Pánico satánico: cuando Belcebú aterrorizó a la América de Reagan

¿Qué tienen en común el Dungeons and Dragons, los Judas Priest y Tom Hanks? Respuesta: la histeria colectiva y diabólica que sacudió EE UU en los 80, una crisis que se tradujo en procesos judiciales y persecuciones kafkianas.

¿De verdad vivimos en una época ilustrada? ¿Es cierto que la ciencia ha desterrado la superstición de la vida pública? ¿Son las cazas de brujas una cosa del pasado? Ni por asomo. Aunque, con tanta internet y tanto coche eléctrico, uno pueda pensar que el terror a Satán, a sus pompas y a sus obras ya no puede provocar una crisis político-cultural, los miedos irracionales siguen estando agazapados tras nuestra aparente seguridad, esperando para lanzarse sobre nosotros y ponerlo todo perdido con la ceniza de las hogueras.

Para probar esto, permítannos invitarles a un viaje en el tiempo. Un viaje que nos hará  adentrarnos en una época muy concreta (los EE UU de principios de los 80, con Ronald Reagan a punto de encaramarse a la Casa Blanca) y en unas historias terribles en las que confluyeron las ciencias ocultas, el morbo público y las ganas de lucrarse a costa de la credulidad de las masas, aunque eso supusiera tirar vidas ajenas por el desagüe.

¿Por dónde empezamos? Pues en 1980: ese es el año en el que el psiquiatra canadiense Lawrence Pazder publica Michelle recuerda: Una historia verídica de satanismo. Según afirmaba su cubierta (propia, en la primera edición, de un best seller terrorífico de Stephen King o Dean R. Koontz), el libro había sido escrito a medias por Pazder y por Michelle Smith, la mujer que lo protagonizaba y que había sido primero la paciente, después la amante y por último la esposa del galeno. En 1976, contaba Pazder, Smith había acudido a su consulta para tratarse de una severa depresión, provocada en apariencia por las consecuencias de un aborto espontáneo. Tras varias sesiones infructuosas, el psiquiatra habría decidido usar la regresión hipnótica sobre la chica, para así encontrar posibles traumas reprimidos.

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El libro que lo empezó todo.

En concreto, Pazder empleó la ‘terapia de memoria recuperada’, una práctica de dudosa fiabilidad en la cual la hipnosis suele ir acompañada de psicofármacos a granel. El motivo de dicha mala fama es el hecho de que, más que desenterrar impresiones del subconsciente, las crea. Es decir, que uno acaba cual replicante de Blade Runner, convencido de haber experimentado hechos que, en realidad, son ficciones implantadas en su mente a partir de los prejuicios y las sugerencias del presunto terapeuta. Es decir, en este caso, de Lawrence Pazder, un hombre interesado en el ocultismo.

Una vez localizados (o manufacturados, más bien) mediante la ‘terapia’ en cuestión, los traumas de Michelle Smith resultaron estar muy lejos de la habitual farfolla freudiana. Siempre de acuerdo con Lawrence Pazder, la chica habría sido obligada de pequeña a participar en ceremonias satánicas por sus propios padres, Jack y Virginia Proby. Durante dichas ceremonias de adoración al Maligno (acaecidas, según el texto, entre 1954 y 1955, cuando su presunta víctima tenía cinco años) la niña habría sido violada incontables veces, presenció asesinatos y fue bañada en sangre y vísceras humanas. El acabose, concluía Michelle recuerda, llegó con un aquelarre que duró nada menos que 55 días, y que fue interrumpido drásticamente por la aparición de Jesucristo, la Virgen María y San Miguel Arcángel.

