P.G. Wodehouse: Guía de lectura para lords patanes y mayordomos benefactores

Hace cosa de 135 años, según Wikipedia y otras páginas especializadas en efemérides, nacía Sir Pelham Grenville Wodehouse (1881-1975), uno de los mayores talentos en esto de hacer reír con ardides literarios. Aprovechando tan tierno aniversario, repasamos algunas de las claves estilísticas que ayudaron a forjar su universo de lords patanes, criados benefactores y tías despiadadas.

Hacer reír es ya, de por sí, cosa difícil, pero el mérito incrementa si no se recurre a la vil técnica de las cosquillas, a la reproducción de sonidos grotescos o al recurso de la imagen, tan facilitador él de atajos cómicos en lo que concierne a caídas, porrazos u otros clásicos del slapstick. Ceñirse a la palabra como elemento vertebrador de Lo Gracioso es, por tanto, un ejercicio de délicatesse que requiere por parte del escritor un mimo similar al que ponen los orfebres a sus cosas o los asiáticos recreadores de monumentos históricos con palillos a las suyas. 

P.G. Wodehouse hacía gala de ese mimo. Es más, lo derrochaba: nuestra cabeza se convertiría en una nube de ecuaciones russelcrownianas si cometiéramos la imprudencia de calcular el número exacto de obras publicadas por el autor (son más de cien, pero ¿cuántas más? ¿Realmente queremos saberlo? Dejemos que la duda ejerza sobre nosotros el efecto estimulante de los enigmas). Wodehouse trabajaba mayormente la novela y el relato corto, pero de su fecundidad enloquecida también se beneficiaron el género teatral e incluso las comedias musicales. Zambullirse en Lo Suyo así, de primeras, puede resultar abrumador. Esta guía pretende ayudar a que el no iniciado identifique las columnas que sostienen su particular olimpo de humor british, tontorrón y blanquérrimo a través de un diccionario de ideas, conceptos, personajes o motivos típicamente wodehousianos. Vamos allá.

A de Asignación

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Guapo, rico y distinguido: imposible ser cualquiera de las tres cosas sin una buena asignación

Uno de los detonantes narrativos favoritos de PGW es que sus personajes se queden sin asignación. La asignación es esa paga que suelen dar los parientes severos a sus descendientes y que les permite mantener una existencia ociosa.

La sola idea de perderla aterroriza a cualquiera de sus creaciones, pues en el orden literario de personajes como Bertie Wooster o Psmith no hay, vaya, pobres. Esto, claro, puede resultar controvertido para los puristas del realismo social o para aquellos que tiendan a incomodarse si se invisibilizan sectores desfavorecidos. Tal vez estas personas deban buscar la felicidad en otra parte, pues el universo del que hablamos está enteramente habitado por señoritos, aristócratas y gente bien. Muchos críticos han pretendido suavizar esta particularidad atribuyéndole intenciones satirizantes, pero no es que Wodehouse parodie el estilo de vida de las clases altas para reírse de la frívola vaciedad que las distingue, sino que existe un efecto a medio camino entre el jiji (un jiji mucho más inocente de lo que podría ser el dedo acusador de un socialista) y la mera fascinación.

Por eso mismo resulta tan trágico que un personaje se quede sin paga. Se vería obligado a caer en la zafiedad más grande que el Hombre ha concebido para su subsistencia: trabajar. Y dejaría de ser, por tanto, un personaje de Wodehouse.

B de Blandings

El castillo de Blandigs es el corazón de la serie más popular de Wodehouse después de la protagonizada por Bertie Wooster y su criado, Jeeves (ver letra J). En Blandings habitan un sinfín de disparates andantes liderados por Clarence Threepwood (¿les suena el apellido?), más conocido como Lord Emsworth, bonachón de mente distraída que se refugia en la jardinería y la crianza de cerdos gigantes para evadirse de los problemas en general y de los problemas provocados por su dominadora hermana, Lady Constance Keeble, en particular.  En castellano, Anagrama ha editado varias novelas ambientadas en el castillo, como Mal tiempo, Ola de crímenes en el castillo de Blandings, Luna llena, Algo fresco o Dejádselo a Psmith, crossover en el que mezcla los designios de la familia Threepwood con Psmith, otro de sus más emblemáticos personajes (ver letra P).

