Pero… ¿qué fue de Chuck Palahniuk?

De ser saludado como una de las voces literarias más representativas de su generación al frío recibimiento que mereció Eres hermosa, su última novela publicada en España. Las cosas parecen haberse torcido en algún punto para Chuck Palahniuk, un sujeto al que ningún crítico cultural respetable se acercaría hoy en día sin la protección de un traje antirradiación. Como en CANINO no tenemos nada de respetable, nos atrevemos a analizar su figura para ti, querido lector millennial. ¿Quién sabe si no sacarás alguna valiosa lección moral de todo esto?

Dale Guthrie es un académico norteamericano ampliamente respetado por sus trabajos sobre zoología del Paleolítico; es exactamente el tipo de persona al que tendrías que recurrir si quisieras saber cualquier cosa sobre mamuts. Pero Guthrie también es el autor de un ensayo polémico, The Nature of Paleolithic Art (2005), en el que se dedica a llevar la contraria a la versiones aceptadas sobre el origen y significado de las pinturas rupestres. Según este libro, nuestros antepasados no se habrían dedicado a embadurnar las paredes de sus cuevas como parte de un ceremonial chamánico (esta sería la hipótesis mágico-religiosa, la misma que te explicaron en primero de la ESO). Por el contrario, las pinturas serían obra de grupos descontrolados de varones adolescentes, de ahí la profusión de escenas violentas, pollas enormes y mujeres desnudas que, de acuerdo con Guthrie constituyen el grueso de las pinturas rupestres que los estudiosos nos ocultan por no estar bien avenidas con sus propias teorías. Así, el venerable origen del arte occidental no vendría a ser algo muy distinto de la puerta de un baño de tíos, de cualquier baño de tíos, excluyendo los nombres propios y los números de teléfono porque, claro, el hombre paleolítico desconocía la escritura.




¿Qué pasa, apreciado lector millennial? ¿Te parece que esto es irse demasiado lejos para comenzar un artículo ligero sobre el autor de El Club de la Lucha? Pues debes saber que los personajes de Palahniuk se caracterizan precisamente por este tipo de conocimiento detallado y obsesivo sobre temas muy específicos. Tú, por ahora, trata de retener este par de ideas básicas en tu cabeza: (una) el arte nació para dar salida a las ganas de molestar de los adolescentes y (dos) giró desde el principio en torno al sexo escatológico y a violencia, los temas predilectos de ese sector poblacional ayer, hoy y siempre.

Tripas

Aunque a día de hoy la obra más conocida de Palahniuk sigue siendo El club de la lucha, no me cabe la menor duda de que, a medida que el lapso de atención de nuestra especie se vaya reduciendo hasta el punto en que a nadie se le vuelva a ocurrir leer una novela entera, el único texto superviviente de nuestro hombre, si es que queda alguno, será Tripas.

Tripas es el relato de apenas diez páginas que abre su novela, colección de cuentos con marco o como quieras llamarla, Fantasmas (2006), publicada originalmente con el título de Haunted un año antes. Para que te orientes, diré que en 2006 internet ya era algo; ese mismo año Google Inc. compraría Youtube por 1.650 millones de dólares a sus propietarios originales, que habían puesto en marcha la plataforma tan solo un año antes. Pero, por poner un ejemplo, aún habría que esperar un año más para la llegada del hit escatológico 2 Girls 1 Cup. Y no, atento lector millenial, no estoy echando balones fuera otra vez, ten un poco de paciencia.

