8 joyas del Festival de Cine Europeo de Sevilla

Una vez más, el Festival de Cine Europeo de Sevilla nos hizo felices. El sábado pasado concluía una edición cargada, como viene siendo habitual, de buenas películas. Algunas de autores y autoras a los que ya venimos siguiendo, y otras tantas de nuevos descubrimientos. Estas son algunas de las producciones que hemos podido ver este año.

Este año, el SEFF puso el cine hecho por mujeres en el centro del relato colectivo que forma su programación, tanto a través de un ciclo imprescindible de cine feminista, Yo no soy esa, como en el resto de secciones. El festival (podéis ver el palmarés aquí) lo ganó Bruno Dumont con Ma loute, que prosigue su viraje hacia la comedia grotesca tras P’tit quinquin, pero más allá de un reparto de premios que, inevitablemente, es un resumen muy parcial del festival, nos reencontramos con cineastas como Alain Guiraudie, Pablo Llorca, Adolfo Arrieta o Whit Stillman, descubrimos a Kurdwin Ayub y a Enrique Baró o nos fuimos a beber y a perdernos en el viaje sin retorno de Ulrike Ottinger. Nuestro viaje, por suerte o por desgracia, sí fue de ida y vuelta, y ahora solo queda repasar aquí algunas de las películas vistas en el certamen. Vamos allá.

Rester vertical (Alain Guiraudie, 2016)

Un anciano derrumbado en un sofá ve pasar los días mientras escucha rock progresivo a todo trapo. En un momento de la película, el protagonista de Rester vertical, un guionista nada inspirado, le pide que baje la música porque está muy alta y dificulta la conversación, pero el viejo le espeta: “¡Es Pink Floyd!”. Música que aspira a la disolución, a hacernos viajar fuera del cuerpo, igual que la nueva película de Alain Guiraudie también pretende hacerle saber a su atolondrado protagonista que la realidad que habita es muy frágil. Este guionista conoce a una chica, se aman, tienen un hijo y el plano en el que asistimos al parto del retoño inaugura también la progresiva disolución del filme.

Narrativamente, Rester vertical está en las antípodas de su anterior película, L’inconnu du lac (2013), que se servía de un único escenario y de muy pocos elementos para contarnos el nacimiento de una amistad mientras, en segundo plano, el sexo y la muerte jugaban al escondite. Aquí, Guiraudie juega a zarandearnos y a confundirnos, a llevarnos a lugares inciertos, y aunque puede discutirse si a veces la película parece más controlada de lo que debiera, o si al final del viaje nos quedamos un poco a medias, es innegable que hay algo gozoso en esta extraña aventura impregnada de surrealismo y de humor raro.

Mimosas (Oliver Laxe, 2016)

También el segundo largo de Oliver Laxe tras Todos vosotros sois capitanes (2010) es una película de aventuras. No solo una película de aventuras sino también un ensayo sobre la aventura, entendida ésta como un estado mental. Y como una forma de desafiar la tiranía del tiempo y del espacio, que nos limitan y, a la postre, nos desintegran. En un momento de Mimosas, dos de los personajes discuten sobre la mejor manera de seguir: las montañas y los percances están haciendo mella en ellos y en su misión: han prometido llevar el cuerpo inerte de un anciano líder hasta el pueblo donde nació. Uno le grita al otro que no importa tanto llegar a algún sitio como el haberlo intentado, haber aspirado a dejar una huella, una estela en el firmamento.

Como en Jauja (2014), de Lisandro Alonso, Laxe filma un western suspendido, fuera del tiempo convencional, en el que los perfiles rocosos del paisaje marroquí acompañan a estos seres que caminan en busca de sentido, como los maestros itinerantes de La pizarra (2000), de Samira Makhmalbaf, otra película rocosa, en la que pensé por momentos mientras veía Mimosas.