Después de esta adaptación radiofónica de 1985 con Richard Vernon haciendo de Lord Emsworth, se rodó una serie de la BBC basada en los libros. El reparto era de lujo, pero para describir el resultado final lo mejor sería acudir a uno de los estilemas favoritos de Wodehouse: “el corazón sangra”. Nada en ella funciona. Incluso se reproducen odiosos efectos de sonido cuando algún personaje se cae. Es como si la BBC hubiera dejado a una especie de José Luis Moreno británico a cargo del asunto. Y claro, pasa lo que pasa. 

Resumen: 🙁

C de Casamientos

El escritor, en la boda de su hija

El escritor, en la boda de su hija

Otra de las grandes mechas que disparan la narración de sus novelas, dando pie a una serie innumerable de enredos, es el compromiso. Siempre hay algún personaje prometido en secreto con otro que tiene que convencer al pariente inflexible de este otro de sus cualidades como pretendiente; siempre hay alguna atolondrada muchacha dispuesta a malinterpretar los gestos de un no menos atolondrado Bertie Wooster hasta el punto de tomarlos como una petición de mano en absoluto deseada; y siempre hay algún empareje desdichado que debe empujarse hacia el fracaso por el bien de todos los actores.

D de Desayuno

Un arenque repugnante

Un arenque repugnante

Ingerir alimentos a buena mañana es un hábito esencial para la salud de todos los seres humanos, según la ciencia médica, y más esencial todavía para los seres humanos salidos de la imaginación de PGW, que como son ricos suelen recibir sus desayunos en cama y de las manos gentiles de algún mayordomo. Como parte de esta enérgica y matutina liturgia, no serán pocas las veces que leamos a Bertie Wooster alabar los reconstituyentes que Jeeves le prepara para la resaca, o nos sorprendamos con la vomitiva si bien muy inglesa costumbre de ingerir arenques a las ocho de la mañana.

E de Estructura

'Júbilo Matinal', una de sus novelas de estructura más alambicada

‘Júbilo Matinal’, una de sus novelas de estructura más alambicada

Va siendo hora de decirlo: todas las novelas de Wodehouse son prácticamente iguales. ¿Importa eso? En absoluto.  Uno acude a su literatura como quien deposita la vista en los sedantes rasgos de una mujer amada o una Gioconda. ¿Queremos que cambien las mujeres amadas? ¿Las Giocondas, acaso? Sería imprudente pensarlo.

Si cogemos cualquiera de los volúmenes de Bertie Wooster y Jeeves, sabemos que éstos empezarán distantes por alguna elección de vestuario por parte del señor que no acabe de agradar al criado, como sabemos también que algún problema se le presentará más adelante a Bertie, obligándole a acabar prometido con una mujer indeseable (ver letra C), a buscarse la enemistad de su tía Ágata (ver letra T) o a comprometer su orgullo (ver letra W) en la salvación de un alma afín. Él intentará resolver este problema por su cuenta, con catastróficos resultados, y al final será Jeeves (ver letra J) quien encuentre la solución, haciendo ceder a Wooster ante las preferencias de su sirviente en la vestimenta. Esta fórmula imbatible suele ser aderezada con una maraña tronchante de tramas secundarias, pero el espíritu es el mismo. Y ni tan mal.

F de Fósforo

Pescado

Pescado

El fósforo es un macromineral que se encuentra en varios nutrientes, y que según algunas fuentes expertas contiene propiedades vivificantes para la producción cerebral. Es uno de los principales motivos de la magistratura de Jeeves en la ciencia de resolver problemas y sacar a su señor de toda clase de atolladeros, pues este criado incomparable incluye en su alimentación ingentes dosis de pescado, alimento rico en fósforo.

G de Glossop

Roderick Glosssop, ilustrado por Arthur Wallis Mills

Roderick Glosssop, ilustrado por Arthur Wallis Mills

Roderick Glossop es un psiquiatra perverso obsesionado con internar en instituciones mentales a todo aquel ser humano cuyo comportamiento se salga de las pautas socialmente establecidas. Su carácter es fuerte, de trato poco amigable. Le gustan especialmente poco las personas que roban sombreros, los gatos y Bertie Wooster, no necesariamente en este orden.

H de ¿Homosexualidad?

