[Opinión] El “caso Torbe”: ¿Y si fuéramos todos un poco culpables?

Cada día van apareciendo nuevas, variadas y coloridas informaciones que enredan todavía más la madeja, ya de por sí bastante enrevesada. El llamado “caso Torbe” no para de complicarse desde que el popular productor y director de cine pornográfico ingresara en prisión acusado, entre otras cosas, de trata de blancas y de pornografía infantil. Un asunto, desde luego, demasiado feo y grave para ser tratado a la ligera en tiempos en los que prácticamente todo tiende a ser tratado a la ligera, por muchos matices, simpatías o antipatías que despierte la figura de su principal protagonista.

Después de las supuestas vinculaciones con el caso de varios futbolistas de la Selección Española, tal vez el dato que faltaba para que el embrollo que en su momento surgió como una noticia exótica más dentro de los timelines adquiera matices desproporcionados e incluso surrealistas, es que el famoso director ha salido por fin a dar un paso en su defensa alegando que todo se trata de una trampa urdida por sus enemigos, y concretamente, por una actriz descontenta sorprendida por sus padres. Puestos a ser realistas y objetivos, en los ambientes en los que se mueve Torbe, y conociendo que éste no es el primer encontronazo que tiene con la justicia, tan válidas y verosímiles me parecen la teoría del engaño como su vinculación a la prostitución infantil y trata de blancas, cuando no una versión matizada e intermedia entre ambas versiones de los contundentes hechos expuestos. Los datos, como sucede en estos casos, se dan con cuentagotas y es muy complicado armar un puzle lo suficiente convincente y sin fisuras. Tan complicado, como, sí, injusto.

Las redes sociales, en cambio, ya han emitido un veredicto prácticamente unánime que parece tan previsible como apresurado: condena absoluta a todo lo que huela a pederastia y trata de blancas, como aquella estremecedora y paradigmática imagen de la película Juegos secretos (2006) de Todd Field, auténtica postal del cambio de los tiempos, en la que unas nerviosas madres sacaban a sus inocentes hijos de la piscina pública ante la llegada del acusado de pedofilia. Visto lo visto, y con esto no pretendo descubrir nada nuevo, la presunción de inocencia no cabe en los estrechos límites de un tweet, o no vende titulares ni favoriteos a destajo.

Todo ello no deja de ser, repito, comprensible dada la magnitud de la tragedia y la gravedad de las acusaciones. Una cosa es evadir dinero, estafar a Hacienda y otra prostituir ucranianas menores contra su voluntad. Una cosa es ser un friki, un pervertido orgulloso que se lucra a costa de los vicios propios y ajenos, y otra es ser un delincuente y atentar contra los derechos fundamentales del ser humano. Todos los que hayan leído el fundamental El otro Hollywood (2006), habrán comprobado que Ron Jeremy, otro personaje que despierta, o despertaba, las mismas simpatías que Torbe entre los voceros del frikismo, fue uno de los responsables más directos de la mercantilización de la pornografía en los ochenta, anulando cualquier pretensión artística del porno setentero y convirtiendo a las chicas en meros productos que pasaban por las clínicas de operaciones, posaban frente a las cámaras y eran rápidamente sustituidas por otras más jóvenes, predispuestas o desorientadas en películas que ya no eran ni películas, sino escenas sueltas, es decir, gonzos.

No hay que olvidar tampoco que desde el surgimiento en la opinión pública de estos personajes, la concienciación con respecto a los derechos fundamentales de la mujer ha cambiado, y casos como éste, que hace unos años incluso podrían pasar incluso desapercibidos, se juzgan, con justicia, con mayor severidad. En contraposición, fenómenos como el de Amarna Miller han demostrado que, si es lo suficientemente inteligente, una mujer puede ser estrella porno sin necesidad de que otros controlen en su nombre las reglas del juego, y que no tiene la necesidad de ser siempre un objeto o un valor de cambio en manos de empresarios sin escrúpulos… o al menos han ayudado a crear el espejismo de que esa realidad paralela puede darse perfectamente en una coyuntura como la actual.

