‘Pokémon GO’ – Fenomenología pop y antropomodernismo

Pokémon GO es un imán para las cifras ampulosas y los publicistas espabilados. También es la reivindicación perfecta para el fan: nada de generaciones raras, sólo los 151 primeros y una mecánica simplísima: lanzar, capturar, pasear, capturar más e ir progresando mientras conquistas gimnasios. Un juego imposible de ignorar que ni siquiera ha desembarcado oficialmente en España.

Que no os asuste el título: Pokémon Go es un juego simple, directo, eficaz. Tan audaz como prender un cigarro y empezar a fumar. Pokémon GO habla de la infancia, de los deseos realizados en un tiempo de descubrimiento y contacto con la naturaleza. De moverse, atrapar y poseer aquello que te pertenece -una idea oscura, por cierto, ya saben lo que dicen: “Pokémon va de secuestrar, hacinar y hacer pelear por la gloria personal a pobres animales salvajes, forzándolos a tomar drogas anabolizantes“-. Un juego que debe existir en estos tiempos, trasladando al orden público parafilias privadas. Porque sí, el mundo real está fuera de toda safe zone. Sin temor a las miradas oblicuas, ahora que nadie despega los ojos de la pantalla.

Nada es accidental

https://youtube.com/watch?v=3QhZBg8qWyo

Hablemos de los autores del juego. Porque nadie pondría en duda que es un juego: su nombre es su aval. Por un lado, Nintendo. La multinacional de Kioto albergó su concepto de “pequeños monstruos” allá por 1996, creado por el mangaka Ken Sugimori y el diseñador -y amigo de los bichos– Satoshi Tajiri. Aunque su historia se remonta a 1990, con una recién fundada Game Freak y con los primeros dibujos de Capsule Monsters. “Pokémon” es sólo la contracción “pocket monsters“, un nombre comercial. Siete generaciones, casi 800 monstruítos, 280 millones en ventas y 60 juegos después, Pokémon es, efectivamente, una licencia inagotable, perenne y lucrativa como pocas.

Por otro lado, Niantic Labs. Niantic es la reformulación de Keyhole, una startup fundada en 2001 por el tejano John Hanke. La empresa fue comprada en 2004 por Google tras unos coqueteos con Sony, demostrando su potencial en el desarrollo de aplicaciones móviles sobre geolocalización y gestión de datos. El caso es que Google la pone a investigar cosas, engorda su plantilla y en 2010 nace Niantic. Sus investigaciones se traducen en el juego social Ingress (2013), papá intelectual de Pokémon GO que consistía en hackear zonas y defenderlas, algo así como un “captura la bandera” con aires de Watch Dogs. El éxito fue real y dio pie a una vastísima database que hoy sirve a las Pokeparadas. Pero tras una peligrosa reestructuración mediante, Niantic queda fuera de la matriz y el 1 de octubre de 2015 pasa a ser un estudio independiente.

¿Qué pinta Nintendo en todo esto? Fácil. La idea de un Pokémon de realidad aumentada nació en 2003, con Satoru Iwata, que en paz descanse, y Tsunekazu Ishihara, jefazo de la Pokémon Company. Los años pasaron, Google y Nintendo se hicieron amiguitos y el 1 de abril de 2014 —sí, el April Fools’ Day— lanzaron Pokémon Challenge, una coña marinera que aseguraba que el verdadero Laboratorio Pokémon se situaba en el Laboratorio Europeo de Física de Partículas Elementales (CERN), en Suiza. Este pequeño juguete se ejecutaba desde la app de Google Maps en Android: teníamos que ir a las localizaciones indicadas para encontrar los pokémon. Sólo se pudo jugar durante un día, convirtiendo la aplicación en una Pokédex Edición Limitada.

Otro nombre: Tatsuo Nomura. Él fue quien unió a los dos gigantes y saltó de trabajar en Google Maps a convertirse en jefe de proyectos de Niantic. Ishihara lo vio claro y Pokémon GO dio comienzo, primero como aplicación para smartwatch y después, con una mira más popular, para smartphones. Así que toda esta monserga viene a confirmar dos cosas. Uno: que nada es accidental. ¿Recuerdan aquel spot para la Super Bowl? Pues eso. Y dos: que el juego, en su génesis, ya tenía vocación deportiva y democrática. Todos tenemos derecho a salir corriendo detrás de un bicho virtual. Nintendo, además, está logrando que, usuarios que ni saben cómo se pronuncia wearable, compren la dichosa pulsera P-Go Plus. La juventud  haciendo deporte, sudando por los callejones más estrechos en pos de ser el mejor, el mejor que habrá jamás.

