[Películas increíblemente extrañas] ‘Five’ – Notas sobre el alfa oculto del cine postapocalíptico

Un rara avis de la década de los cincuenta, rodada con dos duros y un puñado de actores desconocidos. Esta árida representación, casi teatral, de los días posteriores a una guerra nuclear, es lo opuesto al espíritu camp de la ciencia-ficción de su era. Muy ignorada y olvidada, su influencia sigue presente incluso en series como The Walking Dead.

En los años cincuenta, la imagen asociada a la devastación tenía forma de hongo. La ficción relacionada con los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki permaneció unos cuantos años sin dar señales desde el fin de la guerra. Quizá estuviera demasiado reciente. Como el que evita hablar de ciertos temas con alguien que acaba de perder a un familiar, o quizá por simple vergüenza, el tema estuvo hibernando hasta la gran explosión de ciencia ficción radioactiva de los cincuenta. Después de los atentados del 11-S, los estudios intentaron evitar temas escabrosos o imágenes relacionadas con las Torres Gemelas. El cine le devolvió subgéneros de tortura, zombies y más violencia en las pantallas. En la América próspera de de los autocines y la familias perfectas en Cadillac, la ansiedad nuclear se colaba entre la conciencia colectiva a través de las mutaciones atómicas, monstruos que destrozaban ciudades e insectos capaces de enfrentarse a la Guardia Nacional.

Five no trata de mutantes. Tampoco es una película de ciencia-ficción y aventura al uso. Más bien es un drama distópico que se planteaba por primera vez cómo sería un mundo tras la guerra atómica, algo que en aquel momento parecía perfectamente plausible. Una premisa sencilla, en la que los cinco únicos supervivientes del holocausto nuclear organizan su nueva existencia y tratan de sobrevivir sobrellevando las complejas relaciones de convivencia tras una experiencia devastadora. Nada nos suena extraño o novedoso pero hace 65 años no existía nada remotamente parecido. Quizá, para encontrar referencias previas, habría que mirar  hacia obras más relacionadas con dinámicas de grupo en situaciones de supervivencia tras un cataclismo como Náufragos (1944) de Alfred Hitchcock.

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Las pocas muestras de cine de serie B con retales sobre las secuelas de la guerra eran casi inexistentes. Acaso quickies como Rocketship X-M (1950) o Unknown World (1951) tocaban el tema de forma muy perimetral. De ahí que el carácter independiente de este proyecto (aunque luego lo distribuyera Columbia) fuera la única vía posible de presentar un material que aún quemaba y con el que nadie querría pasar un rato en el autocine. Con su bajo presupuesto y sumido en una oscuridad en la que aún permanece, el film es sin lugar a dudas el primero y uno de los más sólidos ejemplos de cine post apocalíptico. Incluso cuando su ejemplo no es la línea más transitada en la década, si que hubo ciertas muestras afines los años siguientes.

Su director, Arch Oboer, provenía del mundo de los seriales de la radio. Su trabajo más popular había sido el programa de NBC Lights Out (1934-47) donde lo extraño y sobrenatural colisionaba con lo cotidiano. En cine había participado en guiones de terror para Universal, así como algunos trabajos más políticos, o directamente de propaganda anti nazi, para MGM. Películas como Strange Holiday (1945), una distopía con Estados Unidos bajo un régimen totalitario, dan algunas pistas del carácter político y profundamente humanista de su trabajo. Tras otros trabajos de corte psicológico y de cine negro influenciados por Val Newton, Oboer decidió tomar la ruta independiente.

Pioneros del post-apocalipsis

Five era una versión expandida de otro de sus seriales, llamado The world. Gracias a su tradición radiofónica Oboer dominaba muy bien el ritmo y la coherencia en los diálogos, que destacan muy notablemente en Five. Con pocos personajes y una notable carencia de medios, el guión resulta ágil y consigue dar más importancia a lo que se cuenta que a lo que se muestra. Con unos ridículos 75000 dólares de presupuesto, Oboer decidió que la opción más económica era reducir las localizaciones. La mayoría de metraje trascurre en una misma mansión en lo alto de una colina y sus alrededores. En realidad, era la casa de la playa del propio director, y los exteriores, un rancho familiar en las montañas de Santa Mónica, cerca de Los Angeles. El reparto era desconocido y el equipo de producción tampoco demasiado experimentado. El papel del film en taquilla fue muy modesto. Más tarde se programó en hora punta en un recién nacido medio televisivo; pero eso no la liberó de su destino: el olvido y la inclemencia posterior de la crítica.

