«Pesadillas»: veinte años de magia macabra

Pesadillas es la saga de libros de literatura juvenil más vendida de la historia después de Harry Potter. Pero el nombre de R. L. Stine no suele figurar en los libros de literatura contemporánea. Y sin embargo, sus historias marcaron a toda una generación de jóvenes lectores a lo largo y ancho del globo. ¿Por qué?

Con la adaptación cinematográfica de los libros de R.L. Stine en cines, es momento de hacer repaso a lo que ha significado Pesadillas para más de una generación de lectores y espectadores. Estas son las claves de uno de los grandes éxitos literarios de la historia de la literatura para jóvenes.

El dedo índice como origen de todo

Jack Black, tan histriónico como siempre, es el encargado de dar vida a R.L. Stine en la adaptación al cine de los libros de Pesadillas dirigida por Rob Letterman. En ella, se nos presenta al escritor como alguien huraño e irascible. Receloso y enfermizamente protector de su intimidad, loco creativo y voluble.

Jack Black junto al RL Stein verdadero

Jack Black junto al verdadero R. L. Stein.

Lo cierto es que quienes le han conocido no lo describen para nada así, por mucho que en la película funcione. En su biografía Una vida de pesadillas (1998) escrita por Joe Arthur, mejor amigo del escritor desde que se conocieran en la Universidad de Ohio, R. L. Stine es Bob: un ingenioso, dicharachero y terriblemente divertido niño de Columbia, para quién los misterios son algo más que un interrogante y la escritura algo tan necesario como el respirar. Alguien sencillo y tranquilo si no tiene una máquina de escribir delante. Alguien que saluda a sus adolescentes lectores con un “espero que disfrutéis de mi vida tanto como lo estoy haciendo yo”, aludiendo tal vez, a la cómoda posición que le conceden los 400 millones de copias de libros que ha vendido en todo el mundo.

Robert Lawrence Stine nació en 1943 en Columbia, Ohio. Y ya de pequeño, se escondía debajo de la manta con su hermano para escuchar el show radiofónico Suspense de Jean Shepherd, con un antológico Bela Lugosi. Aquellas historias, que le ponían la piel de gallina (significado real de «goosebumps», el título original de la saga) no hacían más que alimentar sus sueños. Él quería contar esas historias. Y quería hacerlo a su manera.

R.L. Stine en 1965, cuando publicaba en el Sundial

R.L. Stine en 1965, cuando publicaba en el Sundial

Joe Arthur cuenta que escribir como si le fuera la vida en ello es lo que se le daba bien a Bob. Y lo hacía impulsiva y maníacamente cuando lo conoció. Al entrar en la universidad, Joe quiso publicar un artículo en el The Sundial, la revista satírica de la universidad, de gran éxito entre alumnos y profesorado. Para ello, se presentó ante el editor del periódico justo el día que tenía que cerrar la última edición de la revista. Preocupado y sudoroso, el editor le dijo que todo dependía de Bob puesto que, aunque Bob Stine figurase como colaborador de la revista, en la práctica, él escribía todas y cada una de las páginas del The Sundial. Y lo hacía con un solo dedo. Es decir, tenía diez dedos en las manos y podía utilizarlos todos, pero R.L. Stine escribía sólo con uno, el índice derecho. Algo que le daba una cómica imagen de loco aporreando una máquina de escribir.

Ese índice derecho, hoy totalmente deformado, ha sido el causante de los 60 títulos de Pesadillas, de los 74 capítulos de la serie que adapta sus libros y de los cerca de 300 libros que ha publicado en diferentes géneros y áreas. De hecho, se dice que con ese dedo escribe diariamente veinte páginas desde los nueve años.

El universo creativo de Pesadillas

El primer libro de Pesadillas se publicó en 1992. Cuenta Stine que todo empezó cuando tenía siete años y vivía en una casa de tres pisos. En el primero, compartía habitación con su hermano y en el segundo había un desván al que tenían terminantemente prohibido entrar. Cuando interrogaba sobre el porqué de aquella terminante prohibición a su madre, ella contestaba siempre “NO PREGUNTES”. Aquél «no preguntes» maternal no fue otra cosa que el germen de una fantasía que el pequeño Stine alimentó en su niñez: la del monstruo del desván. Que, en realidad, podía ser cualquier cosa: una mantis gigantesca, un terrible hombre de las nieves o un viscoso alienígena. Aquel monstruo del desván fue la semilla de la que surgieron otros monstruos, todos los que pueblan el universo de Pesadillas.