Tripas comienza como una colección de anécdotas sobre chavales que se hacen pajas y acaban mal. Introducirse hortalizas por el recto, varillas por la uretra, colgarse del perchero como David Carradine, ya sabes, los típicos procedimientos experimentales. Pero eso es sólo el principio, una mera introducción a la peripecia del narrador, que responde al revelador nom de plume de Sam Destripado. El caso es que el Sam adolescente es aficionado a una de esas técnicas masturbatorias radicales. Él la llama “pescar perlas” y consiste básicamente en cascársela bajo el agua dejando que la entrada de aire del filtro de la piscina le succione el ano al mismo tiempo, combinando de este modo asfixia y estimulación prostática. Ni que decir tiene que Sam se cree muy listo. De hecho, su única preocupación es que el esperma liberado en la piscina familiar vaya a dejar embarazada a su hermana mayor. Poco se espera él lo que le va a pasar, que no es otra cosa que un prolapso anal, ese simpático fenómeno con el que sin duda estarás familiarizado, experimentado lector millennial, en el que un trozo del intestino se proyecta fuera del cuerpo como si quisiera conocer mundo. En el caso de Sam, ese trozo de tripa travieso acaba, como no podía ser de otra manera, siendo absorbido por la bomba de aire de la piscina. Lo que sigue es una lucha desesperada por la supervivencia que ríete tú de El viejo y el mar y que concluye con Sam realizándose una resección intestinal de urgencia allí mismo y ganándose así su apodo.

Y encima su hermana mayor se queda embarazada.

Así, breve, escatológico y lleno de frases cortas seguidas de punto y aparte.

Totalmente paleolítico.

No sé, sagaz lector millennial, si empiezas a vislumbrar a dónde quiero llegar.

Por cierto, antes de acabar formando parte de Fantasmas, Tripas había sido publicado por la revista Playboy en 2004 (a la que Palahniuk también habría ofrecido otro relato complementario que los editores se negaron a publicar), y antes de eso había sido el relato estrella de una serie de lecturas públicas que el propio Palahniuk realizó por toda la geografía norteamericana. Se informó de que más de sesenta personas se habrían desmayado durante estas lecturas (algo que también habría ocurrido ocasionalmente, por cierto, durante el visionado de 2 Girls 1 Cup), aunque este dato bien puede ser falso, al igual que el del relato rechazado por Playboy.

De hecho, confiado lector millennial, harías bien en pensar que muchas de las cosas que se dicen sobre Palahniuk son mentiras, incluidas algunas de las que digo yo.

La peli que te cambió la vida.

Parece mentira, pero la película que cambió tu vida fue antes un libro. Cosas del siglo XX.

En realidad, El club de la lucha (1996) no es el primer libro de Palahniuk. Lo preceden Monstruos invisibles, novela rechazada por doce editoriales que vería la luz posteriormente, e Insomnia, un tochazo gótico de setecientas páginas y estatus semimítico. Sin embargo, es con la tercera con la que suena la flauta. Las aventuras de Tyler Durden, Marla Singer y el oficinista anónimo que interpreta en el cine Edward Norton (no, ya no es posible separar la novela de la película, ¿para qué íbamos a querer hacer eso?) tocan la fibra sensible de una generación, concretamente la generación X. La anterior a la tuya. La mía.

La generación X se caracterizó por una especie de cabreo crónico, cosa que los sociólogos explican de diversas maneras, pero que pasan todas por echar la culpa a las madres trabajadoras, el divorcio y la crisis de la familia tradicional; ninguna de estas características sería verificable para individuos que nacimos en España en los años setenta, pero ¿si queríamos ser generación X quién nos lo iba a impedir, eh?

Lo que sí que es verdad es que que nos aburríamos como sólo es posible aburrirse cuando no se tiene internet. ¿Te acuerdas de aquella vez que te quedaste sin wifi durante un par de horas y ya no tenías datos en el móvil? Pues imagínatelo durante diez años seguidos y tendrás una idea de lo que fue aquello. La banda sonora de tanto aburrimiento la ponían el grunge y el hip-hop, que, a través de su fusión con el thrash metal, por fin había calado entre la juventud blanquita. El caso es que si tenías veintitantos años a mediados de los noventa, te drogabas y veías la tele. Por mucho que me esfuerce no encuentro la forma de transmitirte, joven lector millennial, el pozo de mediocridad y valores familiares que era la televisión de los noventa. Series alguna buena había, pero la echaban a las tantas y, mientras esperabas, te metías entre pecho y espalda horas y horas de programas que trataban a su audiencia como si fueran estúpidos y eso cabrea, vaya si cabrea.