Hasta aquí, está claro que la cosa olía a cuerno quemado, nunca mejor dicho. En su momento, algunos periodistas y médicos también ventearon la chamusquina. Aun sin recurrir a la ciencia, el hecho de que Michelle recuerda presentara múltiples omisiones sobre la vida personal de Smith, el tufillo poco ético de una relación sentimental psiquiatra-paciente fraguada durante los años de la terapia, el desmentido de Jack Proby o el detalle de que Cristo, su madre y su angélico acompañante hubieran ayudado a la víctima, no alejándola del lugar de su suplicios, sino borrando su memoria “hasta que llegase el momento adecuado”, pusieron en guardia a más de uno. Por no mencionar el hecho de que, tras haberse planteado responsabilizar a la auténtica Iglesia de Satán de las tropelías sufridas por su esposa, Pazder renunciase a ello cuando su líder Anton LaVey amenazó con demandarle por difamación. Pero el daño ya estaba hecho, y su máximo responsable se molestó incluso en bautizarlo. El nombre era “abuso ritual satánico”, unas palabras que fueron moneda corriente en los periódicos norteamericanos hasta bien entrada la década.

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También hubo libros para niños. Como este.

La publicación de Michelle recuerda resultó en una auténtica histeria colectiva, con el presentador Geraldo Rivera afirmando que el territorio estadounidense albergaba a más de un millón de satanistas que practicaban actos execrables, rodaban pornografía infantil y, probablemente, votaban Demócrata. Por si alguien se pregunta cómo pudo germinar tamaño dislate, señalemos que las circunstancias lo propiciaban. La fascinación de los 60 y los 70 por el esoterismo no sólo había resultado en un boom de la literatura de terror y en películas como La semilla del diablo y El exorcista, sino también en el auge de predicadores como Mike Warnke, un orondo veterano de Vietnam que había llegado a la fama en 1973 con su libro The Satan Seller, relatando una infancia martirizada por Lucifer y sus adoradores. Súmese a todo ello al giro a la derecha emprendido por la sociedad de EE UU y que, un año más tarde, acabaría poniendo a un actor de películas de vaqueros en el Despacho Oval. Un actor que, además, cazaba votos codeándose con unas iglesias evangélicas en pleno revival milenarista, convencidas de que la proximidad del siglo XXI traía consigo los signos del Apocalipsis. Esos fueron los ingredientes de una receta que acabó conociéndose como “Satanic Panic”.

Aunque felizmente olvidado a día de hoy, este pánico satánico llegó a extremos de delirio: en 1990, las denuncias relacionadas con sectas diabólicas y similares rondaban el millar. Convencido (o tal vez no…) de haber descubierto una conspiración a gran escala, Lawrence Pazder viajó a Roma para entrevistarse con jerarcas de la Iglesia Católica, y al millón y pico de euros (ajustados a la inflación y al cambio actual) que se había embolsado como adelanto por el libro se sumaron sabrosas regalías procedentes de sus labores como asesor en investigaciones sobre cultos impíos. Sólo uno de dichos casos llegó a los tribunales, y fue el más grotesco de todos. Pero, antes de repasar su terrible historia, nos centraremos en otra manifestación de esta fiebre, que podría ser de lo más ridícula si no fuese porque en ella medió una muerte de verdad.

Roleros suicidas invocando a Belcebú

Uno de los aspectos más crueles del ‘Satanic Panic’, y el que más delataba su condición como criatura de la Guerra Fría, era su búsqueda perpetua de enemigos ocultos. De la misma manera que, en los 50 y los 60, cierta clase de estadounidenses vivían en el terror de que su vecino pudiese ser un agente de Moscú, los cazadores de brujas reaganianos y ochenteros pensaban que cualquier pacífico ciudadano podía pasar sus ratos libres degollando niños vestido con una túnica negra. Y también, especialmente, que cualquier forma de cultura pop era un transmisor en potencia de mensajes luciferinos. De ahí viene esa obsesión por los presuntos mensajes subliminales ocultos en discos de Metal, por cuya causa los Judas Priest se sentaron en el banquillo y Ozzy Osbourne aguantó una demanda que no llegó a juicio: tanto los autores de Breaking The Law como el vocalista de Black Sabbath fueron acusados de incitar a sus fans al suicidio en nombre de Belcebú. Algo que, en palabras de Ozzy, podría obedecer a una causa más sencilla: “Seguro que ese chaval [John Daniel McCollum, un ‘heavy’ californiano que se pegó un tiro en la cabeza a los 19 años] estaba ya jodido antes de escuchar mis discos”.