El escritor, mordisqueando un diabólico puro

El escritor, mordisqueando un diabólico puro

Mucho se ha escrito sobre la tensión sexual entre Holmes y Watson, pero… ¿y entre Bertie Wooster y Jeeves? No solo viven juntos, sino que se pasan la mitad del tiempo urdiendo planes para que Bertie no acabe casándose con muchachas. Es más, las pocas veces que Bertie ha sentido vibrar su corazón por alguien, ha sido Jeeves quien ha acabado por convencerle de que no era una lección adecuada. Este tipo de discusiones y relecturas son bastante aburridas y no aportan demasiado al mito, pero sin duda dan para dar un par de freudianas caladas a nuestra pipa mientras nos hundimos meditativamente en el sillón.

I de interjecciones

'Laughing gas', editada en español como 'El Gas de la risa'

‘Laughing gas’, editada en español como ‘El Gas de la risa’

Pocos autores han sabido sacar tanto rendimiento humorístico de unos animales tan aparentemente primitivos como las interjecciones. En manos de un fino estilista como Wodehouse, cada “¡Ahm!” y cada “¡Ehm!” están medidos con una precisión milimétrica tal que sus diálogos funcionan como sables.

J de Jeeves

Sí, ya hemos hablado largo y tendido sobre él, pero ¿saben qué pasa? Que Jeeves es el hombre. No hay otro. Su eficacia es olímpica y merece ser atendida con todo tipo de homenajes. No obstante, pese a su relevancia incuestionable en el corpus wodehousiano, sólo es protagonista directo de una novela, Llamen a Jeeves, en la que Bertie ni siquiera aparece. En ella, abandona su rol de juicioso sidekick y acapara los focos. Ah, Jeeves, ¿qué no se merece su cerebro incombustible, su sentido de la oportunidad a la hora de soltar citas shakespirianas o aforismos latinos? El músico Paolo Conte debió pensar que se lo merecía todo, incluido canciones, y por eso le compuso una.

K de Klimowski

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Uno de los ilustradores que mejor han sabido trasladar el universo de nuestro hombre a las cubiertas de sus libros.

L de Laurie

Hugh Laurie encarnó a Bertie Wooster en la afortunada adaptación que hizo la BBC en los años noventa. A Jeeves lo interpretaba su compañero de fatigas Stephen Fry, uno de los mayores conocedores de la obra de Wodehouse en el mundo entero.

M de “Le Mot Juste”

Pese a que, como hemos dicho, Wodehouse escribió numerosas obras de teatro, y pese a que sus novelas y relatos se siguen adaptando al cine y la televisión, el corazón de su comedia es eminentemente literario. Bertie Wooster suele devanarse la sesera buscando “le mot juste” (la palabra exacta) para definir algo, y esa misma filosofía parece seguir su creador. La musicalidad de su estilo y la imaginación suicida a la hora de elaborar metáforas resultan imposibles de trasladar a otro medio, pues viven por y para la página.

Volviendo a Stephen Fry (ver letra anterior), en uno de sus monólogos afirmaba haber descubierto la Belleza verbal cuando de niño asistió a una representación de La importancia de llamarse Ernesto, de Oscar Wilde. En ella, uno de los personajes decía “Would you be in any way ofended if I say that you seem to me to be in every way the visible personification of absolute perfection?

No es la cita más brillante de un tipo, Wilde, que prácticamente dijo todas las cosas brillantes del mundo, pero Fry aseguraba que esa concatenación de palabras de raíz latina le había revelado que el lenguaje podía utilizarse para algo más ambicioso que preguntar la hora o pedir permiso para ir al baño; que existía todo un mundo de posibilidades estéticas en el manejo de, en fin, eso que conocemos como estilo. No es de extrañar, por tanto, que acabara venerando a Wodehouse, siempre en busca de le mot juste hacernos felices.

N de «Noblesse Oblige»

Una de las frases fetiche de Bertie, que suele citar cuando invoca el código de los Wooster (ver letra W).

Ñ de 135 años

El escritor, si lo visitáramos HOY

El escritor, si lo visitáramos HOY

Exactamente la cantidad de tiempo que hace de su nacimiento. ¿Lo habíamos dicho ya?

O de Outfit

El vestuario es un elemento esencial en los personajes de Wodehouse. ¿Qué sería de Psmith sin su monóculo indagador? ¿Qué sería de la relación entre Bertie y Jeeves si el primero no avivase constantemente la polémica textil con el segundo por sus atrevidas elecciones?