Goosebumps-2

Sesenta libros completan la colección de una saga de mil caras, rostros y pesadillas diferentes. También de dignos imitadores de la «fórmula Stine» como Christopher Pike (Fantasville), Betsy Haynes (Escalofríos) o Tom B. Stone (Colegio Calavera), a las que nunca fui aficionado. Yo nací el mismo año que Pesadillas, así que el fenómeno me pilló cuando casi era ya de culto. Crecí con una madre que era fan absoluta de Expediente X (y que aún lo es) así que el terror, lo fantasmagórico y lo paranormal eran algo cotidiano en el salón de mi casa. Tal vez por eso, los libros que mi hermana mayor atesoraba en su habitación solían causar en mí una extraña fascinación: entre saborear lo prohibido y no dejarse impresionar por el mundo adulto. Un día, robé de su estantería un libro que me tenía hechizado: El fantasma sin cabeza (1998), el número 36 de la colección que en España publicaba Hidra (y que ahora ha reeditado). Tenía por portada una ilustración de Tim Jacobus (que se encargó de todos los libros de la colección) de un fantasma bajando tranquilamente las escaleras y portando en su brazo derecho su cabeza. Un fantasma, por cierto, fosforescente. Flipé.

Tardaría años en ligar el nombre que se posaba bajo el título de aquel libro con una figura que formaría, para siempre, parte de mi infancia: el hombre del maletín. Era un hombre trajeado al que nunca le vimos la cara y que aparecía en la intro de la serie de televisión. Portaba un maletín del que se escapaban hojas con un símbolo fantasmagórico que transformaba en malvado todo aquello que tocaba (ESE PERRO). Aún oigo hoy lo que supongo era su voz diciendo «Temblad, muchachos, temblad. Qué miedo vais a pasar…«. Él era Stine y las hojas, eran las historias de Pesadillas.

https://www.youtube.com/watch?v=gXiYpfR-cRE

Cuatro temporadas y 74 capítulos de veinte minutos, adaptaron el extenso universo de Pesadillas del 1995 al 1998, a la que seguirían sendas repeticiones. Con la serie muchos conocimos a Slappy, genial muñeco diabólico al que vimos por primera vez en el décimo capítulo de la primera temporada (Night of the living Dummy), y al que volveríamos a ver en los dos últimos capítulos de la segunda (Night of the living Dummy II parte 1 y 2) e incluso le encontraríamos novia (Bride of the living Dummy). Así como a un joven hombre lobo que solía rondar los campamentos de verano (Welcome to the Camp Nightmare) o una momia que aterrorizaba a dos niños atrapados en una pirámide (Return of the Mummy).

Pero no todo eran gritos y terror: también conocimos a un simpático fantasma que hacía las veces de mejor amigo en My Best Friend Is Invisible y la expresión Say Cheese and… Die se volvería más que en una inocente frase, un himno generacional. Todos aquellos capítulos, míticos, perviven hoy en la memoria colectiva del pseudoterror noventero y se dan la mano en la película.

Slappy Classic Goosebumps TV

La película

La etiqueta de «el Stephen King de la literatura juvenil«, no hace honor a R. L. Stine. Rob Letterman es muy consciente de ello y, por eso, inserta en determinado momento de su última película una escena que resume el espíritu de su visión de la saga.

En ella, el protagonista (Dylan Minnette) le cuenta a Stine que odia sus libros. Y, para cabrearlo, suelta un “Deja de intentar ser Stephen King, tío”, a lo que Stine (Jack Black) responde enfurecido: “Déjame decirte algo sobre Steve King. Steve King desearía escribir como yo. ¡Porque yo, he vendido muchos más libros que él, aunque nadie hable de eso!”.

Así es: hoy, Pesadillas es un malvado muñeco referencial que sirve de nostálgico objeto de deseo y que cuadra a las mil maravillas en la era de la nostalgia en la que Hollywood está sumida. Y por eso, su adaptación podría haberse quedado como mero muestrario de reliquias en una aventura para todos los públicos al estilo Inkheart (Iain Softley, 2008). A pesar de todo, siendo fiel a su tono, Pesadillas consigue crear un lenguaje propio en el que la parodia a sí misma se percibe con cariño y en el que la simpleza narrativa aplastante logra tiene un agradable tono añejo e incluso recuerda por momentos a Gremlins (Joe Dante, 1984) o a Jumanji (Joe Johnston, 1995).

También es relevante su discurso, encantadoramente ingenuo: una apuesta clara por alimentar la creatividad, la lectura y la escritura en la generación enteramente digital en la que hoy crecen nuestros prepúberes. Es, pues, un sincero homenaje a R.L. Stine y el universo que supo crear y al que supo darle una entidad única. Pero también un homenaje a la literatura juvenil y su poder formador y transformador. Y todo, culpa del martilleo de un dedo índice sobre el teclado de una máquina de escribir.

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