La oleada anti-Metal de los 80 fue un fenómeno largo y complejo, merecedor de su propio artículo. Por ello, pasamos página y constatamos que no sólo los discos con monstruos cornudos en la portada padecieron estas inquisiciones: desde los Másters del Universo hasta Los Osos Amorosos (cuyo filme de 1985, el primer largometraje con licencia juguetera estrenado en pantalla grande, fue cuestionado por contar con un espíritu maligno como villano), pasando por los Thundercats, Star Wars y Mi pequeño Pony, fueron docenas los artículos para consumo infantil y juvenil que acabaron en el punto de mira. Como testimonio de todo ello queda Turmoil in the Toybox, un libro-exploitation de 1984 firmado por un tal Phil Phillips cuya adaptación en forma de documental pueden ver en el vídeo de abajo. Risas garantizadas.

Entre otros objetivos más o menos fáciles, Turmoil in the Toybox apuntaba al juego más temido por los padres de familia yanquis durante la primera mitad de los 80. Hablamos, claro, de Dungeons & Dragons (o Dragones y Mazmorras, si lo prefieren). Como sabe todo aquel que haya agitado alguna vez un dado de doce caras, la invención de Gary Gygax y Dave Arneson fue durante muchísimo tiempo una de las manifestaciones más asépticas de los juegos de rol: salvo el ocasional monstruo tentaculado o esas sacerdotisas elfas oscuras con sus modelitos de cuero, sus ambientaciones oficiales han presentado muy raras veces aspectos polémicos o políticamente incorrectos. Desde luego, sólo una persona muy malintencionada, muy estúpida o muy desesperada podría ver allí un material concebido para seducir adolescentes, empujándoles a adorar a Satán (o a la diosa-araña Lolth, que viene a ser lo mismo) y, en último extremo, al suicidio.

El problema era que Patricia Pulling estaba desesperada. En 1982, esta detective privado residente en Richmond (Virginia) sufrió el dolor más extremo que puede aquejar a un ser humano: el suicidio de su hijo Irving Lee Pulling. Para colmo, la pistola que el joven había usado para dispararse en el pecho era propiedad de su propia madre. En otras circunstancias, alguien habría llamado la atención sobre la precaria estabilidad mental de Irving: el chaval presentaba rasgos de conducta tales como su propensión a maltratar animales (un mes antes de su muerte, había matado con sus propias manos a varios conejos criados por sus padres, así como al gato de un vecino) y la costumbre de aullar, en pelotas y bajo la luz de la luna, en el patio trasero del domicilio familiar. Pero Patricia, que había ignorado estos signos cuando el chico estaba en vida, también decidió hacer caso omiso de ellos tras su muerte. La detective tenía muy claro por qué su chaval se había pegado un tiro: a causa de una ‘maldición’ que un compañero de juego le había lanzado durante una partida de Dungeons & Dragons en su instituto.

Ante la tragedia, Patricia Pulling reaccionó demandando al centro donde estudiaba su hijo, primero, y después fundando una asociación a la que bautizó como ‘Bothered About Dungeons And Dragons’ (efectivamente: su acrónimo es BADD). Desde entonces, Pulling dio charlas, escribió boletines y apareció como tertuliana en horario de máxima audiencia, repitiendo siempre el mismo mensaje: los juegos de rol eran herramientas usadas por sectas satánicas para reclutar adeptos. Por las razones que fuesen, muchos se apuntaron a seguirla en su cruzada. Telepredicadores, periodistas, candidatos a fiscal del distrito, supuestas eminencias como el fraudulento psiquiatra Thomas Radecki (una suerte de doctor Rosado yanqui y ochentero, para quien los jugadores de D&D formaban “un culto de la violencia”) o figuras tan inefables como Jack Chick, el dibujante más querido por la derecha religiosa estadounidense, pasaron a afirmar que rellenar una hoja de personaje y besar al Gran Cabrón en el ojo que no tiene niña era todo uno. Angelitos: menos mal que se quedaron en las cosas de Greyhawk y alrededores, porque si llegan a mirar el manual de La llamada de Cthulhu, nadie les libra de tirar Cordura.