Incluso el valioso y sorprendente documental Hot girls wanted (2015), pese a estar realizado por mujeres muy duchas en el tema (Jill Bauer y Ronna Gradus), o quizá precisamente por eso, nos dibuja un panorama muy diferente al que muestran los programas sensacionalistas de las cadenas privadas: un mundo en el chicas muy conscientes del funcionamiento de la industria y de su rol en el engranaje, luchan por enormes cantidades de dinero y minutos de gloria conscientes de lo efímero de la profesión que han elegido libremente. Para entender esto, es necesario subrayar la diferencia existente, que quizá estemos dando demasiado por hecho, entre la trata de blancas y la pornografía profesional, sin descuidar los finos márgenes que a veces, y sólo a veces, separan la una de la otra. Sólo en estas condiciones la prostitución y la pornografía pueden verse como una alternativa e incluso un emblema feminista, sin dejar de ser, al mismo tiempo, un producto más del capitalismo legítimamente corrosivo y una de sus consecuencias más inevitables en un momento en que una foto en una foto en la cuenta Instagram tiene más poder que la palabra escrita.

Sin embargo, una de las cosas que encuentro más molestas sobre el caso Torbe, dejando de nuevo al margen el veredicto sobre su inocencia o culpabilidad –que, repito, no nos corresponde a nosotros decidir- es la actitud de muchos de sus otrora acólitos en las redes sociales. Ese arquetípico y condescendiente “sí, yo veía sus películas y me reía con él, aunque siempre sospeché que había algo turbio detrás, así que nada de esto me extraña en absoluto”. La pregunta es: de ser las acusaciones ciertas, ¿no nos convierte esto en cierta medida a todos en cómplices de la situación?

Me explico. Es natural que a nuestra generación un personaje como Torbe le resulte más cercano que, por ejemplo, Bárcenas o Luis Roldán. Al fin y al cabo, antes de montarse en el dólar, Torbe ha sido algo parecido a uno de los nuestros, o al menos como tal se le ha tratado, y nunca ha dejado de ser del todo y de comportarse como uno de los nuestros. Editor de cómics y fanzines, director de cortos low cost, asesor de películas independientes de arte y ensayo, webmaster en la deep red más populachera- y celebrada como parte del llamado “orgullo friki”, tan aficionado siempre a mezclar peras con manzanas– y agitador cultural en festivales y programas televisivos, tal vez los tiempos hayan convertido a Torbe, personaje fascinante pese a quien pese y al margen de lo reprobable de sus acciones y métodos, en un pequeño anacronismo incómodo merecedor de un ajuste de cuentas en unos tiempos forzosamente más limpios e hipócritas.

No deja de resultar curioso que muchos y muchas que ahora en sus tuits y estados ponen el grito en el cielo y condenan precipitadamente sus supuestos delitos –que, de ser reales, merecerían, por supuesto, la condena estimada por la justicia- fueron en su día usuarios muy activos de su foro Putalocura, sintiendo o no simpatía por su principal e indisimulada cabeza visible, pero encantados de formar parte de su fiesta y entorno, de favoritear sus tuits y corear sus salidas de tono, cuando el personaje molaba y no era puesto en cuarentena por la sociedad que hoy nos protege y arropa.

https://www.youtube.com/watch?v=0_MGfzxmzIM

Así que cuidado con que Torbe sea verdaderamente culpable y con rasgarnos las vestiduras, porque tal vez al mirarnos al espejo de nuestra descascarillada pared de mileurista, pajero, consumidor de porno o fanzinero, descubramos un rostro que algún día fue necesariamente parecido al suyo y que no deja de ser, a grandes rasgos, el del ser humano seducido por la ambición desmesurada. Sin necesidad de prostituir menores ni blanquear dinero, todos y todas hemos sido en algún momento de nuestras vidas un poco Torbes, y lo hemos celebrado con algarabía y complicidad, como una muestra más, tal vez equivocada, de la libertad y permisividad de una sociedad contemporánea en tiempos de bonanza, así que la repudia y expiación social de su personaje no deja de ser, ahora mismo, también el vergonzante desenmascaramiento de nuestras culpas más íntimas. Y esto es, de todo este espinoso e incómodo asunto, lo que más debería escocernos. 

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