Andábamos como locos en busca de alguien que hablase nuestro propio idioma, y ahí es donde entra Palahniuk, pero no sólo Palahniuk, también Douglas Coupland (que, por cierto, popularizó el término Generación X), Irvine Welsh, Bret Easton Ellis y, ya en clave española y, por tanto, picaresca, Ray Loriga, Lucía Etxebarría o José Ángel Mañas.

En medio de este panorama de intentos más o menos desesperados de hacerse con el lector joven a golpe de referencias a los conjuntos musicales de moda, hay que reconocer que El Club de la Lucha brilla con luz propia. Esta versión actualizada del cuento del doctor Jekyll en la que Mr. Hyde resulta tan irresistiblemente atractivo que no suplica ni intenta meterse al lector en el bolsillo poniéndose la gorra al revés. No es tanto que sus páginas contengan referencias a la cultura de las drogas como que cada una de ellas entra como un tiro de cocaína, directa al cerebro. Palahniuk tiene una voz propia, y esa voz dice cosas, cosas que pueden fácilmente confundirse con La Verdad, cosas que te ibas a pasar meses repitiendo a quien quisiera escucharte en tantas y tantas fiestas. Todo en ella parecía pertinente, situacionista, posmoderno. Era como leer a Pynchon o a Foster Wallace, autores de los que habíamos tal vez oído hablar, pero sin necesidad de esforzarse ni prestar mucha atención.

En torno a la novela y a la figura de su autor, más que la promoción, arrecia la mitología. Se dice que Palahniuk se pasó meses viviendo bajo un camión, que durante los tres meses que tardó en escribirla recorría los garitos menos recomendables buscando pelea y que formaba parte de una célula terrorista pop. Un acontecimiento contracultural de tanto calado que hasta tuvo su artículo en Mondo Brutto, nada menos que a cargo de Jordi Costa. Sí, insistente lector millennial, el que escribe en El País, y sí, he dicho “contracultural”. ¿Quieres hacer el favor de callarte que están hablando los mayores? El artículo en cuestión contenía una entrevista realizada por email y en ella Palahniuk desmitificaba su propia figura y se presentaba como un ciudadano integrado para nada parecido a sus personajes; una máquina bien engrasada de producir novelas de Chuck Palahniuk.

En dicha entrevista también se quejaba de la ausencia en nuestra cultura de ritos de paso que marquen el tránsito entre la adolescencia y la edad adulta. Guarda también este dato en la memoria, si no es mucho pedir.

Tócala otra vez, Chuck.

En ese mismo artículo, Costa anunciaba el posible fin de un ciclo narrativo, el constituido por Monstruos Invisibles, El Club de la Lucha, Superviviente y Asfixia y el comienzo de uno nuevo, nada menos que una trilogía de novelas de terror inaugurada por Nana que prometía traernos a un Palahniuk inédito. Corría el año 2002 y la predicción no podía estar más equivocada.

En 2003, otro artículo, esta vez de Laura Miller en Salon.com con motivo de la aparición de Diario: Una Novela, ponía el dedo en la llaga. Diario, como cualquier otra novela de nuestro hombre, está llena de inconsistencias argumentales y escrita en un estilo repetitivo que Miller compara con el de un borracho poseído por una idea fija. Esto, por supuesto, no tiene por qué ser necesariamente malo, tal vez es la característica que Palahniuk buscaba para la voz narrativa en este caso, excepto que… todas las novelas de Palahniuk tienen la misma voz narrativa; da igual que la protagonista sea una camarera o un asesino que viaja en el tiempo, todos se expresan en el mismo tono chillón. Es la voz de Tyler Durden ¿No es esto lo que nos atrajo de Palahniuk en primer lugar? Evidentemente, pero resulta que muchos de sus compañeros de generación han sabido crecer con sus lectores y ahí les ha venido, junto con las canas y/o la calvicie, el reconocimiento crítico y los premios literarios.