P de Psmith

Ilustración de Psmith en una novela protagonizada por Psmith

Ilustración de Psmith en una novela protagonizada por Psmith

Psmith es otro de sus personajes más representativos del autor; en concreto, ése al que te gustaría parecerte. Locuaz, hábil, frívolo, ingenioso, elegante y endiablado. Su nombre se pronuncia como el de cualquier vulgar Smith, pero Psmith, claro, no es cualquier vulgar Smith, y por eso se añade una silente y distinguida “P”.

Q de Quote

El escritor, con una bestia en el regazo

El escritor, con una bestia en el regazo

Dejemos que sea el propio autor quien tome la palabra en esta ocasión para que nos ayude a introducirnos en su psique (la psicología del individuo, que diría Jeeves) con una cita: “Gusto a un público bastante especializado. Inválidos como yo. También convictos. Y no me va mal con los ladrones de perros«.

R de Realidad

El escritor, practicando lo que él llamaba “gimnasia” en su confusa realidad

El escritor, practicando lo que él llamaba “gimnasia” en su confusa realidad

La realidad wodehousiana nada tiene que ver con la que conocemos. Pese a que sus libros se desarrollan a principios del siglo XX, apenas hay referencias a la 1ª o la 2ª Guerra Mundial, y si las hay son anecdóticas. Sus obras se ambientan en nuestro mundo, pero filtrado por un viso de inocencia que inhibe cualquier atisbo de conflicto económico, político, social e incluso sexual (ver letra S). Wodehouse pertenece, tal vez, a esa raza de escritores que ante una realidad hostil se refugian en un universo de fantasía, sólo que el suyo no está habitado por dragones, sino por caballeretes atildados, muchachas ruborizadas y mayordomos deusexmaquinales. 

S de Sexo

El escritor, maquillado de forma inquietante

El escritor, maquillado de forma inquietante

Sí, la literatura de nuestro homenajeado está repleta de enredos amorosos, pero ¿hay sexo? ¿Hay pasión? Cuando pasa una chica bonita, ¿dicen los hombres “jeje” mientras intercambian codacitos cómplices en el Club de los Zánganos (ver letra Z)? No exactamente. El amor en sus novelas es platónico, con total ausencia de contenido picante.

T de Tías

Ilustración de Tía Agatha por T.D. Skidmore

Ilustración de Tía Agatha por T.D. Skidmore

Las tías, esas ancianas parientas, son un elemento dinamizador imprescindible en el ecosistema humano de Wodehouse. Las hay de todo tipo, y si hablamos de la familia Wooster, queda prohibido confundir a la encantadora Dalia, fundadora del Milady’s Boudoir, con la temible Agatha, frecuentemente definida como “un auténtico frasco de veneno”. Las tías entran en las páginas de PGW como huracanes, detonando tramas con energía arrasadora y una colección lacerante de adjetivos calificativos, bien sea para que nuestros protagonistas las saquen de algún embrollo o para que huyan de sus inflexibles correctivos.

U de Ukridge

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Otro de sus célebres personajes, cuyas aventuras desgranó, sobre todo, en relatos cortos. Ukridge es un avezado tejedor de intrigas capaz de ingeniar cualquier ardid para ganarse unas perras y continuar con su estilo de vida ocioso. Más Wodehouse que el propio Wodehouse, o sea.

V de Verano

El escritor y el verano: una larga relación

Por desgracia, la literatura humorística se encuentra en un escalafón todavía más bajo que la de género en los ridículos estándares que nos gobiernan. Es habitual escuchar a individuos de sensibilidad indigente conceder un espacio veraniego a este tipo de lecturas, como si el resto del año se centraran en repasar a los clásicos griegos.

No hay peor clasismo cultural que tachar a determinados libros de “menores” o “divertimentos” (no hay, en general, nada más coñazo que atribuir a un divertimento connotaciones semánticas despectivas). Pero a esta gente no le basta con el desprecio; encima quieren añadir unas gotitas de condescendencia, y es por eso que reservan “el verano” para autores como Wodehouse, Sharpe o Waugh (no acaba de atreverse a meter en el mismo saco a Sterne o Thackeray).  El verano es una estación más, y hay cierta vileza en equiparar lecturas livianas con una cocción cerebral, digamos, georgiedannesca. No hay otro antídoto mejor para llevar la contraria a esos pedantines que leer cosas del reír en las tardes melancólicas de este otoño.

