Política global 101: ¿Es el anime cosa de neoliberales (o de nazis, directamente)?

Todos sabemos qué es el neoliberalismo. Espera un momento, ¿lo sabemos? Desde que en redes sociales se empezó a decir que el anime es neoliberal y de derechas, nos hemos hecho también esa pregunta. ¿Es el anime neoliberal? Más importante aún, ¿qué es el neoliberalismo? Y eso te hemos venido a explicar: de cómo utilizamos muchos conceptos que en realidad no sabemos qué significan para hablar de cosas que no entendemos del todo.

Al vivir en un mundo interconectado, global, donde recibimos más información diaria de la que se puede asimilar en todo un año, es lógico que resulte difícil discernir entre la verdad y la mentira. Ya no digamos entre la verdad y lo sutilmente distorsionado. Porque si bien la mala fe no campa en mayor cantidad que en el pasado, sí nos llega en una proporción mayor, lo cual la hace prácticamente imposible de cribar. De ahí el auge no de las fake news, sino del populismo. De cómo se generan falsas narrativas que favorecen ciertos proyectos ideológicos, incluso cuando se basan en argumentos sin ninguna base.




Esto genera debates absurdos. Por ejemplo, ¿es el anime de izquierdas o de derechas? Debate que recientemente se ha ha virado, gracias a un hilo de Twitter del colaborador de Bloomberg Noah Smith, a la pregunta: ¿es el anime esencialmente neoliberal?

El hilo de Smith no deja de ser una opinión cuestionable, como tantas se encuentran en las redes sociales, pero nos enseña algo importante sobre el estado actual de la comunicación: cómo la verdad ha dejado de importar en favor de la agenda política de cada uno. Y eso vamos a estudiar a raíz de su hilo: por qué el anime no es esencialmente neoliberal. Y para eso, primero vamos a tener que hacer algo que jamás hacen los populistas: definir cada uno de los términos del debate.

¿Qué es el neoliberalismo?

Aunque siempre es conveniente aclarar los conceptos que usemos a la hora de hablar, esta es costumbre muy poco extendida. Y cuando se trata de definir el neoliberalismo, es posible ver con claridad por qué: no existe una definición clara sobre qué es el neoliberalismo.

En principio, con neoliberalismo designamos un retorno a las raíces del liberalismo clásico de Adam Smith y la idea de la existencia de una mano invisible, la cual, en forma de ley divina o natural, realiza una redistribución de la riqueza donde los ricos tienen más que los pobres, pero todos tienen, al menos, la condición mínimas para su subsistencia. El problema es que los neoliberales obvian dos aspectos importantes de la teoría de Adam Smith: su negativa a la intervención del estado a la economía no es porque lastre el crecimiento económico y la libertad de las personas, sino porque tiende a proteger a los rentistas y grandes empresarios antes que a las clases medias y bajas; y que la idea del laissez faire, la no intervención del estado en el mercado, proviene de las ideas de los fisiócratas franceses, los cuales fueron muy duramente criticados por el liberalismo clásico.

¿Y quienes eran los fisiócratas? Haciendo breve una tremendamente larga historia de deshonestidad intelectual, los fisiócratas fueron un grupo de intelectuales franceses del siglo XVIII adscritos a la ilustración que decían que la mejor intervención es no intervenir en absoluto dado que la naturaleza se gestiona a sí misma. La regulación de los recursos ocurre por sí misma. Algo que lleva a la idea de que el ser humano no puede igualar la racionalidad natural, siendo la consecuencia lógica dejar que las cosas sigan su curso y se solucionen solas.

Las implicaciones de esto son muy claras: el neoliberalismo es regresar a la idea de la economía como una especie de teología. Una fantasía pseudo-científica según la cual los ricos comparten parte de sus beneficios con los pobres no por la bondad de su corazón, sino porque, de forma natural, las migajas de sus pantagruélicos festines alcanzan a las clases más bajas, permitiéndoles vivir una vida de subsistencia por la cual pueden seguir produciendo para los ricos.

Un auténtico despropósito a nada que se ponga en palabras.

Pero obviando los dos principales temas aquí, si es legítimo considerar la fe como una forma válida de gestión económica y si es justo que existan enormes desigualdades sociales sólo por un hipotético equilibrio natural, la pregunta que nos interesa aquí es: a la luz de lo que hemos visto, ¿es el anime neoliberal?