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El Big Data es tu amigo

A la gente le gustan las cifras, son un bálsamos de certezas a las que asirse. Pokémon GO acumula más búsquedas en Google que la palabra “porn“. Ha superado en actividad a Snapchat, Tinder o WhatsApp. En esta última, los españoles poseedores de la app dedican un promedio de 30 minutos. En Pokémon GO, 43 minutos y 23 segundos. Lo que nos lleva al siguiente punto: al no ser una aplicación oficial en Europa, el tráfico de apkmirror.com para la descarga de la aplicación fuera de las tiendas oficiales (donde aún no está disponible) explotó, aumentando de 600.000 visitas el 5 de Julio a 4 millones al día siguiente, justo cuando la aplicación llegaba a EE.UU. En un fenómeno similar a Tetris -por la flagrante y descarada piratería-, hay quien piensa que ésta no es sino una maniobra de márketing, disparando el deseo, la demanda, la necesidad de formar parte de una gran masa pop. Disponible en Alemania, Reino Unido, Nueva Zelanda, Australia y, claro, Japón, las cifras dan verdadero vértigo.

Las acciones de la compañía lo certifican: el lunes 11 de julio abrían con un crecimiento del 25%, la mayor subida de una tacada desde el 15 de julio de 1983, el día que Famicom se puso a la venta y con una Nintendo debutante en Bolsa. En dólares, acumulan un incremento de 11.000 millones, más de un billón de yenes al cambio. Resumiendo: con un lanzamiento escalonado, desde el día 6 de julio hasta el martes 12, la capitalización bursátil de la compañía ha crecido en un 42%. Si no sabéis de números os lo resumo: la hostia en patinete.

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Si su actual consola de sobremesa (Wii U) prevé lanzamientos con adagios de un lustro de retraso —atalayas en The Legend of Zelda: Breath of the Wind, crafting a lo Minecraft; esas cosas—, todo lo que cae en sus versiones portátiles funciona como un cohete. Bueno, todo no: Miitomo. Lanzado el pasado 17 de marzo, muchos lo tomaron como el enésimo Ask.fm o Curiouscat, un juguete para el cachondeo entre amigos, con cierto sentido de la perversión, forzando su no censura y coqueteando con esas monedas diarias. Mi historia con Miitomo es breve: cuando vi que todo el mundo rateaba créditos diarios, respondiendo monosílabos con tal de llevarse sus diez monedas adicionales, entendí que aquello era como un bar a ciertas horas de madrugada: solo quedaban los alcohólicos. Así que borré la aplicación y no volví a saber de ella.

Tres semanas donde respondí preguntas estúpidas de mi propia hija y coquetee con un tutú rosa y mallas que me quedaban de escándalo, todo sea dicho. Tal vez sea injusto comparar una red social con un “videojuego”, pero las cosas claras: Nintendo siempre ha sabido de portátiles y siempre ha entendido a la perfección eso de la gamificación. Hace justo una década, mientras cerraban diariamente estudios y toda la industria vivía un tránsito revuelto, Nintendo lanzaba Wii Sports. Hoy es el tercer juego más vendido de la historia, con casi 83 millones de juegos colocados en hogares donde eso de «las maquinitas» era un absoluto desconocido.

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La razón por la que Pokémon Go se ha comido a su competencia es tan obvio que asusta: todos queremos un pokémon en casa. Que aún no haya regalado la ingeniería genética ese capricho a la humanidad es inexplicable. En Pokémon GO sólo aparecen los bichos de la primera generación, considerados por cualquiera los mejores, morfológicamente coherentes, paroxismo de lo cute y adalides de un diseño sobrio y atractivo. Ídem con la interfaz: desnuda y directa.

Pokémon Go es, en cierta medida, un reseteo de la franquicia, una reinterpretación de Pokémon Snap en clave selfie del que hasta Kim Kardashian estaría orgullosa, y un despertar noventero de aquello que no sabíamos que anhelábamos: la mascotería virtual mediante una realidad aumentada para todas las edades. La batería de mi Moto G de segunda generación dura exactamente 50 minutos con el GPS activo, el contraste alto, la vibración y demás mandangas, y no entra en combustión espontánea porque tengo cierta predilección por pokémons tipo agua. Qué importa: un entrenador pokémon a veces tiene que asumir sacrificios.