Belle dormant (Ado Arrietta, 2016)

En todas las películas o cortometrajes que he visto de Adolfo Arrieta (ahora Ado Arrietta) hay como un fulgor, un deseo de hacer más hermosas y fantásticas, y misteriosas, las asperezas del mundo mediante el arte arcano de contar historias. Y también una cierta serenidad, de noche tranquila de verano, que sigue presente en esta Belle dormant, su esperado nuevo largometraje. Mientras otros cineastas contemporáneos aspiran a maravillar al espectador mediante el uso o abuso de estridencias de todo tipo, a Arrieta le gusta bailar de otra manera y nos introduce en su particular universo a ritmo de swing, como el que bailan sus felices protagonistas al terminar el filme. El trayecto final de Egon, penetrando en el bosque para hallar el castillo y a sus habitantes, detenidos en el tiempo, y devolverlos a la vida con ese beso que equivale a un abrir y cerrar de ojos, a una cabeceada de cien años, es uno de los pasajes cinematográficos más hermosos que viví en el festival. Filmado, además, con una sencillez desarmante, aunque por ese bosque también revoloteen mariposas digitales.

Ticket of no return (Ulrike Ottinger, 1979)

No pude evitar acordarme de Dorothy Parker, con quien pasé tres intensos meses de mi vida esta primavera para poder escribirle una carta, mientras veía Ticket of no return, aunque me quedo con la traducción literal de su título original, Irse y jamás volver. A Dorothy, que fantaseó siempre con irse, con su propia destrucción, con estar en otra parte, quizá le habría encantado este viaje al final de la noche, al vértigo de beber lo imbebible, que Ulrike Ottinger filma con colores vivos y sin prestar demasiada atención a la resaca o a las consecuencias: quizá porque lo que ambiciona su protagonista es vivir, en las calles de Berlin, la borrachera definitiva, y en esa borrachera definitiva no caben interludios que no sean el ponerse un vestido nuevo y arreglarse para volver a los bares. A Dorothy, que trató de sobrevivir como guionista en el Hollywood de los años treinta y cuarenta escribiendo guiones para películas que luego solía despreciar, quizá le habría divertido este inclasificable delirio por el que desfilan gente como Nina Hagen, Eddie Constantine o Volker Spengler, actor habitual en las películas de Fassbinder.

Paradise! Paradise! (Kurdwin Ayub, 2016)

paradiseparadise

La youtuber iraquí afincada en Austria Kurdwin Ayub era objeto de una retrospectiva en el festival, en el marco de una edición que ha puesto el cine hecho por mujeres en un primerísimo primer plano. Además de sus vídeos pudimos ver Paradise! Paradise!, documental en el que sigue los pasos de su padre, médico de profesión, durante un viaje que ambos hacen a su tierra natal. De una honestidad y una transparencia -como transparentes son los vestidos que, al principio de la película, Kurdwin decide que no serán muy bien vistos en Irak- harto refrescantes, la mirada de la joven realizadora, más curiosa que construida, nos muestra, sin juzgar, algunas estampas de la vida en un lugar en el que los conflictos armados no son, para nada, algo lejano y abstracto, sino que basta con dar un paseo en coche para asomarse al frente de batalla.

Hacia el final de la película, Kurdwin filma a su padre mientras éste divaga sobre lo mucho que le gusta su tierra -sus reflexiones sobre si debería volver o no a Irak son uno de los leit motiv narrativos del filme- y ella, haciendo gestos con la mano, llena la pantalla de explosiones, para contextualizar las palabras de su padre en la compleja situación en la que se halla inmerso el país. Pero si hay un plano que no se olvida en Paradise! Paradise!, es el que cierra la película: ya de vuelta en Austria vemos a la madre de Kurdwin, rostro inexpresivo, tumbada en la cama, que es donde la habíamos dejado al principio del filme y donde se halla durante una breve conversación a distancia que mantienen por móvil. Y uno no puede evitar pensar que a esa mujer le pasa algo, aunque no sepamos muy bien el qué pero lo intuyamos.