Five nunca se ha librado de una reputación de película ingenua y sobrecargada. En mi opinión, la perspectiva bajo la que se le ha juzgado siempre ha estado más limitada por el corsé de un tipo de ciencia-ficción con la que se le emparenta, olvidando su idiosincrasia y su pertenencia a un canon muy distinto. Un pequeño movimiento dentro del cine nuclear, más basado en el drama y el estudio de consecuencias que la acción en pos de restaurar un orden que además, en Five, desde el principio, no tiene solución. De ahí que el profundo pesimismo arraigado al guión indique una secuencia narrativa de fracaso de los objetivos, de los personajes y del ser humano como tal. No hay, por tanto, una secuencia clásica de acción y reacción sino más bien recapitulación y reflexión.

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Las constantes referencias bíblicas, tanto citas impresas con rótulos en los créditos de inicio y final como recitadas por los propios protagonistas, son vistas a menudo como un sermón pretencioso del director. Aunque los paralelismos con el Nuevo y Antiguo Testamento eran más comunes de lo que parece en los cincuenta, en Five se revela su intención en dos momentos clave. En el primero, un personaje afirma que ahora entiende a qué se refería Dios con aquello de ‘ganarás el pan con el sudor de su frente’, mientras trabaja en su nueva huerta día y noche. La segunda son las citas del Libro de las Revelaciones del final, que indican que éste es realmente un reinicio en toda regla. Los dos únicos supervivientes deben olvidar el pasado y dejar atrás un mundo y formas de pensar establecidas para empezar de cero.

Toda la película es una reafirmación del mismo leit motiv. Los cinco personajes tienen algún peso relacionado con el pasado. Buena parte del metraje sirve para conocer sus historias. La otra parte muestra cómo lidian con su carga y tratan de crear algo nuevo a partir de cenizas. La irrupción de Eric, un alemán violento, nocivo y lleno de odio hacia el personaje de raza negra, rompe el principio de armonía del resto, que habían conseguido empezar a construir un proyecto común. Eric quiere convencer al grupo para volver a la ciudad, donde supuestamente sólo tienen que entrar en viejos almacenes para conseguir los víveres necesarios en vez de trabajar como mulas en el campo.

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Tanto ese conflicto, la disputa, como el componente de crítica al racismo revelan a Five como un precedente temático de La noche de los muertos vivientes (1968) de George A. Romero. El núcleo central de su conflicto es idéntico y además funciona como catalizador de toda la imaginería subsiguiente, incluso en el resto de películas de la saga del director americano: desde los “momentos supermercado” o la superviviente, también embarazada, de Zombie (1978), el periódico que anuncia el fin del mundo como reliquia macabra en una ciudad desolada (en El día de los muertos -1985-) hasta el inicio en el hospital del reboot encubierto de ese mismo universo, la televisiva The Walking dead (2010-). No por casualidad, Five es un probable punto de partida para la ficción vampírica Soy leyenda (1954), que usualmente cita Romero como principal influencia.

Las siguientes visitas del cine a un mundo postnuclear son, de una manera u otra, remakes de Five. El día del fin del mundo (1955) de Roger Corman plantea la misma situación y le mete al cóctel un monstruo de goma. Mientras, El mundo, la carne y el diablo (1959) recorría la misma carretera expandiendo su conflicto dramático, volviendo a colocar el aspecto racial en el escaparate. En el aspecto de trasfondo y situaciones comunes, la lista de películas influenciadas por Five podía ocupar varios párrafos, pero resulta más interesante centrarse en el salto de varias décadas, cuando la tensión entre superpotencias afloró en los últimos años de la Guerra Fría, y hubo un retorno del cine nuclear como forma de denuncia, o más bien como advertencia gráfica para los dirigentes del mundo sobre las consecuencias de una guerra nuclear.

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Las terroríficas Testamento final (1983), Threads (1984) o El día después (1985) describían con horrendo detalle las tremendas secuelas de los días posteriores a un holocausto atómico, mientras rarezas como El único superviviente (1985) filosofaban más con el concepto de identidad. La perspectiva postnuclear, más realista o fantástica, viene alimentando su tradición en una cascada referencial en la que a veces costaba encontrar mencionada a Five. Llama la atención que incluso en la reabsorción del subgénero en la era post 11-S aún se dejan ver notables momentos especulares en secuencias como la búsqueda de un familiar (y encuentro con sus restos mortales) de 28 días después (2002) o incluso la muerte en la playa de un personaje en La carretera (2009). La importancia de Five se redibuja cada año que pasa desde su estreno, ya no sólo como peldaño principal de cine postapocalíptico, sino como ejemplo primigenio de aleación entre drama de personajes puro y ciencia ficción.

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Five

La primera muestra sólida de cine postnuclear y postapocalíptico, calibra el elemento fantástico como una posibilidad realista, funcionado como relato moralizante y profundo drama humano.
Director: Director: Arch Oboler
Guión: Guion: Arch Oboler, James Weldon Johnson
Actores: Intérpretes: William Phipps, Susan Douglas Rubes, James Anderson, Charles Lampkin, Earl Lee