Según Noah Smith, lo es. Lo es porque el anime, en tanto institución, es neoliberal: la industria de la animación es global y la industria ha ayudado al crecimiento económico y cultural de Japón. Ahora nos queda ver si su argumento se ajusta a las condiciones lógicas de los conceptos que utiliza.

Si bien es cierto que el argumento suena bien, creíble, parte de un error de base. La institución no hace al producto. Se pueden producir discursos ideológicamente contrarios al modelo productivo, incluso sin que eso no socave sus cimientos. O no en principio. Es decir, incluso si admitimos que el anime como industria es neoliberal, eso no hace que el anime sea neoliberal. Dependerá de cada anime en particular. De qué decida contar cada artista y cada estudio detrás de él. Porque todo es político y nada se puede reducir a un único factor. De hecho, tenderá a reproducirse la ideología dominante si los implicados no intentan evitarlo activamente.

Eso nos lleva al otro punto. Aunque la industria del anime sea neoliberal, eso no tiene nada que ver con que sea una industria global. Si lo es, es porque sigue los prefectos del neoliberalismo: intervención estatal mínima y explotación de las partes más débiles de la cadena en favor del beneficio de los que estén más alto. Por eso, si atendemos a los miserables salarios que se manejan en la industria, aunque han mejorado en los últimos años —a cambio de empeorar las condiciones laborales—, podríamos decir que el anime, en tanto institución, es neoliberal.

Pero para desgracia de Smith, decir que la manufacturación de algo es neoliberal no significa que ese algo sea esencialmente neoliberal. A fin de cuentas, se podría, y se ha producido, anime en un contexto no neoliberal.

Por qué siempre acabamos hablando de globalización

Como ya hemos visto, el otro gran concepto-paraguas que usa Smith y el neoliberalismo en general es el de la globalización. Cómo el fin último de los neoliberales, de quienes buscan hacerse ricos a costa de una idea de justicia social donde el rico es rico para beneficio de los pobres, es crear productos globales para un mundo global donde los estados y las fronteras no deberían determinar el alcance de sus ambiciones. El problema, de nuevo, es que globalización es un término excesivamente difuso.

Por globalización podemos entender, básicamente, tres cosas: la idea de que todo tiene efectos globales, independientemente de su alcance original; la idea de que, con el tiempo, el avance tecnológico permitirá un mayor intercambio cultural y económico; y la idea, rayano el cántico tribal, de que no existen fronteras porque la humanidad es un hermoso y enorme crisol sin diferencias reales entre grupos sociales. Como es obvio, ninguna de las tres tiene nada que ver con el neoliberalismo, excepto la tercera: a fin de cuentas, el primer paso para que un explotado no quiera reventarle la boca a pedradas a quien acumula la riqueza y le cede sólo lo que se le escurre entre las manos por accidente es hacerle creer que todos somos iguales, estamos en el mismo barco y no hay motivos para la discordia, porque ese es el orden natural de las cosas.

En cualquier caso, aquí cabe preguntarse lo mismo que con el neoliberalismo. ¿Es el anime un efecto de la globalización? Según Smith sí, por dos motivos: porque el anime a veces desarrolla temas explícitamente globalistas y porque el anime llega a diferentes capas de la sociedad.

De nuevo, sus argumentos son un sofisma barato, pues lo primero es absurdo y lo segundo también. Que ciertos animes puedan desarrollar temas explícitamente globalistas no hace al anime globalista. Que tanto ricos como pobres, orientales como occidentales, puedan ver anime, no significa que el anime sea global: significa que el mundo es global. Que la tecnología avanza y los intercambios internacionales son más comunes, pero no es algo nuevo. Existe globalización, en el sentido de intercambio cultural y económico desde el principio de los tiempos, y lo único que ha cambiado es el modo en que se aprecia nuestra relación con él.

Aceptar que todos los actores internacionales están relacionados entre sí no es ni la idea neoliberal de que el orden natural pone todo en su sitio ni el cumbayá absurdo de que todos somos iguales. Es aceptar que el mundo es un sistema complejo que tiene influencias insospechadas y que, en tanto impredecible, reducirlo a fórmulas preconcebidas o a la fe absoluta en la naturaleza, la religión o la ciencia, es algo absurdo que sólo puede conducirnos a la catástrofe.

