia y, con especial atención, de las anotaciones de una edición decimonónica a La divina comedia. Son verdaderos nerds de la cultura clásica y parecen vivir de espaldas a la Philadelphia contemporánea en que se mueven. Cuando Cal y Evelyn y sus compañeros hablan de Dante o de Beethoven resuena con insistencia el término “contexto”, como si no les interesara relacionar las obras del pasado con el presente. Pero es ese presente el que interesa a Ted Fendt.

Ted Fendt filma las pedantes peroratas de Cal y Evelyn sin admiración y sin burla, como si mirara más allá de su erudición. Cuando Cal diserta sobre el valor de la arquitectura clásica frente a la moderna o sobre el martirio de un católico entre protestantes, Fendt captura cómo nacen aquí y allá algunas sonrisas de inteligencia y autosatisfacción. Para Cal las discusiones y las anécdotas son un juego de sutiles provocaciones, ironías y contrastes. Evelyn, en cambio, transmite la desesperación interna de una sensibilidad que se ha desarrollado a través de los clásicos pero que no sabe desplegarse en el mundo contemporáneo. En realidad, ambos están tan desesperados por comunicarse como cualquier otro. Y toda esa erudición es solo otra jerga con sus propias reglas -un sociolecto- desde el que intentarlo. No estamos tan lejos del indie y de Sundance como parece, solo en otro nivel de inteligencia.

Queen Kong (2016) + Io sono Valentina Nappi (Monica Stambrini, 2017)

Como afirmó en el coloquio Monica Strambini, Io sono Valentina Nappi es cine y es porno. Aunque lo que a ella le interesa como directora es derribar los tabúes en el cine. También se habló mucho, con ella y con Valentina Nappi, sobre si el pensamiento queer se está convirtiendo en un nuevo dogma acerca de qué se puede hacer, disfrutar y representar y de cómo hacerlo. Cuando en 2016 presentaron el cortometraje Queen Kong tuvieron relativa buena acogida porque había una trama visible y Valentina Nappi aparecía transformada en una monstruosa ninfa primitiva con los rasgos sexuales exagerados hasta lo grotesco y reprimido. Io sono Valentina Nappi, en cambio, es un falso documental pornográfico sobre un día cotidiano de la actriz a la vuelta de EEUU, carece de trama, tiene mucho más sexo y fue acusada de falocentrismo.

Probablemente la radicalidad de Io sono Valentina Nappi solo tenga sentido catalogada como cine. Y es que Strambini prescinde de cualquier coartada narrativa o discursiva para ir directa a lo que le importa: la representación explícita del sexo; y trabajar desde allí una sensibilidad libre tanto de prejuicios de cualquier tipo como de los automatismos y las fantasías masculinas de la pornografía. Mezclando los códigos del registro documental y del porno, Strambini dio total libertad a Valentina y a su pareja (Lorenzo Branca) para improvisar los diálogos y las escenas de cama a condición de que ni mirasen a cámara ni posasen para ella. La idea era, sin fingir una estética amateur, mostrar con naturalidad al icono del porno hablando, disfrutando y follando entre complicidades y bromas como podría hacerlo en la intimidad. El resultado final tiene la virtud de dar la densidad de una persona real a lo que en otro vídeo no sería más que un cuerpo y encontrar, sin abandonar el lenguaje del porno y del sexo explícito, algunos instantes que parecen verdad.

Field Niggas (Khalik Allah, 2015)

Cuenta Khalik Allah que él llegó al cine desde la fotografía. Recorría las calles de 125th St. y Lexington Avenue haciendo foto-retratos, se ganó la confianza de aquella comunidad de adictos y desclasados y, un día, descubrió que necesitaba sonido y poner las imágenes en movimiento. Regresó con una cámara de video y micrófono, pero en la calle seguían posando para él como en las fotos y le contaban sus historias. De estas calles, de esta comunidad y de esta impronta fotográfica nacen los dos primeros trabajos del director.

Si el cortometraje Antonyms of Beauty (2013) ya era interesante, Field Niggas es la consagración de un dispositivo. Llamada así en referencia a un discurso que Malcolm X dio en la zona, Field Niggas consiste en el retrato coral de los bajos fondos de Harlem y de quienes allí luchan cada día por sobrevivir y colocarse con K2 un día más (K2 es la nociva marihuana sintética que produce el llamado “efecto zombi”). Un retrato en movimiento. Es como si Allah hubiese capturado a toda esta comunidad, sus calles y sus conflictos y los hubiera encapsulado fuera del tiempo. A lo visual, que combina imágenes de la noche de Harlem y, sobre todo, retratos de sus habitantes filmados en ralentí y con verdadera pasión por los rostros, Allah superpone la voz de ellos mismos para que expresen en sus propios términos su vida, sus conflictos cotidianos o trascendentales, con la policía o como amigos, padres, amantes y adictos. Entrar en Field Niggas es sentir el pulso de la noche en la avenida Lexington -con sus licorerías, trapicheos, colgados y luces de neón-, un ejercicio de dar voz a quien no la tiene y uno de esos hallazgos por los que se justifica un festival.

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