Todo es occidental

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Está bien: estamos respondiendo al experimento tal y como las dos “enes” (Nintendo y Niantic) quieren. También estamos perpetuando aquello que convierte al primer mundo en una gran estatua ebúrnea, con los ojos vendados, que ríe o bosteza según lee las páginas salmón. En Pokémon GO podemos elegir chico o chica, delgados, atractivos y blancos como opción inicial, con ese encanto de quien nunca ha recibido multas de Tráfico. Él tendrá el pelo corto y ella largo; porque Dios así lo quiso. Cuando vi al Profesor Willow lo primero que pensé fue “este tipo quiere venderme algo”. La figura del viejo cascarrabias con bata blanca inspiraba rigor científico; este madurito sexy con cara de comercial infunde de todo menos confianza.

Se está hablando mucho de cómo Pokémon GO fomenta la amistad entre plenos desconocidos, de cómo puede ayudar a salir a la calle y combatir la depresión o la agorafobia, marcando metas breves y rutinas a las que adaptarse, pero quizá uno de los debates más interesantes han surgido a partir de un breve artículo en Medium sobre cómo, si eres negro y vives en Estados Unidos, jugar a Pokémon GO puede ser tu sentencia de muerte. Dependiendo del suelo que pises, ¿capturas pokémon o los “robas”? Lo que unos llaman juego, la policía estatal podría considerar “actividad sospechosa”. El problema de fondo es el mismo de siempre: todo mapa comprende fronteras, colores que te recuerdan a qué segmento perteneces por padrón municipal. La vida real es un apartheid ensimismado, que reivindica cada cierto tiempo viejas rencillas, pero que no se atreve mirar a un horizonte más integrista, normativizando todo acomodamiento a las formas clásicas. Las formas que diseñaron los occidentales.

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Se habla del cadáver que encontró la joven Shayla Wiggins en Wyoming mientras intentaba su caza diaria, de ese gimnasio sito en un cementerio, o de cómo la comisaría de Darwin City, en Australia, se vio obligada a publicar un comunicado porque la gente entraba y salía para capturar un Shandrew como el que pasa a preguntar por pan del día. Anécdotas habrá tantas como interacciones entre usuarios y mundo real. Una sinécdoque curiosa: que Pokémon GO construya su zona de juego en torno a las calles me recuerda el poder caníbal del sector inmobiliario y, por ende, del publicitario. Que no os engañen esos bichitos de ojos encantadores: esto es el fetichismo de la mercancía, algo que no es real pero que nos partiríamos las piernas por poseer.

Una ventana para aprender geografía local o dejarse robar por las esquinas. Cualquiera que tenga un gimnasio o PokeStop -paradas para adquirir objetos. ¡Comprad incienso!- a las puertas de su casa puede transformar el asunto en una oportunidad de negocio. Un bar con cerveza fría y un Charizard sobre la barra. Con el trading (intercambio) a la vuelta de la esquina, que no os extrañe ver un Starbucks firmando con Niantic un acuerdo de café por 5 pokeballs; un Vips podría tener un Mewtwo en exclusiva entre los baños y el pasillo de pedidos. Y así encontrar la fe perdida, de paso. Aunque Dios esté en todas partes. Porque Pokémon GO es El Capital.

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Habrá quien sentencie que aquí no cabe lectura posmoderna, que simple y llanamente va de pasear, cazar bichos con bolas con los colores de la bandera de Japón e ir medrando, superando gimnasios, subiendo nivel mientras esperamos a que se nos abran los huevos -los del juego, claro, que incubamos con amor incondicional-. Nintendo sabía que borrar los pokémon una vez capturados generaría verdaderas guerras territoriales; de ahí que el mismo bicho pueda poppearse hasta el infinito. Niantic ha dotado a su juego con la inteligencia de aquel Ingress. El usuario sólo entiende de cifras, de estadísticas y el tipín que se le queda mientras devora los datos de su tarifa móvil. Porque si algo está demostrando Pokémon GO, es que todo lujo comprende un precio. Un precio disponible para occidentales. Ojalá Pokémon GO nos recuerde que una relación más ecuménica con la naturaleza es posible. Que la cartografía nació para no perderse, no para segregar espacios. Que aquella fantasía de biodiversidad ecológica, nacida con Pokémon Rojo/Azul, apelaba a la sostenibilidad sobre el progreso implacable. Pero para eso deberíamos dejar de mirar a la pantalla. Y esta cuenta de Twitter es descacharrante.

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