Un dato: la primera adaptación cinematográfica de una novela de Palahniuk es una película de David Fincher que se considera un clásico de los noventa; de la segunda, Asfixia (2008), ya no se acuerda nadie y para filmar la tercera, la adaptación de Nana que cuenta, además, con el propio Palahniuk en labores de guión, se ha tenido que recurrir a una campaña de Kickstarter.

Chuck Palahniuk nunca ha sido muy asiduo de los premios. El último, por cierto, lo recibió en ese mismo 2003 y era el de la Pacific Northwest Booksellers Association, el mismo que ya había ganado seis años antes. Ese es el motivo por el que las novelas de Palahniuk no llegan a ti envueltas en vistosas fajitas repletas de galardones y comentarios elogiosos de la crítica. No los hay. Y, sin embargo, sus novelas siguen llegando con la misma cadencia que la gripe. Confundido, recurro a Javier Calvo, traductor encargado de verter a nuestro idioma la mayoría de las obras de Palahniuk, y me informa de que, a juzgar por las liquidaciones anuales, sus libros se siguen vendiendo en cantidad, sobre todo en bolsillo. Acabáramos. El caso que tenemos entre manos es un poco como el de los Ramones (me gustaría ponerte un ejemplo más de tu generación pero no me sale) ¿Para qué vas a cambiar si tienes una formula que dominas perfectamente y resulta rentable? Que evolucionen los perdedores.

Tomemos como ejemplo una de las más recientes, Condenada, inicio de una trilogía hasta ahora inconclusa. Condenada nos presenta a Madison Spencer, Maddy, una niña rica de 13 años a la que encontramos no precisamente en su mejor momento: Maddy está muerta y en el Infierno. Esto no es el final, por supuesto, sino el principio. El principio de una odisea vengativa que promete ser La Divina Comedia de Palahniuk. La novela empieza con fuerza y tiene detalles jocosos como el hecho de que el Infierno no esté empedrado de buenas intenciones sino de dulces y golosinas rechazados por los niños en Halloween, o que los muertos puedan optar a dos formas de trabajo penitenciario, a saber, líneas eróticas o encuestas telefónicas. Sí, sufrido lector millenial, esas personas que llaman a la hora de la cena para conocer tu opinión sobre un posible referéndum de independencia de la Antártida son almas condenadas que llaman desde el Hades. Divertido, ¿verdad? Lo malo es que el resultado, más que a La Divina Comedia, recuerda a Dragones y Mazmorras (y me refiero a la serie de dibujos animados).

Todo ello presidido por el mismo estilo de siempre.

Frases cortas. Escatología.

Puntos y aparte.

Totalmente paleolítico.

Nota autobiográfica: aún así, compré la segunda entrega de la trilogía en cuanto salió y espero hacer lo mismo con la tercera.

Están pasando una fase

Esta es la escena del salón. Ahora el detective, o sea yo, reúne a todos los sospechosos en la misma habitación y les revela lo que ya debería ser obvio para el lector desde hace un buen rato. En este caso, teniendo en cuenta el estilo y la temática paleolítica que es común a toda la narrativa de Palahniuk y el formato económico en el que principalmente se reedita y se vende, podemos concluir que nuestro hombre se ha convertido en una lectura para adolescentes. Mejor aún: en un rito de paso para varones adolescentes cabreados que están buscando algo extremo para molestar a sus padres y a otras autoridades. Vaya, con la preocupación que existe entre los educadores por la falta de familiaridad entre nuestros jóvenes y la lectoescritura ¿quién iba a pensar que la solución no pasaba por edificantes historias de niños en campos de concentración sino por novelas sobre la muerte súbita de los bebés y sobre estudiantes de intercambio que son en realidad expertos terroristas?

Se puede decir que Tyler Durden ha venido a jubilar definitivamente a Holden Caulfield y a mandar al centro de desintoxicación al ínclito Hank Chinaski. Ya era hora.

No es un target demográfico tan limitado como podría parecer. Para empezar, aunque está claro que la adolescencia tiene un principio, no está tan claro que tenga necesariamente un final. Hablo de la adolescencia masculina.