Irónicamente, esto sí que es algo bastante común en el anime. Casi parte de su ADN. De hecho, el propio Smith pone como ejemplo de anime neoliberal por excelencia Cowboy Bebop. Y ahí es cuando todo se vuelve realmente desconcertante.

Cowboy Bebop trata sobre un grupo de personas escapando de su pasado que sólo pueden permitirse vivir bajo un sistema capitalista tan increíblemente negligente que incluso para atrapar a los criminales han tenido que convertir a la policía en un cuerpo de autónomos que necesitan que exista crimen internacional para poder sobrevivir. Cowboy Bebop es, literalmente, una crítica al capitalismo feroz. Todos sus personajes están atrapados en un sistema sin garantías donde sólo pueden esperar sobrevivir, no hacer ningún plan de futuro, y por esa razón viven en una especie de adolescencia perpetua donde todo lo que se invoca es siempre el pasado. Porque, en última instancia, no hay filtración alguna: los ricos son tremendamente ricos; y los pobres, por más que lo intenten, no pueden nunca dejar de ser pobres, incluso aunque alguna vez se haya encontrado oro en un planeta perdido de la mano de dios: el sistema está hecho para que sea imposible la existencia de un ascensor social.

He ahí la ironía. Si Cowboy Bebop es el anime neoliberal por excelencia, entonces los neoliberales están aceptando que, de hecho, el neoliberalismo es una distopía aterradora y que la naturaleza del mundo es el hambre y la miseria. Una idea por la que bien sería lógico luchar en contra, no a favor, por más que insistan en lo contrario.

Doblemos las apuestas: hablemos de colonialismo

Siguiendo con esta historia de populismo torticero, no debería extrañarnos que el único concepto clave del discurso del autor que se puede definir claramente sea el único que se niega a usar directamente: neocolonialismo. Aunque Smith habla de colonialismo y de descolonización, la idea, sistemáticamente cuestionada, de que los países colonizados por occidente lograron su independencia y autonomía de los mismos gracias a movimientos globales de liberación, la realidad es siempre más difícil que el relato de fraternidad que se nos intenta vender. De ahí que optemos por saltarnos sus dogmas de fe y vayamos directamente al término que los cuestiona.

Por neocolonialismo entendemos la evolución del colonialismo desde una actitud marcadamente militar, donde la invasión y ocupación era militar, a una actitud más sutil, donde la apropiación de las culturas ajenas se da a través de la presión política, social y cultural derivada de un mayor poder en la esfera internacional. Para ver esto, ni siquiera nos hace falta irnos a países del tercer mundo. El poder neocolonial de Estados Unidos hace que conozcamos mejor su cultura, las particularidades del inglés y la esfera de influencia americana que la nuestra propia.

De ahí que no existiera descolonización: simplemente, los países colonizadores encontraron un modo más conveniente de seguir las mismas “leyes naturales de dominación”. De cómo los países ricos han de explotar a los países pobres, ya que estos pueden sobrevivir sólo con las migajas. Pero eso nos lleva a la pregunta de siempre: ¿Es el anime un efecto del neocolonialismo?

Pues casi como si la realidad quisiera matarnos de risa a todos menos a los neoliberales, la respuesta es sí. La ocupación de Japón por parte de EEUU -donde intervenían en sus políticas pero no ejercían de fuerza dominante directa a través de una forma particularmente agresiva de neocolonialismo militar- fue lo que introdujo en el país todos los elementos necesarios para que surgiera el anime. Ya fuera directamente, con la imposición del cine norteamericano sobre el local, o indirectamente, con presión para promulgar leyes contra los intereses de la industria local o la asunción de aspectos como la inspiración naval de los uniformes de instituto. Es decir, la influencia directa, agresiva y colonial de EEUU ha dado forma al conjunto del anime. Se puede ver en todas partes como una herida que, por más que haya cicatrizado y ahora sea parte de ellos, es un recordatorio de la imposición de otra persona sobre su cuerpo. Algo que choca frontalmente contra todo lo que arguye Smith.

Japón ni es un país descolonizado ni ha tenido como corriente común de pensamiento que Europa sean los líderes naturales de la humanidad. De hecho, la simple idea de que Japón debiera modernizarse al estilo europeo, entre otros motivos, llevó a una escisión interna con tintes de guerra civil, el bakumatsu, donde la intervención militarista colonial de los países anglosajones tuvo mucho que ver con el resultado final.