Paradójicamente, a la industria del entretenimiento le faltaron minutos para sacar tajada de esta caza de brujas. En el mismo 1982, mientras TSR (la editorial responsable de D&D) publicaba comunicados y expurgaba sus libros para eliminar de ellos cualquier referencia diabólica, se estrenó un telefilme del cual todos hemos oído hablar: Monstruos y laberintos. Efectivamente, se trataba de esa película en la cual Tom Hanks pierde la chaveta, adoptando la identidad de su personaje y quedándose majara para los restos. En realidad, Monstruos y laberintos no tenía nada que ver con el caso Pulling, sino con otro incidente rolero acaecido en 1979: la desaparición del universitario James Dallas Egbert, otro joven con problemas mentales que acabaría suicidándose.

Aun así, la popularidad de Monstruos y laberintos subió como la espuma debido a la histeria satánica… y acabó jugando un papel en su final: en un comunicado de prensa, el antedicho psiquiatra Thomas Radecki citó la novelucha en la que estaba basado el filme como si fuera  un reportaje sobre los estragos del rol. Este detalle, sumado a la obvia paranoia de la señora Pulling (siempre dispuesta a afirmar que Richmond era un nido de satanistas) y a las inconsistencias de su argumentario, llevó a la lenta extinción del pánico rolero a lo largo de los 80. Pese a ello, los dados raros y los dungeon masters siguieron despertando la desconfianza de los padres de familia durante bastantes años, tanto en EE UU como en otros países.

En España, sin ir más lejos, tuvimos nuestra propia versión de este fenómeno en 1994, cuando el llamado ‘Crimen del Rol’ dio material abundante a columnistas y todólogos. Entre ellos a Rafael Torres, quien definió estos modos de ocio como “ideados para imbéciles profundos, o bien para volver profundamente imbécil al que todavía no lo es” en una memorable columna para El Mundo. Claro que, en esta ocasión, se trataba de una simple pataleta reaccionaria que no buscaba sus pretextos en lo Oculto, sino en la mera inducción del miedo en las clases medias. Estrategia ésta que (según se mire) puede dar más miedo que Satanás.

La guardería de los horrores

Según hemos comentado antes, sólo un caso de ‘abuso ritual satánico’ llegó a traducirse en un proceso judicial. Y, como también avisábamos, se trata de una historia realmente terrorífica. Algo debido, no a sus posibles implicaciones sobrenaturales, sino a la certera imagen que ofrece de los efectos que la información no contrastada (o carente de escrúpulos) puede surtir sobre una masa ya predispuesta a creer lo que sea, siempre que haya tridentes y pentagramas de por medio. Prepárense, lectores, para conocer el espeluznante caso de la guardería McMartin.

En 1983, la palabra “espeluznante” no habría sido aplicable al establecimiento, al menos que sepamos: regentada por tres generaciones de la familia que le daba nombre, y con un alumnado medianamente numeroso, la guardería era uno más de los centros de cuidado infantil de Manhattan Beach, una población bastante pija del condado de Los Ángeles. Esta situación cambió drásticamente cuando Judy Johnson, la madre de uno de los pupilos, acusó al cuidador Ray Buckley de haber violado a su hijo. Las acusaciones de Johnson contra Buckley (hijo de Peggy McMartin, administradora del centro, y nieto de Virginia McMartin, su fundadora y propietaria) fueron incrementando su gravedad, así como extendiéndose a todo el personal de la guardería.

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“Son las diez de la noche. ¿Sabes dónde están tus hijos?”

En 1984, cuando empezaron las vistas preliminares del caso, Johnson afirmaba cosas más allá de los límites de lo imaginable: según afirmaba, el cuidador y sus compañeros no sólo habían sodomizado y torturado a los pequeños, sino que también les habían hecho presenciar actos espantosos. Sacrificios de bebés y de animales, profanaciones de iglesias, levitaciones propiciadas por el poder del Mismísimo… Todos esos hechos habían sido presenciados por los alumnos de la guardería según la demandante. Una demandante de la cual tal vez convendría citar un detalle: Judy Johnson estaba diagnosticada como esquizofrénica paranoide, y era alcohólica.

