[Offscreen 2016 Bruselas] El fin del mundo entre rascacielos

Tres semanas parece mucho tiempo, pero el Offscreen ha llegado a su fin. Además, lo ha hecho de la mejor manera posible, al igual que la muestra SyFy, con la última y polémica (para variar) película de Ben Wheatley, la adaptación de la retorcidísima novela Rascacielos (1975) de J.G. Ballard.

Todo lo bueno llega a su fin y un año más hemos tenido una clausura a la altura en un certamen imparable que, además, tiene todo el sentido del mundo. En un año donde las mujeres con problemas psicológicos han sido las protagonistas del mes, High-Rise (2015), con al menos media docena de ellas entre centenares de chalados más, ha sido la mejor opción posible para la despedida con dos pases abarrotados de gente y una improvisada primera fila en el suelo.

 

Antes de llegar al final vamos a recordar lo que ha dado de sí el resto de programación de los últimos días, donde el rescate de la olvidada Safe (1995) de Todd Haynes supuso uno de los momentos más memorables. Con una colosal Julianne Moore como protagonista absoluta, muy bien secundada por un lastimoso Xander Berkeley, la película de Haynes se muestra veinte años después de su estreno (se proyectó en Sitges en su momento) más moderna, desoladora y, lo más importante, demoledora, que cualquier apuesta reciente parecida. Una de esas perturbaciones que no olvidas en la vida.

Si la peli de Haynes parece moderna ahora, no puedo imaginar la actividad en los comités censores allá por 1966, cuando Tony Richardson, uno de los nombres más populares del free cinema, mostró su Mademoiselle (1966), una tórrida pesadilla erótica en blanco y negro llena de maldad. Más allá de las dudosas condiciones de los animales en el rodaje, el salvaje atractivo sexual de la película tuvo que causar más de un dolor de cabeza, sobre todo cuando el personaje detestable que encarna Jeanne Moreau (en su defensa debo decir que no hay ni un personaje que no lo sea) da rienda suelta a sus pasiones más bajas. Si el director llega a conseguir a Marlon Brando para el papel del leñador deseado por todas las mujeres, la peli habría sido bastante más bruta y, seguramente, conocida.

Llegó el turno de Frank Henenlotter (pronto podréis leer nuestra entrevista con el por aquí), que presentaba sus dos últimos trabajos, el documental That’s Sexploitation! (2013) y la comedia negra Chasing Banksy (2015), que tiene más miga de lo que aparenta en un principio. El documental, un repaso desde los archivos de Something Weird de algo más de dos horas de todas las películas “sexuales” de entre los 20 y los 60 que han cautivado al director, resulta inesperadamente encantador. Vale que son un montón de personas haciendo el imbécil con sus vergüenzas al aire, pero la sabiduría de David F. Friedman y el cariño en el trato terminan por hacerla irresistible.

Chasing Bansky está basada en un insólito hecho real vivido en sus carnes por Anthony Sneed, protagonista, guionista y productor de la película. Mucho más cuidada que la mayoría de las películas de Henenlotter a nivel formal, su primer trabajo alejado de la sangre está mucho más viva y es más dinámica de lo que cabría esperar. Una historia de las que se cuentan entre colegas que, por increíble que parezmerece la pena mostrar al resto del mundo. Como si Michael Jackson hubiera entrado en tu casa para ir al baño.

Uno de los platos fuertes (para mí, claro, que estoy muy loco) era la ineludible cita con una piojosa copia en 35mm de la gloriosa I drink your blood (1970), una chifladura con hippies rabiosos satánicos divertida y mongólica. Dentro del ciclo Grindhouse era la más interesante y menos pornográfica. Vino acompañada de Let me die a woman (1977), un documental sobre el cambio de sexo muy explícito y pasado de madre y Corruption (1983), un thriller hardcore (sexualmante hablando) que servidor no pudo resistir pasadas las tres de la madrugada. Me hago mayor.

Ms.45, uno de los mejores trabajos del Abel Ferrara más desenfadado y menos pagado de sí mismo se vio en otra copia en 35mm en mejor estado del esperado. Una peli de violaciones y venganzas, hija de su época y de tono similar a los Death Wish de Charles Bronson, se diferencia de otras similares por su fina capa de ironía y por no tomarse en serio a sí misma en ningún momento. Se beneficia de la belleza salvaje de la tristemente desaparecida Zoë Lund (guionista aquí y de Teniente Corrupto -1992-) y de la fabulosa música de Joe Delia.

High-Rise, la guerra de clases encerrada en un edificio retrofuturista imaginada por Ballard en 1975, se ve reflejada de manera ejemplar en la última y posiblemente más radical propuesta de Ben Wheatley, uno de los directores más interesantes del momento y que cuenta ya con alguna que otra obra maestra, como la inolvidable Kill List (2011), que actualizaba de manera peculiar y acertada cierto tipo de horror puramente británico. Reparto coral y un universo denso ejemplarmente condensado en poco menos de dos horas. Lo que tardabas en leer media docena de páginas de la farragosa obra original.

Crédito imagen Ben Wheatley: (c) Off-Screen Bruselas.

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