Si a eso sumamos que la idea de civilizaciones no-blancas prosperando, ya sea en la animación o fuera de ella, sólo nos habla de cómo detrás de la descolonización está la fantasía colonial de que los buenos salvajes aprendieron a gobernarse solos tras el patronazgo de la civilización blanca, nos lleva a un sitio incómodo. El neoliberalismo siempre es que el rico sea rico y el pobre se alimente de las sobras, porque es lo natural. Lo lógico. Algo que sucede sin que nada ni nadie intervenga para que ello ocurra. Y que no está necesariamente asociado con la animación como medio en ningún sentido.

Ni de izquierdas ni de derechas: animado

Llegados este punto, donde hemos concluido que el anime no es ni neoliberal ni efecto de la globalización ni demostración de que ya no exista el colonialismo, ¿podemos al menos decir si es de izquierdas o derechas? Porque, por alguna razón, aunque el neoliberalismo insiste tajantemente en la transversalidad de sus políticas, el propio Smith habla mucho de ambas corrientes. Peor aún: insiste en que los nazis que usan avatares de anime en redes sociales lo hacen irónicamente.

Esto no sólo es completamente falso, sino que es una asunción pretendidamente neutra para blanquear no al anime, sino al nazismo. El uso del anime como forma de propaganda por parte de la extrema derecha es un hecho bien documentado. Igual que lo es la existencia de los netouyo, un sector radical de extrema derecha japonés que usa el manga y el anime para propagar sus ideas. Y si bien eso no hace del anime una institución nazi, si hace que haya gente intentando utilizarlo como una herramienta política para la cual no fue concebido. Eso es populismo en su forma más peligrosa. Y ya sea nazismo o neoliberalismo, dos corrientes que se suelen encamar juntas con gusto, ambas utilizan la apropiación, el lenguaje difuso y las medias verdades para difundir sus mensajes.

También, por consonancia, el anime no es estrictamente de izquierdas. Es cierto que ha atraído naturalmente a un público más cercano a esas ideas. También que los artistas han tendido naturalmente hacia esa postura, al menos en su vertiente anticapitalista o contraria al neoliberalismo. Incluso que importantes actores dentro de la industria, como Hiroyuki Morita, director de Haru en el reino de los gatos y Bokurano, está aconsejando a los animadores jóvenes a cambiar la situación de la industria sindicándose. Pero eso no significa que el anime sea de izquierdas. Significa que hay sectores de izquierda intentando abrirse paso dentro de la industria. Que las luchas políticas no sólo se dan en los parlamentos: también se dan en los sindicatos, en las industrias, en las relaciones comerciales e incluso en el lenguaje. Especialmente en cómo usamos el lenguaje.

Populismo no, gracias

Todo es político, pero ningún medio cultural está esencialmente condicionado a una postura política. Se puede comunicar cualquier cosa con cualquier forma de arte. No importa que sea cine, animación, literatura, música, teatro o cualquier otra. Todas están abiertas a todas las formas políticas. Y sus condiciones laborales sólo implican el posicionamiento político de la industria que los sostiene, no del medio en sí mismo.

Por eso resulta peligroso pretender que un medio artístico tiene un posicionamiento político primordial. Es absurdo, peligroso e intelectualmente deshonesto. Peor aún: es propio de populistas. De aquellos que, independientemente de lo que diga la realidad, la lógica o los datos, quieren reducirlo todo a un relato sencillo, fácilmente digerible, que se pueda vender a unas masas deseosas de sentirse exculpados de sus decisiones políticas.

Por eso no debería extrañarnos que, a día de hoy, el populismo más feroz se dé entre la derecha. Entre nazis, neoliberales y anti-feministas. Gente que, como hemos visto, se escudan en conceptos vagos, definiciones pochas y ocultación consciente de la terminología usada para seducir a gente sin el apropiado aparataje crítico que les permita contrastar lo que dicen.

Porque el anime no es neoliberal. Y al igual que más enfermedad no hará sanar a un paciente enfermo, más neoliberalismo no arreglará los problemas producidos por las políticas neoliberales. A fin de cuentas, ese es el peligro último del populismo: suena bien, suena lógico, incluso cuando no es nada más que un batiburrillo de falsedades muy bien ordenadas.

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