La película de nuestra vida (Enrique Baró, 2016)

lapeliculadenuestravida

Cuando termina La película de nuestra vida leemos que el filme empezó a rodarse en 1953 y que ha terminado de montarse ahora, hace apenas unos meses. En su debut en el largo, Enrique Baró mezcla grabaciones familiares, de ahí la fecha de 1953, con una ficción mínima, en la que unos actores ruedan una película en una de esas casas de verano que todos hemos conocido, con su mesa en el jardín, su piscina y sus armarios y cajones custodiando con celo nuestro pasado. En realidad, estos actores interpretando a actores se pasan la mayor parte del tiempo haciendo el ganso y recordando, y lo que hace la película de Baró es integrar en un mismo universo fílmico esta ficción y los vídeos familiares, que registran veranos que ya fueron. En un momento particularmente bello del filme, se intercalan por montaje momentos de juego dentro y alrededor de la piscina, tanto en el presente de la ficción como el pasado, en color y en blanco y negro pero una misma narración al fin y al cabo. La película de nuestra vida es en ella misma un juego, un inventario de recursos para invocar la memoria, y aunque haya ideas que nos hagan más gracia que otras y por momentos el filme parezca querer pasarse de cómplice, me es imposible no simpatizar con una película que termina invitando a sus espectadores a cantar La canción de nuestra vida de Joe Crepúsculo, cuya letra aparece impresa en pantalla como si fuera un karaoke, mientras en la pantalla tiene lugar una animada fiesta de fin de rodaje (y de la misma película).

Días color naranja (Pablo Llorca, 2016)

Película de rostros y de descubrimientos, vivísima crónica de un amor de verano, el último filme de Pablo Llorca rezuma una naturalidad contagiosa. Narra el encuentro casual entre dos jóvenes en un tren: ella está haciendo el Interrail con unos amigos, él trata de regresar a Madrid por tierra tras quedar su avión varado en Grecia, debido a la erupción del volcán islandés Eyjafjallajökull, hecho real que tuvo lugar en 2010, año en el que se desarrolla la película. El mcguffin del filme es un libro, Los papeles perdidos del Club Pickwick de Dickens, que él está leyendo y ella conoció muchos años atrás, cuando sus padres viajaban por España. El momento en el que empiecen a leerlo juntos pondrá en marcha un reloj de arena cuyo goteo, a medida que les van quedando menos páginas, irá señalando las horas que les quedan juntos.

El tiempo se detiene, en Días color naranja, cuando los protagonistas llaman a un timbre en la ciudad italiana de Trieste. Los nervios de reencontrarse con alguien amado; la espera, primero abajo en la calle y luego, una vez arriba, en el umbral, esperando a que aparezca la persona a la que han venido a visitar. Y quien aparece es Luis Miguel Cintra, un rostro legendario del cine portugués, cuya presencia se apodera literalmente de la pantalla. Será en el interior de esa casa, donde Cintra encarna a un antiguo novio de la madre de la joven protagonista, donde descubriremos, a través de una bellísima conversación entre ellos dos que tiene lugar mientras en la pantalla vemos retratos y fotografías familiares, el centro secreto de una película que nos dice que, a fin de cuentas, somos eso, ciudades, viajes en tren, libros, el rostro de alguien a quien hacía tiempo que no veíamos, los primeros besos.

Riddles of the sphynx (Laura Mulvey y Peter Wollen, 1977)

El ciclo Yo no soy esa proporcionó algunas experiencias cinematográficas poderosas, como el filme de Ulrike Ottinger o este ensayo fundamental sobre maternidad y feminismo filmado por Laura Mulvey y Peter Wollen en 1977. Una película cuya deslumbrante audacia formal va de la mano de las cuestiones que plantea, todavía hoy lejos de estar resueltas: no hace mucho que asistimos, por ejemplo, al linchamiento mediático de la diputada de la CUP Anna Gabriel por haber sugerido en una entrevista que no le apasionaba la idea de ser madre y que solo se lo planteaba si era en régimen de crianza compartida. Concepto que, por cierto, también lanza al vuelo la película de Mulvey y Wollen mientras reflexiona sobre cuál debería ser la mejor manera de conciliar la vida laboral y la vida familiar. Estructurada en siete partes de duración desigual, que giran alrededor de un bloque formado por trece planos secuencia circulares, la película funciona, antes que como narración teórica, como reflejo de un flujo de pensamiento en constante estado interrogativo.

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