Pese a la poca fiabilidad de Johnson, el proceso siguió adelante. Pese a que los interrogatorios de las presuntas víctimas, efectuados por un centro de psicología infantil especializado en abusos, se revelaron al cabo del tiempo como impropiamente sugestivos, cuando no insistentes hasta la coacción, el proceso siguió adelante. Y, aunque la demandante murió en 1986 a consecuencias de su dependencia del alcohol, el juicio contra la guardería McMartin llegó a incluir episodios tan delirantes como una excavación en torno al local: según la difunta Johnson, el centro estaba lleno de túneles que Ray Buckley y el resto del personal empleaban para conducir a los niños hasta sus rituales. La insistencia de los padres, aterrorizados por la posibilidad de que sus retoños estuvieran viviendo su propio remake de Michelle recuerda, lo exigía. Es interesante decir, a todo esto, que nuestros viejos conocidos Michelle Smith y Larry Pazder se habían reunido con varios de esos padres (acompañados de sus retoños, los mismos que debían testificar) antes del comienzo de las vistas orales, sentenciando que aquello era un caso de “abuso ritual satánico” con todas las letras. Ante semejante afirmación, procedente de dos expertos, ¿qué cabía añadir?

La prensa californiana también estaba hambrienta de carroña. Su cobertura de los hechos fue tan parcial que llevó a David Shaw, periodista de Los Angeles Times, a realizar una serie de reportajes condenando la actitud de su propio periódico ante el juicio y sus repercusiones. El director del Times, David Rosenzweig, era el novio de la fiscal encargada del caso. A Shaw acabaron dándole el Pulitzer.

El juicio contra los McMartin se prolongó durante siete años: aún hoy queda como el proceso judicial más largo de la historia de Estados Unidos. Las pruebas fueron insuficientes, las declaraciones, contradictorias, y algunos de sus momentos cumbre resultaron directamente irrisorios, como aquel en el que uno de los niños señaló una fotografía de Chuck Norris, afirmando que aquel hombre había estado presente en las ceremonias satánicas. En total, 360 de los 400 pequeños que acudían al centro afirmaron haber sido víctimas de Buckley y sus compañeros, pese a que ninguno de ellos presentaba signos de agresión, bien sexual, bien de cualquier otro tipo. En el asunto también mediaron perjurios de testigos (un compañero de celda de Ray Buckley trató de obtener una reducción de pena afirmando que éste había confesado en la cárcel) y fallos de procedimiento, cuando no la ocultación de pruebas por parte del ministerio público: Robert Philibosian, fiscal del distrito de Los Ángeles, se enfrentaba a unas elecciones difíciles que, pese a todo, acabaría perdiendo. Y, durante aquellos 84 meses, las acusaciones contra otras guarderías y centros de educación infantil brotaron como setas a lo largo y ancho de EE UU. Según cientos de padres y madres, sus pequeñuelos estaban siendo azotados, cubiertos de orina y excrementos, penetrados con utensilios de cocina.

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Ninguna de dichas acusaciones, más propias de Los 120 días de Sodoma que de un escenario típico de abusos sexuales, pudo probarse. Y las acusaciones contra los McMartin, tampoco. En 1990, cuando Judy Johnson ya era menos que polvo y tras una larguísima deliberación del jurado, los siete acusados fueron absueltos por falta de pruebas. Ray Buckley había pasado siete años en prisión. La guardería, cerrada desde el comienzo del proceso, fue demolida. Los McMartin lo habían perdido todo.

Pese a este final desolador, la historia tuvo consecuencias positivas: el proceso McMartin queda como el último estertor del ‘Satanic Panic’. El manifiesto absurdo que lo envolvió terminó provocando en el público una sensación que nos gustaría describir como “ultraje”, pero que tal vez sería más calificable de “hartazgo”. Habían pasado diez años desde la publicación de Michelle recuerda, la Primera Guerra del Golfo estaba a punto de comenzar y a la superpotencia le había llegado el momento de buscarse nuevos demonios. Ese mismo año, Lawrence Pazder (el hombre cuyo afán de notoriedad había desatado la locura) concedió una entrevista a The Mail On Sunday en la que, tibiamente, dejaba caer que tal vez sus afirmaciones de 1980 no hubieran sido del todo atinadas. “A todos nos gustaría probar o desmentir los hechos, pero, a la postre, eso no es importante”, afirmó. Como suele decirse, el Demonio está en los detalles.

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