W de “El código de los Wooster”

El código mereció su propia novela

El código mereció su propia novela

El código de los Wooster es el ancestral sistema de valores que empuja a los miembros de esta familia (en particular Bertie, para qué nos vamos a engañar) a la ejecución de heroicos sacrificios en nombre del honor, todo ello mientras se refieren a sí mismos en tercera persona. Agitada la campanilla moral de este código, un Wooster accederá a protagonizar los descabellados planes ideados por su sirviente con tal de auxiliar a un buen amigo, por más que esto le suponga confrontar personalidades grotescas (por ejemplo, un Glossop, y para más información, consulten la letra G) o incluso la ley.

X de Exagerado

El escritor, siendo prolífico y fumando en pipa otra vez

El escritor, siendo prolífico y fumando en pipa otra vez

Ya hemos hablado de la producción desmedida de nuestro autor, que trabajaba mañana, tarde y noche bajo una disciplina draconiana. Uno podría pensar: hombre, hombre, ¿hacía falta tanto? Mi opinión es que SÍ, por más que muchos criterios adictos al vinagre tiendan a censurar tanta alegría en el escribir. El escritor Camilo de Ory, que fue el primero en ponerme sobre la pista de su obra, dio con la clave del asunto: “Si llega a haberse marcado un solo libro póstumo, se le veneraría como a un Toole, pero escribió cien igual de buenos. Parte de la intelligentsia no se lo perdona. Su facilidad les insulta.

La tendencia de algunos genios a la prolijidad suele arquear siempre las más suspicaces cejas entre la crítica. Así, nos hemos acostumbrado a recibir cada estreno de Woody Allen con la coletilla insoportable de que es “de las buenas” o “de las malas”, con especial énfasis de risita, babeos y frotamiento de manos en caso de que sea “de las malas”, porque ya se sabe que la irregularidad del genio es confitura para el alma del mediocre.

En el caso de Wodehouse, sin embargo, nos resultaría casi hasta científicamente posible demostrar que todas sus obras son, sin excepción, perfectas; de que la alquimia humorística no desfallece en ninguno de sus libros. Uno puede, claro está, despreciar su literatura, porque en materia de gustos intervienen toda clase de matices caprichosos, y hay gente a la que puede no gustarle Wodehouse como también puede haberla a la que no le gusta la Coca-Cola; pero si disfrutas, por lo general, de sus novelas, no chasquearás dubitativamente con la lengua al acabar un Jeeves pensando que, quizá, el anterior estaba mejor, ya que todos aplican la misma fórmula con majestuosa infalibilidad. Y sí, sigue funcionando. No sabría explicar por qué, pero jamás aburre, como tampoco lo hacen las aventuras del Coyote y el Correcaminos, o de Rasca y Pica, o de Popeye, por más que sepamos cómo terminan.

Y de Piccadilly Jim

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Piccadilly Jim es una de las novelas más conocidas de Wodehouse y también una de las más adaptadas al cine (cuenta con tres versiones, la última de ellas de 2004, protagonizada por Sam Rockwell). ¿Es una gran novela? Lo es. ¿Tronchante? Desde luego. ¿Encabeza esta parte del diccionario porque es endiabladamente difícil encontrar una palabra que contenga (no ya empiece por) la estúpida i griega? Sí, eso también. Pero léanla: merece la pena.

Z de Zánganos

Lugar (real) donde se encuentra el (ficticio) club de los Zánganos, en 18 Clifford Street, Londres

Lugar (real) donde se encuentra el (ficticio) club de los Zánganos, en 18 Clifford Street, Londres

Si entendiéramos que puede haber un Universo Wodehouse del mismo modo que existe un Universo Marvel, el Club de los Zánganos, salón social frecuentado por varios de sus personajes, desde Bertie a Psmith, sería como la torre de los Vengadores. Aquí se reúnen para tomar un licor, jugar a las damas, hacer apuestas, planear la malversación de cascos de policía o gastarse bromas entre ellos.

Y con esto hemos terminado. Si este diccionario ha servido para despertar la curiosidad de un virgen o para alimentar las ansias relectoras de algún iniciado que dentro de poco esté soplando el polvo de sus viejos Blandings y Berties, habrá merecido la pena. Que así sea.

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