En un reciente artículo de Paulie Doyle para Broadly descubro al lector definitivo de Palahniuk, o, la menos, al lector definitivo de El Club de la Lucha. Se trata, nada menos, que de los neomachistas. Uso este término en sentido amplio para abarcar gamergaters, artistas del ligue, red pillers y hombres que siguen su propio camino, es decir, todos aquellos que, desde el relativo anonimato de internet hacen apología de la violación, proclaman que el feminismo está llegando demasiado lejos y sostienen que el macho de la especie es un depredador agresivo que necesita partirle la cara a un semejante de vez en cuando para sentirse realizado. Bueno, esto último puede sustituirse por trolear un poquito en Twitter si se ve que uno va apurado de tiempo. Pues bien, todos estos colectivos tienen algo en común, algo aparte de la eterna inmadurez, quiero decir: les ha dado por leer El Club de la Lucha no como una novela que satiriza precisamente el tipo de masculinidad tóxica que ellos representan, sino como el Evangelio según Tyler Durden.

Tampoco vamos a reírnos demasiado de la falta de comprensión lectora de estos grupos en los que todo el mundo es biólogo y sociólogo, y en cuyas filas quizá te cuentes, desconocido lector millennial cuando, en 1999 y en el contexto de una entrevista promocional, el propio David Fincher nos regalaba estas declaraciones de profunda visión antropológica: “Somos cazadores en una sociedad de consumidores. No queda nada que matar, nada con lo que luchar, nada que dominar, nada que explorar. El hombre de hoy es producto de esa castración social.

Totalmente paleolítico.

Estando así las cosas, no es de extrañar que se produzca algo así como un chasquido eléctrico cuando uno se está mudando a vivir con su nueva pareja y de pronto se abre la caja que contiene todos los libros de Chuck Palahniuk. Se forman pequeñas líneas en su frente y en esas líneas puedes leer: ¿dónde me he metido? Asumiendo que uno tenga más de, seamos generosos, treinta años y que a ella le guste leer. La mía, mi pareja quiero decir, está mirando ahora mismo por encima de mi hombro. Se te da bien escribir como un gilipollas, dice. Me lo voy a tomar como un halago.

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Un comentario

  1. QWERTY_BCN dice:

    “Trainspotting 2”.
    Quizás “Trainspotting 2” tenga la respuesta a todo eso. O a parte de eso.
    Un día te levantas eres totalmente consciente que ya no eres un chaval de 16. Que tienes cuarenta demasiados, que ya no corres como antes y demás.
    Quizás sea una idea fugaz.
    Quizás la intentes olvidar con una ducha fría.
    Ducha fría y paja pensando en la cajera del super. O algo, no sé.
    Quizás por eso “Trainspotting 2” fue un “fracaso”, porqué como generación todavía no estamos preparadas para aceptar esos cambios.
    Por eso tenemos 40 y seguimos jugando a videojuegos como locos.
    La edad no te convierte en lo que eres. Lo que haces te convierte en lo que eres.
    O algo.
    Y quizás, a la vez, la realidad es demasiado gilipollas.
    Demasiados capullos haciendo memes racistas con sad Pepe.
    Porqué los loles y eso.
    Quizás no es momento de sacar un libro sobre como descuartizar a un bebé, Mr. Bret Ellis.
    Quizás no sea momento de reírle las tonterías a los scumbags que no se habían coscado que el Imperio Galáctico eran puto nazis.
    Quizás todo sea mas jodido.
    Mas pesado.
    Como con mas trascendencia, aunque totalmente vacío.
    Como las últimas pelis de Fincher.
    Quizás somos Tim Burton dándose cuenta que ni lo viejo ni lo nuevo funciona.
    Quizás sea momento de pasar el testigo.
    Aunque no hayamos logrado nada.
    Quizás somos la primera generación vacía de muchas.
    O quizás es que nadie pueda luchar contra los vídeos de gaticos en el tutuber.
    Quién sabe.

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